Carta de Charles S. Peirce su madre Sarah Mills
(París, 17.11.1875)



Esta carta fue escrita por C. S. Peirce a su madre el 17 de noviembre de 1875 desde París dándole noticia de sus actividades en Ginebra y París.

El original se conserva entre los Charles S. Peirce Papers en la Houghton Library (MS Am 1632, L 341) de la Universidad de Harvard. La reproducción digital de la carta ha sido hecha a partir de la fotocopia disponible en el Peirce Edition Project. Para la transcripción se ha tenido en cuenta la que preparó Max Fisch [VBla(4)#5], accesible también en Indianapolis.
Letter transcription

 

17 de noviembre 1875

Muy querida madre,

No he sabido de ti desde la carta monstruosa que escribí desde Ginebra, y ahora escribo no porque pueda hacerlo de forma agradable sino porque estoy tan ansioso de tener noticias que estoy escribiendo a todo el mundo con la esperanza de obtener alguna respuesta. Patterson me ha dejado sin ningún medio de organizar mis cuentas porque no me dice si hay que hacerlas para que las paguen en oro o en efectivo. Supón así que gasto cinco francos, y que cinco francos son un dólar en oro y 1.17 en efectivo. Tengo que expresar la cantidad en dólares, es todo lo que se me ha dicho, pero si debo decir un dólar o 1 17/100 es

 

lo que no consigo averiguar. Fui hasta Washington con ese propósito antes de partir, y Patterson me prometió entonces ir a la Secretaría al día siguiente de que me marchara y hacer una solicitud sobre esta cuestión, y hacerme llegar después el resultado. Supongo que se olvidó de hacerlo y le he estado escribiendo sobre ello desde entonces. Supongo que le da vergüenza decir la verdad. Hace un mes me telegrafió que escribiría o que había escrito, pero no he sabido nada aunque he tenido cartas posteriores. El resultado es que he estado esperando continuamente recibir muy pronto esta información, y he estado retrasando el poner en orden mis cuentas hasta que la recibiera, y todo está en una condición espantosa y me estoy volviendo loco1.

 

Naturalmente estoy tan disgustado con mi viaje, y de hecho con la vida, como es posible estar. Vine a cumplir con mis obligaciones, pero Patterson ha fallado tanto en su deber hacia mí que me resulta indiferente cumplir con mi deber hacia él. A pesar de todo lo haré, pero lamento haber tenido alguna vez relación con el Coast Survey. Aunque supongo que en cualquier otro lugar hubiese encontrado también gente en la que no se puede confiar.

París es un lugar detestable2. De todas las ciudades en las que he estado me parece la más repugnante. Cuando me acuerdo de la dulce Ginebra ese pensamiento parece traer un poco de aire fresco. No entiendo cómo a la gente le puede gustar París, a menos que les baste con ver el esplendor, el arte y los teatros sin hacer ninguna reflexión y considerar a los franceses como consideran

 


a los actores en un escenario y no realmente como compañeros de especie. Nada puede superar mi aborrecimiento por los franceses, a no ser que sea mi desprecio por ellos. Cuando los geodestas extranjeros estaban aquí —primero el viejo y muy querido General Baeyer, luego Hirsch de Neuchâtel, Bruhns de Leipzig, el Presidente General Ibañez de España, Ferrero de Italia, Oppolzer de Viena— como todos fueron muy amables no me di cuenta de que no era así con los franceses3. Pero ahora percibo fuertemente la diferencia. En cuanto a Charles4, me parece que está senil, como un niño, y cuando le dije que mi padre le conocía él dijo "Oh sí, tiene barba, ¿no?", como si solo le conociera por eso, y me pareció que ya no tiene cabeza para tomarse interés por nada. La rudeza de Le Verrier era positivamente ingeniosa. Pero Yvon Villarceau5, que generalmente cae mal, me ha gustado.

 

Ha perdido a su mujer y está triste hasta tal extremo que cada tono, cada gesto, cada mirada lo expresa, y como yo también estoy triste eso me acerca a él, y además siempre habla con simpatía de mis asuntos y me ha introducido en la biblioteca del Instituto. Hay también otro francés, aunque he olvidado su nombre, que ha estado últimamente en América y que estaba encantado con el Coast Survey.

Pero en general son una gente detestable. Los periódicos, las conversaciones casuales que uno tiene con gente en los cafés, etc. le oprimen a uno terriblemente con la intensa porquería de las ideas aquí. Lo que llaman cínico. No creer en ninguna elevación humana al ser conscientes de no tener ninguna de sí mismos.

Estoy esperando ahora a que terminen un instrumento y, mientras tanto, estudio francés.

 

Puedo escribir bastante bien, pero tartamudeo al hablar, particularmente al comenzar una conversación. Alguna gente con la que me encuentro parece suponer que no sé hablar francés y entonces no puedo, y otros suponen que puedo, y entonces puedo, aunque a pesar de todo cometo numerosos errores. Nunca pienso en algo que he dicho sin darme cuenta de que lo he dicho de forma incorrecta. Pronuncio tolerablemente. Pero me parece que todo el mundo habla francés mejor que yo. Quiero decir, ingleses y americanos a los que oigo hablar. Es sorprendente lo bien que hablan algunos ingleses, no meramente de una manera perfecta desde un punto de vista gramatical sino comme il faut respecto a lo que dicen, lo que resulta extraordinario, ya que ciertamente dirían cosas totalmente distintas en inglés. Incluyo una regla de gramática francesa6 que he inventado para que una persona pueda recordar cuando usar à y cuando de antes de un infinitivo. La he encontrado extremadamente útil.

También un Solitario de tres cartas que se me ocurrió. Cariño para todos. Te quiere siempre,

C. S. Peirce


Notas

1. Para entender mejor las dificultades de Charles S. Peirce en la administración de sus cuentas, resulta muy clarificadora lo que explica su madre en la carta de respuesta a esta del 5 de diciembre de 1875.

2. Llama la atención la pésima impresión inicial que tiene Charles S. Peirce de París. Irá mejorando en los meses sucesivos, también gracias al apoyo y compañía de Henry James.

3. Compara la cordialidad de sus colegas internacionales del Congreso de Geodesia con la de los franceses.

4. Se trata probablemente de Charles Frederik Moulton, a quien Benjamin Peirce había visitado en su primer viaje a Europa.

5. Puede leerse el elogio histórico de Antoine Yvon Villarceau (1813-1883) por parte de J. Bertrand. En el archivo del Observatorio de París hay una colección de 202 manuscritos suyos, pero no parece incluir su correspondencia.

6. En el Robin Catalogue se relacionan cuatro ítems (1237-1240) con las reglas gramaticales del francés. La exploración de esos manuscritos en la Houghton Library ha permitido determinar gracias a las dobleces del documento que es probablemente el primer pliego contenido en el MS 1239 el que Peirce adjuntó con esta carta.


Traducción de Sara Barrena (2013)
Una de las ventajas de los textos en formato electrónico respecto de los textos impresos es que pueden corregirse con gran facilidad mediante la colaboración activa de los lectores que adviertan erratas, errores o simplemente mejores traducciones. En este sentido agradeceríamos que se enviaran todas las sugerencias y correcciones a sbarrena@unav.es
Proyecto de investigación "Charles S. Peirce en Europa (1875-76): comunidad científica y correspondencia" (MCI: FFI2011-24340)

Fecha del documento: 4 de septiembre 2013
Última actualización: 1 de agosto 2017

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