Stratford-on-Avon
Esbozos del extranjero. III

Zina Fay Peirce
Boston Post, 3 de septiembre de 1877



Zina Fay Peirce acompañó a su esposo Charles S. Peirce en su segundo viaje por Europa de abril a junio de 1875. Llegaron a Liverpool a primeros de abril e hicieron un breve viaje por Inglaterra antes de trasladarse a Hamburgo a finales de mayo. Dos años después de aquel viaje Zina publicará tres crónicas de su visita a Inglaterra en el Boston Post. Resulta interesante constrastar las crónicas de Zina con lo que escribe Charles S. Peirce a su familia en sus cartas del 14 de abril, del 18 de abril y del 24 de abril de 1875.

Las imágenes del Boston Post que se reproducen en estas páginas han sido hechas a partir del cuaderno de Zina Fay Peirce en el que recortaba y pegaba sus artículos que se encuentra actualmente en la Schlesinger Library. (Papers of Sylvia Wright Mitarachi, 1834-1990. Series II. 5.4. [Melusina Fay Peirce published articles scrapbook], 1876-1878).

 


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Cuando terminamos con todo lo que se enseña en el Castillo de Warwick era mediodía. Nos subimos a uno de los "fly" que encontramos esperando fuera de la puerta del castillo y nos condujo a Stratford. Está a ocho millas de Warwick, y la carretera es tan suave y firme como una mesa. El caballo trotaba sobre ella tan rápido como podía y, que yo recuerde, sin descansar una sola vez; y desde luego el camino por el que avanzan los caballos de los coches por el otro lado del agua, con sus vehículos comparativamente pesados, es sorprendente.


Street Life in London, 1877,
John Thompson y Adolphe Smith

La comarca en la que estábamos es, como suelen llamarla, el corazón de Inglaterra, y no hay nada que ver por ninguna parte más que interminables trechos de campos verdes con ovejas alimentándose en ellos y con espléndidos árboles, la mayor parte altos y magníficos olmos ingleses, que están solos o en bosquecillos por aquí y por allá. Rara vez ves una casa, y más rara vez todavía un ser humano, de manera que la duda crece: "¿dónde está toda la gente?". La verdad parece ser que toda la clase trabajadora, y toda la gente por debajo de los grandes granjeros, vive en ciudades grandes o pequeñas, en lugar de estar esparcidos por todas las tierras, como nosotros. Durante las dos o tres primeras millas, mientras el coche nos llevaba, era muy agradable, pero después resulta muy monótono. Y si el campo inglés era igual en la época del Dr. Johnson, no me sorprende que dijera "Señor, cuando usted ha visto un campo verde, ¡ha visto todos los campos verdes! Bajemos por Cheapside".

 

En aproximadamente una hora llegamos a Stratford, y aunque parecía casi una profanación estar comiendo en el lugar de nacimiento de Shakespeare, participamos a pesar de todo del eterno almuerzo inglés de tres elementos en el Red Horse Inn, y después salimos a buscar la casa donde nació. Desechamos la idea de tomar un guía, de modo que fuimos exactamente en dirección contraria, pero, como Stratford es un lugar pequeño, no tardamos en tropezar con el lugar donde está la casa de Shakespeare, y el lugar donde murió.


Casa natal de Shakespeare, Henley Street, Stratford

Hace cien años, el vándalo dueño de la propiedad, molesto por la cantidad de visitantes que tenía el lugar, cortó la morera que Shakespeare había plantado con sus propias manos, y más tarde derribó la misma casa por rencor, pues estaba obligado a pagar más impuestos por ella de lo que pensaba. Pero la nieta de Shakespeare vivía en la casa de al lado, que se sabe que era exactamente igual que la otra, y esa casa junto con sus terrenos en la parte de atrás son enseñados por el guardián que tiene la casa a su cargo.

Este caballero, que nos enteramos que se llamaba Salmon, era un amante y devoto guardián de los pocos recuerdos que dejó el implacable destino del poeta. El principal museo de reliquias de Shakespeare es, por supuesto, la casa de campo en el otro extremo de la ciudad, donde nació, pero incluso aquí había una buena colección de cosas interesantes. La casa se levantaba en una esquina frente al Guildhall gótico, que exceptuando la iglesia debe haber sido el edificio más bello de Stratford, de modo que la propiedad de Shakespeare era casi la más deseable del lugar. Los cimientos de la casa todavía existen y los vimos, protegidos por redes metálicas, y también los cimientos de su propio estudio mirador, que estaba en la parte de atrás de la casa y daba a su césped, a su jardín y a sus árboles frutales.

Sus vistas alcanzaban hasta el río, ya que había arrendado toda la tierra que había en medio y la había dejado abierta, igual que el Sr. Longfellow de Cambridge mantiene abierta su vista hasta el Charles.

Shakespeare era evidentemente un burgués muy bien considerado en sus últimos años, y así lo representan tanto su busto en la iglesia como el retrato "Stratford". En efecto, en ellos el poeta es penosamente llamativo por su ausencia. Pero me atrevo a decir que era mucho más probable que a los pintores y escultores de esa época les impresionara la túnica escarlata y la prosperidad general de "bien alimentado" de su parloteo que la imaginación que daba vueltas y tejía sus brillantes redes por detrás de esos ojos soñadores. ¡Nadie sino Rafael o Leonardo da Vinci podían haber pintado a Shakespeare!

Desde la casa nos dirigimos hasta las habitaciones en las que a los siete años asistía al colegio: ¡qué pequeño niñito fascinante debía de ser! Están sobre la sala Guild, tres en número, muy pobremente terminadas y con techos abiertos que muestran los rayos de sol, como una iglesia, de modo que la ventilación, como señaló mi compañero, debía de ser excelente. Las habitaciones probablemente se parecían mucho a lo que debían de ser en la época de Shakespeare. Los asientos no tenían respaldos, y el mobiliario era mucho más primitivo que el nuestro. Yo eché un vistazo a uno de los libros de texto de "Johnnie Rose" y eran buenos: breves, racionales y directos a los temas, en lugar de contener la pedagogía decadente con la que se aflige a los niños americanos con demasiada frecuencia. En la entrada se conserva una vieja mesa, mucho más tosca que aquellas todas de madera de las aulas, como una de las que probablemente se usaban en la época de Shakespeare. El mobiliario actual estaba mal conservado, al estilo de lo que suelen hacer los niños, y cómo me gustó verlo, pues yo creo que ese "acabado duro" que impregna nuestras aulas y el mecanismo rígido de la rutina escolar que lo acompaña han destruido la espontaneidad, la originalidad y el autocontrol de nuestras dos últimas generaciones por lo menos. Si el sistema de los colegios públicos americanos desarrolla un alto honor personal, fuerza de carácter, una intrepida valentía moral, señalados y diversos dones intelectuales, yo solo pregunto, "¿dónde están?". Nuestra característica nacional más notable hoy en día es ese punto muerto actual de "inteligencia universal" que no se sujeta a nada y no llega al fondo de nada. No vemos ninguna fuerza o grandeza. Nadie se encumbra por encima de otro, y pienso que incluso los poderosos estandartes de un Shakespeare hubieran sido empequeñecidos o rotos si se hubieran sujetado durante ocho tiernos años a los viciados límites de un sistema que, por temor a ser "sectario", renuncia a enseñar diariamente a los niños que hay un Dios ante quienes son directamente responsables y, en lugar de darles el único motivo interno elevado que al mismo tiempo estimula y restringe, se ha esforzado durante cincuenta años como una organización omnipotente por convertir a todo muchacho en lo más parecido externamente a cualquier otro muchacho. Por supuesto la individualidad, el más bello atributo del alma humana, ¡está siendo extirpada de una forma tan eficaz como si viviéramos bajo un despotismo!

Desde las habitaciones en las que Shakespeare asistía al colegio nuestro punto más cercano era la iglesia donde está enterrado, que está a una pequeña distancia de la ciudad, construida de una forma muy pintoresca en la ribera del Avon. Es grande, gótica y muy bella; luminosa y alegre por dentro, con brillantes vidrieras y nada triste o sombriamente religioso en ella. Personalmente, no me gusta la "luz religiosa, sombría" sino algo que sea alegre e inspirador, como si la religión fuera realmente la cosa alegre que es. El busto de Shakespeare está en la pared del presbiterio, de lado, pintado de colores vivos, aunque es de marmol y con el aspecto, la verdad sea dicha, de una de esas figuras de los vendedores de tabaco, con una gorda papada, mejillas lisas y brillantes y ojos apagados, con una frente, también, bastante ordinaria. No puedo creer que sea una buena imagen suya, y sin embargo su familia parece haber estado satisfecha con él. Si uno atravesara la barandilla del presbiterio pisaría la lápida de su hija. A la izquierda de la suya está la de él, y después de la de él la de su esposa. Entre esas losas y el altar hay dos magníficos candelabros metálicos de diez pies de alto con onix y ágatas en grandes círculos redondos. Fueron regalados por el coadjutor, y puedo imaginar qué gustosamente se gastó en ellos lo poco que tenía. El altar brilla con candeleros metálicos y otros adornos, pues esta es una iglesia ritualista, "aunque no", como explica el capellán, "tan solemne como otras. No tenemos vestiduras o incienso".


El patio de fuera, a la sombra de los árboles, es muy amplio y encantador y en breve el "consentido" del mundo no podía tener un lugar más bello o adecuado para yacer en él. Y ya que el mundo no hizo por él ningún esfuerzo ni se tomó interés por él en su época, uno apenas puede evitar sentir que el mismo Poder Benigno del Altísimo que hizo y colocó en él su genio trascendente cuidó también de su tumba, y ofreció uno de sus propios templos para el reposo de sus restos.

La guía local hablaba de algo en esa iglesia de lo que no me había percatado, y que pienso que interesará a las lectoras al menos tanto como me interesó a mí; es el epitafio que una de las hijas de Shakespeare, probablemente su favorita, la encantadora y espiritual Susana, le hizo inscribir a esa madre de la que no sabemos nada, excepto que era siete u ocho años mayor que su incomparable esposo, que la incomparable Susana vino un poco demasiado pronto y que Shakespeare no le dejó en herencia sino “la segunda mejor cama”. Los críticos han hecho esfuerzos para buscar pasajes en las obras de Shakespeare que pudieran estar inspirados en lo inapropiado e infeliz de su matrimonio, pero siempre me ha parecido probable que la pobre señora Shakespeare "tuviera sus propios asuntos", como suele decirse. Y con toda seguridad, escucharíamos cómo forma parte de la posteridad —si la posteridad tan solo escuchara— en la voz de paloma de su propia y exquisita hija que el epitafio conmemora como:

Witty above her sexe, but that's not all;
Wise to salvation was good Mistris Hall.
Something of Shakespeare was in that, but this
Wholy of him with whom she's now in blisse.
Then, passenger, hast ne're a feare
To weep with her that wept with all?
That wept, yet set herselfe to chere
Them upwith comforts cordiall.
Her love shall live, her mercy apread,
When thou hast ne're a teare to shed

¡Qué imagen de una mujer perfecta! Y en el siguiente tierno memorial a su madre encontramos en efecto su amor "viviendo", su "piedad" extendiéndose para rescatar del malentendido a aquella a quien entre todos los demás más debía desear proteger con su amor y su piedad; al menos así me impresionó, aunque un amigo severo1 que no tolera nada que no sea sin tacha, y a quien le pedí que me ayudara a traducirlo, señaló de forma algo áspera ¡que estaba "escrito en Latin de cuisine" y que el final era "común en extremo"! El lector juzgará entre nosotros dos, pues aquí está de forma literal:

Mother, thou gav'st me life, thy milk, thy breasts.
Alas! For all these gifts I stones return.
Far rather would I that the angel bright
Would roll away for me this stone and loose
Thee breathing back, as Christ came back to light.
But wishes powerless fall. Then, Saviour, come;
That so my mother, prisoned in these bars,
May rise again and meet Thee in the stars
.

Pienso que todo el mundo debe haber observado que los vivos nunca desean que los muertos vuelvan a menos que fueran muy útiles o intensamente amados, y encontramos que la hija de Shakespeare paga este rarísimo tributo a su madre. Podemos entonces suponer, como de hecho siempre he supuesto, que el poder de discriminación de sus ojos no engañó a Shakespeare, aunque era muy joven, cuando cortejó a Anne Hathaway, y si a cambio él fue amado no con sabiduría pero si de una forma demasido buena, ¡quizá pocas mujeres podrían haber amado a Shakespeare de una forma distinta! Gracias a Dios que el maestro poeta del mundo era también un hombre verdadero, y por lo tanto un amante verdadero, y que se comportó de una forma tan honorable. A largo plazo fue bendecido por ello, no solo con su fama y con "las bendiciones de la cesta y la despensa"2, sino también con la bendición suprema de un hogar dulce, amable y tranquilo de donde surgieron algunas de sus más maravillosas ideas. Si su esposa no llenaba su "ideal" por completo, y si durante algún tiempo prodigó sus sentimientos en otra parte, es una experiencia conyugal demasiado común para considerar por eso el matrimonio como "desastroso" o "infeliz". ¿Quién puede decir si no se habría echado a perder en una salvaje carrera en Londres si no hubiese dejado en Stratford estrechos lazos que tiraban siempre de las cuerdas de su corazón? El último descubrimiento que la gente hace a menudo es el descubrimiento del romance que han pasado por alto en su propio hogar, y ¡muchos nunca llegan a darse cuenta en absoluto! Es cierto que las hijas delicadas y amadas constituyen los personajes más poéticos de las últimas obras de Shakespeare, y que en la última de todas, "El cuento de Invierno", la heroína es la paciente y herida esposa que ha sido engañada durante dieciséis años, esto es, casi tanto tiempo como Shakespeare vivió en Londres lejos de casa.

Desde la iglesia volvimos sobre nuestros pasos a través de la ciudad hasta la inmunda casa de campo donde Shakespeare nació y que ha sido descrita con tanta frecuencia que solo diré que, aunque a nosotros nos parezca vulgar, probablemente era en su día una casa mucho mejor de lo que parece ahora, cuando las comodidades y lujos de la vida se han incrementado tanto y el nivel es mucho más elevado. Nos dijeron que ¡la visitan 10.000 personas por año!

Vi la escritura con la que su padre aseguró la propiedad, y solo estaba firmada con su marca. ¡Imaginen que los padres de Shakespeare no sabían leer! Pero aunque su padre era solo un comerciante, su madre, como la sagrada madre de Nuestro Señor, descendía de una antigua y noble familia. Su nombre era también María, y ¡qué aspiraciones debía haber dentro de ella por el linaje de su padre para haber iluminado al mundo con tal maestro del lenguaje y de todas las nobles situaciones como Shakespeare! Durante mucho tiempo he pensado, por cierto, que el himno de la Virgen María después de la Anunciación indicaba cualquier cosa menos el espíritu humilde y sumiso que normalmente se le atribuye. Es más bien el himno de una naturaleza elevada y libre que ha sentido profundamente humillaciones personales, familiares y nacionales, y que se estaba alegrando ante la perspectiva de su final. Quizá "la espada tuvo también que traspasar su alma" antes de comprender del todo esa humildad que ella iba a poner en la frente de su sexo como la verdadera corona de la perfecta femineidad. ¡Ay! Es una corona de la que nosotras, las mujeres americanas, parecemos demasiado inclinadas a burlarnos y a escaparnos, pero algunas de las mujeres de la familia de Shakespeare debieron de llevarla con todo su suave y perfumado encanto, aunque también con espinas, o de otra manera no podría haber retratado a las mujeres como lo hizo. Esa clase todavía caracteriza a su tierra natal. "Son como flores", me dijo un observador atento al hablar de las mujeres inglesas. "Son todas, incluso las más insensatas, como flores, mientras que en Francia incluso las damas parecen pertenecer a las clases bajas".

Al marcharnos, finalmente, dejamos la ciudad por una carretera que sigue el río por el lado opuesto a la iglesia, y fue un poco después de esta, al dar una última mirada a la tranquila corriente rodeada de sus perennes juncos, cuando me di cuenta de repente de que Shakespeare debió de haber estado a menudo precisamente ahí, y de haber visto con sus vivos ojos todo lo que yo estaba mirando con los míos. Incluso pensé en él como un muchacho con los pantalones remangados, andando despacio por el agua entre esos juncos, y es imposible expresar o explicar por qué ese paisaje excesivamente simple, ese escenario común habría sido tan maravillosamente adecuado para él. Pero así fue.

Stratford en conjunto me pareció el lugar más sagrado en el que he estado nunca. No solo la iglesia, como algunos han dicho, sino toda la ciudad es un monumento a Shakespeare, y el hechizo de ese espíritu poderoso le proporciona al lugar una calma tal que uno anhela dejar a un lado las agitaciones de la vida y tener allí una calmada y contemplativa morada. Es un pequeño pueblo, limpio, antiguo, con anchas calles pavimentadas con piedra y pequeñas casas continuas y bajas que se abren directamente a ellas. Lo único que me sorprende es que se le haya permitido continuar siendo tan pequeño. Uno pensaría que a montones de personas les gustaría vivir allí. Pero sin duda esa misma presencia de Shakespeare que todo lo impregna pone demasiado sobre esa valiosa individualidad, y muy pocos mortales tendrían que profanarla olvidándola o siendo dominados por ella. De modo que está bien que el mundo haya declinado casi unanimemente residir en Stratford y que desde ese tiempo se haya permitido al grande dormir solo en su gloria.

Cuando recuerdo juntos el castillo de Warwick, Kenilworth y Stratford on Avon, el contraste entre las altivas torres del primero, llenas de aspiraciones, y los humildes tejados contentos de sí mismos es completa. Stratford es tan plano que alrededor de la casa de Shakespeare el cielo casi se curvaba hasta el mismo horizonte, y toda la extensión de cielo y tierra vertía sobre él sus místicas influencias. Pero no muy lejos, allí donde sus intrépidos pies debían de llevarle a menudo, estaban las batallas de los nobles, la pompa, el boato y las muestras de lo más alto de la magnífica aristocracia de Inglaterra, los mayores hombres que han gobernado en el mundo desde los días del Senado Romano. Por lo tanto, estaba evidentemente dispuesto y preordenado que Shakespeare fuera el Cosmos de su histórica gente, la planta milenaria con un millar de raíces que se extienden infinitamente y que de pronto florece desde el corazón más profundo de la tierra inglesa. Por todas partes le fue dado verlo, sentirlo y medirlo todo, de modo que la misma alma que se comportaba en la vida como un hombre se desesperaba en sus sonetos como una mujer y mandaba en sus obras de teatro como un rey.

Y quizá Shakespeare no fue la única flor sobrenatural del "corazón de Inglaterra". Para mí constituye un caso exquisito de la olvidada pero absoluta poesía de la historia que solo veinte millas o así más lejos de Stratford que de Warwick es Great Brington, en cuya iglesia fue enterrado el propio tatarabuelo de nuestro Washington el mismo año en el que Shakespeare fue puesto a descansar. Este Sr. Washington fue enterrado al lado del Conde de Spenser, con quien el poeta Spenser estaba tan estrechamente relacionado. Los Washington eran vecinos y visitantes frecuentes de Althorp, el famoso lugar de la familia Spenser, que tenía tanto amor por los libros y la literatura como por la plantación de bosques y arboledas. SPENSER, SHAKESPEARE y WASHINGTON, por lo tanto, el trío más divino de la compuesta raza inglesa, el más representativo de su reverencia, de su masculinidad, de su patriotismo, de su ternura, de su imaginación, de su refinamiento y su pasión por la naturaleza, no estaba ancestralmente muy separado geográficamente, y los dos más caballerosos e idealistas de ese trío, Washington y Spenser, estaban unidos por una intimidad real ancestral. De estos últimos, ¿quién dirá si los sublimes sueños poéticos de uno y la sublime vida poética del otro no surgieron de la misma profunda madre tierra en el pasado abismal? "Hay más cosas en el cielo y en la tierra de aquellas que soñamos en nuestra filosofía"3.

Melusina F. Peirce


Notas

1. Este "amigo severo" puede ser el propio Charles S. Peirce o su asistente Henry Farquhar que conocía lenguas clásicas.

2. Cita del Deuteronomio, 28.

3. "There are more things in heaven and earth than your philosophy", frase de Hamlet en boca de Horacio.

 



Traducción de Sara Barrena (2014)
Una de las ventajas de los textos en formato electrónico respecto de los textos impresos es que pueden corregirse con gran facilidad mediante la colaboración activa de los lectores que adviertan erratas, errores o simplemente mejores traducciones. En este sentido agradeceríamos que se enviaran todas las sugerencias y correcciones a sbarrena@unav.es
Proyecto de investigación "Charles S. Peirce en Europa (1875-76): comunidad científica y correspondencia" (MCI: FFI2011-24340)

Fecha del documento: 17 de agosto 2014
Última actualización: 2 de octubre 2014

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