The Black Country, Leamington, Warwick Castle, Kenilworth:
Esbozos del extranjero. II

Zina Fay Peirce
Boston Post, 18 de agosto de 1877



Zina Fay Peirce acompañó a su esposo Charles S. Peirce en su segundo viaje por Europa de abril a junio de 1875. Llegaron a Liverpool a primeros de abril e hicieron un breve viaje por Inglaterra antes de trasladarse a Hamburgo a finales de mayo. Dos años después de aquel viaje Zina publicará tres crónicas de su visita a Inglaterra en el Boston Post. Resulta interesante constrastar las crónicas de Zina con lo que escribe Charles S. Peirce a su familia en sus cartas del 14 de abril, del 18 de abril y del 24 de abril de 1875.

Las imágenes del Boston Post que se reproducen en estas páginas han sido hechas a partir del cuaderno de Zina Fay Peirce en el que recortaba y pegaba sus artículos que se encuentra actualmente en la Schlesinger Library. (Papers of Sylvia Wright Mitarachi, 1834-1990. Series II. 5.4. [Melusina Fay Peirce published articles scrapbook], 1876-1878).
 
Anterior / Siguiente


[enlarge]







[enlarge]








[enlarge]







[enlarge]







[enlarge]







[enlarge]







[enlarge]

Para llegar de Chester a Leamington tuvimos que pasar por la llamada "Comarca negra". Siempre había supuesto que la ira y el odio del Sr. Ruskin hacia nuestra época del carbón y el hierro eran debidos a la exageración de su intenso temperamento hasta que vi realmente sus horrores, pues no puedo con sinceridad llamarlos de otro modo. Es del todo inconcebible que esta buena y hermosa tierra sea transformada en algo tan parecido a nuestra idea de las regiones infernales. Una sucesión de ciudades y pueblos perfectamente negros de humo y suciedad, el sol invisible, la cara de la naturaleza oscura, ningún árbol ni nada verde, y por todas partes esas chimeneas escupiendo fuego real con un denso humo. ¡Terrible!

Es descorazonador que los seres humanos se vean obligados a pasar sus vidas enteras en tales entornos. La esclavitud negra no es nada comparado con eso, y no es extraño que los hombres se embrutezcan dándose en extremo a la bebida, obligando a sus mujeres a trabajar en sus propias y duras tareas y golpeándolas hasta la muerte con sus zapatos de suelas claveteadas, pues un lugar que se parece tanto a la Gehena debe desarrollar algo parecido a los demonios. Uno pensaría que toda la ciencia y los inventos de Inglaterra se emplearían de forma apasionada en tratar la cuestión de cómo consumir el humo de esas chimeneas, pues ciertamente no puede haber ante los ingleses otro problema más acuciante en este instante y que requiera más de una solución.

Leamington, con sus aguas, es una nueva ciudad de moda en Inglaterra, y no tendrá más de cincuenta años. Está magníficamente pavimentada y lo más limpia posible, y hay muchos árboles y verde alrededor, lo que le da un aspecto agradable a ojos americanos, ya que generalmente no los hay en las ciudades inglesas y continentales, excepto en los parques y plazas destinados para ello. Leamington es el paraíso de los solteros respetables con ingresos moderados que, en número de unos cuatro mil, constituyen la mayoría de la población. Todas las casas en las calles tienen un nombre en la pared o en la verja, como "La cabaña", "El bosquecillo", "Villa Molino", incluso aunque se trate solo de un terreno de una yarda o quizás de nada en absoluto. Los hoteles y casas de huéspedes son excelentes, y es un lugar delicioso para quedarse unas semanas o unos meses, según sea el caso. Pero para el turista, los atractivos de Leamington son los llamativos lugares de interés en sus alrededores: el castillo de Warwick, Stratford on Avon, Kenilworth, Combe Abbey y otros. Así, la mañana después de nuestra llegada fuimos de inmediato en coche al castillo de Warwick, a unas dos millas de Leamington, y que ves por primera vez reflejándose en el río con una indiferencia altiva y estática que parece decirle al inteligente nuevo vecino "tan solo mi sombra merece más la pena que tu sustancia".

 

Pasamos una entrada con torres y nos encontramos en un desfiladero cortado en la sólida roca, cuyas paredes de piedra se erigían muchos pies por encima de nosotros y estaban del todo cubiertas por largas hiedras que descendían desde lo alto. Este desfiladero nos rodeaba y era del todo encantador, fresco, sombreado y romántico. En la segunda vuelta o así al rodearlo llegamos al castillo, una majestuosa montaña de arquitectura medieval en piedra gris, con torres almenadas en cada extremo y una entrada en el centro.

El foso está ahora lleno de bellos arbustos y árboles que se apoyan sobre las paredes del castillo, y que hirieron mucho el sentido de lo adecuado de mi compañero. Él pensaba que debería dejarse tan desnudo y triste como en los días en que era realmente una fortaleza. Pasamos por la puerta y nos encontramos en el patio del castillo, una enorme superficie cuadrangular rodeada de altas torres por tres lados y altas paredes rebasadas por grandes techos. Nos dejó entrar un mayordomo que se parecía de forma tan alarmante a un caballero que no veía cómo podíamos ofrecerle una propina.

En 1872 un incendio había destruido el famoso "vestíbulo de los barones" del castillo y otras treinta y una habitaciones que no han sido todavía restauradas, aunque están en proceso de serlo. Por tanto no vimos muchas habitaciones, pero aquellas que nos enseñaron fueron suficientes. "¡Dios mío! ¡Dios mío!", ¡me di cuenta de qué tesoro artístico constituirían tan solo las pinturas que había en esas habitaciones para nuestro pobre país, tan carente de arte! Todos los grandes nombres clásicos del arte, con pocas excepciones, estaban representados. Había un Rafael, un Leonardo, un Rembrandt, un Murillo, varios Rubens y los más espléndidos Van Dyks. También Holbeins, Lelys, Reynolds y no puedo recordar qué más. Una habitación estaba pintada de rojo pompeyano, otra estaba forrada de paneles de cedro, otra tercera de delicado verde y oro, en conjunto con el techo y todos los marcos de las pinturas, mientras que en una cuarta habían dormido las reinas Isabel y Ana, y contenía su cama con baldaquino, toda de satén y terciopelo, tan grande y sombría como las camas con baldaquino parecen condenadas a ser universalmente, ¡lo suficiente para hacerte temblar! Y en cuanto a la soberbia porcelana antigua, el cristal, el vidrio, los bronces, los mármoles, los mosaicos, la marquetería, los fabulosos gabinetes y mesas (¡una de ellas costaba 10.000 libras!), por supuesto había de todo. El dinero puede comprar y el ingenio y la habilidad pueden crear cosas como aquellas en cualquier momento. Pero las pinturas —esos tesoros impagables acumulados por generaciones— eran apabullantes. Me sentí transportada. Mi cabeza no paraba de dar vueltas. Realmente, los dueños del castillo de Warwick ¡tenían demasiado! Imagínense a una familia tranquilamente sentada tomando cada día su desayuno con tales cosas gloriosas alrededor suyo y, como si no fueran suficientes, las vistas en el exterior de los salones eran tan bellas y valiosas como las de dentro.





Warwick Castle, Red Drawing Room , 1879

El Avon, ¡qué otra cosa sino el Avon de Shakespeare!, fluye a través del antiguo parque, y una pintoresca cascada con un molino justo debajo de las ventanas añade el último toque de curiosidad y romanticismo a esta herencia inigualable. Más aun, en el exterior de otras ventanas había varios cedros del Líbano, tan incomparables como para justificar el orgullo y el amor de los poetas hebreos por el árbol nacional de su tierra sagrada, y debajo de ellos un pavo real, ave de la realeza, se estaba moviendo silenciosamente por su tranquila sombra.


Grabado del Jarrón de Warwick, 1821

Después de dejar la mansión subimos a la "Torre de Guy", desde donde se divisaba un completo panorama del campo alrededor. En una parte, el Avon, (pronunciado Aavon) que baja serpenteante desde Stratford, se separa cerca del castillo y fluye alrededor de una isla. Es un río pequeño —casi tan grande como los ríos de Vermont antes de que se medio secaran al talar los bosques para alimentar a las locomotoras— y no puede imaginarse nada más exquisitamente encantador de lo que aparecía serpenteando a través de esas millas de suave parque ondulado, la hierba tan verde como una esmeralda, soberbios árboles repartidos alrededor y la ligera neblina inglesa realzando todas las distancias. Era en efecto muy poético y lo suficientemente perfecto como para haber sido el río del mismo Shakespeare. Paseamos por una parte de los terrenos hasta un invernadero, en el centro del cual se encumbraba sobre nuestras cabezas el gran y famoso "jarrón de Warwick", de mármol blanco. Fue encontrado en las ruinas de Villa Adriana y era extraño pensar que el poderoso sistema feudal que ese antiguo castillo representaba había surgido, florecido y desaparecido desde que esa reliquia de la "grandeza que fue Roma" fuera enterrada. Está perfectamente conservado y es demasiado magnífico, en mi humilde opinión, para su actual situación en un simple invernadero, si quitamos que allí está a salvo del fuego.

Cuando estábamos saliendo del castillo nos enseñaron en los alojamientos del portero, entre otras reliquias bárbaras, la caldera de hierro con capacidad de más de cien galones en la que, hace novecientos años, solían prepararse los robustos guisos del tempestuoso Guy de Warwick, fundador de la familia, y ¡también el tenedor de carne, casi tan grande como una horca, con el que solían pinchar las viandas! Es casi una lástima que el Conde de Warwick no ponga el caldero sobre un pedestal en su salón de desayunos como un espécimen de la antítesis de Darwin, pues entonces, mientras se entretiene con su tenedor de oro o bebe de su porcelana de Sevres, podría mirar este "bol para las gachas" y ese gancho para la carne y pensar con asombro en aquello a lo que "sobrevivieron" sus antepasados.

Confieso que me gustaría mucho volver a esa espléndida residencia de gentes que han sido "formidables" durante casi un millar de años con algunos de nuestros exclusivos americanos, que se entronizan sobre sus ramas de unas pocas generaciones y después miran por encima del hombro a sus vecinos. Pienso que antes de salir tendría el placer de ver cómo esas ramas se parten visiblemente debajo de ellos, ¡al menos por un tiempo! Realmente es demasiado absurdo para nosotros en este lado adornarnos con nuestras breves genealogías cuando tenemos el ejemplo de lo que significa "familia" en estos deslumbrantes pedigríes y herencias del viejo mundo. Nuestra grandiosidad debería descansar sobre fundamentos muy diferentes, y debería consistir, si tan solo lo supieran nuestros aristócratas, en la más completa no-autoafirmación, junto con el más invencible y silencioso orgullo de ser simplemente "un americano", esto es, un ciudadano de la única gran nación que alguna vez ha formado deliberadamente y ha mantenido con éxito un gobierno sobre la idea divina de "la mayor felicidad de la mayoría". Los romanos desdeñaban casarse incluso con los reyes y reinas del mundo antiguo, y pensaban que todo el mundo estaba por debajo de ellos excepto sus propios yoes sin título. Deberíamos albergar al menos un respeto igual por nuestra bondadosa república, y quizá de ese modo no tendríamos que sonrojarnos al ver a bellezas americanas gastando su dinero para ser admitidas como novias despreciadas, o en el mejor de los casos toleradas, en estos altivos títulos extranjeros.

Lamento que no pueda dar, como un añadido al esbozo de la completamente conservada propiedad de Harwick, un esbozo de la total ruina de su vecino cercano, el majestuoso Kenilworth, pero el resto del día lo pasamos en una excursión a Stratford que ocupará un número futuro y, aunque al siguiente día tomamos un coche hasta Kenilworth, no pudimos entrar por ser domingo. Solo pudimos rodear la muralla que lo encierra y mirar las ruinas desde todos los puntos de vista exteriores. En efecto, es un asombroso montón y, como observó mi compañero, un monumento a la eterna infamia de los Roundheads1 que lo destruyeron, así como Heidelberg es un monumento a la crueldad francesa. Siempre había imaginado que el castillo estaba profundamente envuelto y enclaustrado en algún viejo parque, con gruesos árboles magníficos creciendo a su alrededor y dando sombra a su desgracia desde la cara del cielo. En lugar de eso, está justo fuera del desordenado pueblo de Kenilworth en una ligera elevación de unos siete acres está rodeada por un alto muro, y desde el centro de esa elevación sube hacia el cielo su ruinosa frente con toda la terrible desnudez y esterilidad de una desolación demasiado grande para ser ocultada, que le recuerda a uno las implacables penas que desbordan a veces a algunos ilustres personajes a la vista de todo el mundo, por ejemplo la trágica soledad y melancolía de los últimos días de la gran Reina, para la que se había creado muy especialmente su pompa y su grandeza. Kenilworth es en efecto la reliquia más melancólica de la gloria pasada que nunca imaginé, y un sermón particularmente impresionante sobre la vanidad de todas las aspiraciones mortales salvo las inmortales. Si el horrible crimen hacia su mujer del que su señor fue acusado es verdad, no podría parecer más "bajo prohibición" de lo que lo hace.

 

Desde Kenilworth fuimos en el coche a una bella propiedad llamada Guy's Cliffe, por Guy de Warwick, que pasó allí sus últimos días entre las rocas como un ermitaño penitente. Una gran cantidad de ingleses de clase media estaban paseando por un parque que parecía dedicado a él, las chicas en grupos de dos, tres y cinco, y los hombres de manera similar: rara vez una pareja de sexos opuestos junta. Pobrecillos, ¡qué aburridos parecían todos! Qué cosa tan extraña e inexplicable es ese orgullo masculino que no quiere reconocer el hecho evidente de que los hombres y las mujeres jóvenes nunca son tan felices como cuando están en la inocente compañía ilimitada de unos con otros. Y así, un sexo se mantiene vulgar y pesado, y el otro insatisfecho y ocioso simplemente porque el más fuerte de los dos se siente un poco más noble y más seguro de su posición si se coloca en un pedestal desde donde puede mirar al más débil cansado de ello ahí abajo.

Solo hombres muy grandes y abiertos de mente, como Balzac, tienen el valor de reconocer su necesidad en esa dirección. Él, en su obra, suspiraba por la "suave mente femenina", cuya única compañía podía reanimarle; y podemos estar muy seguros de que las disipadas actrices no tendrían encantos para los estudiantes si estos pudieran estar, como no pueden los de Harvard, en contacto diario con los refinados atractivos de sus propias hermanas, primas y amigas. Es verdad que se requerirían muy altos y delicados modelos de honor entre los hombres jóvenes, y de discreción entre las mujeres jóvenes para que ese contacto resultara todo lo bueno que puede desearse. Pero, ¿por qué no establecer esos modelos y confiar en que la naturaleza humana, como siempre hace, se eleve hasta ellos? Seguramente no se consideraría a los jóvenes de nuestros círculos más altos menos caballerosos, ni a las señoritas solteras menos reservadas de lo que son los estudiantes de ambos sexos que llenan las instituciones metodistas y baptistas del norte y de las universidades públicas del oeste, y que estudian juntos en la universidad sin que se produzca ningún daño moral.

Durante varios años la Universidad de Londres ha estado haciendo por las mujeres jóvenes lo que el Comité para la asociación de la educación intelectual de las mujeres deseaba de Harvard hace cinco o seis años, a saber, otorgar sus grados a aquellas que podían pasar sus exámenes. Últimamente, las autoridades han admitido a las mujeres también en las clases, y a través de una reciente carta del Sr. Moncure D. Conway nos hemos enterado de que una señorita Watson, "joven y guapa", ganó el primer premio este año en matemáticas aplicadas y mecánica, por encima de aproximadamente un centenar de hombres jóvenes. Cuando el Prof. Clifford, el gran matemático que se está ganando el prestigio de un "¡segundo Newton!" pronunció su nombre para ese honor, dijo que "la de ella era la mente matemática más fina que nunca había encontrado en un alumno de su sexo, y que unas cuantas estudiantes más como ella elevarían a la joven universidad por encima de las viejas instituciones", esto es, de Oxford y de su propia alma mater, Cambridge. Cuando Oxford y Cambridge comprendan lo que Londres está haciendo, también ellas empezarán probablemente a otorgar grados a mujeres; y, por último, cuando el precedente "inglés" haya sido perfectamente establecido, Harvard será la última en copiar aquello que debería haber estado orgullosa de iniciar, ya que la admisión de mujeres en las universidades ¡es puramente americana!2

Melusina Fay Peirce


Notas

1. Seguidores del Parlamento durante la guerra civil inglesa (1642-1651).

2. Como militante feminista, Zina aprovecha sus artículos para difundir siempre sus ideas, en este caso, la coeducación y el libre acceso de las mujeres a la enseñanza superior.

 


Traducción de Sara Barrena (2014)
Una de las ventajas de los textos en formato electrónico respecto de los textos impresos es que pueden corregirse con gran facilidad mediante la colaboración activa de los lectores que adviertan erratas, errores o simplemente mejores traducciones. En este sentido agradeceríamos que se enviaran todas las sugerencias y correcciones a sbarrena@unav.es
Proyecto de investigación "Charles S. Peirce en Europa (1875-76): comunidad científica y correspondencia" (MCI: FFI2011-24340)

Fecha del documento: 17 de agosto 2014
Última actualización: 2 de octubre 2014

[Página Principal]