Amy Fay



[c.1879]

Amy Fay es hermana de la primera esposa de Peirce, Harriet Melusina Fay. En la carta de Charles S. Peirce a su hermano Jem de 1 de febrero de 1862 [L 339], describe así su primer encuentro con ella: "Miss Amy, el único miembro de la familia a quien no conocía ya, es una hermosa chica, muy alta, de hermosa forma, finos rasgos, pelo de oro y una complexión muy peculiar. Ella es muy animada y toca maravillosamente".

Durante seis años vivió en Alemania, donde estudió música con diversos maestros, entre otros Kullak y Liszt. Puede verse una fotografía de Amy Fay de 1872. En la Schlesinger Library del Radcliffe Institute en Harvard [78-M105--81-M126, Series I, Box 1]), entre los Fay Family Papers, 1800-1953, se encuentra la valiosa colección de cartas que Amy escribió a su hermana Zina y a otros miembros de su familia durante esa estancia. Resulta realmente emocionante leer la carta que escribe a su hermana Zina con motivo de la muerte de Benjamin Mills Peirce:

-16 de mayo 1870: Carta de Amy Fay a su hermana Zina, Berlín

Son muy relevantes para conocer con más detalle el viaje de Charles S. Peirce por Europa en 1870-71 al menos las siguientes tres cartas:

-6 de agosto 1870: Carta de Amy Fay a su hermana Zina, Berlín

-21 de agosto 1870: Carta de Amy Fay a su hermana Zina, Berlín

-25 de agosto 1870: Carta de Amy Fay a su hermana Zina, Berlín

 

En 1880, Harriet Melusina Fay editó un libro titulado Music-Study in Germany en el que recogía una selección de esta correspondencia de Amy Fay con omisión de aquellos asuntos más personales, con correcciones y adaptaciones. En ese libro aparece un breve relato del viaje de Amy a Dresde junto a Charles Peirce, que traducimos a continuación:

"Berlín, 21 de agosto de 1870

Supongo que Charles te ha descrito con detalle nuestra visita a Dresde, y el tiempo tan maravilloso que pasamos. Realmente fueron cinco días poéticos, ya que todo era nuevo para los dos. Muchas cosas en Dresde nos sorprendieron bastante. En primer lugar, la belleza de la ciudad nos impresionó con mucha fuerza, y ambos señalamos qué singular era que de toda la gente que conocemos que ha estado allí ninguno haya hablado de ella. El Brühl’sche Terrasse es el paseo más encantador imaginable. Va a lo largo de la ribera del río Elba, que es allí bastante ancho y hermoso, y me sentía siempre bajo una especie de encantamiento en cuanto subíamos el ancho tramo de escaleras que conduce a él. Tomábamos siempre té al aire libre, y escuchábamos tocar a una banda de música. Los alemanes simplemente viven al aire libre en verano, y es completamente fascinante. Tienen jardines por todas partes llenos de árboles, debajo de los cuales hay pequeñas mesas y sillas y banquitos, y puedes sentarte y cenar o tomar el té que te sirven. Por la noche todo está iluminado con lámparas de gas.

Cuando nos sentábamos ahí en Dresde parecía un país de cuento de hadas. Los atardeceres eran suaves y fragantes, la perfección misma del clima de verano. Los jardines están bastante por encima del río, y puedes ver desde arriba un tramo bastante largo. La ciudad aparece a la izquierda, debajo de ti, y las torres se alzan bellamente, exactamente igual que en un cuadro. Ese aire de la cultura de siglos está por todas partes, y la atmósfera suave y perezosa sosiega el alma para el descanso. Solíamos caminar hasta que llegábamos al Belvidere, que es un gran restaurante con una galería en el piso de arriba que lo rodea. Había una banda de música y ahí nos sentábamos y tomábamos nuestro té y pasábamos siempre dos o tres horas. La luz de la luna, el río fluyendo y con bellos puentes cruzándolo, las miles de lámparas reflejadas en él y temblando en el agua y bajo los arcos, la infinidad de pequeños vapores y chalanas navegando de un lado a otro brillantemente iluminados, la música y las multitudes de gente pasando lentamente, le ponían a uno en una especie de estado delicioso de aturdimiento, y ¡uno sentía como si este mundo fuera el cielo!

Al día siguiente de nuestra llegada fuimos, por supuesto, a la galería de pinturas, y allí quedé completamente sorprendida. Nada de lo que uno oiga o lea le da la menor idea de la magnificencia de las pinturas que hay allí. No sabía antes lo que era una pintura. La suavidad y riqueza del colorido y su exquisita belleza deben verse para comprenderlo. La Madonna sistina le deja a uno extasiado.


La Madonna sistina de Rafael

Es completamente gloriosa y uno no puede imaginar cómo puede haberla concebido la mente del hombre. Uno ve qué sueño es después de mirar a las demás madonnas de la galería, muchas de las cuales son maravillosas. Pero ésta se eleva por encima de todas ellas. La mayor parte de las madonnas parecen tan rígidas, o tan viejas, o tan matronas, o tan inexpresivas o, en el mejor de los casos, como en la Adoración de los pastores de Correggio (una pintura magnífica), el éxtasis de la madre sólo se expresa en el rostro. En la Madonna sistina la Virgen parece tan joven e inocente —tan virginal—, no como una mujer casada de mediana edad. Los grandes ojos azules, muy abiertos, tienen una mirada húmeda en ellos, como si hubieran llorado muchas lágrimas, y a pesar de todo una inocencia tal que te hace pensar en un niño al que hubieras consolado después de un violento ataque de llanto. La majestuosidad de la actitud y el perfecto reposo del rostro, en el que hay una mirada de espera, de inefable expectación, son muy impresionantes. El Sr. T. B.1 dice que le parece como si hubiera sido sobrepasada por la enorme dignidad que se le ha impuesto y estuviera todavía perdida en un temor reverencial ante ella, lo que me parece una idea exquisita. San Sixto, que está arrodillado a la derecha de la Virgen, tiene en sus rasgos una expresión de ansiosa solicitud. Está evidentemente intercediendo con ella por la congregación hacia la que su mano derecha se extiende, ya que la pintura estaba pensada para estar situada sobre un altar. El único fallo que puede encontrarse en la pintura, pienso, está en el rostro de Santa Bárbara, que se arrodilla a la izquierda. Ella mira dulcemente a los pecadores que están debajo, pero con una ligera auto-conciencia. Los dos querubines que están en la parte de abajo son exquisitos. Sus pequeñas caras redondas tienen una mirada exaltada, como si sus ojos se fijaran plenamente en el augusto par de arriba hacia el que se vuelven. El fondo de la pintura —todos los rostros de los ángeles pintados borrosamente— da el toque final a esta creación asombrosa. Pero debes verla para darte cuenta".

[Fuente: Amy Fay, Music-Study in Germany from the Home Correspondence of Amy Fay, ed. Mrs. Fay Peirce, The Macmillan Company, edición de 1913; publicado originalmente por Jansen, McClurg & Co., 1880; Traducción de Sara Barrena (2008)]

Puede encontrarse más información sobre Amy Fay en:

-Dumm, Robert & Shaffer, Karen, "Amy Fay, American Pianist. Something to Write Home About", The Maud Powell Signature 1/2 (1995), pp. 4-8

-Kaufmann, Helen L., "Fay, Amy (May 21 1844-Feb. 28 1928)", Notable American Women: 1607-1950: A Biographical Dictionary, Paul Boyer (ed.). Cambridge (MA), Harvard University Press, 1971, Vol. 3, pp. 602-603.

-McCarthy, Margaret William, Amy Fay. America's Notable Woman of Music, Harmonie Park Press, Michigan, 1995; recensión de E. Douglas Bomberger, American Music 16 (1998), pp. 222-224




Notas


1. Se trata probablemente de Tom Burgess (1842-1912), graduado en 1861 en la Universidad de Harvard y en 1864 en la Universidad de Oxford. En la carta original no aparece esta frase, pero sí en la versión publicada. Cinco años después, cuando Zina deja solo a Peirce en Suiza y se marcha a Berlín, Charles escribe a su madre: "Creo que está disfrutando mucho la compañía de Tom Burgess en Berlín" (Carta del 7 de agosto de 1875).


Proyecto de Investigación "Correspondencia europea de Charles S. Peirce: creatividad y cooperación científica" (Universidad de Navarra 2007-09)

Fecha del documento: 31 de marzo 2008
Última actualización: 22 de septiembre 2011
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