Eugenio d'Ors
GLOSARIO INÉDITO    
(ABC, 13-VI-1929)

GOLA O CUELLO FLOJO.— «Poeta habemos», me he dicho, por fin, al leer alguna de las décimas contenidas en la última obra del argentino Fernández Moreno. Hasta ahora, no me hubiera atrevido a decir tanto, en juicio acerca de él.
Hasta ahora, los versos de Moreno pertenecían al tipo blando y comodón —sugestiones sentimentales y morales, llana claridad, ausencia de preciosidad, tendencia al prosaísmo, fácil abandono a la cadencia más que al ritmo; al asonante, más que a la rima— que Octavio de Romeu ha designado con el mal nombre de lírica de cuello flojo, y que marca, en la literatura hispana, un período intermedio, entre el engolamiento romántico que, desde José Cadalso hasta Núñez de Arce, cultivó el énfasis oratorio y la nueva poesía engolada, la que opta, bien por el énfasis figurativo y musical, desde el divino Rubén, bien por el énfasis conceptual, como el gran Ramón de Basterra y los neogongorinos actuales.
Lírica de cuello flojo fue la del buen Campoamor. Y, hasta cierto punto, la de Rosalía de Castro. Y, muy por debajo, la de un catalán, de expresión poética parcialmente castellana, Morera y Galicia. Y la del excesivamente celebrado Gabriel y Galán. Y la del murciano Vicente Medina. Y la del castellano Enrique de Mesa, ahora tan dolorosamente arrebatado, por la crueldad de un destino pálido, al honor de la literatura y a la afección de los amigos.
¿Queda, Mesa desaparecido, alguna buena sensibilidad poética, al servicio de esa laxa manera de entender el juego lírico? Quedaba en la Argentina Fernández Moreno. Pero hoy Fernández Moreno ha evolucionado. Vuelto de espaldas al ideal de la espontaneidad, le vemos encaminarse hacia el ideal de virtud; o, como se decía, en una crónica reciente de las «Páginas teatrales», de ABC, preferí a la ley de Rousseau la del Renacimiento.
Así trabaja hoy, como otros ingenios españoles contemporáneos, en la restauración del difícil, castizo y sabroso ejercicio de la décima. Tres consonantes, señores, y luego otros tres y dos y dos, y todo encabalgado según arte. Materia rica y dura que labrar, no miga de pan para pulgares en sobremesa.
«La plata —escribió un economista norteamericano, que no temía darse falsos aires de Perogrullo—, la plata es hermosa, pero todavía más hermoso es el oro».

DISCULPA SINCERA.— No te he escrito, a fuerza precisamente de recordarte… Tan presente estabas para mí, que el esfuerzo de tomar pluma y papel, trazar unos renglones, llenar unas carillas, fechar, firmar, plegar, encerrar en un sobre, franquear el sobre, depositarlo en un buzón y esperar respuesta, parecía a mi subconsciencia igualmente superfluo que le parece a la del niño que se distrae, y, olvidando el juego, da un aviso en voz alta, el aplicar la boca al tubo de cartón del tosco teléfono, con que convino hablarle a su hermanito, en el otro ángulo de la habitación.

EN PAZ.— Cada mañana que amanece, el tiempo me ha devorado un poco… Pero, a mi vez, yo me he comido una raja de tiempo.
Acabaremos empatados. Es decir, él inmortal. Y yo, también.

«SOCKING».— Aquel hombre nos dijo:
—Yo también andaría sin sombrero, si mi cráneo se terminara por arriba con un contorno geométrico.
—¿Pues, cómo termina, si no? —se atrevió a preguntar, con harta indiscreción, uno de los presentes.
Entonces él se descubrió, y vimos que le rodeaba la cabeza un nimbo de luz.
Y comprendimos que, en efecto, no se puede salir así a la calle.

LOS CASTIZOS.— ¿Por qué esa tendencia a colocar siempre en lo más bajo los signos de la diferenciación nacional?
¿Por qué no recordar que el arte de escribir décimas es, por lo menos, tan castizamente español que el de cantar flamenco?

ESTORBOS.— La frase de aquel analfabeto, de eterna recordación, a quien para leer «estorbaba el negro», conoce otra variante, en una zona ligeramente superior de cultura.
Existe quien es capaz de entender una idea, cuando la oye enunciar oral y descuidadamente, pero no sabría reconocerla cuando la ve explanada en orden lógico y por escrito.
A éste, con toda evidencia, lo que le estorba es la sintaxis.

HAY QUE LEER MAS.— Habría que leer más. Las muchas faltas de ortografía que brincan por ahí —hasta en los terrenos en que menos podía uno figurárselo— no denuncian tanto, generalmente, una ausencia de pretérita instrucción, como una actual deficiencia de lectura.

UNIDAD Y PLURALIDAD EN LA TEORÍA DE LA CULTURA.— La tesis de la pluralidad de culturas podrá equivocarse en su vaticinio de una decadencia. Pero nosotros no nos equivocamos al encontrar, en ella misma, la expresión de una decadencia.
Todo apartamiento de las disciplinas centrales agobia nuestra mente con fantasmas de pluralidad.
Cuando el Hijo Pródigo andaba, miserable y extraviado, lejos de la morada del Padre, veíase rodeado de rebaños pululantes y viles.
Pero una sola res bastó para el gozoso festín con que fue celebrado el regreso.

APUROS.—¡Dios mío! ¡Pensar que hay escritores que se dicen faltos de tema o en apuro por encontrarlo!


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Última actualización: 22 de julio de 2008