ACERCA DEL PAISAJE DE LOS ALREDEDORES DE MADRID Y DE LA PINTURA DE PAISAJE EN GENERAL.— Acerca del paisaje de los alrededores de Madrid existe ya toda una literatura. Mas para quien tiene ojos y conoce el modo de servirse de ellos esta literatura resulta, en general, de corto socorro. Lo corriente en la misma es partir de un prejuicio —muy propio, como casi todos los que nos salen al paso, de las preferencias teóricas y estéticas del siglo XIX—, prejuicio según el cual los elementos decisivos en cualquier paisaje son aquellos no modificables o menos modificables por la cultura, es decir, el aire y la luz.
Semejante pretensión aseméjase demasiado a lo que en la consideración del lenguaje significara una tesis donde se supusiera que dentro de él lo importante son los adjetivos, no los substantivos; o bien otra dirigida a sostener que en ornitología vale más ser guiado por las plumas que por los esqueletos… Colores y resplandores, atmósferas y meteoros, cuando de un espectáculo de naturaleza se trata, serán lo adjetivo, representarán el plumaje; pero no podrán alcanzar ante nuestros ojos, si nuestros ojos están un poco abiertos y tienen alguna luz, el valor protagónico que tienen la tierra misma y los objetos sólidos en ella sostenidos, ahincados o enraizados.
Incluso en los paisajes de marina —y los cultivadores de la marina, como género pictórico, bien lo saben— importa, para dar interés al conjunto, que ciertos elementos del cuadro, aquellos que al mar representan o aluden, ofrezcan una consistencia arquitectural, bien en forma de superficie bruñida, bien disponiendo estructuralmente el juego de las olas de tal modo que allí se acusen los volúmenes mejor que exaltarse la fiesta de la movilidad. Un cuadro de marina que pudiese, por ejemplo, invertirse, resultaría un mal cuadro; el mismo Turner —tan audaz, no obstante, en las fantasmagorías luminosas— no se atrevió jamás al paisaje marítimo reversible, es decir, aquel en que el cielo pudiese tomarse por agua y el agua por cielo; y si el impresionista Monet en la serie tan equívoca de las Ninféas lo ha hecho así, bien pueda decirse que ha llevado la penitencia en el pecado, porque jamás las Ninféas de Monet han sido ni serán tomadas, en la historia del arte, como un producto normal, sino como un capricho, que, si acaricia un momento nuestra sensibilidad, carece de todo derecho a ser guardado en el ennoblecedor archivo de la memoria: recreo de un cuarto de hora, cosa fungible, situada ya en la inmediata cercanía de lo puramente decorativo de las realizaciones del arte industrial; hermana en arabesco de un alicatado, de un policromo tapiz, de un plato de Faenza; cosa, en fin, que se ve sin mirada, que se reconoce sin idea y que se olvida sin remordimiento.
No; el paisaje no puede ser meteorología pura. Es necesario que sea geología además. Y pocas tentativas acerca del paisaje español me han parecido tan sugestivas en los últimos años como la realizada y explicada en unas conferencias por un geólogo, el Sr. Fernández Navarro, quien se ha ensayado en una clasificación científica de los aspectos de aquél.
Pero, a mi juicio, aún conviene llevar la reacción antiimpresionística más lejos. En realidad, dentro de la delimitación artística de cualquier espectáculo de la Naturaleza, no sólo deben entrar, substantivamente, elementos de arquitectura, sino de cultura. Cuando los primeros pintores que se adelantaron a cultivar el paisaje como género independiente seguían la costumbre de colocar en los escenarios naturales algo que revelase la anterior presencia del espíritu: una casa, un templete, una ruina, algún testimonio, en fin, de la actividad humana, bien sabían lo que se hacían; en el fondo, no otra cosa que elevar a lucidez de conciencia y designio aquello que en lo oscuro es ya inevitable ley. Porque así como el cuerpo del hombre, aun desnudo, aun convencionalmente aislado de cualquier muelle o producto de manufactura, no es, no puede ser para el pintor un modelo puramente zoológico; así como el cadáver, aunque inanimado, no puede ser tomado por el mismo como tema de una «naturaleza muerta» o bodegón, así el paisaje, aunque se pretenda sorprenderlo en la ingenuidad de su pureza, encierra necesariamente algo más que una combinación precaria de factores físicos. El rincón más agreste tiene una huella; la llanura más yerma tiene un sembrado; el árbol más salvaje, el golpe de un hacha; el más solitario de los panoramas, un camino… «Chassez le naturel, il revient au galop», dijo el preceptista; con no menos razón pudiera decirse: «Desterrad al espíritu y él, en volandas, os volverá»…
Pero vengamos ya a la cuestión concreta de los alrededores madrileños. Proverbial es la desnudez de los mismos. Lo que ocurre es que la tal desnudez se nos aparece, no como inocente, sino como vejada. Deger dijo un día de la carne de sus modelos que le gustaba estudiar en ella las huellas que había dejado el uso hereditario y personal del corsé. Así, en estos abiertos campos, en estos declives, en estos terrones, quedan, más o menos superficialmente visibles, los estigmas y las señales de una concepción de la vida.
¿Me atreveré a decir —siempre la dualidad de dualidades— que de dos concepciones? Capital en derecho, superación o, por lo menos, amalgama de contrarios, Madrid es una síntesis. Si por un lado es, y ha sido siempre, algo como Roma, por otro lado es algo como el desierto. Europa tiene aquí, en cierto modo, una frontera con África. Y, fortaleza fronteriza, capital de una trágica Marca, Madrid, si por una cara mira a Roma, a Europa, por otra mira a África, al desierto. Esta doble alusión modela una doble fisonomía. Y esta doble fisonomía se traduce inevitablemente en la estructura del paisaje. De cara al Este y al Sur, un ceño, una impasible mueca. De cara al Norte y al Oeste, una sonrisa, una sonrisa forzada, bastante pobre, bastante triste, pero sonrisa al fin. Se diría que, desde lo lejano, Portugal y Francia le recogen. Entran, en la composicion de este semblante, de todos modos, un poco de árboles, un poco de verdura, un poco de desnivel, un poco de agua. Entran tonos relativamente tiernos, finos, grises, nácares vagos. Al contrario que en la otra parte, toda amarillez, toda adustez. Es un guarismo rápido, cuya relatividad descontarán inmediatamente los sensibles: la cara que Madrid ofrece a Aragón es una cara de oro; la que ofrece a Portugal, una cara de plata…
No; la literatura no lo ha dicho todo; la literatura no ha dicho casi nada acerca del paisaje de los alrededores de Madrid.
|