Diario de Charles Drake
(Constantinopla, 31.08.1870)

 

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31. Fuimos con Mr. Peirce (un americano) a ver la Mezquita de Santa Sofía, que es un ejemplo magnífico de basílica bizantina. Al principio los guardianes no nos dejaron entrar, ya que no teníamos permiso

 

y no estábamos dispuestos a dar ninguna propina antes de entrar; de modo que les dedicamos todos los insultos de los que éramos capaces en árabe, y finalmente se retractaron humildemente y nos dijeron que podíamos entrar sin pagar nada. De modo que entramos y visitamos cuanto quisimos. Todo el techo había estado alguna vez recubierto de mosaicos de oro, pero en las zonas en las que se había destruido había sido restaurado con yeso amarillo. En la bóveda central las estrellas habían sido sustituidas por las cabezas de cuatro querubines, que están en las esquinas.

En la galería de los lados, la balaustrada está formada por losas de mármol, de las que han arrancado todas las cruces. En esas losas hay algunas inscripciones griegas. El efecto del edificio en su conjunto es muy bonito, pero se echa bastante a perder por los escalones frente al Mehral, y al estar todas las esterillas ladeadas para mostrar la verdadera dirección de Kibleh.

Después de dar un franco (el precio habitual para un grupo es de 2 ó 3 libras por lo menos) y unos cuantos improperios de despedida a los guardianes, fuimos a la Mezquita del Sultán Ahmed, que es bonita por su gran tamaño. Por dentro las paredes están parcialmente cubiertas de azulejos. El exterior es similar al de la basílica de Santa Sofía y evidentemente dio origen a esa arquitectura, que ha sido perfeccionada en las tumbas del Califa en El Cairo, aunque en ellas se prestó casi tanta atención a su belleza exterior como a la interior, o incluso más, mientras que en Constantinopla, en

 

todas las antiguas mezquitas, no parece que se haya tenido en cuenta la apariencia externa.

Un poco detrás de esta mezquita está el hipódromo, en el que hay dos obeliscos, uno de pequeñas piedras, antiguamente cubierto de losas y el otro un monolito de granito con jeroglíficos egipcios; se sostiene sobre cuatro cubos de cobre y el pedestal está cubierto de bajo relieves romanos, bajo los cuales hay una inscripción latina que afirma que fue colocado por el emperador Teodosio. Entre los dos hay una columna rota de bronce retorcido.

Pasando por la "torre quemada" (cercana a la tumba del Sultán Mahmúd), que está construida con seis grandes bloques, cada uno terminado en una corona, y cada uno situado sobre un pedestal de mampostería, llegamos a la "torre del fuego", donde siempre hay un centinela que vigila por si hay incendios.

Está sobre el patio del Seraskier Serai y debe tener unos 250 pies de alto. Domina una vista sobre el mar de Mármara y el Cuerno Dorado, y la entrada al Bósforo, mientras que toda la ciudad se extiende como una maqueta a los pies de uno. Es ciertamente una de las vistas más bellas de una ciudad que he visto nunca. Las de Granada y El Cairo son las dos únicas que pueden acercársele algo, y son tan diferentes que es imposible hacer una comparación entre ellas. A las cuatro de la tarde tomamos el vapor "América" y partimos hacia Varna.

El Bósforo es más como un río que como un canal.

 

Fuente: The Literary Remains of the Late Charles F. Tyrwhitt Drake, F.R.G.S., pp. 298-299


Traducción de Sara Barrena (2008)

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Proyecto de investigación "La correspondencia europea de C. S. Peirce: creatividad y cooperación científica (Universidad de Navarra 2007-09)

Fecha del documento: 18 de diciembre 2008
Última actualización: 27 de julio 2017
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