| Eugenio d'Ors | |
ESTÉTICA Y MORFOLOGÍA. LOS VALORES PLÁSTICOS |
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(Folletones de Arriba, 1-VIII-1943, p. 5; recogido parcialmente, con algunas modificaciones, con el título «La geometría sensible», en Tres lecciones en el Museo del Prado [1944, pp. 98-103]) |
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SECRETOS DE OFICIO |
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Fatigada un día de las anécdotas, dióse la crítica de arte al estudio concreto de las formas. ¿La belleza no es la perfección? ¿La perfección no se ajusta a leyes objetivas? Se tratará, pues, de captar esas leyes. Las doctas Academias promulgaron con solemnidad. Los artesanos talleres se las han comunicado al oído. Ciertamente, no han sido pocos, a través de las centurias, los «secretos» aplicables a la técnica cotidiana de las artes y transmitidos, bien a favor del parentesco, bien del aprendizaje, bien de la simpatía, bien de la gradual inclusión del novicio en cofradías y corporaciones. Artistas como Leonardo pudieron refinar el misterio de tal comunicación; el Renacimiento, en general, fue de ella extremadamente goloso. Todavía uno ha conocido —era en Andalucía— a tal hermético artesano, tallista él, de imágenes piadosas, que, recatadamente y en premio a no recuerdo qué servicio, le inició en saber cómo, para determinada operación de la policromía, era conveniente tomar, en función de frote, no un retazo de gamuza, como hacen los ignaros, sino una membrana de criadilla. |
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REGLAS DE ACADEMIA |
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También es verdad que innúmeros preceptos de los que tradicionalmente ruedan por las enseñanzas académicas y dan base a ciertos diplomados pedantismos, presentan ya un carácter superior, sobre todo los que se refieren a algunas excelentes reglas de composición artística: las que recomiendan en pintura la «composición en pirámide», por ejemplo; recomendación donde se conjugan, a razones morfológicas muy serias, creencias mágicas bastante singulares. Y el primor en este capítulo se ha cifrado en algún arduo cálculo, que, tanto por su dificultad como por su valor, mereció ser dicho de oro, como los contenidos en los famosos «Número de Oro» y «Sección de Oro», sólo recientemente pasados del mundo de lo exotérico a los análisis de lo científico. Hay sobre esto una tradición inmemorial. No hablemos del Oriente —el Egipto parece haber sido especialmente fértil en estas cosas—, ni de los mal conocidos saberes, creencias y supersticiones órficos. La filosofía de Pitágoras, con sus inmediatas aplicaciones paralelas a astronomía, arquitectura y música, señala la persistencia de una tradición, ininterrumpidamente comunicada, a la vez que por escuelas, por cofradías, frecuentemente secretas o practicantes de un exoterismo doblado de esoterismo. Platón no sólo comulgó en las dos especies aúreas, el Número y la Sección, sino en la del «Año de Oro» o «Año Perfecto», en el cual todo ha de volver a empezar; precedente este «Año» de los «ricorsi» de Giambatista Vico, del «Ring des Ringes» nietzscheano y de recientes y más o menos difusas espenglerías. De Platón, el secreto pasa a Plotino y a Alejandría; de Alejandría a la Gnosis; de la Gnósis a la Kábala, por un lado; por otro, ya en función de pedagogía y no de iniciación, al «Trivio y Cuadrivio» medioeval; de éste, a la curiosidad desenfrenada del Renacimiento. Y luego, a las teosofías y rosacruces y otras moraverías del XVIII. Ahora mismo, ya consumada, en lo que fue secreto, cierta científica dignidad, las orientaciones más recientes de la física, la matemática y, para colmo, la biología y la antropología, vuelven a imbuirse de esa tradición de pitagorismo. |
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LA GEOMETRÍA SENSIBLE |
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Todo ello para no hablar de otras aportaciones que, con trascendencia ya inmediata a lo estético, han fluido a última hora en la misma dirección: contemos entre ellas la constitución sistemática de una Morfología general, dentro de la cual la morfología artística pasa a ser un caso particular tan sólo. Ni de la «Geometría sensible», del malogrado Jean Nicod, un día estudiada en nuestros análisis sobre «las ideas y las formas». Ni de las muy sintomáticas aparición y boga de ciertas actitudes artísticas, tal la del Cubismo, vivamente interesadas en buscarse títulos de nobleza en el conocimiento matemático. Sobre este conjunto los lectores y clientes de aquella revista que, hará un cuarto de siglo, se publicaba en París con el título L'Esprit Nouveau, y donde se juntaban, a reproducciones de Seurat o de Signac o de los pintores puntillistas, ecuaciones de Charles Henry; y, a las discusiones sobre Einstein, los manifiestos de la «Arquitectura funcional», ahí están, que no me dejarán mentir. |
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EL «NÚMERO DE ORO» Y LA «SECCIÓN DE ORO» |
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Una palabra sobre esas quintaesencias misteriosas. Que se me otorgue la venia para echar un rato a perros, evocando someramente, pero con inevitables relentes de matemática, el intríngulis de ciertas logomaquias ilustres. En el libro VI de los Elementos de Euclides, se formula que un segmento está dividido «en media y extrema razón», cuando el segmento entero tiene respecto de su parte mayor la misma relación que esta parte mayor respecto de la parte menor. Y en la proposición 30 del mismo libro se da la efectiva construcción del punto de división en la forma siguiente: Si a es la longitud del segmento en cuestión y si x denota la longitud de la parte mayor, el problema se traduce en la proporción: |
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a : x = x : (a-x) |
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| esto es, en la ecuación de segundo grado: | |
a (a-x) = x2 |
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de donde resulta que el mismo problema puede reducirse a estos términos: dividir un segmento en dos partes tales que el rectángulo del segmento entero y de una de sus partes tengan una extensión igual al cuadrado de la otra parte. Bajo esta forma, el problema se encuentra resuelto en los Elementos de Euclides, en la proposición 11 del libro II. Por lo mismo, la longitud de la parte mayor de la división «es media y extrema razón» del segmento de longitud a es dada por la raíz positiva de la ecuación de segundo grado antes indicada; esto es por: |
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÷5—1 . a 2 |
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A este segmento es al que se le ha dado el nombre de «Sección de Oro», en la cual el Renacimiento reconoció el carácter estético, que ya el pitagorismo le había atribuido, según se ve en el famoso —sobre todo en estos últimos tiempos»— tratado de Pacioli <De> divina proportione, publicado en 1503, y en las obras del humanista Ramus y del astrónomo Keplero. |
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DE LA «DIVINA PROPORCIÓN» |
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No hay que decir cómo la Kábala había ya situado el tema de la «divina proporción» dentro del cuadro de aritmética mágica, en el cual pudo también ser visto como «áureo» alguno de los números tenidos ya por el orfismo y el pitagorismo como sagrados, el 1, el 3, el 7, el 12, a los cuales vino a veces a añadirse el 33, como representación de la edad de Jesucristo, o el 70, de la apocalipsis. La acepción que más corrientemente se atribuyó al término «Número de Oro» le relaciona con la cronología litúrgica, por su servicio para el cómputo eclesiástico de la Pascua, en función del ciclo de diecinueve años, medida del período pasado el cual las fiestas movibles vuelven a caer en las mismas fechas, y que, según parece, había tenido ya su precedente en la periodicidad de las Olimpiadas griegas y que fue estatuido con precisión por el Renacimiento, gracias al cálculo de Escalígero. Según este cálculo, «Número de Oro» es, pues, el 19, y el año 1935, por ejemplo, ha sido un año áureo, cosa que volverá a suceder en 1954. Más frecuente, sin duda, que ese tipo de aplicación litúrgica de la matemática sagrada es aquel donde la misma se enreda con derivaciones astrológicas, a las cuales no fue extraña, por cierto, una figura científica de tanta grandeza como la de Keplero. Y lo convincente, de todos modos, fue su aplicación a la música, en cuya fijación la invención del signo del pentagrama representó un paso definitivo… |
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EL EXORCISMO |
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Envuelto en su toga de bachiller, Mefistófeles, después de haber propinado al novicio Discípulo una lección abstrusa de lógica formal, en que el tejer del pensamiento es comparado al del tejedor, le espeta lo siguiente, según aquella famosa traducción de Llorente, cuya magnánima generosidad ante el ripio nunca me cansaré de alabar: |
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«Esto, con ansia y placer, lo aprende el alumno presto… Lo que no aprende con esto, el alumno, es a tejer». |
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Pero, en el mismo Fausto, cuando el mismo Mefistófeles trata de hacer de las suyas, se encuentra detenido por un signo mágico, cuya barrera de influjo no puede atravesar. Este signo, más formalístico aun que la más formalística de las leyes lógicas — invención pitagórica también— es el pentagrama. ¿De igual modo que para la representación de lo acústico, para la representación de lo óptico, un pentagrama, un signo de mágico exorcismo, podría encontrarse también? Al aprendiz pintor, desde luego, la iniciación en este signo no le enseñaría a pintar. Ni al crítico a juzgar… Sin embargo, tal vez por ahí cabría exorcizar a aquel otro maldito chápiro, que el llama «el Mal Gusto». Con lo cual, nada perderían las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes. |
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| Última actualización: 29 de mayo de 2007
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