EL ARTE DANÉS.— He tenido la suerte de poder ver y estudiar un poco una Exposición colectiva de arte danés. Me apresuro a declarar con franqueza que, en las palabras acabadas de escribir, la fórmula «tener la suerte» no debe entenderse enteramente como sinónima de «tener el gusto». En realidad, ni a los ojos ni al espíritu, el conjunto a que me refiero proporciona demasiado placer. En la frialdad del mismo, en su opaca desolación, a trazos en su torpeza, no se regalan los primeros. El otro, el espíritu, saca de ahí con facilidad una moraleja; pero no suele ser, el de sacar moralejas, ejercicio precisamente gozoso.
Dígase, para interpretar esta observación con justicia, que la aludida Exposición —está abierta ahora en París, en el Museo del Jeu de Paume—, confiésase, desde luego, muy incompleta, y debe de serlo más todavía de lo que dice. Del más célebre de los escultores daneses, Bertel Thovaldsen, casi nada se ha podido traer; lo impedía una cláusula de los Estatutos del Museo elevado a su memoria y que contiene sus estatuas y su tumba; una cláusula inspirada por el mismo espíritu restrictivo y por igual egoísmo de propietario que lo que ha impedido a los Goyas de Bayona acudir a la Exposición de Madrid. Tampoco hallamos aquí a Kai Nielsen, para quien han reverdecido en el mundo los laureles de Thovaldsen. Añádase que, por principio, parece haberse excluido de la muestra al siglo XX. Y, del XIX, a cuanto presentaba ya un carácter revolucionario.
Si, ceñida por estos límites, la impresión que de la visita se saca es de pobreza, no lo es de insignificancia. Ya hemos empezado por consignar que, por lo menos, la ventaja de una moraleja, de una lección ejemplar se ha encontrado aquí. No habremos perdido el tiempo si la utilizamos.
HOEYEN Y SUS CULPAS.— Allá, al promediar el siglo XIX, se puso a pontificar en Dinamarca un espíritu que dicen considerable. Era un historiador, un teórico, un propagandista: se llamaba Hoeyen. Dios le haya perdonado al señor el mal que hizo. Éste fue el que dio en persuadir a los artistas daneses de que el arte tenía la obligación de ser un producto nacional —«danés, bien danés», según la fórmula en todas partes conocida—, y que en singularse nacionalmente, por el sabor local, por el «carácter» estaba la salvación. Ya sabemos que cada país ha conocido predicaciones análogas. Pero ciertos tóxicos, de que pueden los adultos soportar fuertes dosis, resultan para los niños un punto menos que mortales. En tiempo de Hoeyen, el arte danés era muy niño; apenas si tenía cien años; considérase, en efecto, como la señal de su inicio, la fundación, en 1754, de la Academia de Bellas Artes de Copenhague. A la debilidad de su primavera, aquella ingestión de nacionalismo fue fatal. Ha exigido otros cincuenta años la eliminación de los efectos de la misma, la vuelta a una despreocupada salud coincidente con una nueva política —con una nueva higiene— de ventanas abiertas.
Lo que las malhadadas ponzoñas de Hoeyen vinieron a cortar se presentaba —y ahí está el crimen— con aspecto de un florecer bastante dichoso. Por de pronto, la obra entera de Thovaldsen queda insertada en este período anterior a la preocupación nacionalista, en un período en que dominaba todavía en la cultura el espíritu universalizador del Setecientos. Pocos artistas de tan universalista tendencia como Thovaldsen. Grecia, la abstracción clásica, le dieron patria verdadera, con darle inspiración. Su Jasón, una de las creaciones capitales de toda la escultura moderna, es, dentro de toda la escultura moderna, lo que más se parece a la escultura antigua. Figuración muy clara, muy pura. Nada extraño a la belleza le presta interés. Pero realizaba el escultor obra de belleza, con hacerlo de sabiduría, cuando, tan documentado como intuitivo —las eruditas rectificaciones ulteriores han servido, precisamente, para aumentar el valor de la genial tentativa— acertaba en la obra maestra de la reconstitución de los Eginates.
Pero, si no en la excelsitud de su maestría, en la nobleza de sus intenciones, el autor del Jasón no estaba solo. Abildgaard, pintor, dibujante, decorador, arquitecto, arqueólogo, fundador verdadero de la cultura clásica danesa, había encontrado en Roma y en París el camino de Copenhague. Pintó a Apolo, a Ceres y a las Parcas; a Sócrates en su prisión; sacó escenas —ahora expuesto aquí— del Asno de Oro, de Apuleyo. Luego fue Eckersberg, discípulo de David. Luego, Constantin Hansen, discípulo de Eckersberg, amigo de reproducir las antiguas fábricas de la arquitectura de Italia. Y Marstrand, más italiano aún, más cosmopolita aún. Marstrand, que decía: «No sé pintar. ¡Dios mío, por qué no habré nacido en Francia!»
Hay —en la Exposición del Jeu de Paume también— un retrato muy bello de Thovaldsen, obra de Eckersberg. Aparece delante de un friso griego —o suyo, es lo mismo—. Y vestido de uniforme. De uniforme de académico. Más: de académico italiano.
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