ANTICIPACIONES A UNA TEORÍA COMPLETA DE LO BARROCO.— Artífice seré de baratijas, no de chapuzas. Quiero decir que, tanto como gusto de la modestia en el designio, reniego de la dejadez en el cumplir. A artistas próceres levanté ya el gallo, como a Rodin mismo, por su improbidad por exhibir y vender cuanto con un movimiento de mano le salía, cuatro aprietos de pulgar en la arcilla, un garabato de lápiz en el papel… No, yo no seré quien dé gato por liebre, camelo por verbo, boceto por obra. Juguetería, repito, bueno. ¡Escenografía, nunca jamás!
Bien; pero «nunca jamás» se dice pronto… Quedan los casos en que es imposible hacer otra cosa; y es que, sin embargo, por una razón cualquiera, la misma viabilidad de la obra futura exige unas previas manifestación y utilización de algún documento improvisado. El arquitecto, antes que construir, dibuja. La costumbre, tal vez la misma lógica de su especial producción, le constriñen, antes de que se mueve sillar o ladrillo, a exhibir, no sólo unos «planos» rigurosos, sino unas «perspectivas» de efecto y aun croquis de detalles. Tampoco en el arte de imprimir el impresor guarda para sí los borradores, las que se llaman «pruebas». ¿No podrá, igualmente, el escritor, en circunstancias concretas y excepcionales, conocer la necesidad de algún anticipo sobre los venideros construcción y resultado, de dar ciertas improvisaciones, «pruebas», «croquis», «perspectivas»? Buscando una fórmula general y precisa, cupiera aquí, aforísticamente, afirmar que en arte el boceto es tolerable siempre que el boceto sea un prospecto.
¿«Nunca jamás», me atreví a decir? Son palabras que nunca debiera pronunciar el filósofo. Dejemos a los Cuervos (¡oh, Poe!) el graznar aseveraciones apodícticas. La vida —como el pensamiento—, como la elegancia, fluyen, dando la vuelta a pequeñas y laterales curvas de contradicción.
LO BARROCO EN LA CULTURA Y EN LA NATURALEZA.— Todo esto es para justificar, según fuero de Espíritu, la licencia con que voy a traer aquí, dejándolas, por el instante, en su desorden y hervor primeros, ciertas notas, lacónica traducción de puntos, especialmente vivaces, dentro de una serie de reflexiones sobre lo barroco, que se van sedimentando en mí, a través de una peregrinación por ciudades y caminos de Iberia.
«Lo barroco», he escrito, y no «la arquitectura barroca», ni siquiera «el arte barroco»… Que, en efecto, la gran modificación sufrida por la consideración y estudio de los problemas que se refieren a este capítulo de la historia de la cultura, ha consistido, en los últimos cincuenta años, en ampliar la noción de barroquismo, desde el dominio de una simple escuela artística, tal vez especialmente arquitectónica, hasta el círculo total de la sensibilidad, primero; después, hasta el área, más vasta, de la cultura; ahora, últimamente —si Dios me ayuda en que lleve adelante ciertas tareas que tengo entre manos—, hasta la consideración del barroquismo como una posibilidad natural permanente, que ha tenido, en la evolución humana, distintas manifestaciones, y las tiene incluso en la extrahumana, en la pureza de los fenómenos zoológicos o botánicos, por ejemplo. Hasta el punto en que se llega a inducir, entre otras cosas, si la mujer no será, en el cosmos, una institución barroca constante, a revés del hombre, institución clásica, o, por lo menos, con particular obligación de ser tal.
Finjámonos la madrileña puerta del Hospicio: «He aquí una muestra —se dijo un día— de un desvarío arquitectónico». «He aquí un documento —vino a objetarse, después— para a historia del arte». Y, luego: «He aquí la manifestación característica de una etapa de la sensibilidad, en el mundo…» Para decir ahora: «He aquí el símbolo, entre mil distintos, pertenecientes a las escuelas y estilos más distintos en el espacio y en el tiempo, de una de las actitudes posibles para la Cultura, tal vez de una de las dos únicas actitudes posibles». Y para atreverse a decir mañana: «He aquí una de las más importantes abscondita a constitutione mundi».
En este último sentido, una meditación sobre la estructura de la puerta del Hospicio puede ser paralela, en absoluto, paralela y equivalente a una meditación sobre la estructura del esqueleto de los mamíferos o sobre la del crecimiento de las palmeras.
DIAGRAMA DEL ESQUELETO Y DE LA PALMERA.— Y ya está aquí sobre eso una nota. Ya está aquí, por ventura, una revelación.
Lo convenido. Las dejaremos, ésta y las inmediatas en su primer turbio trazado. Y, entre sí, de momento, en dispersión. Lo anterior sirva para presentar las razones en virtud de las cuales, y por una vez, me he creído autorizado a hacerlo.
He salido de viaje. Uno de los objetivos de mi viaje, el que ahora, al salir, en esta mañana de primavera, acaricia predilectamente mi imaginación, es la visita a cierto Jardín Botánico que yo me sé y a cierto contiguo Museo —barroco— de Historia Natural, en un país, no lejano, nada lejano, pero sí, por desgracia, remoto.
Mi ensueño matinal ve ahora, figurados en una perspectiva de ilusión, una palmera (sobre un cielo rutilantemente añil), un esqueleto (reducido arbitrariamente ahora, casi a trazos lineales).
Pero hay que arrancarse a la ensoñadora inacción. Vivo, vivo, a anotar el itinerario que nos ha de guiar, a tomar un taxi, para acudir al lugar de la cita.
De repente, advierto una cosa. Ésta: un esqueleto es algo del mismo orden y estilo que un cuadro sinóptico. Pero una palmera, en la disposición que ha impreso en su forma el fenómeno de su crecimiento, es algo del mismo orden y estilo que un taxímetro.
Diagrama del esqueleto y de la palmera. El esqueleto como el cuadro sinóptico, traduce especialmente los elementos estables y permanentes. El tallo de la palmera, como el taxímetro, traduce al espacio los elementos temporales y dinámicos.
Pues bien, convengamos en llamar clásicas a las formas que pertenecen al orden y estilo de un cuadro sinóptico; y barrocas a aquellas otras que pertenecen al orden y estilo del taxímetro. Y ya todo está ahí.
Un esqueleto es una institución clásica. Una palmera es una institución barroca.
Por eso —y volviendo a recoger un cabo suelto, antes insinuado—, si conviene que los hombres recuerden a los esqueletos, conviene que las mujeres se puedan comparar a las palmeras.