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Review / Ángel QUINTANA Fábulas de lo visible. El cine como creador de realidades Acantilado, Barcelona, 2003

Ángel Quintana continúa en su nuevo libro Fábulas de lo visible su exploración del realismo en el cine, ya planteada en sus anteriores monografías –Roberto Rossellini (1995), El cine italiano 1942-1961. Del neorrealismo a la modernidad (1997) y Jean Renoir (1998)–. En esta ocasión, su enfoque es más ensayístico, sin perder por ello el necesario rigor, lo cual dota al libro de una atractiva combinación de análisis y recorrido personal.


Quintana plantea ya desde el inicio cuál será la columna vertebral de su argumentación: “Tomando como base el debate entre la reproducción de lo real y la construcción de la realidad”, busca acercarse al realismo no como una escuela cinematográfica, sino “como una constante de los diferentes discursos artísticos en los que el referente se sitúa en el centro de una representación que pretende potenciar en el espectador la ilusión de realidad” (p. 28).


Con esta premisa, la primera parte de su libro plantea un discurso más contextualizador y teórico. Comienza con un repaso al debate sobre el realismo en el arte (desde Aristóteles hasta Ricouer, Gombrich o Auerbach); le sigue un estudio de las relaciones entre la novela naturalista y realista y el cine; y un tercer capítulo en el que ofrece un sugerente análisis de tres teóricos clásicos del realismo en el cine: Bazin, Kracauer y Pasolini. La segunda parte de su libro se ancla más en un recorrido histórico, con cineastas y películas concretas, ya apuntado antes, pero que ahora marca la estructura de los capítulos explícitamente: “la apuesta del neorrealismo”, “la autoconsciencia realista en cierto cine contemporáneo” y “la realidad suplantada” (que caracterizaría al cine desde los noventa). Quintana va combinando en su discurso las principales aportaciones de teóricos y críticos, junto con los trabajos de cineastas que él considera claves en sus apuestas realistas. Su texto se va desgranando con un estilo claro y riguroso a un tiempo, combinación no tan frecuente en escritos de talante académico. Además logra con maestría presentar al lector los diversos filmes, con unas pocas pinceladas que resultan suficientes para el que no los ha visto y no hacen repetitivo el texto para los conocedores de esa obra.


Con esos mimbres, el autor va componiendo un discurso abierto sobre la noción de realismo en el cine. Así, consigue revisar los postulados de Bazin, Kracauer y Pasolini, contextualizando sus aportaciones y resaltando los aspectos más permanentes de sus trabajos. De ellos destaca esa defensa del cine como modo de conocimiento de la realidad, más allá de una visión ingenua de la cámara como instrumento transparente de reproducción del mundo visible. Un enfoque que para él comparten directores tan diversos como Rossellini, Rohmer, Straud y Huillet o Kiarostami. Cada uno de ellos se adentrará en esa exploración de lo visible con diferentes actitudes, pero todos comparten, para el autor, una voluntad de convertir a la realidad en protagonista, ajenos a un realismo de la representación abanderado por el cine hollywoodiense, para el que la transparencia se convierte en una estrategia formal para cautivar al espectador.


Sus tesis se vuelven más urgentes cuando reflexiona sobre los últimos años del cine, que define, siguiendo a Ignacio Ramonet, como la “era de la sospecha” (p. 258). Con la digitalización de la imagen, la realidad ya no deja su huella en el celuloide, sino que se convierte en un fragmento de información, sujeta a transformaciones múltiples en la post-producción. La imagen –del cuerpo, del espacio físico– se desmaterializa, dejando paso a la realidad virtual. Un proceso que el cine contemporáneo ha tematizado en películas como Matrix, símbolo de ese espectador que ha vuelto a la caverna platónica, consumidor de imágenes que se le presentan como mero reflejo de las cosas reales. Frente a esa situación, el realismo –concluye Quintana– encuentra su refugio en los márgenes, en cines periféricos como el iraní o en francotiradores que se atreven a apuntar a la realidad con obras como El sol del membrillo de Victor Erice.


Al concluir la lectura del libro, el lector se queda enganchado a un buen número de ideas sugerentes, dispuesto a reivindicar un cine que le ponga en diálogo directo con el entorno, que aporte alternativas valiosas al “cine sin huellas” que tiende a invadir las pantallas. El camino recorrido no siempre será del gusto de todos, pues el tono ensayístico ya deja entrever argumentos atrevidos y rutas abiertas a la discusión. Pero no hay duda de que el viaje merece la pena para cualquier lector interesado por esas fábulas de lo visible que nos propone el autor.

 

Efrén CUEVAS ÁLVAREZ
se.vanu@saveuce

 

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