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Calidad Revistas Científicas Españolas
Review / Daniel INNERARITY La sociedad invisible Editorial Espasa, Madrid, 2004, 227 pp.

Con La sociedad invisible –Premio Espasa de Ensayo 2004– Daniel Innerarity prosigue la investigación sobre el sentido e inteligibilidad de la sociedad actual emprendida en Ética de la hospitalidad (Península, Barcelona, 2001) y La transformación de la política (Península, Barcelona, 2002). Pensar nuestro mundo es una tarea tan compleja como apasionante. Heterogeneidad, incertidumbre, desorden o dispersión son términos con los que se describe el tiempo presente. A pesar de vivir en la sociedad de la información, nuestro entorno ofrece un perfil opaco e inquietante porque su dinámica escapa a nuestra comprensión teórica y dominio práctico.


Coincidiendo con Habermas, Innerarity relaciona la opacidad de nuestra sociedad con su inabarcabilidad. Nunca hemos estado mejor informados y, sin embargo, resulta difícil hacerse una idea de la realidad social en un golpe de vista porque las redes causales que explican su funcionamiento permanecen ocultas e inaccesibles: “Circuitos financieros, intercambios comerciales, difusión de ondas e imágenes […] parecen pesar más que nunca en la frágil cartografía del mundo” (p. 103).


Precisamente por eso, cartografiar este mundo nuestro, sorprendentemente lábil e inabarcable, es hoy una tarea mucho más compleja porque su geografía cambiante no se deja atrapar en una foto fija. Acaso hablar del final de la territorialidad y las fronteras resulte excesivo, pero parece evidente que el proceso de mundialización de nuestra vida nos conduce a una fluidificación del territorio o, por decirlo a la manera de Luhmann, a una “bagatelización del lugar”. Nuestra comprensión del espacio ha resultado profundamente modificada y las nociones de centro y periferia del sistema han perdido peso y consistencia. Vivimos en un mundo sin alrededores en el que se ha cumplido el vaticinio de Jaspers: ya no hay nada fuera.


Pero no sólo se ha alterado nuestra percepción del espacio, también la noción del tiempo se ha visto trastocada. En opinión de Innerarity, la aceleración tecnológica de los últimos años y la velocidad de circulación de la información han provocado una contracción del tiempo. La duración del presente se abrevia porque disminuye la persistencia de las premisas que gobiernan nuestra vida. Ese acortamiento del presente se aprecia en la rapidez con que caduca y es reemplazado cada nuevo adelanto técnico. Otro tanto ocurre en el campo de la educación: nunca antes habían envejecido tan rápidamente la literatura científica y las competencias profesionales que se exigen en el mercado laboral.


Innerarity es conciente de que hablar de opacidad a propósito de una sociedad como la nuestra que se ha declarado a sí misma transparente (véase Gianni VATTIMO, La sociedad transparente, Paidós, Barcelona, 1990) y en la que la ciudadanía está moldeada por la televisión puede parecer una afirmación intempestiva. Sin embargo –arguye– la aparente inmediatez y familiaridad con que los medios de comunicación nos aproximan los acontecimientos resulta engañosa. Por paradójico que parezca, más cantidad de datos, palabras, imágenes y sonidos puede traducirse en menos información. Del mismo modo que el ruido entorpece la comunicación, “la profusión de imágenes y palabras saturan con una masa indiferenciada de hechos brutos, mediante una superficie espesa sobre un fondo indiferenciado que desorienta” (p. 53). Como en La carta robada, de Poe, la mejor manera de guardar un secreto es mostrarlo, publicitarlo, incorporarlo al exuberante circuito informativo. Por eso, la labor del pensamiento crítico consiste en no dejarse apabullar por lo demasiado visible, no sucumbir a la presbicia que nos impide ver lo demasiado próximo y no dejarse arrastrar por la banalidad de lo inmediato.


En su novela 1984 Orwell dibujó una distopía en la que los ciudadanos estaban sometidos a la vigilancia permanente de las cámaras del Gran Hermano. Visto desde nuestros días, ese sombrío pronóstico ha dejado de preocuparnos, antes al contrario: en una sociedad mediática lo que preocupa no es que nos vigilen, sino resultar invisibles; “la peor condena, en una sociedad de la comunicación y la atención, es la irrelevancia, la falta de reconocimiento” (p. 133). En ese combate público por la atención, los medios son los principales catalizadores, catapultando a determinados individuos al centro de la atención pública. Como se ha señalado repetidas veces, los medios no sólo hablan de gente famosa, sino que hacen famosa a la gente de la que hablan. Es por eso por lo que la política ha pasado a estar claramente gobernada por esta economía de la atención: “En política lo decisivo es cada vez más una escenificación en la que los electores son espectadores, y los votos, cuota de pantalla” (p. 139). A diferencia de las sociedades tradicionales, en la sociedad contemporánea el ejercicio del poder no consiste en ver sin ser visto, sino en disfrutar del privilegio de la atención: mostrarse y ser visto por todos. Por ello –afirma Innerarity con sorna– los políticos actuales tienen “más cara” que antaño.


¿Cómo salvar, entonces, este velo de opacidad social que los medios de comunicación contribuyen a tejer? Para esta tarea Innerarity reivindica la utilidad de la sospecha, la actitud reflexiva, paciente y desconfiada frente a lo demasiado obvio y trivial. La labor del pensamiento crítico –afirma– consiste en preguntarse qué se esconde tras los signos, el imaginario cultural, los mensajes y las representaciones de nuestra sociedad mediática. Volviendo del revés el aforismo, si el dedo que señala el cielo son los media, no miremos al cielo sino, justamente, a los propios medios y sus efectos. Ignoremos los temas banales, la agitación superficial y la falsa discrepancia que es mero conformismo y discutamos los límites que pretenden marcar lo que se puede y lo que no se puede decir. “Decir lo que no se puede decir”, proponía Adorno en Dialéctica negativa. Ese es el desafío al que Daniel Innerarity nos emplaza.

 

Rodrigo Fidel RODRÍGUEZ BORGES
se.llu@robdorr

 

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