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Calidad Revistas Científicas Españolas
Review / David R. SPENCER The Yellow Journalism. The Press and America’s Emergence as a World Power Northwestern University Press, Evanston, 2007, 272 pp.

Otra nueva historia sobre la “prensa
amarilla” de Pulitzer y Hearst. Podría
pensarse, de entrada, que está de
más. Parecía que poco más de podía
aportar, tras las nuevas biografías de
Hearst (de David Nasaw, publicada
en 2000 y traducida al castellano 5
años después), de Pulitzer (en 2001
ha aparecido la última de Denis
Brian), además de las obras de W. Joseph
Campbell y Joyce Milton, que
se ocupaban de los mitos acerca del
papel de los periódicos en la guerra
entre Estados Unidos y España y de
los corresponsales estadounidenses
que se ocuparon del conflicto. La insistencia
en el tema cabría interpretarla
en una clave inadecuada. El tema
es atractivo no sólo por las cuestiones
que andan en juego tras una
lucha desenfrenada por lograr ser el
diario de Nueva York con una mayor
tirada. Los personajes que estuvieron
envueltos en la trama son, ciertamente,
fascinantes para el público en
general y para los propios investigadores.
La afamada obra cinematográfica
de Orson Welles se ha colado en
el imaginario de la sociedad occidental
y ha hecho que la figura de Charles
Foster Kane haya pasado a ser popular hasta unos límites que se igualan
casi con el desconocimiento de la
figura real del gran magnate de la comunicación
William R. Hearst.
En realidad, el nuevo libro se inscribe
en el intento de desmentir las
falsedades que se forjaron, en buena
medida por la propia naturaleza de la
denominada “prensa amarilla”. Pues
las publicaciones que ayudaron a acuñar
ese término se caracterizaron por
no tener alma, no respetar la verdad
de los hechos, por no importarles dar
por real lo falso, con tal de que aumentaran
las ventas. El afán competitivo
que impuso Pulitzer desde su
llegada a Nueva York a comienzos de
los años 80, fue superado por su discípulo
Hearst, que se gastó una parte
de la fortuna de su madre (los siete
millones de dólares que dilapidó en
pocos años apenas sí le importaron a
Phoebe Hearst) para lograr estar en
el primer puesto de los diarios más
vendidos. Ese periodismo de engaños
y de creación de historias falseadas se
contagió al gremio de los historiadores.
Así, se convirtió en un lugar común
(incluido, por supuesto, en la
versión cinematográfica) la frase del
director de periódico que contestaba
al corresponsal quejoso de que no sucedía
nada en Cuba: “¡Que él envíe
los dibujos que ya haré yo la guerra!”
(“You fournish the drawings, I’ll fournish
the war!”). Los historiadores
dieron por buena la versión de Creelman
y así ha estado haciendo crecer
la mala fama de Hearst, hasta que recientes
investigaciones han demostrado
que lo más probable es que todo fuera una invención del periodista
(p. 176).
Spencer ofrece una síntesis sobria
y bien documentada de lo que fue esa
etapa dorada del periodismo, en la
que se ha especializado. Su acercamiento
al tema se remonta a los orígenes
mismos de la nueva nación, en
la búsqueda de las raíces que ayuden
a entender ese fenómeno. De ahí que
vuelva a aparecer la referencia al juicio
de Zenger de 1733, del que tanto
gusta hablar a los historiadores de la
comunicación estadounidenses. La
tesis del libro es que el periodismo
practicado con ocasión de la guerra
por Cuba fue la máxima demostración
de los progresos que se habían
llevado a cabo en décadas precedentes
y que hicieron posible que los diarios
fueran agentes de cambio de primer
orden en la sociedad estadounidense.
Sin dejar de comentar los excesos
inaceptables que se dieron, insiste
en rescatar elementos positivos
que pueden apreciarse en los sucesos
que centran la atención de la obra.
En esta línea, se lanza una atrevida
conexión entre Civic Journalism y Yellow
Journalism que suponemos no
agradará a muchos leer (pp. 100-
101).
Como el autor se encarga de destacar
en el prefacio, la aportación
más original se centra en el análisis
del periodismo gráfico desplegado
por aquellos atrevidos periodistas. En
realidad, la lectura de esas páginas resulta
un tanto insatisfactoria, pues no
se ha hecho un profundo examen
iconológico de las páginas de aquella época. Tras la presentación de las
mejoras que supuso el grabado y el fotograbado,
se indican algunos ejemplos
que ayuden a mostrar el nuevo
lenguaje que empezó a desarrollarse
en esas fechas. No hay mucho fruto
de la lectura de ese capítulo, en ese
aspecto concreto, al que inicialmente
se da tanto énfasis.
La aportación de Spencer, en definitivas
cuentas, no supone una novedad
absoluta en cuanto a los datos
que ofrece. Hay que atribuirle, con
todo, el valor de ser una buena síntesis,
fácil de leer, actualizada, con interpretaciones
profundas de los sucesos
y las personas. Por esto es una lectura
recomendable para quienes deseen
la verdadera historia de unos
años del periodismo estadounidense
que siempre se mantienen actuales,
que están por encima de la anécdota
y de los falsos mitos. Para los interesados
en la historia del periodismo
servirá como una buena síntesis que
incluye lo último que se ha publicado
referido al tema en cuestión. La propuesta
de destacar lo positivo de
aquella “prensa amarilla”, que tan
profunda huella dejó en el periodismo
que hoy sigue haciéndose en Estados
Unidos, no deja de ser una forma
de reconocimiento al pasado, pero
nunca hay que entenderla como
una justificación para una práctica
periodística tan criticable e inaceptable.

 

José J. SÁNCHEZ ARANDA
se.vanu@adnarasj

 

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