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Review / Felix ORTEGA La política mediatizada Alianza, Madrid, 2011, 202 pp.
¿Cómo influyen los medios de comunicación en la constitución de la legitimidad política en las sociedades actuales? ¿Qué cambios introduce este nuevo orden en los modos de hacer política y periodismo? ¿Quién produce, y en qué condiciones, las ideas que dan sentido y cohesión a la vida colectiva? La más reciente obra del profesor Félix Ortega recoge algunos de sus temas clásicos de investigación para integrarlos en el marco de los estudios en Comunicación política, disciplina que se ocupa de las relaciones entre las instituciones políticas, los medios de comunicación y la ciudadanía.

Es un hecho incuestionable que los medios de comunicación son una de las instituciones fundamentales en cualquier sociedad moderna. A partir de su presencia ubicua, efecto de un largo proceso histórico, se ha constituido un “nuevo espacio público” que dejó de ser ese foro abierto a la libre discusión que se loaba en la Inglaterra del siglo XVIII para convertirse en un parque temático de acceso semiprivado cuyos vigilantes de seguridad, los periodistas, exigen a cualquiera que pretenda acceder que adecúe su mensaje a las lógicas mediáticas: escándalo, personalización, entretenimiento y presencia efímera. Quien no pueda o no quiera pasar por este tamiz –producir, por ejemplo, su análisis de un problema social en 59 segundos- está condenado a la inanidad.
El nuevo espacio público requiere, entre otras cosas, una forma diferente de hacer política. Según Ortega, implica una forma de legitimación distinta de las tres expuestas por Max Weber: tradición, legalidad y carisma. A través de la “opinión pública” sus profetas, que son los medios de comunicación, disputan a las instituciones democráticas la legitimidad de la acción política. Ellos creen representar mejor a la ciudadanía: incluyen a más personas y recogen sus intereses de un modo más continuo y más honesto que los partidos y parlamentos tradicionales, corruptos y burocratizados. Y éstos no tienen por ahora más remedio que adaptarse a la situación mediante una estrategia doble: generando, por un lado, relaciones clientelares abiertas o encubiertas con los principales grupos mediáticos para obtener apoyo a sus políticas; por otro, dando entrada en su funcionamiento a la lógica mediática. Hacer política para los medios, desde el gobierno o la oposición, lleva a los partidos a un tipo de actuación que inevitablemente los aleja de los ciudadanos, debilitando aún más su legitimidad. Queda establecido un círculo vicioso del que sólo puede liberarnos, sostiene el autor, una teoría crítica de la opinión pública que es el gran legado de la sociología política clásica. Un legado abandonado, en gran medida.
Las relaciones entre políticos y periodistas son otro de los temas que han preocupado al profesor Ortega durante su larga trayectoria de investigación. Desde su punto de vista, se trata de un matrimonio de conveniencia que se ha vuelto voraz porque uno de los cónyuges ha sometido al otro. El periodismo ha dejado de ser una profesión para saltar a la política, al modo decimonónico. Ahora es (para quienes ocupan sus puestos preeminentes, claro está) una plataforma de influencia en la sombra: influencia continua, irresponsable y libre de controles. Consejeros aúlicos, asesores de imagen y expertos en comunicación rodean hoy día a nuestros líderes políticos planificando al detalle sus acciones y declaraciones. Sólo una buena imagen mediática permitirá al político ganar en las urnas y acceder al poder; para conseguirla debe obedecer permanentemente a la corte de spin doctors que le explican la lógica de los informadores con quienes trata a diario.
Pero los periodistas hacen algo más que influir sobre la acción política. Como vigilantes del nuevo espacio público gestionan la producción y circulación de significados que vertebran -o descoyuntan- la sociedad. Son por tanto los intelectuales dominantes en el mundo actual. Ésta es otra de las viejas tesis de Félix Ortega, que quien escribe escuchó por primera vez con estupor a principios de los noventa. Pues bien, como dice el tópico el tiempo ha venido a darle la razón. Aquella idea tenía un aire tenebroso que escandalizaba a los jóvenes aspirantes a periodistas (su autor todavía no se ha desprendido del todo de él, por cierto, y deja hueco para una lectura simplista en términos de diatriba antiperiodística que no beneficia a su análisis), pero refleja con precisión la situación actual de los intelectuales, más presentes y menos visibles que nunca como revela el breve repaso por este campo de investigación que Ortega destila a partir de obras de Gramsci, Mannheim, Weber, Bauman, Bourdieu, Goldfarb y Dahrendorf.
Esta forma de política vampirizada por los medios de comunicación pierde perfiles ideológicos y capacidad de acción transformadora. Ha jugado un papel importante, por ejemplo, en la consecución del consenso neoliberal mundial. Sus líderes aparecen débiles y melifluos ante la mirada pública: hoy dicen una cosa y mañana la contraria, hoy hacen lo que dicen y mañana no. Lógicamente el electorado recela de ellos, aumenta la abstención y se habla de crisis de representatividad. Hasta el momento, la respuesta más utilizada por nuestros neolíderes es recurrir a un discurso populista orientado a los medios (más duro como el del Frente Nacional francés o el Vlaams Blok belga, más suave como el de Sarkozy o Berlusconi) que apela al voto de la “gente honrada” para un proyecto de salvación colectiva, dirigido por el líder, contra un supuesto responsable único de los males que nos aquejan: los extranjeros, los izquierdistas, los etarras, los integristas, etc. Como los efectos incontrolados de este neopopulismo amenazan a la supervivencia de un orden político democrático, el plan de investigación presentado por Félix Ortega en La política mediatizada exige desarrollo necesario y urgente. Aquí está uno de los riesgos mayores, si no el principal, del orden político por venir.

 

Luis GARCÍA TOJAR
se.mcu.fnicc@taicragl

 

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