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Calidad Revistas Científicas Españolas
Review / Richard M. Clurman Beyond Malice. The Media´s Years of Reckoning. New Brunswick, New Jersey (USA), Transaction Books, 1988, 306 pp.
Un veterano redactor del semanario TIME, que en. los años 40 estuvo encargado de la sección de noticias sobre Prensa, en los 60 dirigió la red mundial de corresponsales del Grupo TIME/LIFE
y en los 70 desempeño tareas gerenciales en la misma empresa, escribe ahora con libertad y espíritu crítico sobre las luces y sombras de su profesión. Su libro se inscribe en una nueva corriente de escritores que reflexionan acerca del quehacer periodístico y, lo hacen con valentía, rehuyendo tópicos y estereotipos. Literatura que tiene su antecedente inmediato en las afiladas crónicas de A. J, Liebling, en The New Yorker (publicadas en 1960 bajo el título de The Press) o en ensayos durísimos como los reunidos por Norman Isaacs en Untended Gates; The Mismanaged Press (New York, Columbia University Press, 1986). Clurman es en la actualidad Director de los Seminarios sobre Medios y Sociedad que auspicia la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia en
Nueva York, programas iniciados por otro prestigioso profesional ya jubilado, Fred W. Friendly, un, antiguo productor de los informativos del mítico Edward R. Murrow, y que luego sería Director de la División de Noticias de la CBS y más tarde Director de Comunicaciones de la Fundación Ford. El libro tiene una introducción y dos
partes. El autor empieza por recordar a sus dos maestros: Henry 8. Luce, para quien existía no la ”objetividad” sino ”solamente la : imparcialidad”; y Robert M. Hutchins, el controvertido Rector de la Universidad de Chicago quien daría su nombre al famoso Informe de 1947 sobre la libertad de prensa, para el cual el periodismo era una profesión subdesarrollada en el mismo sentido que ya en los años 30 la califico Walter Lippmann en un ensayo profético publicado en The Yale Review (“Two Revolutions in The American Press”) o Irving Kristol repitió
en los años 70 desde Public Interest (”The Underveloped Profession”). Clurman piensa que.”esta doble actitud
persiste y se agrava en nuestros días, y aunque reconoce que hoy la profesión periodística ya no puede ser caricaturizada como Ben Hecht y Charles MacCarthur lo hicieron en The Front Page, lo cierto es que películas como Beyond Malice suponen una critica no menos agridulce. Arrogancia y desprecio que Clurman
examina primero con ocasión de dos grandes juicios contra,,la prensa norteamericana,. la querellas de dos generales, William Westmoreland contra Los productores del programa 60 Minutes de la CBS, y Ariel Sharon contra la revista TIME; y luego en relación con las prácticas cotidianas en el trabajo de los informadores Cita Clurman un interesante memorandum que ya en 1959 le envió a Luce advirtiéndole del ”terrible estado de salud de la ética periodística” (p. 8). Premonición que ahora ratifica al estudiar con la experiencia que dan sus muchos
años de periodista en ejercicio y la perspectiva que ofrece su actual dedicación académica. ”El tema de este libro – di- rá – es una vieja preocupación mía, casi tan obsesiva como el mismo periodismo” (p. 9). Aunque en los años 80 ”la crisis de credibilidad de los informadores” ha sido uno de los temas más estudiados por la literatura científica y profesional – véase nuestro trabajo, ”La crisis de credibilidad de los informadores” en Prensa, paz, violencia y terrorismo, Carlos Soria (editor), Pamplona, Ediciones Universidad de Navarra, 1987, pp. 79-125, donde se incluye un ensayo bibliográfico sobre la materia con algo más de 150 referencias –, el interés del libro que comentamos estriba en trascender de la simple crónica de una crisis y adentrarse en los procesos informativos de dos grandes medios: la televisión y el newsmagazine. La manipulación a través de los mecanismos de edición y montaje es la clave para entender la controversia generada por el documental de la CBS: The Un- counted Enemy, A Vietnam Deception. El militar norteamericano cae en la trampa tendida por los periodistas de 60
Minutes y a partir de ahí empieza el ensamblaje de un programa que pretende ser un proceso televisivo donde se infringen todas las reglas del juicio justo. Sensación que Westmoreland refleja en una breve carta que dirige a sus entrevistadores tras su encuentro con las cámaras, cuando todavía ignoraba el destino que esperaba a sus declaraciones. La entrevista fue, reconoce, ”interesante, pero francamente debo decir que se transformó más en una inquisición que en una entrevista racional” (p.69). El escándalo provocado por el conocimiento público de todas estas estratagemas, primero a través de un informe interno de la propia CBS, el Benjamín Report, que acaba siendo filtrado y publicado por TV GUIDE (28 de mayo de1982), la revista de mayor circulación en Estados Unidos, y luego a través de las informaciones difundidas por la prensa durante las sesiones del juicio, hacen que
Westmoreland se gane el favor de la gente al quedar de manifiesto que el programa fue ”un intento de ejecutarme en la guillotina de la opinión pública” (p. 73). Mucho más significativo será que, tras conocerse las revelaciones hechas por TV GUIDE, el Presidente de la División de Noticias de la CBS anunció la creación de una nueva vicepresidencia encargada de ”las prácticas informativas”. El otro caso, el de Sharon contra TIME es, en realidad, una crítica del llamado ”periodismo de grupo” que caracteriza la fórmula original del newsmagazine y que Clurman explica con todo detalle (pp. 86-90). Proceso editorial que aquí colapsa ante una información basada en
fuentes anónimas amparadas en la vulnerable muletilla del ”TIME ha sabido...”. Uno y otro caso desencadenaron aparatosas demandas judiciales por libelo, cuestión que Clurman examina sin los tecnicismos que dificultan su comprensión para quienes no están habituados al sistema legal anglosajón (pp, 95-192).
Estas son las páginas medulares del libro. El autor glosa la doctrina sentada por el Tribunal Supremo en el famoso caso New York Times v. Sullivan (1964), que ampara el derecho de la prensa a la crítica de los personajes públicos aunque se incurra en errores, salvo que se demuestre que hubo intención manifiesta de difamar (malice) conociendo la falsedad de las imputaciones; reconoce a continuación que tal jurisprudencia resulta difícil de explicar ”a otros que no sean abogados, jueces o adictos a los medios” (p. 97) ; y destaca que mientras los magistrados se ven forzados al sobreseimiento de las causas de libelo, los jurados populares suelen pronunciarse casi siempre contra (”The News Media At Work”), donde Clurman aporta estos datos: que los jueces acostumbran a rechazar tres de cada cuatro demandas de libelo antes de que puedan llegar ante un jurado, pero que si llegan entonces los jurados fallan
en un 75 por ciento de los casos contra las organizaciones informativas. ”Si el público habla a través de sus jurados – dice Clurman –, entonces lo que estamos oyendo es una voz que quiere castigar a la prensa” (104).
Clurman ofrece una narración mucho más sobria que la realizada por Renata Adler, primero en sus artículos de The New Yorker y luego en Reckless Disregard (New York, Knopf,1986), el libro más completo sobre las peripecias judi-
ciales de Westmoreland y Sharon frente a la CBS y TIME, y tampoco pretende dilucidar el trasfondo que sé esconde tras la creciente ola de libelos contra la pren- sa, cuestión que nadie ha tratado con mayor amplitud que Rooney A. Smolla en Suing The Press: Libel, The Media, 6r. Power (New York, Oxford University
Press, 1986), un estudio de los nueve casos de libelo más destacados desde la resolución del Times v. Sullivan. Aunque lo mismo la demanda de Wetmoreland como la de Sharon acabaron en tablas con la CBS y con TIME, para no prolongar costosisimos procesos judiciales y evitar también, el indudable deterioro que tales empresas periodísticas estaban sufriendo durante la vista de sus respectivas causas, el veredicto del público se indinó a favor de los querellantes. ”Tanto CBS como TIME – concluye Clurman – fueron salvadas no tanto por la calidad de su periodismo sino por las leyes de Estados Unidos” (p. 187). Y eso es lo que lleva a Clurman a la autocrítica de las prácticas diarias de las redacciones, segunda parte de su libro reconocen explícitamente ”los pecados de la prensa” y la difícil enmienda de los periodistas porque, dirá el autor, ”cuando los periodistas en ejercicio escuchan
discursos moralizantes sobre su trabajo o asisten a seminarios, son como bomberos en una conferencia cívica” (p. 211). Philip Meyer en Ethical Journalism: A Guide For Students, Practicioners and Consumers (New York, Longman, 1987) y Tom Goldstein en The News At Any Cost: How Journalists Compromise Their Ethics To Shape The News (New York, Simon & Schuster, 1985), han tratado con mayor amplitud sobre estas cuestiones, pero el relato de Clurman añade nuevas facetas al problema y, sobre todo, ofrece dos enérgicas soluciones frente a la arrogancia e irresponsabilidad de la prensa, una cuestión que siempre estuvo presente en la literatura profesional desde la publicación del primer manual de ética periodística en Estados Unidos, el libro de Nelson Crawford,
The Ethics of Journalism (New York, Knopf, 1924). Las ”dos reformas” vienen precedidas de una cita del Juez Irving Kaufman cuando advertía en 1984 que ”una prensa que quiera mantener su privilegiada posición sólamente puede conseguirlo volviendo a ganarse la confianza del público que, de momento, ha perdido. Y el primer paso es responder menos arrogantemente a quienes critican su comportamiento y menos defensivamente ante quienes discuten su autonomía” (p 266).
Las dos ”inmediatas y efectivas reformas” propuestas por Clurman son: que la prensa informe sobre la prensa con la misma energía critica que emplea a la hora de informar sobre las restantes instituciones sociales, y que la prensa arti-
cule los mecanismos necesarios para que exista un efectivo derecho de réplica. El pudor de la prensa a la hora de in- formar sobre sí misma contrasta con la virulencia desplegada en la cobertura del prójimo. ”A lo largo de toda su historia – dice Clurman –, la prensa ha estado dispuesta a proyectar su luz sobre todos y todo, salvo sobre ella misma” (p. 269). El autor propone, en concreto, la creación en las redacciones de Media Critics que, como hacen David Shaw en Los Angeles Times – véase la recopilación de sus criticas en Press Watch (New York, MacMillan, 1984) – o Jonathan Alter en Newsweek, escriban sobre las empresas informativas y sus profesiona- les. Y defiende la necesidad de Consejos de Prensa y otras iniciativas de autocontrol que eviten el riesgo, cada vez más cercano, de reacciones violentas del poder político que acabarían por establecer el hetercontrol de la prensa con el respaldo casi unánime de una opinión pública propicia a estas medidas de fuer- za. Peligro que sería consecuencia de lo
que Paul Johnson ha calificado en el semanario británico The Spectator (1 Noviembre 1986) de ”una demanda popu-
lar para que los medios sean sometidos a un mayor control democrático”. Finalmente, Clurman aboga por el es-
tablecimiento de vías de acceso del público a los medios a través del derecho de réplica. Derecho que apenas se con-
cede a los directamente afectados, especialmente en la televisión donde escasean los espacios para difundir las
opiniones del público. La prensa escrita, en cambio, ha demostrado una mayor sensibilidad a estas demandas y así se explica la publicación de cartas de los lectores, la existencia de tribunas libres en sus páginas de opinión,
la inclusión de columnas para la rectificación de errores o, como en el caso de The New York Times, de notas aclaratorias del Director del diario para matizar titulares ambiguos o reconocer el tratamiento sesgado o incompleto de una noticia. Y todo ello porque, como resume Clurman, ”siendo más abierta sobre si misma y más accesible al público, la prensa mejorara de manera inconmensurable su comportamiento y sus relaciones con el público” (p. 289).
El valor de este libro reside no tanto en los argumentos que ofrece como en el hecho de que sea un veterano y prestigioso profesional quien los formule. Y que lo haga si los apriorismos que son habituales en otros autores mucho más ideológicos, como es el caso del antiguo editor de National Review, William A. Rusher, en The Coming Battle For The Media: Curbing The Power Of The Media Elite (New York, William Morrow, 1988). Ejercicio de autocrítica que supone un primer paso en lo que puede ser una vía de solución a la crisis de credibilidad de los informadores.



 

Juan Antonio GINER

 

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