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Calidad Revistas Científicas Españolas
Review / Rebecca SMITH y John R. EMSHWILLER 24 Days. How Two Wall Street Journal Reporters Uncovered the Lies That Destroyed Faith in Corporate America HarperBusiness, New York, 2003, 400 pp.

El escándalo de Enron, justo al comienzo del nuevo siglo, simbolizó un cambio de época en el mundo de las grandes corporaciones. De la noche a la mañana, una de las empresas más admiradas en los Estados Unidos se declaraba en bancarrota, tras haber ocultado un buen número de prácticas financieras y contables fraudulentas, amparadas por directivos ambiciosos y corruptos, obsesionados por aumentar a toda costa el valor de las acciones de la compañía. El fraude de Enron se llevó por delante a una firma tan prestigiosa como Arthur Andersen, y supuso el inicio de una cascada de escándalos corporativos que todavía colean. Más grave todavía, el caso Enron despertó una ola de desconfianza en las grandes corporaciones, y una sospecha generalizada en torno a los mecanismos de control y supervisión de su actuación –desde los sistemas de gobierno corporativo hasta la industria de la auditoría, pasando por el control ejercido por los medios de comunicación–. De hecho, por lo que respecta a los medios, a menudo se ha comentado que estuvieron encandilados con historias de éxito como la de esta compañía energética convertida en un gran negocio financiero, en una época –la segunda mitad de la década de los noventa– en la que se desoía cualquier atisbo de crítica que pudiera empañar el optimismo empresarial y bursátil imperante. Sin embargo, hubo algunas excepciones destacables.


En 24 Days, Rebecca Smith y John R. Emshwiller, dos periodistas del Wall Street Journal, relatan una de esas excepciones, la que ellos mismos protagonizaron al revelar algunas de las informaciones que finalmente provocaron la investigación oficial sobre Enron, y su posterior declaración de quiebra. Más en concreto, el libro gira en torno a los 24 días que se sucedieron entre el 16 de octubre y el 8 de noviembre de 2001, entre el primer artículo de investigación en el que el Wall Street Journal llamaba la atención sobre las sospechosas prácticas financieras de Enron y la primera declaración de la compañía en la que públicamente, ante la Securities and Exchange Comisión (SEC), entonaba el mea culpa. Esos 24 días, en los que se derrumbó un gigantesco castillo de naipes valorado en casi 60 billones de dólares, constituyen la segunda de las cinco partes en que se divide el libro. Antes, en la primera parte, los autores narran con detalle la intensa labor de investigación periodística que precedió a esa primicia del 16 de octubre; en las tres partes siguientes, Smith y Emshwiller analizan el posterior desarrollo de la crisis, prácticamente hasta 2003, profundizando en los porqués del comportamiento de los distintos implicados y en algunos efectos secundarios, como la crisis de Arthur Andersen.


El libro, sin embargo, no es un libro sobre la crisis de Enron. Seguramente habrá obras mucho mejores para comprender ese gran escándalo empresarial, y algunos periodistas que también siguieron el caso ya han escrito trabajos excelentes (como, por ejemplo The Smartest Guys in the Room, de dos redactores de Fortune, Bethany McLean y Peter Elkind). El verdadero valor de la obra de Smith y Emshwiller está en el apasionante relato de su trabajo periodístico, explicado con un detalle y una maestría difícilmente superables. Quizá por ello, algunos comentaristas han comparado este trabajo con All the President’s Men, el libro en el que Bernstein y Woodward inmortalizaron la investigación periodística del Watergate. Y es que hay muchas similitudes entre ambas obras. No en vano, las dos historias comienzan de forma bastante parecida. Si en el caso del Washington Post un simple robo ponía a los dos redactores en la pista del escándalo, en el del Wall Street Journal también una noticia bastante común, la dimisión por “razones personales” de un alto directivo de Enron, despertaba la curiosidad de Smith y Emshwiller. Estos no contaron con una “garganta profunda”, pero sí con la colaboración anónima de un buen número de personas –empleados que filtraban documentos, lectores que animaban a seguir pistas, etc.–. Unos y otros contaron con el inestimable apoyo de sus superiores y de medios completamente volcados con un ejercicio periodístico comprometido, en circunstancias en las que las presiones externas eran muy fuertes.


Pero también entre las dos historias hay grandes diferencias. Una de las más llamativas, sin duda, es la importancia que en la investigación de Smith y Emshwiller tuvieron las fuentes documentales. Al contrario que en el caso Watergate, en el de Enron gran parte de la información necesaria para seguir el hilo del escándalo era pública, y además buen número de “socios” de Enron (auditores, bancos, inversores, etc.) tenían conocimiento –y a veces sospecha– de ella. Los autores explican en numerosas ocasiones cómo muchos datos, detalles y hechos significativos, registrados en documentos oficiales de la compañía, en informes bursátiles, en actas de consejos, etc., simplemente habían pasado inadvertidos, perdidos en la abundancia de información y en su complejidad.


Para los estudiosos del periodismo, lo más destacable de 24 Days es que muestra hasta el último detalle el minucioso trabajo desarrollado por los dos periodistas, su relación con las distintas fuentes –oficiales y extraoficiales, desinteresadas e interesadas, expertas e inexpertas–, y las múltiples decisiones, grandes y pequeñas, que tuvieron que tomar para ir reconstruyendo el puzzle de las finanzas de Enron. Al explicar el día a día de su trabajo en la redacción, el libro profundiza en tensiones tan básicas como la de publicar o no publicar una información, verificar o no verificar ciertos datos con más testimonios, adelantar o no adelantar datos clave a las fuentes; en fin, la obra está plagada de deliciosos momentos en los que los periodistas se plantean dilemas profesionales, éticos y personales, habituales en el trabajo periodístico. Sólo que en este caso todo ello sucede en un entorno profesional muy exigente, donde el rigor y la calidad periodística exigen tomar todas las precauciones, garantizando al máximo el rigor y la exactitud de las informaciones. No en vano, el Wall Street Journal es el periódico económico más respetado e influyente de los Estados Unidos, y probablemente de todo el planeta.


Otro de los aciertos indudables de la obra es mostrar la importancia del trabajo en equipo para mejorar la información y avanzar en la investigación periodística. Los errores y aciertos del tandem Smith- Emshwiller, las tensiones que se generan entre dos formas distintas de entender el trabajo periodístico –una más analítica y la otra más detectivesca– y la organización del trabajo redaccional en las distintas fases de la historia, constituyen un hilo conductor fundamental del libro. De igual forma, toda la obra está salpicada de ejemplos en torno a la difícil gestión de los tiempos y espacios informativos que condicionan la publicación de las noticias, gestión que en el caso del Wall Street Journal tiene además algunas peculiaridades: el diario sólo sale a la calle de lunes a viernes, y su estructura de contenidos es muy rígida. Smith y Emshwiller relatan con destreza sus esfuerzos para colocar las noticias de Enron en los espacios adecuados en el momento oportuno, algo que cada vez tiene más importancia desde el punto de vista del efecto de las informaciones. Al fin y al cabo, las dudas sobre la gestión de Enron no eran nuevas, y en distintas ocasiones –en medios impresos y electrónicos– se habían publicado informaciones que dudaban de la veracidad de las cuentas de la compañía, pero todas ellas sin los efectos que finalmente tuvieron las noticias del Journal. En este sentido, los autores explican cómo profesionales habían trabajado antes en la pista del fraude, pero también demuestran que fueron las informaciones del Wall Street Journal las que provocaron con claridad la alarma en la comunidad financiera y la consiguiente actuación de la Securities and Exchange Commission (SEC):


Por todo lo comentado hasta hora, no cabe duda de que 24 Days es una lectura fundamental para quien desee adentrarse en las entrañas del periodismo de investigación de calidad, más todavía si el lector tiene algún interés en el periodismo económico y en la ya larga historia de la cobertura de escándalos corporativos. Con este libro no sólo reflexionará sobre el trabajo periodístico en general, y sobre el periodismo económico en particular, sino que además disfrutará de una historia muy bien contada, digna de un guión cinematográfico. Pese a sus casi cuatrocientas páginas, 24 Days se lee de un tirón, como una buena novela. Sería bueno que muchos estudiantes de periodismo, profesores y profesionales pudieran disfrutarla como tal.

 

Ángel ARRESE
se.vanu@eserraa

 

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