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Comunicación y Sociedad Universidad de Navarra | Facultad de Comunicación
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Calidad Revistas Científicas Españolas
VOL.
6(1 y 2)/
1993
Author / Mª Victoria ROMERO GUALDA Profesora de Lengua Española y de Lenguaje Publicitario. Facultad de Filosofía y Letras y Facultad de Comunicación. Universidad de Navarra.
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Quien no tiene ideas piensa que sólo se tiene una cuando se tiene y se la viste de palabras. No entiende que en realidad sólo la tiene quien tiene la palabra en la que la idea va creciendo.

Karl KRAUS

Una lengua ha sido lo que sus hablantes hicieron de ella, es lo que están haciendo, será lo que hagan de ella.

Amado ALONSO

Las barreras de la información. No hay duda de que es un buen título para estas sesiones. Sobre todo en un año olímpico en el que se han superado muchas de ellas, por ejemplo, la de la inveterada resistencia española a subir al podium de los triunfadores, sin embargo este título me ha inducido a pensar que el periodista, el informador, siente su labor semejante a una larga carrera de obstáculos precisada de un esfuerzo épico que le lleva a plantearse la profesión como una lucha contra factores tan dispares como la prisa, el poder o la lingüística.

Frente a ese buen título yo no sé si he elegido bien el de mi ponencia: "Límites lingüísticos de la escritura periodística".

Poner límites a algo en una época en que verbos como limitar o definir tienen cierto tufillo fascistoide, se han cargado peyorativamente y se acercan a otros como constreñir, restringir, coartar o reducir puede sonar a      provocativo o ligeramente dictatorial, Mucho más si quien habla – piensan los demás – está claramente a favor de uno de los términos adjetivos que entran en ese título.

Luego está la cuestión de la preposición: ¿"límites a"? como aparece en el programa o ¿”limites de”?, como acabo de decir. No es cuestión banal como no lo es casi ninguna de las que se refieren a la selección de palabras aunque éstas parezcan ser unos signos mínimos que en poco pueden afectar a la justeza del mensaje.

En estas dudas andaba yo los días pasados cuando daba vueltas a lo que había comentado con los profesores De la Rica y Martín Algarra coordinadores de las Jornadas: el lenguaje como barrera con la cual topan periodista y lector, emisor y receptor de una comunicación a la que se supone quieren llegar ambos. Y digo se supone.

No es de aquí ni de ahora la crítica a los modos lingüísticos que aparecen en los periódicos. Resulta cómodo atacar a aquellos a quienes, a comienzos de siglo, Alfonso Reyes atribuía destino semejante a los embalsamadores de Egipto cuyos servicios todos reclamaban y consideraban como preciosos, pero de cuyas personas se alejaban con cierto horror. Así – decía Reyes – "desde que aparece el periódico se le busca como el pan cotidiano pero al periodista, a poco que se descuide, se enjaula”. Esa suele ser la postura más frecuente; tenidas de cierto pesimismo se alzan voces que acusan malestar ante el deterioro del idioma, no sólo en España sino en otros países cultos respecto a su propia lengua. Y es cierto. Negaríamos la evidencia si afirmáramos que, en nuestra época, el lenguaje sigue siendo – según la idea heideggeriana – el hogar del ser, el lugar en el cual el hombre se realiza y trasciende.

Sin que lleguemos a desear con Salinas "vivir en los pronombres” que nos gustaría que el español – nuestra común "técnica histórica del lenguaje" – nos sirviera para entender mejor el mundo y entendernos mejor nosotros mismos, es decir, que ejerciera los dos poderes que como lengua posee: uno respecto del mundo y otro en relación con el interlocutor, En virtud del primero el hablante rebasa su situación momentánea en las dos dimensiones del tiempo y del espacio: el pasado y el futuro están a su alcance por medio del lenguaje; el segundo poder permite trasladar a los interlocutores nuestros propios contenidos de conciencia, Por esto podemos afirmar que por la lengua nos reconoce y formamos parte de una comunidad que ha cristalizado como tal gracias precisamente a esa determinada lengua.

En forma alguna lleva esta afirmación a una sociolingüística trivial que piense lo lingüístico como exclusivamente social, por supuesto lo es, pero de una forma muy especial; en realidad, en dos personas que hablan, sociedad idiomática mínima, está la base de la sociedad idiomática máxima, muchas de las peculiaridades de ésta se encuentran en esa comunicación o instinto de comunicación entre sólo dos hablantes, por lo que, al menos, no debemos minusvalorarla al estudiar problemas que atañen a la llamada comunicación masiva. Comunicación que está cambiando de forma rápida y profunda. Tener presente esa sociedad idiomática mínima y su hecho lingüístico propio, el diálogo, mejorará la calidad de la información, podrá más fácilmente darse la revolución de los contenidos que es el gran reto del futuro que tienen hoy los medios informativos, según las ya famosas Conversaciones de Madrid, "Comunicación de masas en el tercer milenio".

Si lo lingüístico no es únicamente social, tampoco atendemos ya, en forma exclusiva, a la función intelectual de ser expresión del pensamiento, según la cual la comunicación era el reflejo de un pensamiento previo y cualquier explicación lingüística la hacíamos bajo el peso del logicismo; logicismo que podía presentarse incluso mostrando la cara contraria de la moneda, afirmando que la lengua no sólo sirve para expresar los pensamientos de una persona sino para ocultarlos: la lengua como disfraz del pensamiento.

Desgraciadamente, en los medios de comunicación encontramos con excesiva frecuencia este empleo: No se nos anima a que hagamos boicot a unos productos sino a que dejemos de comprar, en vez de depresión o recesión es más alentador preparar la base para una nueva alza, y si la depreciación o devaluación es temida consigamos un realineamiento, hablemos de flexibilización de plantillas que opone lo agradable de ser flexible a la tristeza que siempre despiertan las despedidas sobre todo en los despidos libres y ;qué más agradable que compartir sentimientos? pues tengamos compañeros o compañeras sentimentales. Presentados como tecnicismos o meras variantes estilísticas, podríamos citar grandes construcciones eufemísticas procedentes muchas veces del mundo de los políticos y a las que los periodistas se pliegan con mayor o menor conciencia sin empeñarse decididamente en averiguar qué hay detrás de la palabra, sin temor a descubrir incluso que, en ocasiones, se hace buena la afirmación de Kierkegaard de que hay gentes que usan el lenguaje para ocultar el hecho de que carecen de pensamientos.

Y ¿qué hacen los periodistas con el lenguaje?, ¿con el idioma? Deseamos que los periodistas sean nuestros "hombres buenos" frente a un mundo hostil en el que pueden aparecer textos como este recogido por Amando de Miguel: "A veces se ha perdido el norte ideológico y se habla y se piensa en conceptos y no en realidades, y a veces incluso el lenguaje de los políticos es un lenguaje codificado que no entiende la gente. Ciertamente creo que el norte ideológico no se ha perdido, pero sí existe el peligro de que se pierda si no conectamos las aspiraciones de los políticos y los ideales de los ciudadanos", o como este otro: "Lo que tipifica a tan penúltima forma de democracia en su inmediato horizonte posindustrial, poshistórico, parece ser una decisiva metamorfosis tecnopolítica. La conjunción tecnocrática de la comunicación, ordenadores y 'mass-media' preside el salto hacia el futuro del planetarizado tiempo"; queremos que esos mismos periodistas consigan del emisor de turno que aclare lo que quiere decir con esa especie de galimatías, jerigonza o jerga a la que nos estamos acostumbrando, y además de todo eso pretendemos que mantengan un mayor decoro en el uso de la lengua. Todas estas exigencias son legítimas por parte de los receptores, pero no han de traducirse necesariamente en el ataque feroz o lo que es peor en el menosprecio ejercido desde seguras "torres de marfil". Mejor será abandonar el tono belicoso del que hablaba el profesor Seco en un Seminario sobre el lenguaje en los medios de comunicación y no actuar, también con palabras del citado académico, "como si el periodista fuese un saboteador al servicio de idiomas rivales que persiguiese el siniestro propósito de desarticular nuestra sintaxis, de volar un arsenal de preposiciones o de tomar al asalto un cuartel de pronombres".

Declaro, con toda la sinceridad de que soy capaz, que no hay en mi ánimo el deseo de dar varapalo a los que ejercen la noble tarea de convertir un montón de hojas impresas en cordón umbilical con el mundo y desde luego tampoco a los que con el deseo de ejercerla llegan a las aulas de las Facultades de Ciencias de la Información. No es el momento ni el lugar. Sí lo es de proponer en su sentido de 'poner delante' algunas cuestiones que me vienen preocupando desde hace muchos años y quisiera hacerlo en el tono coloquial – en su sentido estricto – y de trabajo que han presidido siempre estas jornadas, prescindiendo de alardes teóricos o terminológicos que nos aburrirían a todos y acudiendo al buen sentido común y a la honradez intelectual, bases del quehacer universitario.

Estoy firmemente convencida de que para el periodista es vital la reflexión sobre su actuación lingüística. Elijo el adjetivo cuidadosamente pues creo que esa reflexión contribuye a que lo que es un trabajo, una ocupación laboral o incluso un medio para obtener cierto poder se convierta en una profesión con la cual se sirve a la sociedad en lo que ésta requiere específicamente de los informadores: satisfacer su derecho a la información. Sustrayéndome a un planteamiento puramente descriptivo o normativo del uso del idioma por parte de los profesionales de la información formularé varias preguntas a las que desde diferentes puntos de vista intentaré dar respuesta.

¿Tiene el periodista algún compromiso respecto al uso del lenguaje?

¿Hasta qué punto son muestras de la voluntad de estilo los empleos que leemos o escuchamos a diario en los medios de comunicación?

¿Cómo afectan esos usos al hablar general?

¿Pueden llegar a modificar la conducta lingüística de los hablantes?

¿Es el periodista señor de su lenguaje?

¿A quién o a qué lo somete?

¿Qué sentido tiene hablar de límites lingüísticos de la escritura periodística?

Son muchas las preguntas y poco el tiempo para responder cumplidamente a ellas pero quiero que al menos sirvan de hilo conductor a lo que queda de mi exposición.

Los estudiantes de Periodismo y los ya periodistas sienten gran interés por el lenguaje; como ha dicho un excelente periodista y maestro de periodistas: "...la raíz de nuestra profesión periodística es el amor a la lengua, el combate amoroso con el lenguaje, la necesidad de expresión...". Y no hay duda de que el amor es la más fuerte forma de compromiso.

Para aquellos que quieren hacer su trabajo profesional de la información, y/o de la comunicación, el lenguaje es instrumento radicalmente importante, conforma su tarea diaria. Es decir, sin uso y empleo del lenguaje no podrían dar forma a lo que quieren comunicar. Digo uso y empleo y los distingo según se hace en algunas investigaciones sobre adquisición y aprendizaje de las lenguas. El empleo del lenguaje es el aspecto de la actuación lingüística indicador de la capacidad del hablante de servirse del código para comunicar con eficacia, es algo más que el uso y no se refiere fundamentalmente a aspectos normativos sino que atiende con preferencia a lo que en el lenguaje crea significación. Esto permite apuntar que, aunque afirmemos el lenguaje como instrumento definitorio de la tarea informativa, no se le confiere carácter de herramienta, susceptible de puro estudio tecnológico con el que se aprende a usar lo que ya está hecho, sino que ha de conocerlo tan profundamente como pueda para emplearlo enriqueciéndolo. Precisamente ese sentir lo lingüístico unido únicamente a lo tecnológico y a lo normativo ha podido contribuir a que el periodista descuide el aspecto lingüístico de su formación profesional y más tarde lo valore sobre todo y casi exclusivamente con criterios estilísticos. Se ha pensado durante mucho tiempo que el estudio de la lengua, del español en nuestro caso, debía simplemente resolver el uso de las mayúsculas o la corrección o incorrección de determinados neologismos. Y por supuesto el correcto empleo de los signos de puntuación. Edwin Newman en su trabajo "La responsabilidad del periodista" dice, al final y casi pidiendo disculpas:

"Ahora desearía hablar de otra responsabilidad que opino tiene el periodista y que es la de saber emplear en cierta medida el idioma inglés. Son muchos los que no cumplen este deber".

Pero ¿qué significa saber emplear en cierta medida un idioma? ¿A qué aspectos tiene que atender el que escribe para que su discurso sea no sólo correcto sino justo? En esto, creo, estriba el primero y el mas importante compromiso que el periodista contrae con el lenguaje: su actuación lingüística profesional tiene que ser vehiculadora de verdades, no pueden caer en la que he llamado manipulación discursiva, la directamente relacionada con el material lingüístico y que puede llegar a oscurecer o a ocultar la verdad.

No hago una extrapolación al decir que en todo este planteamiento subyace la preocupación por la dimensión ética del uso del lenguaje, aún más por la exigencia de un lenguaje moral, es decir por un lenguaje que se ordene a la búsqueda de la verdad; preocupación que ha nacido de constatar la existencia de formas mendaces en el lenguaje periodístico. Se acude a la Retórica para encubrir al lector la verdad de una situación o de una decisión que puede chocar desagradablemente con el receptor. El Papa Juan Pablo II en una de sus alocuciones a los medios de comunicación lo ha recomendado bien claramente: "Si es difícil una objetividad completa y total, no lo es la lucha por dar con la verdad, la decisión de proponer la verdad, la praxis de no manipular la verdad, la actitud de ser incorruptible ante la verdad". Parto de esa práctica enunciada por el Papa de no manipular la verdad para pedir al periodista que tenga en cuenta el efecto manipulador de metáforas, eufemismos o degradación de vocablos. Por otra parte, el periodista, por no tener conciencia clara de los problemas que el uso injusto del lenguaje acarrea, se siente menos responsable de esta posible manipulación que de la documental, pongo por caso, o incluso de la icónica que se produce cuando algo que debería ir en primera página y en el ángulo de mejor lectura se relega al interior o se omite sin más preocupación.

Yo diría por tanto, aunque parezca una verdad de perogrullo, que el periodista contrae con el lenguaje el compromiso de ser eso, periodista, informador, y no poeta o funcionario de la Administración central o autonómica de turno, tampoco la de ser un publicitario capaz de persuadirnos de que un automóvil puede no salir de un atasco de tráfico pero nos llevará al fin del mundo con el sabor de la aventura en los labios. Nada más lejos de mi intención que proscribir de la escritura periodística la función expresiva, o la apelativa sino afirmar la preeminencia que debe dársele a la referencial. El informador, si ejerce responsablemente la profesión que ha elegido, colabora a la construcción de una comunidad en tanto le dé a ésta los datos necesarios para entender su aquí y su ahora, haciendo su discurso tan informativo como le sea necesario a esa comunidad y no tan activo que le haga al lector desentenderse de él al sentirse considerado como votante o como consumidor.

Pero la palabra manipulación no tiene sólo el sentido peyorativo que gracias al inglés ha adquirido en nuestra lengua y que la Academia sancionó recientemente. El periodista maneja la lengua y ha de manejarla bien, ha de emplear todos los recursos que tiene el sistema lingüístico y que son muchos más de los que aparecen en las páginas de un periódico; muchos de esos empleos conforman lo que hace anos se llamaba estilo periodístico: sintaxis oracional sencilla, complejidad sintagmática, usos peculiares de formas verbales, frecuentes nominalizaciones, etc., etc., todas ellas han de ajustarse al saber idiomático y al saber expresivo, como dice el profesor Casado Velarde "... algo es incorrecto si contraviene una norma idiomática; o bien algo es inapropiado por no haber tenido en cuenta determinadas circunstancias". No hay duda de que existen muchas incorrecciones y muchas impropiedades que hacen de la lengua periodística más barrera que vehículo, muchas que no podemos, ni con la mayor benevolencia atribuir a los gazapos, o elegantemente a voluntad de estilo sino a crasa ignorancia: ¿cómo se puede poner una bufanda a la esfinge de Valle Inclán? o ser el primer navarro que ha circuncidado el mundo, o infundirse un maillot o dejándose llevar por las senas de identidad escribir en un titular: "De las 103 personas en lista de espera, 90 requieren a cada riñón, 9 a cada hígado y 4 precisan de transplante cardiaco" o intentar "acercarse" al pueblo y escribir: La mujer del ministro, de bailoteo o "Margarita se pira con un músico".

He dicho más arriba que no quería censurar la escritura periodística y de seguir con ejemplos de este tipo tendría que parafrasear a Larra para quien el escribir sobre estos asuntos también hubiera sido llorar. Si los he citado es porque como dice Lázaro Carreter: "Son cientos de pequeños atentados contra los lectores, de menudos obstáculos puestos en el camino de la comunicación con ellos, alzados con absoluto desenfado por quienes deben atender con los cinco sentidos a hacerlo llano". Apunto con estas palabras a la siguiente cuestión que planteaba en mis preguntas: los usos periodísticos influyen en el hablar general. Es tan evidente esta afirmación que cuando, con la deformación de oficio en mí ya inevitable, descubro en la calle usos lingüísticos propios de los telediarios, que alguien puede decir que el salón es lo emblemático de su casa o que su hija después de valorar positivamente la situación se ha decantado por la alternativa que le ofrecían, cuando esto me ocurre, decía, no puedo sino pensar en cómo se modifica la conducta lingüística del hablante español fundamentalmente hacia la pedantería vacua, el popularismo cutre o el extranjerismo pretencioso.

Alejándome de cualquier conductismo que minusvalora la voluntad y la libertad del hombre también a la hora de su actuación lingüística, creo que la conducta lingüística puede pensarse como la serie de hábitos lingüísticos (fonéticos, léxicos y sintácticos) que el hablante adquiere con diferente grado de conciencia. La adquisición de esos hábitos por un hablante viene determinada por su nivel cultural, sus lecturas, los medios de comunicación a los que acceda y el entorno humano en el que se mueva. No hay duda entonces que para el tanto por ciento elevadísimo de hablantes cuya única lectura es el "periódico" – y siendo menos optimistas hay que pensar en los que ni siquiera llegan a ser lectores sino sólo radioyentes o televidentes – los medios de comunicación tienen importancia fundamental a la hora de aumentar el léxico o de fijar construcciones.

De ahí me viene la insistencia en considerar a los periodistas "hablantes de calidad". Y digo insistencia porque ya son bastantes las promociones que me han soportado en clase. Los periodistas, los informadores de cualquier medio de comunicación, son difusores y propiciadores de usos lingüísticos que no han de mirarse siempre, como ya he mostrado, con prevención y dando por supuesto que representan lo erróneo, lo inculto o lo pedante. En él caben usos retóricos que cualquier hablante entiende: "extraditado el cerebro del fraude del 1VA" "IBERCOP cierra hoy sus puertas y ha sido [...) la crónica de una muerte anunciada" y que enriquecen el hablar general, o usos verbales que en determinados textos demuestran la riqueza de nuestro sistema: "Llegando a tierra firme el marinero se irá donde un fraile de la Rábida quien le pone al corriente de la única y sola verdad demostrable".

El profesor Seco en el Seminario antes citado decía "En todo uso que el periodista hace del idioma está ejerciendo de maestro". Y tiene que ser consciente de ello sobre todo cuando sabe que la escuela y la familia han pasado a ser una fuerza de segundo orden en cuanto a hábitos idiomáticos, por eso no puede el profesional engañarse con un atajarse hasta el lector para que mejor lo entienda; como decía Amado Nervo: "Es preciso que el público suba hasta el periódico y no que el periódico baje hasta el público"; muchos años más tarde, Fernando Lázaro en el citadísimo trabajo sobre las fronteras del lenguaje periodístico prevenía de los riesgos de la oralización, mucho más, digo yo, del aplebeyamiento, del vulgarismo; pero a la vez debemos pensar que un maestro no sólo subraya las faltas del estudiante sino también muestra la belleza y la bondad que ha de alcanzar, aunque el periódico no sea un aula no puede desentenderse del efecto multiplicador que posee. Y para que esta idea sea algo más que una convicción el periodista debe ser señor de su lenguaje, No puede escudarse en que así hablan sus interlocutores: los políticos, los deportistas o las folklóricas y ellos deben mantener el estilo y las formas emitidas.

Se decía en los manuales clásicos que, para el periodista, la noticia era su objetivo y su obligación transmitirla fidedignamente. Esa transmisión fidedigna se entiende en muchas ocasiones como transcripción literal de lo dicho por otros, se configura entonces el informador como un mero transmisor aséptico con lo cual, según opinión también superada, se aseguraba mayor objetividad en la información. El informador vuelve a olvidarse del receptor cuando como dice el profesor Hernando recoge "enrevesadas notas oficiales": "Cada Gobierno Civil ha destinado, en función de la conflictividad reinante en la zona específica por causas ajenas a la propia campaña electoral, a un número determinado de agentes siguiendo las directrices dictadas desde el Ministerio del Interior". Si el emisor y el receptor de la escritura periodística han de llegar a comunicarse, no creo que el periodista pueda forzar al lector a descodificaciones de textos abstrusos, debe ser él quien realice esa incómoda tarea, para ello tiene más y mejores armas que el lector común pues como vengo afirmando tiene que llegar a ser un "hablante de calidad" con mejor formación lingüística, más amplia competencia y más rica actuación.

Con este convencimiento he querido hablar no tanto de los límites que la norma lingüística puede poner a la escritura periodística – en donde dice X dígase Y – sino de cómo lo lingüístico es el principal límite de la escritura periodística, cuidándolo, lo lingüístico, guardará la escritura periodística de enemigos que vendrán a estrellarse en sus orillas, limitada por el buen uso del lenguaje, no tendrá cabida en ella la mentira; deslindada por el uso idiomático común, no se convertirá en jerga de clase ni en arma de unos pocos; acotada por el empleo de lo apropiado, hará mejor la sociedad a la que sirve y finalmente ejercerá sobre la realidad el señorío que le prestan el bien y el buen hablar. 


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