Curso Filosofía del Lenguaje II
Prof. Jaime Nubiola
Universidad de Navarra

Palabra y objeto

W. V. O. Quine (1960)

 

La cuestión de lo que hay es preocupación común a la filosofía y otros géneros no imaginativos. Sólo en parte —pero con bastante detalle— hemos dado la respuesta descriptiva. En los libros de geografía y astronomía se describe un repertorio representativo de masas de tierra, mares, planetas y estrellas, y en las biografías y en los libros de arte se describe cierto accidental bípedo, o algún objeto de tamaño medio. La descripción se frena por la producción en masa en la zoología, la botánica y la mineralogía, ciencias en las cuales las cosas se agrupan según sus parecidos y se describen colectivamente. La física, mediante una abtracción aún más desconsiderada de las diferencias de detalle, lleva todavía más lejos la descripción masiva. Y hasta la matemática pura pertenece al ámbito de la respuesta descriptiva a la pregunta por lo que hay; pues las cosas acerca de las cuales pregunta esa cuestión no excluyen los números, las clases, las funciones, etc., si eso es parte de lo que hay y de lo que trata la matemática pura.

Sólo la amplitud de las categorías establece una distinción entre el interés ontológico del filósofo y todo eso otro. Dados los objetos físicos en general, el que tiene que decidir acerca de unicornios es el científico de la naturaleza. Dadas clases, o cualquier otro reino amplio de objetos requeridos por el matemático, es tarea de éste el decir si hay en particular números primos pares, o números cubos que sean sumas de pares de números cubos. En cambio, lo propio de la ontología es el escrutinio de esa aceptación acrítica del reino de los objetos físicos mismo, o del de las clases, etc. La tarea consiste aquí en explicar lo que había estado implícito, en precisar lo que había sido vago, en exponer y resolver paradojas, deshacer nudos, arrancar plantas atrofiadas, llevar la luz a los barrios bajos ontológicos.

La tarea del filósofo difiere pues de la otra en detalle; pero no de un modo tan drástico como el que suponen los que imaginan en favor del filósofo una privilegiada perspectiva fuera del esquema conceptual que toma a su cargo. No hay exilio cósmico. El filósofo no puede estudiar ni revisar el esquema conceptual básico de la ciencia y el sentido común sin tener él mismo algún esquema conceptual, el mismo o cualquier otro, que no estará menos necesitado de escrutinio filosófico, y que le es imprescindible para trabajar. El filósofo puede llevar a cabo ese escrutinio y perfeccionar el sistema desde dentro, apelando a la coherencia y a la simplicidad; pero éste es el método del teórico en general. El filósofo recurre al ascenso semántico; pero lo mismo hace el científico. Y si el científico teórico está obligado a salvar, por sus remotas vías, las posibles conexiones con la estimulación no verbal, también lo está el filósofo, aunque sea aún más remotamente. Es verdad que ningún experimento zanjará nunca una cuestión ontológica; pero eso debe exclusivamente a que estas cuestiones están conectadas con la irritación de las superficies sensibles de un modo particularmente múltiple, y a través del laberinto de la teoría intermedia.

[W. V. O. Quine: Palabra y objeto, Barcelona, Labor, 1968, pp. 283-284; publicado originalmente como Word and Object, Cambridge, MA, MIT Press, 1960]



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Última actualización: 17 de agosto 2017