Seminario de Profesores, Depto. de Filosofía
Aula 33, Ed. Central, Universidad de Navarra
7 mayo 2004, 12.00



C. S. PEIRCE Y LA ABDUCCIÓN DE DIOS
(borrador)


Jaime Nubiola
jnubiola@unav.es



"Si pudiera, me uniría de todo corazón a la antigua iglesia de Roma"
C. S. Peirce, Carta a George Searle, 9 de agosto, 1895 (L 397)

La atención relativamente escasa que los estudiosos de Charles Peirce han prestado a lo largo de los años a las dimensiones religiosas de su pensamiento siempre me ha resultado cuando menos sorprendente. Desde mis primeras lecturas de Peirce me impresionó profundamente esa desatención que tanto contrastaba con la ubicuidad de las referencias religiosas en los escritos de Peirce, especialmente en sus años de madurez. En mis encuentros con reconocidos estudiosos peirceanos solía preguntarles acerca de Dios y la religión en Peirce, y la respuesta que recibí principalmente fue la de que había una gran cantidad de material religioso ("religious stuff") en su obra, pero que no estaban interesados en él. Por otra parte, me sorprendió gratamente que el novelista norteamericano, converso al catolicismo, Walker Percy se considerara a sí mismo como "un ladrón de Peirce", con la pretensión de "usar a CSP como uno de los pilares de la apologética cristiana"1. Me pareció que Percy estaba en cierto sentido más cercano al Peirce real que aquellos estudiosos a los que les había preguntado acerca de Dios y la religión en Peirce.

Mi reacción a esas aproximaciones contradictorias fue decidir que toda la cuestión merecía ser estudiada con detenimiento, y sugerí esta área de investigación a tres de mis doctorandos. La primera de ellos, Sara F. Barrena realizó la primera traducción al castellano de A Neglected Argument for the Reality of God2 y la publicó en 1996 junto con una larga introducción que trataba en detalle sobre esta cuestión. El pasado diciembre defendió su tesis doctoral sobre la creatividad en Charles S. Peirce en la que presta también una singular atención a este asunto; el segundo, Gonzalo Génova, escribió su tesis acerca de la abducción y la lógica del descubrimiento de Peirce, publicada en castellano en 19973 y accesible en la web, y el tercero, Rolando Panesa, escribió su tesis doctoral sobre ciencia y religión en Charles S. Peirce (1996), que está también disponible en la web4 . En marzo del 2003 Charles Pearson organizó un pequeño simposio sobre los escritos religiosos de Peirce en Denver, Colorado. Mi intervención de hoy en este seminario consiste básicamente en la traducción al castellano de lo que presenté en aquella ocasión con algunas pequeñas ampliaciones para una audiencia menos especializada. En mi presentación me apoyaré en gran medida en lo que he aprendido de los trabajos doctorales que acabo de mencionar, y casi todo lo que diré tiene un carácter tentativo. Como se trata de una línea de investigación en la que me gustaría llegar a profundizar mucho más, agradezco de antemano todas las correcciones y sugerencias.

El objetivo de mi exposición es apuntar que para Peirce la creencia en Dios no es sólo un producto natural de la abducción, del "instinto racional" o conjeturas educadas del científico o del hombre corriente, sino que también la abducción de Dios es, en cierto sentido, para Peirce la "prueba" del pragmatismo. No sólo la creencia en Dios es capaz de cambiar la conducta del creyente, sino que de acuerdo con Peirce -en el Neglected Argument y en otros lugares- la realidad de Dios dota de sentido a toda la empresa científica.

Esto puede sonar un poco extraño a los oídos positivistas contemporáneos, pero me parece que comprender a Peirce requiere que se aborden sus preocupaciones religiosas, que de forma creciente me resultan tan importantes filosóficamente como sus preocupaciones científicas5. Más aún, en algún sentido quiero sugerir que para Peirce la actividad científica es una empresa genuinamente religiosa, quizá incluso la actividad religiosa por excelencia, y que separar religión y ciencia es contrario tanto al espíritu científico como al Peirce real. Como es bien conocido, Peirce en sus años de madurez defiende una verdadera religión de la ciencia:

Esta mentalidad puede llamarse con propiedad una religión de la ciencia. No es que sea una religión a la que la ciencia o el espíritu científico mismo hayan dado origen, pues la religión, en el sentido propio del término, puede surgir solamente de la sensibilidad religiosa. Pero es una religión, tan fiel a sí misma, que está animada por el espíritu científico, confiando en que todas las conquistas de la ciencia serán sus propios triunfos, y aceptando todos los resultados de la ciencia, como los propios hombres de ciencia los aceptan, esto es, como pasos hacia la verdad que, por un tiempo, puede parecer que estén en conflicto con otras verdades, pero que en tales casos simplemente espera los ajustes que con toda seguridad vendrán con el tiempo. Esta actitud, cuando se observa, es una actitud que la religión asumirá no como un dictado de la ciencia, y mucho menos como un compromiso, sino simple y únicamente por una confianza más audaz en ella misma y en su propio destino6.

Para tratar de explicar esta cuestión, mi presentación se ordena en cuatro breves secciones después de esta ya larga introducción: 1) Dios y la investigación científica; 2) La creencia en Dios como un producto de la abducción; 3) La realidad de Dios como una "prueba" del pragmatismo; y a modo de conclusión 4) Algunas observaciones acerca del contexto religioso del enfoque de Peirce. Procuraré en particular reunir unos cuantos textos de Peirce y citarlos extensamente, pues me parece una manera adecuada de avivar la reflexión filosófica.


1. Dios y la investigación científica

Antes de ninguna otra cosa, me parece que es necesario afirmar claramente que, aunque Peirce fue un filósofo y un lógico de notable magnitud, en primer lugar y sobre todo fue un científico profesional. No sólo se formó como químico en Harvard, sino que durante treinta años (1861-91) trabajó de forma regular y constante para la U. S. Coast Survey -la primera agencia científica norteamericana- como metrólogo y como observador en astronomía y geodesia. Sus informes para el Coast Survey son un testimonio elocuente de su experiencia personal en la dura tarea de medir y de obtener evidencias empíricas. Una ojeada a sus informes oficiales para el Coast Survey o a las Photometric Researches que produjo entre 1872 y 1875 confirma inmediatamente la impresión de que era un hombre envuelto en un trabajo científico sólido7. Como señaló Max Fisch, "Peirce no era meramente un filósofo o un lógico que hubiera leído bibliografía científica. Era un científico profesional hecho y derecho, que llevó a todo su trabajo las preocupaciones del filósofo y el lógico"8.

Peirce concibió la investigación científica como una actividad colectiva y cooperativa de todos aquellos "a los que les devora un deseo de averiguar las cosas" (CP 1.8, c.1897), de todos aquellos cuyas vidas están animadas por "el deseo sincero de averiguar la verdad, sea cual sea" (CP 5.84, 1903). La ciencia es para Peirce "una entidad histórica viva" (CP 1.44, c.1896), "un cuerpo vivo y creciente de verdad" (CP 6.428, 1893). A lo largo de su vida, pero especialmente en sus últimos años, Peirce insistió en que la imagen comúnmente percibida de la ciencia como algo completo y acabado es totalmente opuesta a lo que la ciencia realmente es en su efectivo desarrollo original. En este sentido, por ejemplo, lo que al extraño aparece como el aspecto más sólido de la ciencia -las hipótesis y teorías- es visto por los que en la practica la llevan a cabo como su parte más débil. Las hipótesis brillantes que impresionan al hombre corriente no son vistas por los expertos más que como conjeturas educadas que son tan naturales para ellos como el volar y construir nidos lo son para los pájaros vulgares (CP 6.476, 1908).

Lo que constituye la ciencia "no son tanto las conclusiones correctas, como un método correcto. Pero el método de la ciencia es en sí mismo un resultado científico. No surgió del cerebro de un principiante: fue un logro histórico y una hazaña científica" (CP 6.428, 1893). El crecimiento científico no es sólo la acumulación de datos, de registros, de medidas o experiencias, sino que requiere también creatividad. Aunque el científico sea invariablemente un hombre que ha llegado a estar profundamente impresionado por la eficacia de las observaciones completas y minuciosas, sabe que observar nunca es suficiente: su "objetivo último es educir la verdad"9. Para aprender la verdad hace falta no sólo reunir datos, sino también abducción, es decir, la adopción de una hipótesis para explicar los hechos sorprendentes, y la deducción de consecuencias probables que se espera que verifiquen la hipótesis (CP 7.202, 1901). La abducción consiste -escribe Peirce al pragmatista italiano Calderoni- en "examinar una masa de hechos y en permitir que esos hechos sugieran una teoría" (CP 8.209, 1905).

En 1987, Kenneth L. Ketner eligió un fragmento realmente sugestivo de las Adirondack Summer School Lectures (MS 1334) de Peirce -hasta entonces casi totalmente desconocidas- para presentar la concepción de ciencia de Peirce en el volumen de John Stuhr Classical American Philosophy. Ketner dio a ese fragmento el título de "La naturaleza de la ciencia" y en él, después de ofrecer una clasificación natural de las ciencias y de los diversos grupos de hombres, presenta el objetivo de la vida del tercer grupo de hombres -que es el de los hombres de ciencia, "que son comparativamente pocos y que no pueden concebir en absoluto una vida para el disfrute [los del primer grupo] y desprecian la vida de acción [los del segundo]"- como "el de adorar a Dios en el desarrollo de las ideas y de la verdad"10.

Este texto proporciona evidencia textual de que el Peirce maduro consideró la investigación científica como una clase de tarea religiosa. Para Peirce los heuréticos o heurospudistas [del griego euriskw, "descubrir" y spoudaiwz, "diligente"] son los científicos que se esfuerzan por descubrir, y que "miran el descubrimiento como un familiarizarse con Dios y como la intención última por la que la raza humana fue creada". Este texto merece citarse con más extensión:

Los heurospudistas miran el descubrimiento como un familiarizarse con Dios y como la intención última por la que la raza humana fue creada. Incluso como la intención misma de Dios al crear al mundo en su totalidad. […] Cuando digo que Dios es, quiero decir que la comprensión de Dios es el más alto vuelo que podemos hacer hacia una comprensión del completo universo físico-psíquico. Tiene la ventaja sobre los agnósticos y otras opiniones de ofrecer a nuestra aprehensión un objeto para ser amado. Ahora bien, el heurospudista tiene una necesidad imperativa de encontrar en la naturaleza un objeto al que amar. Su ciencia no puede subsistir sin él. Ya que la ciencia para él debe ser adorar para no caer ante los pies de algún ídolo de fabricación humana. Recordad que la raza humana no es sino una cosa efímera. En un instante será desechada y suprimida toda entera. Incluso ahora domina simplemente en un pequeño planeta de una estrella insignificante, mientras que todo lo que abarca nuestra vista en una noche estrellada es respecto del universo mucho menos que una sola célula del cerebro respecto al hombre entero (MS 1334, 20, 1905).

Este enfático texto produce gran impresión, en particular cuando uno se da cuenta la cantidad de horas de su vida que Peirce invirtió durante largas noches mirando pacientemente a las estrellas y tomando nota cuidadosamente de sus mediciones.


2. La creencia en Dios como un producto de la abducción

En enero de 1884 Charles Sanders Peirce fue despedido de la Johns Hopkins University, en la que llevaba cinco años (desde 1879) enseñando lógica. Este fue el único nombramiento académico estable que tuvo en toda su vida. La causa de su despido se encuentra probablemente en que, tras haber sido abandonado en 1876 por su primera esposa Zina, convivía con una francesa Juliette Froissy muchos años más joven que él, sin haber obtenido legalmente el divorcio. Peirce contaba entonces con cuarenta y cinco años de edad y había alcanzado un notable prestigio internacional por sus investigaciones sobre el péndulo y por sus trabajos científicos. Después de varios intentos fracasados de reorientar su vida profesional, en 1888 -ya legalmente casado con Juliette- se retiró a una casa que se había construido cerca de Milford, Pennsylvania, junto al río Delaware, que tuve ocasión de visitar en agosto del 2001. Allí en Milford vivió Peirce en una situación de relativo aislamiento y de notable pobreza hasta su muerte en 1914. Durante estos veintiséis años estuvo dedicado afanosamente a escribir artículos y recensiones de libros para revistas y periódicos o voces para diccionarios, de lo que obtenía sus escasos recursos económicos. Construyó una buhardilla en su casa para trabajar sin ser molestado y escapar de sus acreedores, retirando la escalera. Cuenta uno de sus primeros biógrafos, Paul Weiss, que llegaba a escribir unas dos mil palabras al día; reescribía a menudo hasta doce veces sus manuscritos, que en muchos casos se amontonaban luego junto con los borradores, sin que llegaran nunca a publicarse; pero Peirce, con idéntico entusiasmo, se metía de lleno en una nueva materia: "tenía la persistencia de la avispa dentro de una botella"11.

En los últimos años de su vida en Milford, PA, Peirce mira hacia atrás y trata de dar sentido a través de sus escritos a su vida, a su gran experiencia como científico, a su excelente conocimiento de la historia de la filosofía y de la lógica, y también a las cuestiones de importancia vital, en particular la creencia en Dios. Permitidme citarle otra vez, ahora con un texto correspondiente a "Answers to Questions Concerning my Belief in God" (1906):

He tenido a veces ocasión de caminar por la noche, aproximadamente una milla, por un camino poco frecuentado, la mayor parte en campo abierto, sin ninguna casa a la vista. Las circunstancias no son favorables para un estudio riguroso, sino para una sosegada meditación. Si el cielo está claro miro a las estrellas en silencio, pensando cómo cada aumento sucesivo de la apertura de un telescopio hace visibles muchas más que todas las que eran visibles antes. (…) Deja que un hombre beba en esos pensamientos que le vienen al contemplar el universo psico-físico sin ningún propósito especial; especialmente el universo de la mente que coincide con el universo de la materia. La idea de que hay un Dios por encima de todo eso surgirá por supuesto a menudo; y cuanto más la considere, más le envolverá el Amor por esa idea. Se preguntará a sí mismo si de verdad hay un Dios o no. Si permite hablar a su instinto y busca en su propio corazón, encontrará al final que no puede evitar creer en él (CP 6.501, c.1906).

Este es ambiente en el que creció el artículo de Peirce "Un argumento olvidado a favor de la realidad de Dios" (1908). Me parece que no está muy lejos de la verdad el considerar este artículo como la piedra angular del arco de su vida (cf. CP 8.257, 1902), pues articula "el continuado doble interés de Peirce en la práctica de la religión y en el pensamiento de la ciencia, la lógica y la filosofía"12. Como escribe Anderson en otro lugar, "cuanto más tiempo se pasa con 'Un argumento olvidado a favor de la realidad de Dios' de Peirce, más se da uno cuenta de que hay pocos ensayos en la tradición americana que puedan igualar su riqueza"13. No puedo desarrollar aquí un análisis completo de este texto, sino sólo describir -en esta sección y en la siguiente- dos de sus aspectos que me parecen más significativos.

Para Peirce la creencia en la realidad de Dios es un producto natural de la abducción, o instinto educado, del científico o del hombre corriente:

en el Puro Juego del Musement es seguro que se encontrará antes o después la idea de la Realidad de Dios como una imagen atractiva, que el Muser desarrollará de diversas maneras. Cuanto más la pondera, más respuesta encontrará en cada parte de su mente, por su belleza, porque proporciona un ideal de vida y por su explicación completamente satisfactoria de todo su triple entorno (CP 6.465, 1908).

El descubrimiento espontáneo de la idea de la Realidad de Dios que aparece a través de la actividad del musement es el "argumento humilde", y es el primer paso para el argumento realmente olvidado por los teólogos de Nueva Inglaterra, que consiste en:

mostrar que el argumento humilde es el fruto natural de la meditación libre, pues todo corazón quedará embelesado por la belleza y adorabilidad de la Idea, cuando es así alcanzada. Si los teólogos hubieran sido capaces de percibir la fuerza de este argumento, hubieran hecho de él una presentación tal de la naturaleza humana universal como para mostrar que la tendencia latente hacia la creencia en Dios es un ingrediente fundamental del alma y que, lejos de ser un ingrediente vicioso o supersticioso, es simplemente el precipitado natural de la meditación acerca del origen de los Tres Universos (CP 6.487, 1910. La cursiva es mía).

Estamos ahora en el centro del argumento. La clave es la peculiar afinidad entre mente y materia. El Argumento Olvidado presupone que ciertas clases de actividad mental humana pueden ser identificadas como "naturales", y que las creencias "naturales" son especialmente plausibles14. Para Peirce la abducción es la expresión de un "instinto racional"15 y "cada tabla de su avance es colocada primero por la sola Retroducción, es decir, por las conjeturas espontáneas de la razón instintiva" (CP 6.475, 1908). La ciencia en sí misma es un desarrollo de instintos naturales: "mi larga investigación del proceso lógico del razonamiento científico me condujo hace muchos años a la conclusión de que la ciencia no es sino un desarrollo de nuestros instintos naturales" (CP 6.604, 1891).


3. La realidad de Dios como una “prueba” del pragmatismo

La cuestión central en el corazón de la empresa científica es, precisamente, ¿por qué abducimos correcta y fácilmente en un número de intentos relativamente pequeño? Esta cuestión aparece una y otra vez en los textos de Peirce. Permitidme citar uno de los pasajes más conocidos:

Un hombre ha de estar completamente loco para negar que la ciencia ha hecho muchos verdaderos descubrimientos. Cada elemento de la teoría científica que hoy en día está establecido se ha debido a la Abducción. Pero, ¿cómo es que toda esa verdad se ha encendido por un proceso en el que no hay compulsividad ni tendencia a la compulsividad? ¿Es por azar? Consideren la multitud de teorías que podrían haberse sugerido. Un físico se encuentra con un fenómeno nuevo en su laboratorio. Cómo sabe si las conjunciones de los planetas no tienen algo que ver con él, o si no es debido a que la emperatriz viuda de China había pronunciado en el mismo tiempo hace un año alguna palabra de poder místico, o que algún genio invisible estaba presente. Piensen en cuantos trillones y trillones de hipótesis podrían hacerse de las que sólo una es verdadera; y sin embargo, después de dos o tres o como mucho una docena de conjeturas el físico acierta bastante cerca de la hipótesis correcta. No es probable que por azar él lo hubiera logrado en todo el tiempo que ha transcurrido desde que se solidificó la tierra (CP 5.172, 1903).

Para Peirce, la explicación de este fenómeno de la habilidad humana para elegir fácil y correctamente entre esas innumerables hipótesis reside en que "la mente del hombre debe estar en sintonía con la verdad de las cosas para descubrir lo que él ha descubierto. Este es el fundamento mismo de la verdad lógica" (CP 6.476, 1908).

Peirce apela en el Argumento Olvidado (y en otros muchos lugares: CP 1.80, c.1896; 1.630, 1898; 6.10, 1891; 6.567, 1905) a il lume naturale -expresión que toma prestada de Galileo- para explicar esa sorprendente habilidad de adivinar la respuesta correcta eligiéndola de entre un montón de posibilidades. Es "la Hipótesis más simple en el sentido de la más fácil y natural, la que el instinto sugiere, la que debe preferirse; por la razón de que, a menos que el hombre tenga una inclinación natural de acuerdo con la de la naturaleza, no tiene posibilidad de comprender la naturaleza en absoluto" (CP 6.477, 1908).

Esto no significa que Dios ilumine místicamente las mentes humanas a través de la gracia o de la inspiración en la tarea científica, sino más bien que el ser humano está naturalmente orientado para percibir las lecciones que Dios a través del universo le está continuamente enseñando (CP 2.769, 1905). Más aún, como escribe Clark Smith, según Peirce,

hay una clase de relación personal entre el 'muser' o el que formula las hipótesis (…) y Dios, que es el "principio que origina el universo" (CP 2.24, 1902). La "luz de la razón", esa que enciende la chispa del principio del descubrimiento y de la comprensión, representa entonces una conexión entre el hombre y su Fuente, de tal modo que se convierte en una especie de criatura de Dios (CP 1.316, 1903)16.

En la concepción de Peirce, la naturaleza creatural de la materia y la continuidad entre materia y mente explica el éxito sorprendente de las ciencias. En mi opinión, éste es el lugar para buscar la "prueba" real ("un argumento que baste para quitar toda duda real de una mente que lo entienda", CP 2.782, 1902) del pragmatismo17. Se trata una "Gran Abducción" que podría ser puesta en los siguientes términos de acuerdo con el modelo de CP 5.189, 1903:

La eficiencia del científico (adivinando correctamente entre innumerables hipótesis) es un hecho realmente sorprendente

Si Dios fuera el creador de las habilidades cognitivas humanas y de la naturaleza, esta eficiencia sería cosa normal [a matter of course].

Por tanto, hay razón para sospechar que Dios es el creador de las mentes humanas y de la naturaleza.

En este sentido lo que estoy sugiriendo es que para Peirce el mejor signo de la realidad de Dios no es sólo la capacidad de esa creencia para cambiar la conducta del que cree 18, sino sobre todo la sorprendente eficiencia de nuestra empresa científica, que sería totalmente improbable por mero azar: requiere la creación de Dios como fuente común del conocedor y lo conocido, esto es, requiere "la vieja hipótesis de que el hombre ha sido hecho a imagen de su Hacedor, y así funciona su Razón" (CP 2.22, 1902).


4. Observaciones finales sobre el contexto religioso del enfoque de Peirce

Quiero hacer muy brevemente dos observaciones finales. La primera es recordar que Peirce aprendió este manera de pensar de su padre Benjamin, quien trae también a nuestra memoria el "Gran Libro de la Naturaleza" de Galileo:

La imagen divina, fotografiada en el alma del hombre desde el centro de la luz, está reflejada en cada parte de las obras de la creación. (…) 'En el principio Dios creó los cielos y la tierra'. Sin este tesoro de la fe, la idealidad omnipresente de la ciencia termina en un panteísmo empobrecido e impotente. Con él, la idealidad observada es el pensamiento divino, y el libro de la Naturaleza es el registro divino19.

Esta era la creencia común entre los Unitarianos de la época 20 y -es mi segunda observación final- es también el contexto del enfoque católico sobre las relaciones entre ciencia y religión, razón y fe. En este sentido, puede decirse que el contexto de Peirce es más cercano y más afín de lo esperado a la tradición católica. Una última cita:

Ha llegado el día, sin embargo, en el que el hombre, a quien la experiencia religiosa le mueve muy devotamente, puede reconocer el estado de la cuestión. Aun adhiriéndose a la esencia de la religión, y tanto como sea posible a la iglesia, que le es del todo casi esencial, digamos penesencial [penessential], dejará a un lado esa timidez religiosa que está siempre provocando que la iglesia retroceda de los caminos a los que el Gobernador de la historia está conduciendo las mentes de los hombres, una cobardía que ha permanecido a través de los años como la señal y el límite de su poca fe, y marchará alegremente hacia delante, seguro de que la verdad no se divide en dos doctrinas opuestas, y de que cualquier cambio que el conocimiento pueda obrar en su fe sólo puede afectar a su expresión, pero no al profundo misterio expresado (CP 6.432, 1892).

Me parece que este texto de Peirce está en perfecta sintonía con las enseñanzas del Concilio Vaticano Segundo (Gaudium et Spes 36, 2), el Catecismo de la Iglesia Católica (1992, n. 159) y el importante documento de Juan Pablo II Fides et ratio (1998), pero explicar esto con algún detalle sería tema de otro seminario.






Notas

1. P. H. SAMWAY (ed): A Thief of Peirce. The Letters of Kenneth Laine Ketner and Walker Percy, Jackson: University Press of Mississippi 1995, p. 130.

2. S. F. BARRENA: Charles S. Peirce: Un argumento olvidado a favor de la realidad de Dios. Introducción, traducción y notas, Pamplona: Cuadernos de Anuario Filosófico 34 (1996), http://www.unav.es/gep/Barrena/cua34.html). Su tesis doctoral La creatividad en Charles S. Peirce: abducción y razonabilidad está accesible en http://www.unav.es/gep/TesisDoctorales/TesisBarrena.pdf

3. G. GENOVA: Charles S. Peirce: La lógica del descubrimiento, Pamplona: Cuadernos de Anuario Filosófico 45 (1997), http://www.unav.es/gep/Genova/cua45.html

4. R. T. PANESA: Science and Religion in Charles S. Peirce, Tesis Doctoral, Universidad de Navarra, 1996, http://www.unav.es/gep/TesisDoctorales/TesisRPanesa.pdf

5. K. A. PARKER: The Continuity of Peirce's Thought, Nashville: Vanderbilt University Press 1998, p. 231 n.5.

6. C. S. PEIRCE: "The Marriage of Religion and Science", Collected Papers, C. Hartshorne, P. Weiss y A. W. Burks (eds), Cambridge: Harvard University Press 1931-1958, 6.433, 1893. (Como es habitual para referirme a esta obra señalaré a partir de ahora CP, seguido del número de volumen, el de parágrafo y el año a que corresponde el texto).

7. C. S. PEIRCE: Writings of Charles S. Peirce: A Chronological Edition, M. H. Fisch et al. (eds), Bloomington: Indiana University Press 1982-, 3, 382-493. Para referirme a esta obra señalaré a partir de ahora W.

8. M. FISCH: "Introduction" en W 3, 1993, xxi-xxxvii.

9. C. S. PEIRCE: Historical Perspectives on Peirce’s Logic of Science: A History of Science, C. Eisele (ed), Berlín: Mouton 1985, p. 1123, 1898.

10. C. S. PEIRCE: MS 1334, 11-14, 1905, J. Stuhr (ed), Classical American Philosophy, Oxford: Oxford University Press 1987, p. 47.

11. P. WEISS: "Charles Sanders Peirce". En Dictionary of American Biography. D. Malone (ed), Nueva York: Scribner, 1934, vol. 14, pp. 402-3.

12. D. ANDERSON: Creativity and the Philosophy of C. S. Peirce, Dordrecht: Nijhoff 1987, p. 137.

13. D. ANDERSON: "Three Appeals in Peirce's Neglected Argument", Transactions of the Charles S. Peirce Society 26 (1990), p. 349.

14. G. BEHRENS: "Peirce's "Third Argument? for the Reality of God and Its Relation to Scientific Inquiry", Journal of Religion 75 (1995), 203.

15. M. A. AYIM: "Retroduction: The Rational Instinct", Transactions of the Charles S. Peirce Society 10 (1974), 34-43.

16. J. C. SMITH: "Peirce's Religious Metaphysics", International Philosophical Quarterly 19 (1979), 415.

17. Cf. R. S. ROBIN: "Classical Pragmatism and Pragmatism's Proof" en The Rule of Reason, J. Brunning y P. Forster (eds), Toronto: University of Toronto Press 1997; D. D. ROBERTS: "An Introduction to Peirce's Proof of Pragmaticism", Transactions of the Charles S. Peirce Society 14 (1978), 120-131.

18. Cf. M. L. RAPOSA: Peirce's Philosophy of Religion, Bloomington: Indiana University Press 1989, p. 133.

19. B. PEIRCE: Ideality in the Physical Sciences, Boston: Little, Brown 1881, pp. 31 y 36.

20. C. HOOKWAY: Peirce, Londres: Routledge & Kegan Paul 1985, pp. 4-5; B. KUKLICK: The Rise of American Philosophy, New Haven, CT: Yale University Press 1977, pp. 6-7.



Fecha del documento: 4 de mayo 2004
Ultima actualización: 4 de mayo 2004

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