PEDRO FERNÁNDEZ

 

 

 

PEDRO FERNÁNDEZ

(1527-1580)

 

 

RESUMEN DE
María Idoya Zorroza

FUENTE PARA EL RESUMEN
INTRODUCCIÓN A LA JUSTICIA EN LOS CONTRATOS

 

 

Los datos biográficos con que contamos del dominico Pedro Fernández, teólogo tridentino y miembro de la Escuela de Salamanca, se encuentran bastante documentados.

 

Lo primero que debe ser advertido en relación con este autor es la oscilante grafía de su apellido en las distintas fuentes: desde los primeros documentos aparece como Fernández, Hernández, o incluso Herrández (en el acta de su profesión). Entre esas formas la más común, y por la que hemos optado, es la primera, tal como figura en sus firmas como prior de San Esteban en el Libro de profesiones, forma por la que también es identificado por los historiadores Alonso Fernández y Juan de Araya.

 

En Libro de profesiones del Convento de San Esteban de Salamanca se escribe:

"15 de junio del año 1547, hizo profesión fray Pedro Fernández, oriundo de la ciudad de Vilvestre, en la ribera del Duero, hijo de Pedro Fernández y Catalina Álvarez, su mujer; la cual [profesión] la recibió de R. P. Cristóbal de Córdoba, prior de este convento de San Esteban de Salamanca; bajo el Rmo. Maestro de la Orden, fray Francisco Romeo".

 

Pedro Fernández nace en Vilvestre de la Ribera, localidad de la provincia de Salamanca, a orillas del Duero, hacia el año 1527. Sobre su lugar de nacimiento no hay duda alguna, pues además de quedar claramente señalada en el acta de profesión, el propio autor lo reconoció más adelante, en una petición de indulgencias para San Esteban de Salamanca y la iglesia parroquial de su pueblo, Vilvestre. Sus padres eran Pedro Fernández y Catalina Álvarez. La fecha de su nacimiento, que no figura en el acta de profesión, se deduce de un informe del Consejo de Estado a Felipe II en el que se propondría al dominico para una sede episcopal. En el documento, fechado en 1579, se afirma que Pedro Fernández será de edad de 52 años.

 

Como figura en el acta ya citada, nuestro autor profesó en el Convento de San Esteban de Salamanca el 15 de julio de 1547. En el mismo convento habían profesado otros destacados dominicos con los que Pedro Fernández habría convivido durante su noviciado en la capital salmantina: así el 25 de marzo de 1546 lo hizo Domingo de Guzmán; el 26 de noviembre de 1546, Bartolomé de Medina y Domingo de Salazar; el 24 de enero de 1547 Antonio de Barrientos; el 3 de mayo de 1547 Domingo Báñez; el 24 de junio de 1547 Bartolomé del Pozo. Por tanto, coincidió en Salamanca, poco después del fallecimiento del maestro Francisco de Vitoria y en un momento de especial florecimiento del Convento con dos destacados nombres de la Escuela de Salamanca que fueron catedráticos de Prima en esa Universidad: Bartolomé de Medina y Domingo Báñez.

 

Pedro Fernández se formó en teología en las aulas salmantinas en uno de los momentos de mayor esplendor de su Escuela, ya había fallecido el maestro Francisco de Vitoria y le sustituía Melchor Cano en la Cátedra de Prima. El año de sus estudios coincide con el de su profesión, 1547, según testimonia el propio autor en uno de sus manuscritos. Tiene también como maestros a Domingo Soto, Diego de Chaves y Pedro de Sotomayor. En Salamanca, Pedro Fernández

“debió empaparse bien del espíritu teológico renovador de la Escuela salmantina, cuya cuna era dicho convento".

El historiador Alonso Fernández destacaba que

“había sido colegial en el Colegio de Santo Domingo [de la Cruz] de Salamanca, que los Duques de Béjar fabricaron junto al Convento de San Esteban, que algunos años estuvo en pie con buen número de colegiales, y por empeño de aquellos señores cesó"

y Juan de Araya añade que

“salió muy aprovechado en los estudios y dentro de pocos años fue lector de algunos conventos de la provincia. No sólo descubría la capacidad y talento que tenía en la agudeza de ingenio, sino una prudencia y juicio grande para cosas mayores".

En esos años, la docencia salmantina contaba con la figura de Melchor Cano (1509-1560), el gran discípulo de Francisco de Vitoria, como catedrático de Prima (1546-1552), con las sustituciones de Vicente Barrón (1549-52), Diego de Chaves (1549 y 1551) y Domingo de las Cuevas (1551), antes de que Cano marchara al Concilio de Trento y asumiera los distintos cargos que le alejaron de la docencia salmantina: obispo de Canarias, consultor de la Corte y Provincial dominico en Castilla. Le sustituiría Domingo de Soto (1552-1560) en la misma Cátedra de Prima, quien había ocupado la Cátedra de Vísperas de 1532-1549). En la Cátedra de Vísperas estuvieron también Juan Gil de Nava (1549-1551) y Pedro de Sotomayor (1551-1560).

 

Terminados sus estudios debió permanecer algunos años más en Salamanca, mas ahora ejerciendo la docencia teológica o filosófica en los Estudios de la propia Orden; en ese sentido afirma Beltrán de Heredia que

“como era hombre de expresión fácil y de inteligencia clara, terminados los estudios se le destinó al profesorado, comenzando por encargarle un ciclo de artes al que siguió otro de teología".

 

La siguiente fecha conocida en que se hace mención de Pedro Fernández es el 18 de octubre de 1557, con ocasión del Capítulo Provincial que se celebraba en Plasencia y al que acudió, pues en él Pedro Fernández ejerce de ponente defendiendo las "conclusiones teológicas".

 

Ese mismo año se traslada al Convento de Santa Cruz de Segovia, uno de los Centros de Estudio de la Provincia, como profesor de Teología, desde el 15 de noviembre de 1557 hasta 1562. En un manuscrito vaticano en que se recoge sus primeras clases en Segovia, enseña como consejo esforzarse en:

“comprender los textos de santo Tomás, pues en ellos están escondidos todos los tesoros de la ciencia".

 

Durante su estancia en el convento de Santa Cruz de Segovia, consigue del Capítulo General de Avignon, en 1561 –previa demanda de la Provincia– la facultad de leer "in forma magisterii". Según la Historia del Convento de San Esteban,

“en el Capítulo general que celebró el maestro de la Orden en Aviñón en 25 de mayo, … se aceptaron y aprobaron los magisterios de fr. Pablo Marín y fr. Juan de la Peña y las presentaturas de fr. Domingo Báñez, maestro de estudiantes de esta casa, y de fr. Pedro Hernández, lector de teología del Convento de Segovia, que habían sido promovidos en el Capítulo de Piedrahita, como expresan las mismas Actas del Capítulo general”.

Queda constancia también de un testimonio el 8 de enero de 1562, que se refiere al fervor con que el pueblo segoviano acogió el jubileo concedido por Pío IV pidiendo a Dios por el éxito de la reanudación del Concilio.

 

Durante el curso 1561-62 se hallaba Fernández explicando en el Convento de Santa Cruz de Segovia la cuestión 55, artículo 4 de la Prima Pars de la Suma teológica de Tomás de Aquino, cuando el 25 de enero llegó el nuncio y el precepto del provincial con el que se le solicita acudir al Concilio de Trento. Pedro Fernández tendría entonces 34 años. Su candidatura se debió proponer al fallar la de Diego Chaves. Posiblemente Pedro Fernández comenzaría su viaje a Trento, junto con Juan Gallo, en primavera de 1562. El 8 de septiembre entró en Trento en calidad de teólogo del Rey Católico.
Clausurado el Concilio Pedro Fernández marchó con su compañero Juan Gallo a Roma para solicitar del Papa una Bula especial para el culto de Tomás de Aquino en Salamanca, así testimonia el historiador de San Esteban José Barrio:

“Fr. Pedro Hernández, que de vuelta del Concilio vino por Roma, y allí impetró del Papa una Bula plomada, que comienza: Salvatoris et Domini nostri Jesuchristi, etc., su data en 15 de abril de este año. Por ella concede indulgencia plenaria en forma amplísima de jubileo, cual se suele conceder a los que visitan las iglesias destinadas en Roma en el Año Santo, con facultad de elegir confesor que pueda absolver de todos los crímenes y censuras, como no sean las contenidas en la Bula de la Cena, y conmutar cualesquier votos, excepto los cinco más privilegiados, para todos los fieles que visitasen nuestra iglesia en las fiestas de San Esteban y Santo Tomás cuando más, cuando cayeren en domingo, y en cuanto a la de Santo Tomás cuando cayere en lunes, por razón del año bisiesto; y cuando cayeren en otros días concede cincuenta años y otras tantas cuarentenas de indulgencias”.

 

De la categoría humana y teológica de Fernández son buen signo los cargos que ocupó en la Orden a la vuelta de Trento.
Fernández fue nombrado, nada más regresar de Trento, prior del Convento de Santa Cruz de Segovia (en 1564) y del convento prioral de fray Tomás de Torquemada. Según afirma Huerta dio eficacia realizadora a los decretos tridentinos "de reformatione".

 

Posteriormente, en 1569, fue nombrado prior del Convento de San Ginés de Talavera. En ese lugar estaba cuando fue nombrado por el Papa, a instancias de Felipe II, Comisario apostólico y Visitador de la Orden carmelitana, la cual comienza en 1570. En ese momento se planteaba un grave problema entre los Carmelitas y el Carmelo reformado de santa Teresa; Pedro Fernández tuvo una buena relación con la santa, siendo protector y aconsejando también con prudencia ante los distintos pasos que daba santa Teresa en sus Fundaciones, como lo señalan algunas de las cartas conservadas de santa Teresa. Tras este cargo

“no le dejaron descansar sus muchas prendas, porque como eran tantas, tanto su espíritu y tan ejemplar su vida, siempre la Orden le ocupaba en puestos y en gobiernos. Fue prior en el Convento de Segovia y le gobernó con tanta santidad y ejemplo que parecía que en él se había renovado el espíritu del primer fundador".

En 1571 recibe el título de "Maestro en Teología", otorgado por el Capítulo General de Roma.

 

En 1572 es prior de Salamanca; así firma las actas de profesiones de los nuevos frailes. Ya en enero de 1572 encontramos en el Libro de profesiones con fecha 11 de enero:

“quam recepit R. P. Petrus Hernandez prior hu[ius] Conv[entus] S. Steph[ani] Sal[amanticae]”

y poco después, el 24 de ese mes de enero

“in manibus Fr. Petri Hernández magistri prioris dicti Conv[ento] astante toto Conv. In cujus rei fi. Et ipse profitens et infra scr.".

 

Todos los historiadores alaban el buen hacer de Pedro Fernández en el ejercicio de sus funciones de gobierno, que le apartaron, por otro lado, de la enseñanza y la carrera académica.
El historiador Alonso Fernández nos señala sus bondades en el ejercicio de sus prioratos:

“Gobernó aquel convento con tan gran valor y santidad, que parecía que en este padre se hallaba el verdadero espíritu del primer fundador de aquella casa. Asistía de noche y de día con los religiosos en el coro, sin usar jamás de dispensación, ni faltar un punto de la comunidad, salvo si le ocupaba algún negocio preciso de la casa. […] De ordinario se hallaba ocupado en la oración. Era piadosísimo con sus frailes y tratábalos con mucha caridad, procurando todo el regalo que se compadece con nuestras leyes. Este estilo guardó siempre en los conventos donde fue prior y en especial en el de Salamanca, donde se criaba tanta gente moza desta y de otras provincias, de aventajados ingenios. Parecíales que importaba mucho que el prior fuese delante en todo lo que es religión y observancia, para que con esto los súbditos acudan con facilidad a lo que están obligados".

 

Juan de Araya precisa que

“resplandeció en él, aun siendo [joven], singularmente la virtud de la prudencia, que acompañada de otras le hacía sujeto muy digno de cualquier empleo”

Su prudencia, que fue valorada para el gobierno de los distintos Conventos e incluso en la Orden, sería decisiva para que le encomendaran la visita de los Carmelitas.

 

En la Historia de Santo Domingo y de su orden, se refieren a Pedro Fernández dentro del epígrafe titulado:

“De los hijos que este convento ha tenido insignes en dignidad o erudición”

advirtiendo que

“fr. Pedro Fernández, está también enterrado en el capítulo deste convento [de Salamanca], fue de gran virtud y siempre tuvo y tiene nombre de provincial santo".

 

Esas dotes de religioso ejemplar, prudencia y buen gobierno le hicieron ser nombrado provincial de la provincia dominicana de España en 1573 hasta 1577, y bajo su gobierno se pusieron en marcha las reformas ordenadas por el Concilio de Trento; para esa reforma los historiadores destacan el valor que Pedro Fernández infundía con su prudencia, humildad y su buen ejemplo en el ejercicio de una vida entregada, de oración y penitencias, así Alonso Fernández dice que:

“Luego comenzó a reformar la Provincia con su buen ejemplo. No era bastante la ocupación del difinitorio ni la de otros muchos negocios que tenían en Capítulo, para dejar de ir a maitines, ni fue posible hacerle comer carne. Visitaba los conventos de la provincia con gran solicitud, consolando a unos y castigando a otros sin consentir para sí entretenimiento y regalo alguno”.

De él dice un documento del Archivo Vaticano del 5 de febrero de 1577:

“El provincial de esta Orden en Castilla que llaman provincial de España, es un religioso de gran virtud y discreción, y entiende bien las cosas de su Orden, como aparece por el buen gobierno de estos sus monasterios aquí, que son ejemplares".

 

Dicen Alonso Fernández y Juan de Araya que por la confianza que mereció ante el rey Felipe II y ante el Papa Pío V su prudencia y buen arte de gobierno, se le encomendó

“la visita de los religiosos y religiosas Carmelitas descalzos, que entonces comenzaba”.

También quiso el rey Felipe II proponerlo para ocupar algún obispado, así se documenta que en noviembre de 1579 se le señalaba como uno de los candidatos para proveer la sede episcopal de Burgos, Jaca o Segovia; Juan de Araya cuenta su reacción:

“envióle cédula de un obispado en Indias, mas él del mismo modo que había resistido a otras cosas de mayor importancia, resistió también a ésta, y no sólo no aceptó el obispado, sino que no quiso que se supiese".

 

En 1579 es elegido de nuevo prior de Salamanca, según señala el Libro de profesiones:

“por ahora (14 de noviembre de 1579) ya estaba electo segunda vez el V. Fr. Pedro Fernández, que se hallaba prior de Segovia, pero no había llegado aún a San Esteban”.

El 22 de junio de 1580, por medio de una bula de Gregorio XIII, se separaban finalmente de los Carmelitas los Reformados; por intercesión del rey se pidió al Papa que se designase a Pedro Fernández, que había sido Visitador, para hacerlo efectivo. Pero cuando recibía la comisión, nuestro autor se encontraba ya en un estado de salud muy deteriorado, y moriría poco después.
Fallece el 22 de noviembre de 1580 a la edad de 53 años, fecha que se encuentra en la Historia general de Santo Domingo y de su orden:

“El santo F. Pedro Fernández falleció este año en su convento de Salamanca, habiendo visitado la Orden del Carmen”

Esta fecha cuenta con el apoyo del testimonio de un escolar de Salamanca que apunta el día en sus lecciones, conservadas en un manuscrito vaticano. Esta fecha del 22 de noviembre es la que también recoge Silverio de Santa Teresa en la Historia del Carmen Descalzo. Los historiadores Alonso Fernández y Juan de Araya proponen en cambio, apoyándose en el Libro de profesiones la fecha de 1581, sin embargo, en otra historia del Convento de San Esteban se duda de ella:

“Fernández, cuyo sentir tiene fundamento en la anotación que está puesta a la margen de su profesión, dice que murió en el año de 1581. Si fue así, fue muy a los principios de los años, porque como consta de las Actas del capítulo siguiente, murió siendo prior, y en 27 de enero de dicho año ya se hallaba ejerciendo este oficio el presentado Fr. Bartolomé Muñoz".

 

En distintas cartas conservadas de santa Teresa de Jesús se menciona el grave estado de su salud y lo próximo de su fallecimiento; así en la Carta 336 del 25 de octubre de 1580, la santa de Ávila solicita las oraciones por el que había sido Visitador:

“vuestra reverencia haga que encomienden todas a Dios al Padre fray Pedro Fernández, que está muy al cabo; mire que se lo debemos mucho, y ahora nos hace gran falta”.

Y unos días antes del fallecimiento de Pedro Fernández, en la Carta 337 (el 20 de noviembre):

“El Padre fray Pedro Fernández no es muerto; estáse muy malo".

 

De su buen hacer en los distintos cargos le viene su prestigio por el que se le conoce por el calificativo de Provincial santo. Por esa fama se entendería el que el cardenal don Enrique, regente de Portugal, favoreciera su elección como Maestro General de la Orden, según una carta que enviaría el 19 de diciembre de 1579 a Felipe II el embajador portugués.

De este religioso, que fue teólogo de Trento y artífice de la reforma teresiana, dijo santa Teresa de Jesús que era "persona de santa vida y grandes letras y entendimiento".

 

 

PUBLICACIONES DEL PROYECTO DE PENSAMIENTO CLÁSICO ESPAÑOL


80. Pedro Fernández , La justicia en los contratos. Comentarios a Summa Theologiae, II-II, 77-78. Introducción, transcripción, traducción, verificación de fuentes y notas de Teodoro López y María Idoya Zorroza. Colección de Pensamiento Medieval y Renacentista 80, Eunsa, Pamplona, 2007, 260 pp.

 

 

 

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