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  • Porteadores. Ochomiles sobre sus espaldas

      Texto Ander Izagirre [Com 98]   Fotografía Ander Izagirre [Com 98], Alberto Iñurrategi

    Un himalayista siempre da el primer paso sobre el hombro de un porteador. Los montañeros más fuertes, los que alcanzan las cumbres más altas del planeta, ni siquiera llegarían al campamento base si no fuera por las docenas de hombres que acarrean cargas de 25 kilos durante más de cien kilómetros por valles y glaciares. Seguimos a los porteadores baltíes por la cordillera del Karakórum (Pakistán).

    Concordia. El sexto día la expedición atraviesa el paraje de Concordia, confluencia de glaciares a 4.600 m. Al fondo asoma el Broad Peak (8.047 m). Solo queda otra jornada hasta el campo base.

    Las pegatinas son muy importantes. Hay reuniones entre montañeros y patrocinadores en las que se dedican treinta o cuarenta minutos a decidir el tamaño de las pegatinas, el color, el material, la manera en que deben colocarse en los abrigos, en los gorros, en los pantalones, en las mochilas. Se revisan vídeos y fotos de expediciones anteriores para comprobar la visibilidad del logo del patrocinador. Se estudia la manera en la que deben fijarse para que aparezcan más veces en la televisión, en los periódicos, en internet. Las pegatinas más grandes son las que se ponen en los bidones de carga, en esos bidones azules que siempre se ven en el campo base de los montañeros.

    Hay una excepción, un caso en el que las pegatinas no deben verse de ninguna manera: el reluciente logo del patrocinador nunca debe aparecer en un bidón bajo el cual camine un porteador doblado por el peso. Si llega alguna foto así, el gabinete de comunicación la veta.

    –Es contraproducente –alegan.

    De manera que un día vemos en la televisión los bidones de los montañeros en el aeropuerto, con sus pegatinas bien destacadas, y unas semanas después vemos los mismos bidones con las mismas pegatinas junto a las tiendas del campo base. Entre unas imágenes y otras se abre un vacío. ¿Cómo se han desplazado los bidones desde el vestíbulo de un aeropuerto europeo hasta los hielos de un glaciar pakistaní? ¿Qué clase de fuerza invisible los ha transportado?

     

    85 hombres y ocho burros. Esperan en Askole, la última aldea al pie de la cordillera del Karakórum, a 2.950 metros de altitud. Casi todos los hombres son agricultores y pastores de los valles remotos de Baltistán, una árida región montañosa donde las familias sobreviven en el límite de la pobreza extrema, acechados por hambrunas y enfermedades, y muchos emigran a las ciudades en invierno o trabajan de porteadores en verano para juntar cuatro rupias con las que soportar un año de malas cosechas, pagar algún tratamiento médico o enviar a los hijos a la escuela. 

    A media tarde los porteadores ven una hilera de todoterrenos que suben hasta el pueblo por la pista resquebrajada. En ellos llegan nueve montañeros y todo su material para dos meses de expedición, repartido en 109 bidones de 25 kilos cada uno. A partir de mañana, cada porteador cargará sobre sus espaldas uno de esos bidones y caminará seis días remontando un inmenso glaciar hasta el campo base a 4.900 metros de altitud. Cada burro llevará tres bidones. Las cargas se pesan escrupulosamente, pero uno de los porteadores avisa de que la suya alcanza los 27 kilos. No hay problema: al final de la marcha cobrará un dinero extra. 

    Los himalayistas siempre dan el primer paso sobre los hombros de un porteador. No es una opresión sino un trato. Pero conviene recordar el trato. Conviene recordar que incluso la expedición más deslumbrante con los montañeros más fuertes ni siquiera llegaría al campo base si no fuera por estas docenas de baltíes que acarrean las cargas durante más de cien kilómetros por pedreras, hielos triturados y campos de nieve. No hay paso aéreo del alpinista en la cumbre sin el paso arrastrado del porteador en el valle. 

    Conviene recordarlo porque en el montañismo, un deporte sin espectadores ni árbitros, a veces se oculta el trabajo ajeno para hinchar el mérito propio. 

    Conviene recordar que la ascensión a un ochomil se sostiene, en primer lugar, en la fatiga de los chavales de catorce o quince años que llevan sus primeras cargas a la espalda y que observan con avidez a los extranjeros que les pagan por llevarlas. Los porteadores primerizos siguen atentos cada movimiento de los alpinistas; se fijan en las botas de gore-tex, los forros polares, los bastones ergonómicos; escuchan con atención sus conversaciones incomprensibles; miran hacia el mismo punto hacia el que miran las cámaras de fotos de los montañeros, quizá estrenando mirada, quizá sin entender los asombros ajenos, quizá haciéndose preguntas. Quizá, quizá, quizá: hay una grieta demasiado ancha entre montañeros y porteadores, una grieta que solo algunos alpinistas veteranos saben reducir después de muchos años de expediciones, de cuajar amistades lentas pero firmes con los baltíes, de esfuerzos por chapurrear su idioma. En esa familiaridad se aprecia la diferencia entre los montañeros que van al Karakórum y los montañeros que vuelven al Karakórum.

    Los porteadores viejos también han amasado cierta familiaridad con los montañeros. Son hombrecillos escurridos, puro pellejo tostado y arrugado, con barbas a veces teñidas de naranja, vestidos con ropas zarrapastrosas y con las zapatillas de talla única que les da la agencia organizadora del acarreo. Caminan doblados bajo los bidones, jadeando, apretando el gesto, dando pasos cortos y rápidos, a ritmo vivo y haciendo muchos descansos breves. En alguna de esas paradas, sentados en una roca, coinciden con alguno de los montañeros, intercambian un saludo, un how-are-you-sir; y si les sacan una foto, dan las gracias. El montañero bebe de la cantimplora y ellos se arrodillan en la orilla de algún charco glaciar para echar un trago. Al reanudar la marcha, se despiden como de un viejo conocido: aunque no lo hayan visto nunca, es el mismo alpinista que viene todos los años, el que les carga el lomo y les paga. Le saludan, le estrechan la mano, se muestran muy afectuosos. Su sonrisa y su amabilidad alivian la conciencia, ayudan a encajar el hecho de que los montañeros lleven una mochila ligera mientras ellos cargan con un bidón de 25 kilos.

    Pero no hay que olvidarlo: la carga es el trato. Sin carga, cientos de familias baltíes perderían el único dinero que ingresan en todo el año. Es un dinero abundante para la medida pakistaní y bien repartido entre mucha gente de la región. Un porteador que acarree 25 kilos durante una semana, desde Askole hasta el campo base del Broad Peak, del K2 o de los Gasherbrum, cobrará unos 50 euros, en un país donde la renta per cápita semanal equivale a unos 20 euros (mucho menos en Baltistán). Algunos porteadores, jóvenes y fuertes, encadenan hasta cuatro o cinco expediciones en una temporada. 

    Para ganarse ese sueldo deben cargar tiendas, sacos, cuerdas, arneses, botas, mesas, sillas, platos, cocinas, ordenadores, alimentos, cientos de kilos que incluso la expedición más ligera necesita transportar hasta el pie de la montaña. Y los llevan paso a paso, primero tragando polvo por el valle reseco del río Braldo y luego tropezando por los terribles sesenta kilómetros del glaciar Baltoro: allí apenas se ve el hielo, sepultado bajo montañas de gravilla y pedruscos, bajo una escombrera colosal por la que es imposible trazar un sendero, en la que cada paso es una decisión y a menudo un patinazo; al ganar altura, entre la pedrera emergen los pináculos de hielo gris, las lagunas de brillos metálicos, los ríos de fusión que van tajando el glaciar; y más arriba, los campos de nieve que al sol del mediodía se derriten y se tragan a los porteadores con sus cargas hasta la cintura.

    Si los porteadores, atascados en la nieve, deciden suspender la marcha por hoy y acampar entre los hielos, no tiene sentido que los montañeros se enfaden, aunque solo falten un par de horas para alcanzar el campo base y terminar la marcha. Los montañeros dormirán en tiendas de campaña con sacos gruesos y los porteadores echarán un plástico sobre un semicírculo de piedras y se apiñarán debajo, de seis en seis, con mantas raídas. Cocinarán lentejas y chapatis (tortas de harina), beberán el poderoso té baltí con sal y mantequilla de vaca, y se echarán a dormir. Y nadie tiene más ganas de terminar el camino que ellos: basta con ver a los que bajan de vuelta por el glaciar, saltando de piedra en piedra, apresurados para engancharse a otra caravana o para regresar al pueblo y ayudar a la familia en las tareas del campo. Cuando estén de vuelta en su aldea, cuando dejen la azada al final del día, ¿preguntarán por los montañeros, pedirán noticias de quienes andan a ocho mil metros, tendrán algún interés en saber si ha hecho cumbre la expedición que cargaron sobre sus hombros? 

     

    Trabajar a ocho mil metros. Algunos porteadores tienen noticias directas de lo que ocurre en las cumbres: suben cerca de ellas y a veces incluso las pisan. Son los porteadores de altura, una pequeña elite especializada que trabaja del campo base hacia arriba y se encarga de trabajos muy duros: abren huella en la nieve, fijan cuerdas en los tramos más delicados, montan los campamentos de altura y transportan las cargas de los montañeros a siete y ocho mil metros (comida, tiendas, sacos, material de escalada, incluso bombonas de oxígeno).

    –Una vez, en el Gasherbrum II, me dejaron solo, exhausto, sin comida, y no podía ni moverme. Estaba tumbado en la nieve, pensando que iba a morir allí, cuando apareció un montañero japonés que me preparó una sopa de sobre. Con esa sopa ya pude ponerme en pie y empezar el descenso.

    Ese fue el peor momento de la carrera de Waqar Yunus, un porteador de altura de 42 años que lleva desde los 19 ganándose la vida a seis, siete y ocho mil metros.

    –Este año he decidido retirarme. Cuando era joven, subía desde el campo base hasta el campo 3 de tirón, con trece kilos en la mochila, dejaba el material y bajaba seguido. Ahora ya no puedo. Es muy duro, es peligroso y además tengo negocios y tres mujeres: mucho trabajo –se ríe.

    Los porteadores de altura como Yunus ganan mucho más que un porteador común, de los que transportan las cargas solo hasta el campo base: entre 12 y 15 euros diarios. Gozan de un notable prestigio en sus valles natales. Y a veces, en su labor de apoyo, llegan hasta la misma cumbre de las grandes montañas. Así se van labrando un palmarés y un cierto caché.

    –Empecé de pinche de cocina con 18 años, en una expedición al Broad Peak. Al año siguiente ya me vieron fuerte y me llevaron de porteador de altura al Gasherbrum II (8.035 m), una montaña a la que he vuelto a menudo. Con 24 años la coroné, ayudando a una expedición catalana. También he subido tres veces al K2, en una de ellas llegué hasta los 8.100 metros. Y en otra ocasión, con una expedición japonesa, nos quedamos a 150 metros de la cumbre del Gasherbrum I (8.068 m). Soplaba un viento terrible, hacía muchísimo frío y el hielo estaba tan duro, que golpeábamos con el piolet y no se clavaba ni un milímetro. Además nos quedamos sin cuerdas, así que tuvimos que bajar.

    Con el dinero ganado en los ochomiles, Yunus abrió un hotel en Skardú (capital de Baltistán), un edificio de tres plantas y 35 habitaciones en el que se jacta de ofrecer comida pakistaní, china, inglesa y española. La prosperidad económica también le ha permitido tener tres mujeres, con las que se casó a los 25, 27 y 29 años: una en Kande, su pueblo natal, con la que tiene tres hijos y una hija; otra en el cercano Hushé, con la que tiene un hijo y una hija; y la tercera en Skardú, sin hijos.

    –El montañismo es muy bueno para Baltistán. En invierno, muchos hombres emigran a las ciudades, a Rawalpindi, a Lahore, a Karachi, porque en nuestros valles no tenemos ningún trabajo. Las familias apenas pueden sobrevivir con lo poco que cultivan y con alguna cabra. No tienen ingresos. Pero en verano llegan las expediciones y los grupos de senderistas, que necesitan cientos de porteadores, cocineros, guías... Es dinero para mucha gente.

     

    Montañeros y porteadores. Aunque las expediciones ayudan a mejorar la vida de los baltíes, algunos patrocinadores aún tienen mala conciencia: creen que los montañeros explotan a los nativos o, al menos, temen que el público pueda creerlo. La imagen de un hombre que camina encorvado bajo un enorme bidón les parece cercana al retrato de la esclavitud y no quieren que su marca se asocie de ninguna manera con semejante escena. 

    –A mí no me cabe ninguna duda: el trato actual con los porteadores no es ninguna explotación –dice Alberto Iñurrategi, uno de los himalayistas más prestigiosos–. El porteo es un trabajo muy duro pero digno. Por eso no debemos tener miedo de explicarlo, hay que hablar del asunto sin complejos, en lugar de ocultárselo al público. 

    Iñurrategi, guipuzcoano de 42 años, coronó los catorce ochomiles y repitió algunos de ellos, lo que le valió el reconocimiento del público general, pero ese dato solo es el celofán de una trayectoria alpinista mucho más profunda y valiosa. El suyo no es un montañismo de colección sino de exploración; no busca apuntarse cumbres de cualquier modo sino que se empeña en abrir rutas nuevas y resolver desafíos pendientes, siempre tanteando los límites humanos para empujarlos una pizca más allá, siempre con una voluntad de estilo. A partir del campo base, Iñurrategi y sus compañeros (el navarro Zabalza y el alavés Vallejo, en las últimas expediciones) cargan en sus mochilas todo lo necesario y escalan sin ayudas externas: ni porteadores de altura, ni cuerdas fijas, ni campamentos, ni oxígeno adicional… Es una cuestión de estilo y ética en la montaña, un estilo limpio y respetuoso que, según explica Iñurrategi, también debe incluir un trato justo con los porteadores que les llevan el material hasta el campo base.

    –Desde hace unos años, las condiciones materiales de los porteadores están milimétricamente estipuladas por ley: las etapas de la marcha están regladas, deben recibir tanto sueldo al día, tanto equipaje (ropa de abrigo, calzado, gafas de sol…), tantas provisiones (harina, arroz, lentejas, té, azúcar, combustible…). Y de toda esa logística se encargan ahora agencias pakistaníes a las que pagamos por la organización de la marcha –explica Iñurrategi–. Por lo tanto, ya no se dan abusos como antaño. 

    Pero queda otra parte: el trato personal. Por ejemplo: durante la marcha de aproximación, el alpinista alcanza al campamento a las dos de la tarde, y como su porteador no llega hasta las cinco, le echa una bronca tremenda porque ha tenido que esperar sin el abrigo de plumas. Eso sigue ocurriendo: algunos los tratan como a siervos. Pero es una cuestión personal, de la manera de ser de cada montañero, porque el trabajo de los porteadores ya está bastante bien regulado. También han mejorado las condiciones para los porteadores de altura, tal y como explica José Carlos Tamayo, vizcaíno de 52 años, uno de los montañeros más veteranos y respetados en el Karakórum, quien visitó esta cordillera por primera vez en 1986 para completar la segunda ascensión de la historia al imponente Chogolisa (7.654 m). Tamayo ha vuelto muchas veces para subir a los sietemiles y los ochomiles de la región, ha trabado amistades intensas con muchos baltíes y conoce bien los accidentes y las lesiones que han sufrido algunos de ellos.

    –Algunas expediciones enviaban a los porteadores de altura a situaciones muy arriesgadas –dice Tamayo–. Los mandaban a fijar cuerda a tramos muy peligrosos, sin que los porteadores dominaran lo suficiente las técnicas de escalada en roca y hielo. Les hacían subir cargando material y abriendo huella en horarios imprudentes o con mal tiempo... Los porteadores son muy fuertes y a veces no se dan cuenta de los riesgos, de los boletos que tienen para que les aplaste un alud o para caerse en una grieta sin estar encordados, así que se lanzan a trabajar sin pensarlo mucho. A menudo teníamos que frenarlos. Y convencerles de que no debían exponerse a ciertos riesgos, por mucho que se lo exigieran sus jefes. Todavía ocurren cosas así: este año nos hemos reencontrado con un porteador amigo al que acaban de amputar dos dedos de la mano. Se le congelaron porque los alpinistas le obligaron a pasar una noche muy cerca de los ocho mil metros, para que les esperara y les ayudara a bajar tras su intento a la cumbre. Fue una imprudencia evidente, a los montañeros no les importó poner en riesgo la vida del porteador. Parece que valen menos.  Aunque todavía ocurren negligencias y abusos de este tipo, en los últimos años los porteadores de altura baltíes han mejorado su preparación técnica, son escaladores cualificados y trabajan con mayor seguridad y mejor criterio. Algunos montañeros preocupados como Iñurrategi y Tamayo ayudaron de manera decisiva a su formación, pero la primera escuela de montaña nació de un curioso empeño local.

     

    Los baltíes y los sherpas. Cuando Tamayo llegó a Baltistán por primera vez, en 1986, su expedición tuvo que elegir a los porteadores entre cientos de hombres que esperaban en la última aldea al pie de la cordillera. Como en aquel entonces los habitantes del Karakórum no tenían ni siquiera documentos de identidad, a los contratados les colgaban collarines con números para identificarlos y saber qué carga llevaba cada uno. Algunos mostraban recomendaciones escritas por expediciones anteriores, aunque no había manera de saber si les pertenecían a ellos o si se las habían prestado otros amigos o familiares.

    –Un año contratamos a un cocinero por sus buenas referencias y al segundo día descubrimos que no sabía hacer ni arroz- recuerda Tamayo–. Lo despedimos, le quitamos la ropa y las botas que le habíamos dado para la marcha y el hombre se volvió valle abajo. Pusimos a otro porteador como cocinero y adelante. 

    Entre los porteadores que en 1986 enseñaban referencias a la expedición de Tamayo, había un hombre de 32 años muy alto y con unos hombros titánicos. Era Ibrahim Rustand, un agricultor analfabeto de Machulu, una aldea del valle de Hushé, que se estaba labrando una fama de escalador prodigioso. Como porteador de altura, llegó a coronar sietemiles como el Muztagh Ata y ochomiles como el Gasherbrum II (en dos ocasiones). En 1997 lo reclutaron para una selección de los mejores alpinistas pakistaníes, que marcharon en una expedición nacional al Everest. Ibrahim, alias Big Rustand, se dio la vuelta a 8.650 metros, muy cerca del techo del mundo, pero aquel viaje a Nepal fue el cimiento de su mayor conquista: un modo de vida digno para los habitantes de Machulu. 

    –En Nepal descubrí que los sherpas habían organizado su modo de vida alrededor del alpinismo de una manera muy profesional –cuenta Big Rustand, que ahora tiene 56 años y sigue llevando en la cartera una foto ajada que le sacaron en el Everest–. Allí nos enseñaron una escuela en la que impartían cursos de escalada y de turismo de alta montaña, para formar porteadores de altura, guías, agentes turísticos… Pensé que ese modelo podíamos implantarlo en nuestro valle.

    De regreso a Baltistán, convenció a otras tres personas de Machulu para que le apoyaran en el empeño: Shamshair Alí, Rustand Alí y Akhón Ibrahim, todos ellos agricultores que en verano ganaban algún dinero porteando. Junto con Big Rustand formaron un equipo que se hizo conocido en toda la región con el nombre de “los cuatro magníficos” y que en pocos meses montó en Machulu la escuela de escalada Green Mountain. Allí daban clases gratuitas a los jóvenes parados del pueblo, a quienes enseñaban técnicas de escalada en roca y en hielo y a montar operaciones de rescate en alta montaña. Así, estos jóvenes baltíes podían ofrecer sus servicios como porteadores de altura y guías cualificados, y aspirar a mejores sueldos que los que recibían por transportar cargas solo hasta el campo base. 

     

    Prosperidad a golpe de piolet. Para entonces, los porteadores de Machulu y de todo el valle de Hushé mantenían una relación estrecha con los montañeros vascos, con José Carlos Tamayo, los hermanos Alberto y Félix Iñurrategi, Jon Lazkano, Juanjo San Sebastián o Txema Cámara, habituales del Karakórum.

    –En Baltistán tenemos muchos más amigos que en Nepal o Tíbet –dice Alberto Iñurrategi–. Compartimos con ellos marchas de aproximación más largas que en otros sitios, la convivencia resulta más intensa, pero lo principal es su carácter: los porteadores baltíes son muy abiertos, alegres, amables, y aunque solo chapurreen dos palabras en inglés, se acercan en cualquier momento a saludar, en los campamentos te invitan a beber un té y comer unos chapatis… 

    En 1999, los hermanos Iñurrategi, Tamayo, Lazkano y Rustand Alí –uno de los “cuatro magníficos”– escalaban el Nanga Parbat (8.125 metros) cuando supieron que un alpinista colombiano estaba malherido en una arista helada a 6.500 metros. Sus compañeros no pudieron hacer nada para bajarlo de allí, los miembros de una expedición japonesa se negaron a colaborar para no desviarse de su asalto a la cumbre y al final los cuatro vascos y el baltí organizaron un rescate que les obligó a pasar dos días en una ladera muy peligrosa, expuestos a avalanchas, bajo una constante lluvia de rocas. Con dos bidones de plástico cortados a lo largo improvisaron una camilla, descolgaron en ella al colombiano y lo bajaron de vuelta a la vida. El agotamiento tras un rescate tan extremo y los días perdidos en el empeño impidieron a Lazkano y Rustand Alí hacer cumbre en el Nanga Parbat. Pero nunca dudaron de cuál era la prioridad. La Diputación de Guipúzcoa otorgó al grupo de alpinistas el galardón al acto solidario más destacado del año, y ellos gastaron el dinero del premio en comprar material de escalada para enviarlo a la naciente escuela de montaña de Machulu. Al año siguiente, otra vez en el Karakórum, los hermanos Iñurrategi coronaron el Gasherbrum II (8.035 m). En el descenso se partió una cuerda: la que ataba a Félix a la vida. 

    Rustand Alí, que de vez en cuando solía acudir al escribano del valle para enviarles postales a los Iñurrategi, aquella vez decidió telefonear a Alberto a su casa. 

    –Lo que me tenía que decir quería decírmelo de su propia voz. Quería darme su propio calor, como si quisiera calentar un cuerpo helado –rememora Alberto–. Tras un silencio, tosió y me comentó lo de la escuela de montaña. Querían darle el nombre de Félix. Pedía mi autorización, “your okay”. Le dije que sí, sin pensarlo dos veces. Y su respuesta fue “eskerrik asko”

    Así surgió la Felix Baltistan Fundazioa: de una cordada compartida por baltíes y vascos. La escuela de montaña creció y se convirtió en una fundación que impulsa el desarrollo de uno de los valles más pobres de uno de los países más pobres del mundo. Empezaron instalando bombas de agua y tendiendo canales de regadío para mejorar la precaria agricultura de los pueblos montañeses, levantaron invernaderos y plantaron frutales, enseñaron técnicas más productivas a los campesinos, llevaron agua potable a las aldeas y desarrollaron planes de higiene y salud. Reforzaron el sistema de enseñanza, dieron becas a las niñas –que hace pocos años no asistían a clase y ahora lo hacen en la misma proporción que los niños–, planean construir una escuela, forman a los profesores, ofrecen preparación profesional a las mujeres y también a los gestores locales de la organización, para que sea cada vez más autónoma. Además, abrieron un albergue y lanzaron proyectos de turismo en las montañas.

    Desde entonces, la prosperidad del valle de Hushé gracias a las huellas de alpinistas y porteadores.

    –En otros valles no han sabido aprovechar el tirón del montañismo –explica Iñurrategi–. La mayoría de las expediciones empiezan la marcha en Askole, al final del valle de Shigar, y por allí pasan todos los años cientos de montañeros. Pero los habitantes de esa zona no han sido capaces de poner una tienda, un pequeño negocio, un cámping. No ofrecen ningún servicio. Solo trabajan de porteadores hasta el campo base y siguen estancados en una vida precaria, sin perspectivas. De Hushé, en cambio, ahora salen porteadores de altura, guías, cocineros, gente que trabaja en el albergue, que dirige su propia agencia para organizar expediciones y grupos de senderismo... Es el ejemplo más claro: el montañismo ayuda a mejorar la vida de los baltíes.

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