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  • María Pagés: tradición y vanguardia envueltas en fuego

    Texto Miguel Ángel Iriarte [Com 97 PhD 16] / Fotografía Manuel Castells [Com 87] y María Pagés Compañía

    «Con María Pagés, el suelo adquiere un misterioso poder de levitación, como si a la tierra le fuera imposible desprenderse de la tierra y diluirse en los aires siguiendo los caminos que sus brazos señalan». Así describió el premio Nobel de Literatura portugués José Saramago (1922-2010) a María Pagés en 2005. Bailaora y coreógrafa, es una de las figuras más destacadas del flamenco y la danza actuales. Su obra Óyeme con los ojos abrió la temporada escénica del  Museo Universidad de Navarra. 


    Tras décadas de estudio y haber llegado a un punto de profunda erudición y reconocimiento mundial, el historiador del arte Ernst Gombrich (Viena, 1909-Londres, 2001) sentenció: «En realidad, el arte como tal no existe. Solo existen los artistas». Cuando uno conoce a personas como María Pagés sabe que está ante una artista verdadera, alguien capaz de emocionar y plantear las inevitables preguntas existenciales a través de su arte. En su caso un modo de bailar poderosamente personal, con raíz y tronco flamencos y frutos variados e inclasificables.

    Recién llegada del Festival de Edimburgo y con una agenda repleta de ensayos y encuentros, estuvo dos días en Pamplona para representar en una única función Óyeme con los ojos. María compartió con Nuestro Tiempo unos minutos de conversación en el Museo Universidad de Navarra. Es una persona cercana y muy amable, aunque en su figura atlética y en algunos gestos rápidos y fuertes de sus brazos, se entrevé la energía que luego se desborda en el escenario. Transmite humildad y una actitud general de agradecimiento: para ella es «un privilegio y un honor» estar dedicando su vida al baile. No se da importancia, se toma unos segundos antes de hablar y responde sin prisa a preguntas quizá ya planteadas en décadas de trayectoria. Está presente El Arbi El Harti, su marido y compañero al frente de la compañía artística integrada por casi una treintena de personas.

    ¿Venir a una universidad tiene para usted alguna connotación especial? 

    Dar visibilidad al flamenco es casi una obligación, tanto para las instituciones educativas como para los flamencos. Me parece que el espacio académico tiene que acogerlo como parte de las artes y de la preparación del ser humano, que, al fin y al cabo, es de lo que trata una universidad. En mi caso, venir es como una responsabilidad y una reivindicación continua que hago. Los estudios de Danza son de grado superior y hay que apoyar cualquier iniciativa de ese tipo. Yo he cursado un Máster de Artes Escénicas y creo que es fundamental que el arte esté en el ambiente universitario. 

    Según la percepción general, el flamenco está en un momento de gran reconocimiento nacional e internacional. ¿Comparte esa impresión?

    Cada uno puede contar su propia circunstancia. En mi opinión, el flamenco sigue su curso a pesar de las situaciones desfavorables que se dan ahora en el mundo. Lógicamente, la crisis económica afecta a la programación del arte flamenco, como también resuena en la danza, la música, el teatro… Sin embargo, el flamenco, como resultado y reflejo de lo que vivimos, está en continuo cambio. Además, es un arte que dialoga sin miedo y sin complejos con otras artes; al trabajar con personas de otras disciplinas artísticas y de otras culturas, el flamenco atraviesa un momento de evolución importante. 

    Artistas como Paco de Lucía y otros, entre los que se encuentra usted, han contribuido a superar estereotipos y a llevar el flamenco de los tablaos a los escenarios de todo el mundo. ¿Es posible mantener la esencia de este arte y a la vez vivir en la frontera de su evolución?

    Paco de Lucía y otros grandes revolucionarios han ayudado a marcar los caminos de avance. No veo contradicción entre los orígenes y el presente del flamenco. Su propio recorrido vital, su propia riqueza, lo demuestra. Se trata de un arte popular que ha nacido precisamente del diálogo con otras artes, del diálogo entre culturas. En el flamenco conviven influencias árabes, gitanas, africanas, judías… que se dieron en un momento concreto y que llegaron a un eco común. Es decir, el flamenco es un ejemplo de diálogo intercultural clarísimo, y seguirá siéndolo. Aunque ha nacido en un entorno específico como Andalucía, ahora es un arte universal. Ha pasado de ser una expresión social o folclórica, a considerarse un arte más, como la danza clásica.

    En alguna ocasión ha definido su estilo como «flamenco orgánico». ¿Puede explicar este concepto?

    Llegamos a él mi marido y yo tras varias conversaciones y encuentros con otras personas. En la creatividad flamenca no solo hay notas y pasos, y cante y pasos. En una creación coreográfica flamenca intervienen muchísimos elementos que funcionan en una unidad y en un mismo sistema. Recuerdo que El Arbi dijo que «flamenco orgánico» es quizá el mejor modo de definir lo que hacemos, porque es un cuerpo que se mueve a su ritmo, que late con un corazón, que respira oxígeno: es un único cuerpo en el que todos esos órganos funcionan al unísono. Eso es una creación coreográfica, donde la música, el baile, la iluminación, el vestuario y la dramaturgia marcan los pasos que van a seguir el discurso y los contenidos; donde el espacio escénico va a situar la obra. 

    Magnífico resumen de los elementos de su baile.

    Además, una obra de danza nunca está terminada. Siempre hay un punto de crítica y de superación. En esto somos distintos a otros artistas, como los pintores, para los que llega un momento en que tienen que terminar, exponer y dejar de modificar sus piezas.

    ¿A quiénes destacaría como maestros, personas que han tenido mayor influencia en su formación y en su carrera? 

    Aparte del maestro de mi infancia, me marcó la figura de Antonio Gades. Él tenía muy claros los principios en los que se basa el flamenco, y su influjo fue importante para mí en los inicios de mi carrera profesional. En esos años [70-80] este arte no estaba tan reconocido, y al formar parte de su compañía sentí que estaba dignificado, y que Antonio estaba comprometido con todos sus integrantes. De hecho, el tipo de compañía que comenzamos en 1990 tiene mucho que ver con ese modelo. De él aprendí a trabajar en equipo; aunque la compañía lleva mi nombre, somos cerca de treinta personas y estamos muy unidos.

    Desde los dieciséis años ha viajado por todo el mundo. ¿Dónde se ha sentido mejor entendida por el público?

    En general, valoro cualquier muestra de cercanía de las personas, de que te siguen, de que te respetan, de que te entienden… Me gusta el contacto directo con el público y también a través de redes como Facebook o Instagram. Llegan mensajes de cualquier sitio, pero quizá mantengo una especial relación con Japón. Fue el destino de mi primera gira internacional y he estado dieciocho veces. Por su forma de ser y de apreciar el arte y mi trabajo, me siento muy valorada; siempre hay un público fiel.

    ¿Es posible vivir haciendo siempre las maletas y compatibilizar eso con tener una familia, unas raíces, un sitio al que volver, un hogar, un sentimiento de pertenencia a algún lugar? 

    Es verdad que no paramos de viajar. De hecho, considero mi vida como un largo viaje. En mi caso, con El Arbi comparto no solo la familia sino una profesión común y la compañía. Nuestra vida familiar y la profesional están totalmente ligadas. Esta situación aporta más que lo que impide porque nos enriquece y nos da la oportunidad de estar más tiempo juntos. Vivimos y convivimos porque compartimos también este privilegio maravilloso de dedicarnos al arte. ¿Estar siempre haciendo y deshaciendo maletas? Yo creo que el hogar es el lugar que tú creas, el que tú haces en ti mismo, para ubicarte en un sitio y estar bien. Pienso que esa capacidad la tenemos muy desarrollada. Somos del mundo: lo que hacemos es un lenguaje universal. Hablamos el mismo idioma. El idioma de la emoción. 

    Lleva más de treinta años de profesión sobre escenarios y ha recibido numerosos premios. ¿Qué han significado para usted? 

    Los premios te ayudan a impulsarte. Me parece que todo ser humano tiene un grado de inseguridad sobre su trabajo, sobre lo que hace y sobre su persona. Los reconocimientos sirven para remitir estas inseguridades y seguir adelante. Al recibir algún premio pienso: «Bueno, lo que estoy haciendo es útil; vale la pena». El Premio Nacional de Danza [2002] me llegó en un momento en el que aún no se valoraba tanto la creación en el flamenco. Siempre se había galardonado la interpretación y por primera vez se reconocía la creación como parte del flamenco, y eso resulta muy satisfactorio ya no solo para mí sino pensando en el arte. Recibir la Medalla de Andalucía [2011] obviamente fue muy bonito; se la regalé a mi padre porque lo vi feliz. También recuerdo con mucho gusto la entrega de la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes [2015].

    Otra persona en su situación quizá pensara en vivir la danza de otro modo. ¿Qué la mantiene sobre el escenario?

    Esa idea está ahí, claro. La presencia escénica requiere un nivel físico alto y ocurrirá que el propio cuerpo, la propia vida, irá pidiendo un cambio de etapa. Pero hay algo maravilloso que vas descubriendo con los años: y es que llega un momento en que tú asumes que eres también maestra y que vas a poder desarrollar esa faceta; que tienes un compromiso con las personas que vienen a trabajar contigo; que la experiencia que eres capaz de trasmitir puede ser muy útil a otro. Entonces practicas continuamente esta responsabilidad con tu compañía, con la gente nueva que va entrando, con las capacidades pedagógicas que vas adquiriendo.

    ¿Planea abrir su propia escuela de danza? 

    Sí, entre nuestros proyectos está crear una escuela. Aunque en cierta manera ya es una realidad: una compañía implica formar a todos, tanto a músicos como a bailarines, técnicos y gestores. El objetivo de un maestro es que el alumno saque lo mejor de sí mismo y darle las herramientas para ello, y esto es una constante en nuestro equipo. Por eso, estos músicos que han cantado siempre alegrías y soleás con letras tradicionales de pronto empiezan a leer a fray Luis de León y a entenderlo, a ver cómo se puede interpretar cada palabra. Los iluminadores estudian cómo con una luz determinada se pueden expresar otras cosas. Yo procuro ir espoleando y empujando, y al final ellos se convierten en intérpretes de su propia capacidad. 

    Su actividad tiene una dimensión solidaria a través de ARTEDEA (Asociación Arte y Dignidad en Acción). Por ejemplo, actuó cerca de Fukushima poco después del accidente nuclear de 2011. ¿Qué lugar ocupa la preocupación social en su visión del arte?

    Tanto El Arbi como yo entendemos que las artes deben acoger ese compromiso. Los dos poseemos un bagaje solidario y estamos convencidos de que pueden aportar mucho porque les damos un valor educativo y curativo. Actuamos en Fukushima porque hicimos una gira en Japón poco después del terremoto y pensamos que debíamos organizar algo. Para la actuación abrimos un teatro, próximo a la central,  y fue una de las cosas más hermosas que hemos hecho. Asistieron unos trescientos cincuenta niños con sus padres y abuelos. Las fotos reflejan la alegría impresionante de los niños que vivieron ese momento como una fiesta.

    Por otro lado, la reivindicación ética, moral, es otro de nuestros objetivos. Pienso que el baile es trabajo, es esfuerzo, es transmisión de valores. Lo digo porque hay una tendencia general a quitar el aspecto moral al arte cuando el arte es fundamentalmente ético. Al hablar con niños de siete a doce años, con técnicos o con músicos lanzamos un mensaje sencillo: el arte posee un valor moral y sirve para cohesionar un grupo. Contribuye a que la sociedad sea posible. También dejamos claro que nada se consigue sin esfuerzo —físico, intelectual y social—. Como resumen, diría que en la vocación social de nuestra compañía hay una base moral muy profunda.

    En cuanto a la dimensión educativa de su arte, es llamativo su interés por estar en contacto con personas jóvenes en clases o encuentros y, por otro lado, facilitar a los espectadores los textos para que entiendan el contenido de lo que presencian.

    Yo creo que es esencial contar todo esto. A veces, los cantaores flamencos, en su modo interpretativo, dan más énfasis al cómo que al qué dicen, y no es fácil entenderlo. Además de acoger textos que no son los tradicionales, nosotros insistimos muchísimo en que esas letras antiguas nacieron en una circunstancia que quizá no tiene que ver con lo que vivimos ahora. Nosotros procuramos captar el mensaje y hacerlo llegar al público de hoy, a través de mucho trabajo; entonces se obtiene una doble fuerza emocional.

    En Pamplona ha interpretado Óyeme con los ojos, un solo como bailaora, aunque está acompañada por varios músicos sobre el escenario. ¿Con qué se encuentra el espectador?

    Como todos nuestros trabajos, Óyeme con los ojos es el resultado de varios años de investigación. El proceso creativo en nuestro caso comienza con una idea y, a partir de ahí, se crea una dramaturgia, un orden emocional, un modo de unir palabras, baile, música e iluminación. Te planteas preguntas profundas: ¿cómo se bailan las palabras?, ¿cómo suena el universo? En ese momento de mi vida [2014], al cumplir los cincuenta años, necesitaba hacer esta obra para saber cómo estaba y por dónde iba a ir. Es una reflexión sobre mi propia identidad desde el misticismo de autores religiosos y laicos, a partir de los versos de «Conciencia y deseo», de El Arbi, y de «Sentimientos de ausente», de la poetisa mexicana sor Juana Inés de la Cruz.