Heine y Düsseldorf. Una larga historia de desencuentros

Texto Mariano Castagneto, periodista y escritor

A Heinrich Heine (1797-1856) se le considera —tras la admiración por Goethe— el mayor poeta alemán de todos los tiempos. Influyó en el arte, en la literatura e incluso en el clima político y social de su época. Sin embargo, la relación con su ciudad natal, Düsseldorf, no fue idílica. Su historia de destierro y desencuentros aún hoy permanece. 


Dicen que para ser poeta es necesaria la melancolía. O la introspección. O ambas cosas a la vez o todas las sensibilidades juntas. Que para escribir con rima se impone vivir en un desorden de sentimientos, existir en medio de un caos vital, en una bruma en la que no es posible distinguir la esperanza pero tampoco la angustia de no saber el final. Dicen que para ser poeta hay que derribar multitud de preconceptos y luchar incluso contra oscuras fuerzas familiares. Dicen, entre todos los que dicen, que para seguir la vocación se impone primero fortalecer el temple para soportar las avalanchas de desconfianza, envidia y recelo que genera todo aquel espíritu decidido a llevar a cabo su misión en la vida. También dicen que para ser poeta hay que tener un espíritu libre de ataduras. Dicen que para ser una persona de convicciones hay que pagar un precio muy alto. 

Düsseldorf es hoy una de las ciudades más pujantes de Alemania. El Rin atraviesa de norte a sur esta bella población con cerca de seiscientos mil habitantes. El gris del cielo, algo propio de ella, le otorga ese carácter peculiar a una villa que fue destruida casi en su totalidad durante la Segunda Guerra Mundial. Poco de lo que hoy se ve caminando por sus calles es original. Todo fue minuciosamente reconstruido según los planos originales, sobre todo el casco antiguo o Altstadt, en el que florecen más de 260 bares y casas de comida alemana, donde disfrutar de la típica cerveza amarga elaborada en el lugar. Entre todas esas construcciones, sobre la Bolkerstrasse, se encuentra la casa natal de nuestro poeta, la Heine Haus, hoy convertida en un importante centro cultural y literario. Allí, el pequeño Heinrich pasó gran cantidad de horas viendo el ir y venir de comerciantes procedentes de todos los puntos del país. Mucho tiempo después, lejos de su tierra, anota: «La ciudad de Düsseldorf es muy bonita, y cuando desde lejos se piensa en ella y da la casualidad que se ha nacido allí, el ánimo se torna extraño. Nací allí y para mí es como si debiera ir inmediatamente a casa. Y cuando digo ir a casa, quiero decir a la calle Bolker y a la casa en la que nací».

En esa misma calle Bolker y cuando solo tenía trece años, vivió un acontecimiento que lo marcaría para toda su vida: el desfile de Napoleón Bonaparte y su tropa imperial por las calles de Düsseldorf. El porqué de la presencia de tamaño personaje de la historia universal obedece a la convulsa historia de esta ciudad. En tiempos de la llamada Revolución Industrial, que la hizo crecer como nunca antes, llegó 1795, fecha en la que el ejército revolucionario francés bombardeó la ciudad y arrasó todas sus fortificaciones. Dos años después, nació Heinrich, y en 1801, en pleno afán expansivo, Napoleón creó el Gran Ducado de Berg y designó Düsseldorf como su capital. En 1815, tras la caída de Napoleón, el gobierno pasó a manos de Prusia. Este mismo gobierno, celoso de toda chispa o insinuación revolucionaria, vigiló de cerca las actividades de sus potenciales adversarios, y entre otras medidas drásticas prohibió a los judíos el acceso a cualquier cargo académico o siquiera la participación en ámbitos culturales y artísticos. 

Düsseldorf como punto de partida

Heinrich Heine había nacido el 13 de diciembre de 1797, provenía de una acaudalada familia judía y era el mayor de sus hermanos: Charlotte, Gustav y Maximilian. Su padre, dueño de una importante fábrica textil, procuró que su hijo
siguiera no solo los mandatos familiares en
cuestión de religión, sino que se ocupara de la empresa cuando él ya no estuviera. De pequeño, fue a  una escuela de influencia judía y luego a otra católica, donde aprendió francés y adoptó esa lengua como su segundo idioma. Napoleón, Francia y París fueron el tridente de palabras que explicaron gran parte de la idiosincrasia del poeta. Admiraba al emperador porque aseguraba que su existencia transmitía las ideas de libertad e igualdad, entre muchas otras virtudes. Pero con la llegada al gobierno de Prusia de Klemens von Metternich, las esperanzas de Heine de una nación libre se derrumbaron para siempre.    

La fama de trotamundos de Heine no se explica sin la existencia de Salomon Heine, su tío millonario residente en Hamburgo. Dueño de un importante banco de la época, fue a trabajar con él pero resultó no ser apto. Salomon lo envió entonces a estudiar a Bonn, donde se licenció en Derecho. En aquellos tiempos, la política alemana se dividía en dos grandes
posturas: los conservadores y los liberales. Los primeros, que estaban en el poder, querían restaurar las cosas tal cual eran antes de la revolución, y se posicionaban en contra de la unificación de los estados de Alemania, pues pensaban que ese factor favorecería las temidas revoluciones. Eran partidarios del absolutismo monárquico. Por otro lado, los liberales querían reemplazar el absolutismo por un sistema de gobierno representativo, igualdad ante la ley y libertad de prensa para todos.
Heine, por supuesto, era un liberal radical. Estaba más interesado en el estudio de la historia y la literatura que en las leyes. De aquel centro de enseñanza se alejó de manera poco decorosa, cuando retó a duelo a uno de los estudiantes con cuyas ideas
políticas no estaba de acuerdo y fue suspendido durante seis meses por la
universidad. Fue entonces cuando su tío decidió enviarlo a la Universidad de Berlín. 

Hoy se puede viajar en avión de Düsseldorf a Berlín en poco más de una hora. Entonces, el viaje era mucho más largo. Aquella populosa ciudad le dio a Heine la oportunidad de darse a conocer entre grandes públicos y cosechar gran cantidad de fieles lectores. Fue en aquellas épocas berlinesas en las que se convirtió al protestantismo. Nunca había sentido verdadera afinidad por la religión de su familia y, según él mismo cuenta en sus escritos, su conversión fue «el ticket de admisión dentro del mundo cultural europeo». Poco tiempo después regresó a Hamburgo, donde en 1826 conoció a Julius Campe, el editor de su obra durante toda su vida. Campe resultó ser un liberal como Heine y estaba interesado en publicar a la mayor cantidad de disidentes posible con el Gobierno de Prusia, en un momento en el que la censura y la prohibición estaban a la orden del día. Gracias a la producción de Heine, Campe ganó fortunas mientras que Heinrich jamás logró una estabilidad económica, debido sobre todo a su poca capacidad para administrar sus ingresos.

De la ciudad natal, al París de los artistas

Heine nació en medio de transformaciones sociales rodeado de un admirable hervidero político. En aquella época la idea de la unidad nacional alemana mediante una Constitución que pusiera fin al absolutismo era lo que muchos buscaban, mediante la creación de un estado moderno que uniera definitivamente los treinta y nueve estados existentes en la Alemania de entonces y en los que la nobleza era dueña de todos los privilegios, con especial injerencia en asuntos de arte, poesía y música. Todo aquello que no resultara de interés para ellos tampoco lo sería para el resto de la población. La expresión artística era un lujo reservado a pocos, y su único fin era el de resaltar las virtudes de los gobernantes y su corte, de las personas vinculadas a las altas esferas políticas y de poder.  El artista era un mero espectador, no partícipe de su arte. En la esquina opuesta de esta visión simplista y discriminatoria, a Heine se le veía como un objeto perturbador, revolucionario, contrario a las costumbres de la época. Lo mismo padeció un famoso vecino de Bonn, el mismísimo Ludwig van Beethoven

Poco a poco, Heine se convirtió en uno de los escritores más populares de las décadas de los treinta y cuarenta del siglo XIX. Con treinta y cuatro años se trasladó a París, la que consideraba la capital de los espíritus libres. Allí se encontró con miles de exiliados alemanes que, como él, buscaron desplegar las alas de su creatividad lejos de la opresión y persecución del Gobierno prusiano. Pudo sobrevivir económicamente gracias al apoyo de su familia, sobre todo de su querido tío Salomon, pese a que su productividad literaria crecía sin pausa. Además, y con la mediación de sus buenos contactos con altas esferas de la política local, logró que el Gobierno francés le concediera una pensión vitalicia. Heinrich sabía moverse en los círculos de poder y sintió como hermanos a cuantos como él luchaban por las ideas de libertad y fraternidad que la Revolución Francesa había procurado instalar. 

En una de sus tantas caminatas por la ciudad, conoció en una tienda de zapatos a una hermosa vendedora de diecinueve años, Crescence Eugenie Mirat, más conocida luego como “Mathilde”, de la que quedó perdidamente enamorado, pese a que era radicalmente diferente a él: no le interesaba la cultura, no leía y, por si fuera poco, tampoco hablaba alemán. Sin embargo, poco tiempo después se casó con ella, y Mathilde lo acompañó hasta el final de sus días en París. Este amor rejuvenecedor fue como un bálsamo sobre aquella vieja herida que le había quedado de su juventud, cuando perdió para siempre a su amor platónico, su prima Amalia Heine, hija de Salomon. Un amor no correspondido con el que su corazón sufrió de manera atroz, sobre todo cuando se casó con un tal Juan Friedlander. Escribió entonces: «A pesar de tener pruebas evidentes e irrefutables de que nunca me ha de amar, mi pobre corazón enamorado no quiere convencerse todavía y me dice: “¿Qué me importa tu lógica? Yo tengo mi lógica particular”».

Más allá de la poesía

Heine, además de poeta, fue un profuso escritor de temas políticos y sociales. Entre 1832 y 1843 publicó numerosos ensayos acerca de la situación política de diversos países de Europa, entre ellos  Francia y Alemania. Desde París colaboraba asiduamente con revistas de su país natal y para publicaciones locales. Al hablar de Alemania, su patria, lo hacía desde el lugar del exiliado herido, de aquel que tiene conciencia de que su regreso está atado al cambio de circunstancias que difícilmente iban a cambiar, al menos mientras él viviera. Desde el mismo día en que abandonó su ciudad natal, Heinrich sabía que su regreso era imposible. Poco tiempo después de su exilio, sus escritos, plenos de sarcasmo e ironía, fueron censurados y prohibidos por el Gobierno prusiano. 

Por otra parte, tuvo una particular y cariñosa relación con España y su literatura.  Se interesó especialmente por la literatura barroca, sobre todo por el gran éxito que el  teatro clásico español había tenido en la llamada “Alemania romántica”. Las crónicas referidas a la vida del poeta cuentan que durante su infancia leyó El Quijote, en una traducción de Ludwig von Tieck, y que solía leerlo cada poco para no olvidarlo. Se refirió a la obra de Cervantes como «la mayor de las sátiras contra el entusiasmo humano» y a su autor como «el fundador de la novela moderna». Y lo comparó con Goethe y Shakespeare: «Goethe recuerda de continuo a Cervantes y se le parece hasta en las particularidades del estilo, en esa prosa fácil, coloreada con la ironía más dulce e inocente. Cervantes y Goethe se parecen hasta en sus defectos. Cervantes, Shakespeare y Goethe forman el triunvirato poético que bajo las tres formas de la poesía —épica, dramática y lírica— ha llegado a la más sublime altura». Gustavo Adolfo
Bécquer
y Rosalía de Castro, entre muchos otros escritores españoles destacados, confesaron más de una vez su admiración por el trabajo del poeta.  

La fama no llegó con sus poemas, sino con la aparición de sus cuatro volúmenes de Cuadernos de viaje, publicados entre 1826 y 1830, que narran diversos viajes por Europa, sobre todo por Alemania, Inglaterra e Italia. Escribe en esos Cuadernos: «La vida y el mundo son el sueño de un dios ebrio, que escapa silencioso del banquete divino y se va a dormir a una estrella solitaria, ignorando que crea cuanto sueña. Y las imágenes de ese sueño se presentan, ahora con una abigarrada extravagancia, ahora armoniosas y razonables. La Ilíada, Platón, la batalla de Maratón, la Venus de Médicis, el Munster de Estrasburgo, la Revolución Francesa, Hegel, los barcos de vapor..., son pensamientos desprendidos de ese largo sueño. Pero un día el dios despertará frotándose los ojos adormilados y sonreirá, y nuestro mundo se hundirá en la nada sin haber existido jamás». 

Un poco más tarde, e influido por su amigo Karl Marx, publicó sus famosas Nuevas poesías y una suerte de sátira en verso titulada Alemania, cuento de invierno, relatos en los que se ve la potente influencia del fundador del comunismo. Como Heine detestaba a las clases gobernantes, encontró en Marx un intérprete idóneo para las ideas que bullían en su alborotada conciencia. Pero en realidad era Marx el profundo admirador de Heine, y en sus primeros trabajos se ve una cierta influencia del escritor alemán. Sin embargo, terminaron distanciándose, en gran medida porque Heine pensaba que el radicalismo y materialismo que pregonaba Marx terminaría por destruir todo lo bello de Europa. Así, la mutua admiración decayó, y solo mantuvieron esporádicos contactos por carta. De este período de su vida es su poema largo Atta Troll, en el que criticaba la pomposidad, torpeza y miseria de los escritos políticos de la época. Ser poeta era una ardua vocación: «En aquellos tiempos, el nombre de poeta no respondía a una idea noble y honrosa; un poeta era un pobre diablo descamisado, que por un par de thalers componía versos de ocasión y acababa irremisiblemente en el hospital». 

Heinrich Heine amaba tanto las letras como la música. Fue inspirador de reconocidas lieder [canciones] y entendía que la poesía y la música eran expresiones del alma de artista. Su obra poética El libro de las canciones tuvo numerosas adaptaciones e influyó directamente en compositores contemporáneos de la talla de Schubert, Wolf, Schumann,
Mendelssohn, Liszt, Strauss, Reger, Rachmaninov, Grieg y Eisler, entre otros. 

Con su poesía buscaba la libertad del alma. El poeta, entonces, era el enviado de los dioses del Olimpo para calmar aquella furia humana, esa época de desencuentros, de intereses opuestos, de discordia entre humanos: «Querido lector, si quieres lamentarte del desgarro, harías bien en lamentarte de que el mundo se haya roto en dos partes. Y porque el corazón del poeta es el centro del mundo, se desgarra de modo lastimero en el momento presente. El que se vanagloria de tener el corazón intacto, solo admite tener un corazón provinciano y prosaico. Por el mío corrió el gran desgarro del mundo y por ello sé que los grandes dioses me han favorecido ante muchos otros, estimándome digno del martirio de ser poeta». 

Como si intuyera lo que vendría mucho tiempo después con el nazismo, escribió: «Allí donde se queman libros, se acaba por quemar a los hombres». En 1933 sus libros ardieron junto con las obras de otros escritores judíos como él en una plaza pública de Berlín. En Düsseldorf, de los más de cinco mil judíos que la habitaban antes de la Segunda Guerra Mundial, solo sobrevivieron 249 al finalizar la sangrienta contienda. Desde París advirtió: «Qué pena cuando recuerdo aquellos antiguos años en que el mundo era habitable y eran los hombres hermanos».

Retorno al Düsseldorf que Heine no vio

En la actualidad, sobre la Heinrich Heine Allee, camino hacia el Altstadt (casco histórico) y a pocas manzanas de una de las sedes de la cadena más grande de centros comerciales de la ciudad, las Galerías Kaufhof, se encuentra una amplia librería con subsuelo y tres pisos, la Stern-Verlag. En ella hay una enorme cantidad de volúmenes en alemán de las obras de Heine e incluso algún poema editado para el público infantil. Heine tiene aquí un lugar de privilegio, con la 

luminosidad adecuada y en un sector acorde a su grandeza. Es, al fin y al cabo, el escritor de esta ciudad más famoso de todos los tiempos. Entre sus obras más reconocidas traducidas al español encontramos El rabino de Bacharach, El doctor Saul Ascher, La escuela romántica, Noches florentinas, Las memorias del señor de Schnabelewopski y Sobre la historia de la religión y la filosofía de Alemania. Resulta inmen-
samente paradójico encontrar una referencia a su nombre o a su vida en muchos rincones de la población cuando hace apenas poco más de cien años pronunciar su existencia era sinónimo de agravio, desdicha y traición. Hoy, las noches acostumbran vestir con carteles luminosos que hacen eterno su nombre. Ayer esas cinco letras llenas de poesía significaban la rebeldía, la osadía y la mala educación.

Al sur de la ciudad, en el parque Schwanenmarkt, encontramos un monumento que lo recuerda, obra del escultor alemán Bert Gerresheim, levantado en 1981. Y también en el sur está ubicada la Universidad Heinrich Heine de Düsseldorf. Fundada en 1965, tiene facultades de Derecho, Medicina, Filosofía, Matemáticas, Ciencias Naturales y Economía. Se matriculan más de dieciocho mil estudiantes. Ya en 1811 Napoleón aspiraba a fundar una universidad en la ciudad, y su constitución, como se ve, llevó algo más de tiempo. Su denominación actual no estuvo exento de polémicas, claro. Heine no se consideraba una figura política apropiada para designar un centro académico. Tuvieron que pasar más de veinte  años para que, finalmente, en 1988,  la Universidad de Düsseldorf tomara el nombre del poeta. 

Pero él, cuando escribe en París, no olvida nunca su ciudad natal. Son las palabras de un ser herido, poco reconocido, lejos de todo: «Los hombres estaban bien educados, las mujeres sonreían. Y si alguien me empujó sin pedirme perdón, entonces estuve seguro de que de un compatriota se trataba; y si una mujer guapa resultó demasiado ácida, era sin duda porque había comido demasiada col fermentada o porque era capaz de leer a Klopstock en el original». En París entabló una gran amistad con Alexandre Dumas y con Théophile Gautier, de los pocos amigos fieles que lo acompañarán hasta su entierro en el cementerio de Montmartre, el 20 de febrero de 1856. En Francia aseguraban que, después de Voltaire, Heine era el francés más ingenioso. Allí se sintió a gusto, admirado, querido, estimado. París era la ciudad de los artistas libres, con corazón grande, lejos de esos nacionalismos entendidos como la identificación irracional y desmedida con una patria, una de las peores enfermedades.  

Heine huía permanentemente de la tibieza. Se necesitaban hombres y mujeres con convicciones, que se animaran a enfrentarse a lo establecido: «Un amigo me preguntaba por qué no construíamos ahora catedrales como las góticas famosas y le dije que los hombres de aquellos tiempos tenían convicciones. Nosotros, los modernos, no tenemos más que opiniones, y para elevar una catedral gótica se necesita algo más que una opinión». Navegaba entre la incomprensión del comportamiento humano: «La verdadera locura quizá no sea otra cosa que la sabiduría misma que, cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la inteligente resolución de volverse loca». 

Cuando uno camina por Düsseldorf, los tiempos de olvido del poeta parecen más lejanos que nunca. Todos aquellos sucesos de destierro y corazones rotos entre la ciudad y su hombre emblema parecen ser un lamentable malentendido. Como si la historia quisiese curar aquellas heridas y devolverlo el espacio de gloria que nunca debiera haber perdido. Una de las calles céntricas más bellas de la ciudad lleva su nombre. Así como una estación de metro. Y también un monumento. Y una universidad. En el pasado ganaron el temor, la falta de libertad, la hipocresía. El propio Heinrich es quien mejor los retrata: «Bien mirados, todos nos ocultamos, completamente desnudos, en los vestidos que usamos». 

En 1848 comenzó a sentir extrañas parálisis en el cuerpo, y sus últimos ocho años de vida los pasó postrado en cama, cuando una extraña enfermedad le afectó la médula y le provocó dolores espantosos. Aun así, continuó trabajando en sus poemas, sus artículos periodísticos y en sus memorias, que no llegó a terminar. Murió el 16 de febrero de 1856, a los 58 años. En su testamento prohibió expresamente que sus restos mortales fuesen llevados a Düsseldorf y quiso quedarse en el cementerio de París, en Montmartre.

En su lápida se puede leer hoy su poema «¿Dónde?»: «¿Dónde podrá decir el trotamundos que halló por fin su último descanso? ¿En el sur, frente al mar, bajo palmeras? ¿O bajo tilos junto al Rin, tan manso? ¿Qué extranjero me hará la caridad de una tumba y en qué desierto extraño? ¿O quedaré tirado en una playa de aún no sé qué mar del desengaño? ¡Qué más da! Caiga donde caiga, ha de haber cielo y estará estrellado. Además, como yo ya no seré mi cuerpo, el dónde me trae sin cuidado»