África: Guerra y paz

Texto Chema Caballero / Fotografía Gervasio Sánchez

A las guerras civiles que han devastado muchos países africanos se suman las hambrunas, las minas antipersona o los conflictos que se remontan décadas, e incluso siglos atrás. El fotoperiodista Gervasio Sánchez recoge en imágenes los rostros de quienes intentan seguir con sus vidas tras años de crueldad y violencia.

Restos de un carro de combate en una aldea destruida. Cunje (Angola), septiembre de 1995.

Los orígenes de la guerra en Sierra Leona se remontan a las protestas de estudiantes contra el régimen de partido único en los años setenta y ochenta. Los estudiantes denunciaron las duras condiciones de vida y la corrupción. Se les unieron jóvenes marginados, desempleados urbanos y campesinos, que utilizaron los políticos locales como bandas para aterrorizar y eliminar adversarios.

Los cabecillas de este movimiento fueron expulsados y se refugiaron en Libia. Allí recibieron entrenamiento y adoctrinamiento.

A principios de los años noventa, un antiguo soldado sierraleonés, Sankoh, creó el Frente Unido Revolucionario, movimiento carente de programa político y caracterizado por el uso de la violencia indiscriminada contra la población civil y el secuestro sistemático de niños y niñas, utilizadas como soldados y esclavas sexuales durante toda la guerra.

El ejército sierraleonés, sin preparación para responder a estos ataques, reaccionó reclutando forzosamente a cientos de jóvenes desempleados de las grandes ciudades, muchos de ellos menores de edad. Mal entrenados y peor equipados, estos adolescentes y niños, expedidos a luchar contra los rebeldes, muy pronto se convirtieron en una pesadilla para la población civil.

Ante la ausencia de un ejército protector, las aldeas organizaron su propia defensa militar utilizando a los cazadores de la comunidad, equipados con armas caseras y machetes. Las llamadas Fuerzas de la Defensa Civil, que también impusieron su tiranía en los territorios que controlaban, se convirtieron en única referencia de ley y orden y utilizaron a la población civil como mano de obra esclava.

Las Fuerzas de Pacificación de los Países del África Occidental (ECOMOG) llegaron a Sierra Leona para restablecer la paz, y muy pronto participaron en el reparto del botín. Pactaron con la guerrilla y sacaron provecho de las minas de diamantes y del saqueo de las ciudades, a cambio de armas y de retirarse a tiempo de algunas zonas para no entorpecer los ataques rebeldes.

Ante el fracaso y los abusos de ECOMOG, la ONU aprobó en 1999 una intervención a gran escala y mandó a Sierra Leona a 17 000 cascos azules, la mayoría soldados de países del tercer mundo, todos ellos con ínfimos salarios y nula moral de combate. El desorden, la desorganización y la apatía de estas tropas se pusieron de manifiesto en mayo de 2000 cuando más de quinientos cascos azules acabaron secuestrados por los rebeldes, sin disparar un tiro en apenas un par de días. 

Solo las tropas británicas, que llegaron a Sierra Leona poco después de aquel suceso, consiguieron imponer un relativo orden, frenar el avance de los rebeldes y crear un nuevo ejército sierraleonés.

Si la pobreza y la marginación de muchos jóvenes estuvieron en la génesis del conflicto, la lucha por controlar los diamantes y la venta de armas, cada vez más ligeras para que pudiesen ser manejadas por combatientes infantiles, provocaron y mantuvieron viva la guerra durante más de una década. El egoísmo y la avaricia de los países ricos del Norte (Estados Unidos, Reino Unido, Francia, algunos países del Golfo…) desencadenaron que el sierraleonés fuera uno de los conflictos más crueles de finales del siglo XX. Once años de violencia y barbarie con un país totalmente arrasado por el continuo saqueo y la destrucción. 

La guerra convirtió a Sierra Leona en el país más pobre del mundo durante catorce años seguidos. Más de la mitad de los cinco millones de sierraleoneses se vieron obligados a huir de sus hogares. Hubo decenas de miles de muertos y amputados, y secuestraron a miles de niños y niñas que utilizaron de soldados o esclavas sexuales.

Hasta que el 12 de enero de 2002, el Gobierno de Sierra Leona y la comunidad internacional declararon oficialmente que la guerra había terminado. Se dio por supuesto, aunque la realidad lo desmentía, que los combatientes de los diversos grupos dejaron las armas y se  reintegraron en sus comunidades. También se dio por supuesto que los niños y niñas secuestrados o convertidos en combatientes volvieron a sus comunidades de origen a recuperar la infancia robada y a ser acogidos y perdonados por sus familiares y vecinos; que los amputados, gracias a los centenares de millones de euros de ayuda recibida, perdonaron a sus verdugos e iniciaron una nueva vida; que miles de mujeres y niñas violadas y ultrajadas encontraron su lugar en el seno de sus familias una vez cicatrizadas sus heridas.

Y comenzó la reconstrucción del país. Las grandes agencias de ayuda internacional decidieron qué acciones y actuaciones eran necesarias, y desembarcaron con sus recetas mágicas trayendo el cáncer de la corrupción. Un tango de millones de euros y dólares que baila Sierra Leona al ritmo que le marcan el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Árabe de Desarrollo, la Unión Europea, los Gobiernos de Washington y Londres o los cientos de inversores, empresarios y contrabandistas que manejan los destinos del país.

Claro que no todo el mundo es igual: muchos expatriados se sumergen en los  verdaderos problemas del país e intentan adaptar los proyectos y presupuestos que manejan a las necesidades reales. 

Muchos sierraleoneses, especialmente los jóvenes, en un país donde el 75 por ciento de la población es menor de dieciocho años, empiezan a despertarse con la conciencia de tener derechos y no solo obligaciones. Los jóvenes se atreven a rebatir la autoridad de los jefes, en su mayoría hombres y ancianos que se escudan en tradiciones centenarias para no perder el poder, y cuyos abusos y arbitrariedades son denunciados por la juventud en público. Ven la educación como el medio de superarse y construir un futuro mejor. Se asocian para ayudarse y defender sus intereses. También lo hacen las mujeres. Ellas han salido fortalecidas de la guerra. Muchas han comprendido que no necesitan estar sometidas a un hombre (padre, tío, hermano, marido) para vivir. Y han entendido que la educación de sus hijos y sus hijas es primordial para ellas.

 

Chema Caballero, exdirector de un programa de rehabilitación de niños soldado. Es representante de Desarrollo y Educación Solidaria y de la fundación El Compromiso.