Juan Gracia Armendáriz

El invitado

Literatura y enfermedad

Poco antes de morir, el escritor Roberto Bolaño dejó escrito un texto titulado Literatura + Enfermedad = Literatura. Para él, la literatura era otra forma de padecimiento tan letal como una insuficiencia hepática, de suerte que de la unión de ambos sumandos resulta un pleonasmo. A la manera de los románticos, Bolaño entendía que la literatura era una herida, acaso luminosa, pero herida al fin y al cabo. En cierta ocasión, Francisco Umbral me dijo que estaba deseando contraer una grave enfermedad para así escribir su mejor libro. Creo que hay que ser cauteloso con lo que uno desea. En realidad, Umbral, que se definía como “un enfermo profesional”, ya había escrito ese libro muchos años antes. Me refiero a esa novela tan hermosa como desoladora que es Mortal y rosa. Uno y otro autor escribieron libros donde la enfermedad era el protagonista. La Medicina otorga un nombre espantoso a este tipo de textos; los llama “relatos patográficos”. Si trazáramos una sumaria genealogía de la literatura patográfica ésta debería comenzar en el Antiguo Testamento, trenzado de plagas que azotan al Pueblo Elegido; seguiría con el Decamerón, donde Bocaccio rememora la peste que asoló Florencia; Los cuentos de Canterbury, de Chaucer; debería incluir a Daniel Defoe, que redactó en 1722 un texto con hechuras de reportaje periodístico: Diario del año de la peste. En ese árbol enfermizo debería estar Albert Camus, que transformó la ciudad de Orán en una metáfora moral; y Thomas Mann, que en La montaña mágica describe con morosidad de entomólogo la transformación que la enfermedad opera en el espacio y en el tiempo. Los pacientes del sanatorio Bergof viven en una suerte de ataraxia moral, lejos del llano, donde la enfermedad pastorea en el lodazal de la Gran Guerra. ¿Pero cómo no acordarse también de Marcel Proust, asmático y sofocado en los mundanismos de salón?; ¿o de las Prosas apátridas que Julio Ramón Ribeyro escribió bajo la negra advocación del cáncer?; ¿o de Pabellón de reposo, de Camilo José Cela? Me interesa menos la enfermedad como metáfora que como vivencia transfigurada en texto literario. Desde esta perspectiva destacaría la enorme novela de Tolstoi La muerte de Ivan Illich; los relatos terapéuticos del gran Chejov; los apuntes apenas tuberculosos de Jaime Gil de Biedma; la erudición de José Jiménez Lozano en Retratos y naturalezas muertas, así como  algunas aportaciones de última hora que merecen ocupar un lugar de honor entre los mórbidos frutos del árbol de la enfermedad. Me refiero a  Philip Roth y sus novelas Elegía o El animal moribundo; el gran Coetzee y La edad de hierro, o La escafandra y la mariposa, de Jean Dominique Bauby,  entre otros muchos ejemplos que podríamos seguir espigando, aquí y allá.  Pero la cuestión de fondo es de qué modo afronta el escritor el hecho de la enfermedad. ¿Cómo da cuenta de ella?, ¿de qué manera la transforma en relato?, ¿acaso desde el rencor de enfermo crónico?, ¿con atildado ademán desdeñoso?, ¿desde la burbuja de un estoicismo narcisista? La cuestión reside, a mi modo de ver, en la mirada, en el tono, si se me permite la licencia impresionista, que el escritor establece entre la escritura y el padecimiento propio y ajeno. Tras mucho rastrear entre relatos más o menos infecciosos he llegado a la conclusión de que los textos más conmovedores, donde la belleza es la única prueba de su verdad, han sido aquellos en que el autor ha templado su mirada, de suerte que la narración de un padecimiento físico se transforma en una mirada compasiva que subraya la dignidad –la bella dignidad– de la condición humana. La palabra clave es compasión. Y ya que estamos a ello, añadiría que un buen relato patográfico debería presentar esa rara aleación de recidumbre y de ternura; y que el autor, aunque herido, no debería desdeñar el poder terapéutico del humor. Créanme, es asombroso comprobar cuántas perlas brillantes pueden hallarse en el oscuro nacedero de la enfermedad.