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  • Yemen. Entre el olvido y la amenaza global

    Texto y fotografía Mikel Ayestarán [Com 97]

    La Constitución de Yemen habla de un Estado “árabe, islámico, independiente y soberano”, pero la suma de esos adjetivos no agota la realidad de un país inquietante donde vienen recalando terroristas de distinta procedencia desde hace más de tres décadas. Los últimos atentados frustrados contra aviones que se dirigían a Estados Unidos se urdieron junto al Golfo de Aden. Yemen es un país, sí, pero tiene algo de polvorín.

    En la mezquita. Zaidíes atienden la oración del viernes dirigida por el doctor Al Mhatwary en una mezquita de Saná. El zaidismo es una rama de la secta chií del Islam, que sólo se encuentra en Yemen.

    Aparece y desaparece de los medios de comunicación internacionales según la intensidad de la amenaza. Yemen engendra desde hace tres décadas a la bestia del integrismo islámico en lo más profundo de sus entrañas, acogida en valles y desiertos alejados de un poder central incapaz de suplir las leyes tribales que imperan en las provincias. Pero Yemen sólo asoma su cabeza al mundo cuando esta bestia se revuelve y golpea contra intereses internacionales, o al menos lo intenta. Es la historia que se repite desde el 12 de octubre de 2000, cuando un comando yihadista atentó contra el buque de guerra norteamericano USS Cole en el puerto de Aden, al sur del país. Diecisiete marineros perdieron la vida y más de treinta resultaron heridos. Fue el despertar de la cara más internacional del terrorismo en Yemen, la tarjeta de presentación ante Occidente de una forma de hacer la guerra que con el paso de los años se ha consolidado como la más efectiva ante la aplastante diferencia con las potencias enemigas: el terror. Una guerra liderada por Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA), movimiento que integra a las facciones saudí y yemení de Al Qaeda y que en tan sólo un año ha logrado elevar el grado de amenaza de Yemen hasta la calificación de “global” gracias a sus acciones contra legaciones extranjeras en Saná y sus intentos de atentado en aviones con destino a Estados Unidos. 

    Tras el espectacular ataque al barco norteamericano en Aden, las autoridades estadounidenses y británicas movieron ficha. Todos los informes concluyeron que era imprescindible comenzar a formar a un cuerpo de élite capaz de combatir la amenaza dentro de las propias fronteras yemeníes. Desde entonces miles de soldados han pasado por academias militares occidentales para completar su formación. Los mandos de la Unidad Antiterrorista yemení –a la que Estados Unidos pretende duplicar su actual ayuda económica de setenta millones de dólares a lo largo de 2011– hablan inglés con acento tejano, lucen uniformes impecables, conducen Hummers blindados y calzan las mismas botas que los Marines en Irak o Afganistán. Los entrenamientos diarios comienzan pasadas las seis de la mañana y concluyen al mediodía. La parte física y la preparación psicológica se lleva a cabo en una base en pleno centro de Saná, y las pruebas de tiro, a escasos veinte kilómetros de la capital en la zona montañosa de Salef a la que las autoridades llevan a los periodistas extranjeros en vehículos 4x4 cada vez que el país se convierte en noticia por alguna acción terrorista. 

    La cooperación con EE.UU ha abierto la puerta a los ataques selectivos de aviones no tripulados, al estilo de los que se realizan en el norte de Pakistán, pero de momento no se ha producido la llegada de tropas extranjeras al país. Ante los constantes rumores sobre una posible operación militar internacional al estilo de la de Afganistán los religiosos yemeníes emitieron una fatwa (edicto religioso) en enero de 2010 llamando a la yihad en caso de que llegaran fuerzas foráneas al país. No a la intervención militar extranjera, ni con soldados ni con aviones no tripulados, y no a la construcción de bases para las fuerzas internacionales son los puntos fundamentales de esta fatwa en la que se recurre a la guerra santa como solución final para “intentar evitar la muerte de miles de civiles inocentes como en Irak o Afganistán”.

     

    Calzoncillos e impresoras bomba. El día de Navidad de 2009 un joven nigeriano llamado Omar Faruk Abdulmutalab intentó inmolarse en el interior del vuelo 253 la compañía Northwest Delta Airlines en el que viajaba desde Amsterdam a Detroit. Hijo de un próspero empresario, ex ministro y ex presidente del First Bank of Nigeria, y educado en caros colegios de Togo y Reino Unido, finalmente no logró hacer explotar la carga que llevaba adherida a su ropa interior, gracias a la rápida reacción de los pasajeros y la tripulación, pero consiguió situar a Yemen en el ojo del huracán. Le habían cosido la bolsita con el explosivo y la jeringuilla para hacerlo detonar en el interior de los calzoncillos, bajo los testículos, muy difícil de localizar. El movimiento radical no tardó en reivindicar la acción y a los pocos días lanzó una serie de amenazas contra embajadas en Saná que acabó con el cierre temporal de legaciones como la británica o la estadounidense, que ya en 2008 había sufrido dos ataques. 

    Omar Faruk Abdulmutalab declaró haber sido adoctrinado en la provincia de Shabwa a las órdenes del clérigo Anwar al-Awlaki, uno de los tres hombres fuertes con los que cuenta AQPA, junto a Naser Abdul Karim Wahishi, uno de los 23 fugados de una cárcel de máxima seguridad yemení en febrero de 2006,  y Saeed Ali Shehri, ex preso de Guantánamo. Awlaki es un ciudadano estadounidense de ascendencia yemení nacido hace 38 años en el estado de Nuevo México. Sus llamamientos a la guerra santa a través de sermones públicos o su página web los descifran analistas y servicios de espionaje porque en ellos se marcan las líneas que puede seguir la organización. Awlaki se instaló definitivamente en Yemen en 2004, y en 2006 lo detuvieron bajo la acusación de planear el secuestro de un diplomático norteamericano. Año y medio más tarde quedó en libertad y se reincorporó a la Universidad al-Iman. Su papel activo en la web le llevó a contactar, según la agencia de inteligencia estadounidense, con el mayor Nidal Malik Hasán, americano de ascendencia palestina, militar de la base tejana de Ford Hood que en noviembre de 2009 disparó contra sus compañeros y causó la muerte a trece militares e hirió a otros treinta.

    Un año después de lo que acabó siendo conocido como “el intento de atentado del terrorista del calzoncillo”, el saudí de 28 años Ibrahim Al-Asiri devolvió a Yemen a las primeras páginas mundiales. AQPA logró colar dos explosivos en paquetes enviados por vía aérea a través de las compañías FedEX y UPS. Las alarmas saltaron en los aeropuertos de Dubai y East Midlands (Reino Unido) al detectarse dos cartuchos de impresora que contenían un explosivo químico a base de tetranitrato de pentaeritritol (Pent), el mismo que usó el joven nigeriano Abdulmutalab, y todo apunta a que Al Asiri sería el cerebro en explosivos con el que cuenta el movimiento radical para sorprender con nuevas fórmulas de ataque.

     

    Guerras internas. Londres y Washington exigen a Saná su implicación máxima en la lucha contra el terrorismo, pero olvidan que el gobierno del presidente Alí Abdulá Saleh tiene abiertos otros dos frentes internos que, como el fenómeno integrista, van y vienen con diferente intensidad, pero no terminan de cerrarse. El actual Yemen se constituyó en 1990 tras media docena de guerras civiles entre la República Árabe del Norte y la República Democrática Popular del Yemen o Yemen del Sur, bloque socialista del sur. Las dos partes quedaron unidas tras la firma del Acuerdo de Saná, pero veinte años después las heridas no cerradas han vuelto a abrirse para dar origen a un brote secesionista que ha añadido un factor más de desestabilización. El sur reclama igualdad de servicios y más atención por parte de Saná, se siente desfavorecido y exige su independencia. Los sureños se quejan además de marginación y discriminación en sectores estratégicos como las Fuerzas Armadas, donde los recortes han afectado en especial a militares del antiguo bloque socialista. Lo que empezó como unas simples revueltas populares ha escalado a una fase de atentados y ataques. 

    Si en el sur se habla de tensión, en el norte la palabra es guerra abierta, y el mejor ejemplo son los combates en la provincia Saada, en plena frontera con Arabia Saudí. Se trata de un conflicto sectario entre suníes y chiíes en el que algunos analistas ven un tablero regional de ajedrez en el que saudíes e iraníes dirimen la rivalidad histórica entre las dos sectas del Islam. El zaidismo es una rama de la secta chií, la mayoritaria en Irán aunque en la república islámica el chiísmo es duodecimano,  que sólo se encuentra en Yemen, y el Houthi es la milicia zaidí que desde 2004 ha librado seis guerras con el Gobierno de Saná, “una guerrilla inspirada en Hizbolá que lucha por la defensa de los derechos y la libertad de culto chií en un país bajo control salafista (corriente reformista dentro del sunismo que impera en el país y que predica la vuelta a los tiempos del Profeta)”, explica el analista yemení Sadám Al Asmouri. Su líder militar es Abdul-Malik Al Houthi, hermano del fundador del movimiento Badr Al Din Al Houthi, y tanto en su forma de hablar, como en sus gestos y mensaje imita a Hasán Nasralá, el secretario general del Partido de Dios (Hizbolá) libanés.  Los seis enfrentamientos que se han producido entre Gobierno y la milicia Houthi, que podría estar formada por unos diez mil hombres, han causado miles de víctimas y decenas de miles de civiles desplazados, aunque la cifra es difícil de determinar debido a la opacidad informativa que rodea a esta guerra a la que la prensa internacional y nacional tiene acceso en contadísimas ocasiones. Según Naciones Unidas desde el 12 de agosto de 2009 hasta finales de ese año al menos 50.000 civiles tuvieron que huir de la zona de combates. Eso eleva el número de personas desplazadas a 150.000 en los últimos seis años. En estos momentos se vive una situación de tregua, pero como se ha visto en los últimos años, los alto el fuego son muy frágiles en esta región.

     

    Madrasas y salafismo. Precisamente la lucha contra el chiísmo fue uno de los factores que propició el visto bueno de las autoridades yemeníes a la progresiva entrada de elementos salafistas como medida para “islamizar” de una forma correcta el país. Algunos llegaron desde la vecina Arabia Saudí y fundaron aquí sus propias madrasas (escuelas islámicas), otros regresaron de la guerra santa contra el comunismo en Afganistán y encontraron refugio en Yemen. Se produjo entonces una especie de pacto no escrito que ha durado hasta hoy. La influencia del salafismo frenó el avance zaidí, los ex yihadistas se limitaban a luchar por la pureza del Islam dentro de la región y contaban con el beneplácito de las autoridades. La dinámica cambió en 2000 con el ataque al USS Cole y se acentuó con el paso de los años gracias a la influencia radical decisiva de un ciudadano de ascendencia yemení llamado Osama Bin Laden

    “El salafismo en Yemen ha sido un salafismo peculiar, no ha estado perseguido ni reprimido como en otros lugares del mundo, pero resulta interesante resaltar que cuando las miradas se tornaron a los salafistas, acusándolos del incremento de al-Qaeda en la región, su religioso más importante, Muqbil bin Haadee, que siempre había tenido una crítica muy limitada al presidente Saleh, recrudeció su tono y advirtió: ‘Aconsejo al Gobierno y en particular a Saleh que nos dejen tranquilos, si el gobierno es inteligente nos dejará tranquilos […] es mejor para el Estado no entrar en una espiral de violencia’”, destaca la investigadora española Leyla Hamad, que reside en Saná desde hace dos años.

    El presidente Saleh no les dejó tranquilos y poco a poco se fue rompiendo ese pacto entre gobierno y yihadistas, especialmente por el cambio en política exterior de la república. Yemen se negó en 1991 a imponer sanciones a Irak y eso le costó el aislamiento internacional durante una década. Arabia Saudí revocó el permiso de residencia a un millón de trabajadores yemeníes y se cortaron todas las ayudas internacionales. Tras los atentados del 11-S, Saleh dio un giro y decidió brindar todo el apoyo a Estados Unidos en su “guerra contra el terror”, una decisión peligrosa en un país profundamente antiamericano. 

    “AQPA se formó y lanzó su amenaza en un momento crítico para el Gobierno. Con dos guerras abiertas al norte y sur del país, resulta muy complicado dar seguridad a los occidentales”, asegura el analista local Sadam al Asmouri, que desde hace diez años se dedica al seguimiento del auge del yihadismo en su país. Un triple frente que, según los críticos con el Ejecutivo, “está siendo utilizado para meter todo en el mismo saco y emplear la ayuda americana para acabar con la revuelta chií y la reivindicaciones separatistas del sur cuando todos sabemos que no guardan relación alguna. Ahora resulta que todos son terroristas”, lamenta un periodista de un diario independiente que pide mantener el anonimato. Las autoridades confirman la fuerte presencia de milicianos en provincias como Shabwa, Maareb y Abyan, donde mantiene desplegados a sus efectivos especializados en lucha antiterrorista y donde EE.UU ha lanzado varios ataques selectivos desde sus aviones no tripulados. “Al Qaeda ha logrado formar alianzas con los líderes tribales y su escudo de protección es muy fuerte porque estos líderes tienen mucho más peso que las autoridades de Saná en sus respectivas zonas. El Gobierno necesita ayuda urgente para poder llevar a cabo esta guerra”, asegura Asmouri, que ha sido retenido en varias ocasiones por la Policía  por entrevistar a líderes yihadistas. 

    Para terminar de retratar la complicada lucha interna contra el integrismo hay que añadir el factor desestabilizador que supone la constante emigración que llega desde África. Tan solo en 2009 fueron más de 165.000, y eso está obligando a doblegar la vigilancia por la posible infiltración de milicianos del grupo fundamentalista Al Shahab entre los miles de refugiados de la vecina Somalia. El grupo somalí redactó un comunicado a comienzos de año en el que se mostraban dispuestos a “cruzar el mar” para unirse con sus hermanos de Yemen en la lucha de AQPA contra “los enemigos del Islam”, una amenaza que  llevó a revisar la política migratoria del país. 

     

    Pobreza y futuro. “Si alguien viene y les paga por luchar, lo harán. La pobreza y la incultura son el caldo de cultivo perfecto para reclutar militantes”. Jamila Salem está al frente de la ONG islámica “La puerta de la esperanza” que atiende a más de seiscientos ajdam (servidores) en los asentamientos chabolistas de Beit Bos, a las afueras de Saná. Es la imagen menos idílica de una capital conocida por las casas de cuento de las Mil y una noches en su parte vieja, pero que cada vez recibe más desplazados de las provincias en conflicto y ve cómo la casta de los servidores levanta chabolas y más chabolas en la periferia. Rotondas y semáforos se llenan todas las mañanas de parados que aspiran a encontrar trabajo en uno de los estados más pobres del mundo árabe, con un 27% de inflación, cerca del 45% de desempleo y unas cifras de malnutrición cercanas al 50% entre la población infantil (más de la mitad de la población es menor de dieciséis años).

    El peso de la religión es cada vez mayor en un sistema republicano, sobre el papel, que en la última década ha dejado que los jefes tribales y las organizaciones islámicas llenen el vacío gubernamental en materias como la sanidad o la educación, una tarea en la que la proximidad a Arabia Saudí ha sido determinante. El salafismo se ha expandido con fuerza en el país a través de cientos de madrasas y sus valores rigen ahora la vida de millones de ciudadanos.  El Dawa es la rama moderada del salafismo yemení y uno de sus representantes más respetados es Mohamed Albaidani, que está seguro de que “son muy pocos los seguidores de Al Qaeda en Yemen”. 

    El grupo AQPA estaría incluido dentro del salafismo yihadista, que no reconoce la autoridad del gobierno central y cuyos representantes “apenas tienen preparación religiosa, no los respetan los sabios”, según Albaidani. Sólo pronunciar los nombres de Naser Abdulkarim Wahishi, Saeed Ali Shehri o Anwar Al-Awlaki, principales cabecillas del grupo según las agencias de inteligencia, le produce gracia, ya que “son productos de la política americana en la región y uno de ellos tiene incluso su nacionalidad. No son nadie en el mundo religioso, nadie”, repite el religioso, que asegura que entre los alumnos del centro han tenido casos de jóvenes “con ideas yihadistas, pero que con educación han seguido el camino correcto. ¿De qué sirve matar un turista?  Hay que explicarles que eso no les lleva al paraíso y así lo hacemos cada día”.

    Mikel Ayestaran [Com 97] es periodista freelanceColabora habitualmente con el diario ABC y resto de periódicos regionales del grupo Vocento, y con EiTB.