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  • La vulgaridad se viste de seda

    Envuelta en raso, suave, brillante, la vulgaridad se ha deslizado en la televisión, el cine, la publicidad, el lenguaje… y se ha convertido en un fenómeno transcultural y transnacional. Para analizar esta epidemia del siglo XXI, Nuestro Tiempo convocó a cuatro expertos de ámbitos muy distintos: el arte, la moda, la universidad y la empresa. Ellos asumieron el reto planteado por Chesterton: “Se necesita ser muy vulgar para ponerse a definir la vulgaridad. Precisamente por indefinible, la palabra es indispensable”. Con sus intervenciones demostraron que el genial inglés tenía razón solo parcialmente, y que la vulgaridad, aún vestida de seda, vulgar se queda.


    La vulgaridad es un fenómeno extendido tanto por las manifestaciones culturales que caen bajo su influjo, como por su alcance geográfico: en Cuba, China, Inglaterra, EE.UU. se advierte este cambio social. ¿Por qué sucede esto? ¿Es un fenómeno nuevo?

    Álex Navas: Yo lo pondría en conexión con el clima intelectual de los años cincuenta y sesenta: la revuelta del 68, la contracultura… Y, en la educación, la revolución antiautoritaria; el modelo de Summerhill incluía un rechazo de las virtudes secundarias: puntualidad, disciplina, limpieza, orden, aplicación... Habermas, el sociólogo que encarna muy bien ese clima, dijo que “con esas virtudes se podía gestionar un campo de concentración”. Con eso las enterró. Se rechazó la memoria como pauta docente, y lo que importaba es la autoespontaneidad, todo rechazo a la autoridad, la comprensividad... En ese clima, las formas son algo burgués, reaccionario, alienante. Y en aras de la espontaneidad había que romper con todo eso, como factor cultural profundo que sigue vivo hoy. 

    Diana Azuero: Las sociedades se comportan pendularmente, pasan de un extremo al contrario, y para llegar al medio necesitan ir de un lado a otro hasta irse moderando y encontrar el medio. Una de las expresiones que echo más en falta tiene que ver con lo público, con el cuidado de lo que consideramos de todos. Lo contrariose traduce en comportamientos que afectan a los demás. Es difícil que una postura vulgar sea exclusiva de mi ámbito de competencia y no afecte al entorno. En mi país, Colombia, se solía decir de broma que Avianca (la aerolínea nacional) era la mejor universidad de Colombia, porque cuando la gente tomaba un avión y aterrizaba en Europa, se bajaba transformada: pasaba por el paso de cebra, hacía las filas sin saltárselas… No tenía que oscilar, era automático, en ocho horas se instalaba en las conductas correctas. En el tema de lo público, más que explicar, habría que  hacer sentir a la gente que eso que trata bien, o sobre todo mal, es suyo. Y lo que es mejor, que es suyo, pero también del que está al lado. O sea, que cuando destroza el mobiliario público está destrozando algo suyo, pero también está destrozando el derecho que tiene el otro de usarlo y encontrarlo en buenas condiciones. 

    Andrea Arrieta: Lo que yo intento con mi trabajo es dar soluciones de imagen a personas que generalmente vienen con problemas de autoestima, que no están contentas consigo mismas, con la imagen que reflejan ante los demás. Quieren salir de lo vulgar, levantar su autoestima, sentirse bellas y poder reflejarlo, transmitirlo y comunicarlo. Justamente ese es mi papel, luchar contra la vulgaridad y ¿por qué no? retomar el protocolo. El protocolo está para algo, y muchas veces, para poder saltárselo hay que sabérselo. Me dicen, “es que yo tampoco quiero ir de etiqueta…”. Ya, pero si quieres huir de él tienes que saber primero cómo funciona. 

    Fernando Pagola: No soy un experto lingüista, pero creo que lo que ha cambiado es el propio concepto de vulgar. En realidad, la palabra “vulgar” como tal, tiene una concepción casi diría que buena. Por lo menos, de algo común a todos. Hace cincuenta años estaba clarísimo dónde estaba el límite, quizá demasiado, y la gente se comportaba conforme a una serie de normas que regían la sociedad. El problema es, como decía Álex, que después de los sesenta y con todas las revoluciones habidas y por haber, todo eso se ha transformado, y hay instancias públicas, de poder, capaces de alentar ese grado de subversión, de rechazo de las normas, a los modos de comportamiento que se suponía que eran comunes. Lo que se sembró entonces es lo que estamos recogiendo ahora. 

    Vulgares o gamberros. ¿Ustedes creen que los comportamientos que podríamos calificar como vulgares en las aulas, en los trenes…, donde sea, son conscientes o inconscientes? ¿Se deben a una falta de formación o a la rebeldía? 

    Andrea Arrieta: O a la moda. Yo recuerdo una moda, la de ponerse a modo de cinturón los cinturones de seguridad de los autobuses, de los aviones… que era lo más chulo del mundo; ¡ponerte el cinturón que arrancabas del avión!

    Fernando Pagola: No sé, pero creo que hay una diferencia entre la mala educación, el mal comportamiento y la vulgaridad. Puede ser muy sutil o muy diferenciado, pero hay diferencias.

    Andrea Arrieta: ¿Pero si esa vulgaridad está de moda? Puede parecer que está bien. Ese grupo que se ponía ese cinturón pensaba que era lo más chulo del mundo, que estaban a la última, y eran lo más chic, lo más in y lo más fashion

    Fernando Pagola: En cuanto hay un acto, digamos consciente, vandálico en un caso, o de autoafirmación, de provocar… ahí se está hablando de otra cosa. Por poner un ejemplo: cuando una persona que entra en una reunión y eructa. Eso es un comportamiento vulgar.

    Diana Azuero: Aquí. Porque en Arabia Saudita es considerado de la mejor educación del mundo.

    Fernando Pagola: Efectivamente. Lo que quiero decir es que es una conducta provocada por una falta de cultura en el lugar donde uno habita. Pero ahí no hay una decisión consciente de provocar, ni de insultar, ni de robar, ni de delinquir. Lo que hay es una conducta vulgar en el sentido de que no se atiene a las normas, culturales, sociales… No lo sé, pero me parece que ahí hay una inconsciencia. 

    Álex Navas: A veces hablo de la gente joven como “asilvestrada”. Están asilvestrados porque nadie los ha educado. Los padres no lo han hecho por inseguridad, y también porque los padres son hijos del 68, crecieron en contra del sistema, y aunque están de vuelta de la revolución, tampoco tienen valores sólidos, son escépticos, desengañados… Tampoco lo hace la escuela, ni la Iglesia, y de repente llegan a las aulas universitarias jóvenes sin mala intención, simplemente asilvestrados. No saben cómo comportarse en sociedad, y hay que enseñarles. Hablo de cosas elementales: el aseo, el vestido, que en clase es mejor no comer... Pero en Harvard, por ejemplo, se come. Allí es frecuente que la gente de primer año, que vive en las residencias del campus, si se levantan tarde van a clase en pijama y con chanclas, y el profesor llega en su bici, con maillot, el casco, el sandwich y la coca-cola. Eso allí se acepta. Muy bien. O en los campus alemanes, como tienen esa filia por el sol, en cuanto hay sol y un metro cuadrado de césped, todo el mundo se desnuda a tomar el sol. Eso allí está aceptado, pero aquí, nosotros no tenemos esa cultura. Hay que enseñarles todo. Cuando hablo de estos temas en clase invoco como autoridades a los entrenadores de los equipos de fútbol: Van Gaal en el Bayern, Schuster en el Madrid… Han establecido decálogos de comportamiento: a la rueda de prensa no se va con chanclas, ni con auriculares, ni con chicle, ni con pipas... Van Gaal en el Bayern ha establecido que cuando juegan fuera de casa y tienen que pernoctar en otra ciudad, nadie se levanta de la mesa hasta que el último no termina de cenar. Por ejemplo. Y el capitán dice: “Pensamos con este tipo de pautas: si nos portamos bien fuera del campo también lo haremos dentro del campo”. Hay unas carencias básicas de las jóvenes generaciones. Algunos serán gamberros y van a romper por romper, pero otros, simplemente, no han sido educados. 

    Fernando Pagola: A eso voy. El gamberrismo es otra cosa. También puede ser vulgar, pero hay gamberrismo que no es nada vulgar. Hay gamberrismo que es consciente, que es incluso provocado y que creo que no tiene nada que ver con vulgaridad. 

    Vulgar “porque yo lo valgo”. Hablamos de vulgaridad relacionada con la falta de educación, pero también hay príncipes que orinan en público, o aristócratas que ventilan su vida privada en las revistas del corazón… Aquí se ha acuñado la expresión “hacer un Hannover” cuando alguien en una boda se salta la ceremonia y va directo a la fiesta porque está con resaca. Son personas que han recibido la educación más exquisita, de modo que tampoco es solo un problema de falta de educación o falta de roce, o que no se han enterado de cómo va el mundo…

    Andrea Arrieta: Hay que ser consciente de que se están equivocando, de que están cometiendo un fallo… Hablábamos de limpieza, de aseo… de cosas tan, tan básicas, que yo creo que las personas que caen en ese tipo de comportamientos no son conscientes. No son conscientes de que no se puede ir a clase comiendo chicle…

    Fernando Pagola: O sí. 

    ¿Creen que un príncipe no es consciente de que no está bien orinar en público?

    Andrea Arrieta: Eso es rebeldía.

    Álex Navas: Es gente ególatra, que cree estar por encima de las convenciones.

    Fernando Pagola: Más que rebeldía, creo que hay un deseo absolutamente incontrolado de ser únicos, de ser exclusivos, de llamar la atención, de autoafirmar la propia independencia y la propia libertad. En muchos de estos casos, de gente con un grado de formación alta, que por tanto no tendría por qué hacer ese tipo de cosas, sospecho que es una moda. Está muy bien que en un momento determinado un príncipe orine en público porque de alguna  manera, llama la atención. Probablemente no lo necesite, pero bueno, él quizá sí. Por supuesto que es una vulgaridad, pero se hace por autoafirmación, quizá.

    Diana Azuero: También puede encontrarse vulgaridad en la causa opuesta, que es la de pertenecer al grupo. No en la de ser único, sino en la de pertenecer al grupo, y si el grupo hace estas cosas, yo también las hago. 

    Álex Navas: Dice Gracián en sus aforismos: “Antes loco con todos, que cuerdo a solas”.

    Fernando Pagola: ¿No había una canción que decía “Antes muerta que sencilla”? Es un poco parecido: en el fondo, se presupone cierto grado de cultura lo suficientemente alto como para saber distinguir este tipo de comportamientos, pero es obvio que al final es un problema cultural. Si una persona está enchufada a la tele, con lo que hay ahí… hay que tener mucho coeficiente intelectual para no caer en ese tipo de actitudes. 

    Visto en televisión. A propósito de la televisión, Mario Vargas Llosa publicó hace tiempo una columna en la que hablaba de la influencia de la televisión. Dice: “La televisión ha sido un extraordinario invento, ya lo sabemos, pero ha sido también un formidable desperdicio, pues en lugar de contribuir a elevar la cultura y la sensibilidad del todo el mundo ha banalizado, frivolizado y aumentado el nivel de imbecilidad en un gran número de seres humanos, a quienes las imágenes de los programas más exitosos de la pequeña pantalla, dechados de vulgaridad, chismografía y amarillismo, exoneran de preocupaciones, inquietudes espirituales e intelectuales y hasta la incomodidad de pensar”. ¿Creen que realmente las personas demandan esa telebasura, como argumentan las televisiones? Y por otro lado, ¿creen que la televisión está ejerciendo una influencia relevante en este fenómeno?

    Álex Navas: Aporto otra cita, del patriarca de la crítica literaria alemana, Reich Ranicki, sobre la televisión: “La televisión hace a los tontos, más tontos, y a los listos, más listos”. O sea, que, efectivamente, hoy la gente joven en Occidente dedica unas seis horas al día a las pantallas; multitasking; facebook, redes sociales, videojuegos… Entonces están inmersos en un mundo virtual generalmente chabacano y vulgar. Unos pocos aprovecharán eso para ir al Museo del Prado y ver cada cuadro con detalle, pero será una minoría exigua, no nos engañemos. Ese es el aire que respiran. Y también doy gran importancia, ligado a esa vida sintética de las pantallas, al lenguaje empobrecido; aparte de la sintaxis abreviada, el lenguaje, el vocabulario. Con diez términos (tío, mogollón, mola, guay, flipar…) se expresan. Es gente sin lenguaje, sin pensamiento abstracto… En Norteamérica hay una patología psiquiátrica ya identificada entre gente joven, que presenta un cuadro de angustia porque no tienen palabras para expresar emociones y sentimientos. Les falta simplemente vocabulario. No saben. En la amistad, en el cortejo, en el amor… no tienen palabras, y es gente tan empobrecida, con una vida tan plana… Eso se debe a la falta de lectura y a vivir inmerso en el mundo virtual de la pantalla. Además hay un exhibicionismo monumental. En España, “Gran Hermano” es un fenómeno para estudiar. En la edición número trece, cuando el autobús recorre España buscando candidatos, se presentan 60.000, 70.000… Y después, mucha gente dispuesta a verlo, o sea, que hay un juego de exhibicionismo y voyeurismo, y ¿para contemplar qué? Peripecias triviales, banales… no hay unas vidas atractivas.

    Andrea Arrieta: Como los blogs. Hace quince años pensar que alguien iba a estar contando en un blog su vida, cada día, lo que hace, dónde está, qué se pone, cómo se peina… parecería la cosa más vulgar del mundo. Sin embargo, ahora están muy bien valorados, es otro medio de comunicación, y hay que seguirlos, tienen publicidad…

    Álex Navas: Tengo aquí una crónica larga, publicada en el Frankfurter Allgemeine Zeitung el 15 de marzo, que cuenta cómo hay tantos famosos que publican todas sus peripecias y acaba: “Pero todo esto, ¿qué nos importa?”. Se titula “El yo como sinvergonzada”. Una desvergüenza, el yo, mi yo, ahí, desnudo… ¿Y qué nos importa?

    Fernando Pagola: La cuestión es que sí importa, en el sentido de que hay cientos de miles de personas a los que sí les importa, por lo visto. Pero hay gente que tiene una  responsabilidad social: los políticos y quienes crean opinión, y ellos entran en ese juego. No sé muy bien por qué, supongo que por vender más, por tener más… Ese es el problema, porque en realidad, a la gente que actúa vulgarmente en todos estos contextos de los que hemos estado hablando no se les puede pedir responsabilidades. Ni pedir responsabilidades, ni entrar a juzgar, siquiera. Es casi obvio. Habría que saber qué tienen realmente en la cabeza estos señores que dirigen las televisiones. Es como muy maquiavélico pensar –pero supongo que algo de ello habrá– que esta gente actúa conscientemente. Esto es casi Grecia: si tú tienes a la gente entretenida con tonterías.

    Álex Navas: Retomo la pregunta de antes sobre quién manda, si la oferta o la demanda. Yo creo que en los comienzos quizá era la oferta. En los años sesenta, en España, y en Occidente, en general, solo había un canal público. Uno se sentaba y decía: “A ver qué nos echan”. Pero hoy ha cambiado la cosa. Por una parte, hay mucha más diversidad de canales; y por otra, la publicidad ha crecido menos en proporción, con lo cual hay una pelea a muerte por la tarta publicitaria. La tecnología, además, permite saber lo que la audiencia quiere en cada momento. De modo que hoy tiene más peso la demanda. La audiencia tiene más influencia en los contenidos. Y por eso los telediarios dejan la política y se llenan de crónica rosa y de fútbol, porque, si dan política, la gente hace zapping y se va a otro canal. De ahí esa espiral de basura, esa pelea a muerte; más sangre, más crimen, más sexo, para retener o aumentar la audiencia. 

    Vulgaridad de puertas adentro... y afuera. Fernando Pagola: Volviendo a lo que decías del Frankfurter, eso de que no importa el comportamiento privado, en el contexto en el que está escrito, es verdad; a mí no me importa nada lo que los demás hagan, pero en realidad sí que importa mucho, que es otra de las cosas que a mí me parece muy importante. Muchas veces se da a entender, sobre todo en personajes públicos, deportistas, políticos… que lo que hagan en su vida privada es su vida privada. Es curioso que todos la aireen con tanta facilidad, para lo bueno y para lo malo. Hay una especie de frontera que es muy interesante conocer: ¿qué es lo que mueve a esta gente a contar todas sus intimidades en público? 

    Álex Navas: Los que están muy muy arriba en el dinero, en el poder, son discretos. Amancio Ortega era esquivo hasta que cotizó en Bolsa. Cuando estás en Bolsa tienes que dar cuenta cada trimestre a los analistas, y ya se acabó la discreción. El que está en la cima completa, absoluta, puede pasar de la opinión pública. Ahora, los que están un poco más abajo, para ellos el presente es poder, ventas, imagen, votos…

    Andrea Arrieta: Que se hable de mí aunque sea mal.

    Álex Navas: El artículo del periódico alemán que cité hace un rato dice en la entradilla: “Primero nos contaban sus enfermedades, peripecias de salud y de familia, y ahora la sexualidad, cómo se encuentran, qué sienten, por qué, desde cuándo…”. Si consigues estar en el centro de la noticia, eso eleva tu valor de marca.

    Andrea Arrieta: Pero están mal asesorados: mezclan su vida personal y la pública; sale del partido y escribe en twitter que se va con su novia a no sé dónde…

    Diana Azuero: Yo creo que es muy pensado… Tengo la sensación de que eso ya en sí mismo es una estrategia.

    Fernando Pagola: Por supuesto.

    Diana Azuero: Quieren cercanía, que la gente los sienta cercanos, los sienta suyos, así que volvemos al tema del mimetismo, de “este es uno de los nuestros”, “este es como yo”.

    Álex Navas: Es el efecto Cenicienta: “Ellos también sufren como yo”; tienen contratiempos de salud, afectivos…

    Fernando Pagola: Pero vuelvo a repetir, en todos estos casos hay que distinguir: Si esa misma persona contara en su página que esta misma tarde va a ir a un museo o a ver una exposición, probablemente a nadie le interese nada. Yo creo que el fenómeno de la vulgaridad no se da porque uno comparta con los demás su vida privada –que, hasta cierto punto, puede estar bien o mal–. El problema viene cuando lo que necesariamente se comparte está teñido por ese punto de vulgaridad que es el que –no sé quién, si la sociedad, si la moda, o los amigos– obligan de alguna manera a compartir.

    Andrea Arrieta: Lo triste es que, con todas las vías de aprendizaje, de cultura, que tenemos abiertas, por qué no nos centramos en aprender en vez de negarnos, de ir a lo fácil y no pensar. Es muy fácil meterse y estar seis horas en facebook cotilleando lo que hace el uno y el otro, y no seis horas leyendo un libro interesante o aprendiendo idiomas.

    Fernando Pagola: Porque eso es mucho más difícil.

    Álex Navas: Exige esfuerzo.

    Andrea Arrieta: Eso es lo que me da pena, y creo que no hacemos bien en comunicar, o no lo transmitimos bien. ¿Qué es lo que no hacemos bien los formadores y quienes estamos en ese ámbito para que no generemos ese interés de cultivarse, de aprender? No lo sé.

    Diana Azuero: Hay que ir a las raíces: a los padres, al modelo de familia, al modelo educativo, y después al entorno de los amigos que, marcan tanto el carácter en la infancia. Aprendemos lo que vemos. 

    A golpe de ley. Han apelado antes a la responsabilidad de los líderes, de las personas con poder, de las autoridades. Ha habido algunos intentos de regular los contenidos de televisión… Y Blair en Inglaterra también intentó regular las conductas sociales, estaba preocupado por el incivismo de la juventud… ¿Les parece que este sea un tema como para entrar a intervenir de esa forma?

    Diana Azuero: Sí creo que debe haber un límite, pero ¿quién es el referente que debe marcarlo?

    Álex Navas: Creo que en España el asunto de la autorregulación en televisión es un tema perdido, porque hay directrices, pero no se cumplen. El Gobierno ha permitido dar basura, y hacer negocio, a cambio de que no sean críticos con él. Después, hay un fenómeno, yo creo que latino, napoleónico de origen, que se da en España y en América Latina, y es la confianza en las leyes: pensar que una ley cambia la realidad y transforma el mundo y a la persona… Y no es así. Una ley es papel mojado.

    Diana Azuero: A veces es la costumbre la que crea la ley y no la ley la que crea la costumbre.

    Fernando Pagola: Yo supongo que en cada nivel de la sociedad hay un grupo responsable, y en última instancia cada uno es responsable de lo que tiene alrededor. Si uno tiene una ética de comportamiento a estos niveles, transmitirá lo que tenga alrededor. 

    Lo que se aprende en casa. Diana Azuero: Además de las megadecisiones tomadas desde el poder, yo soy de los que piensan que los padres tienen la responsabilidad mayor. Son el mayor referente, el mayor modelo. 

    Álex Navas: Claro, por una parte, se sabe que lo que educa es el trato, el ejemplo y la convivencia, aparte ya de los razonamientos, los argumentos... En muchos casos los padres conviven poco y están todo el día fuera de casa. Los padres varones se excusan diciendo que dedican poco tiempo pero de calidad, cuando el hijo lo que necesita es cantidad de tiempo. Pero cuando no hay esa cantidad, con frecuencia los padres malcrían a los hijos. Un padre que no cumple su misión compensa de esta forma permisiva, tolerante en exceso. 

    Andrea Arrieta: Pero realmente es un trabajo y conlleva una responsabilidad. Ese padre o esa madre tiene que ser responsable, como todos nosotros, cada uno en su trabajo. Si veo que hay un fallo en un estilismo que hemos hecho para una editorial de una revista… me pongo de los nervios, porque es mi responsabilidad que ese estilismo salga bien. Aparte de información, comunicación y un montón de intereses más, es la responsabilidad. 

    Álex Navas: También ahora ocurre que hay pocos hijos por familia y son hijos muy pensados, premeditados, deseados, proyectados, en los que los padres se implican mucho. Lo que le pasa al niño es como si le pasara al padre: éxitos, contratiempos… Y por esto se ha dado una inversión. Antes el niño que se portaba mal en la escuela era castigado y, al llegar a casa, los padres doblaban el castigo. Ahora no, los padres se alían con el hijo contra la escuela. ¿Cómo es posible? Porque lo que se le hace a mi niño se me hace a mí. Hay una simbiosis del hijo hacia la pareja.

    Fernando Pagola: En mi familia éramos siete hermanos, y a veces decimos de broma que a nosotros no nos educaron, porque vivíamos como nos daba la gana, estábamos todo el día en la calle... Pero lo cierto es que eso no quiere decir que no te hayan educado. Eso quiere decir que eran otros tiempos, que además tenías libertad para hacer lo que te diera la gana, pero sí eras educado. Pero si comparas con los problemas que tienen ahora muchos padres, te das cuenta de que es un problema casi ambiental. Es muy difícil. Puedes educar a tus hijos de alguna manera, pero también influye el entorno. 

    Diana Azuero: Hay un fenómeno, quizá cultural, en el que yo noto un pequeño matiz de diferencia con Colombia, y es que allí los mayores son parte activa de la familia hasta muy avanzada edad, probablemente hasta la muerte. Se les acoge de manera natural en el seno de la familia hasta el final de sus días, y eso hace que no sean vistos como la guardería económica. Pero ¿por qué lo entienden así? Porque también son revestidos de autoridad por sus hijos, son respetados. Los abuelos también forman a los nietos, no hay ese vacío que luego llenan las pantallas, los amigos, la calle. Hay referentes de calidad.

    Vulgaridad y esnobismo. Los invito a plantearse si no hay cierto esnobismo por nuestra parte al referirnos a la vulgaridad. Cito a Javier Gomá, Premio Nacional de Ensayo 2004, en su último libro, Ejemplaridad pública: “Pido respeto por la vulgaridad, pues es el resultado rigurosamente contemporáneo del igualitarismo y del proceso de la liberación subjetiva del yo. Defino la vulgaridad como la exteriorización de la espontaneidad de un yo no refinado cuyas expresiones tienen el mismo derecho a manifestarse que los más elevados productos culturales, y que es muy respetable. La vulgaridad es el punto de partida de una teoría de la cultura que quiera ser realista, pero no el de llegada”.

    Fernando Pagola: Cuando daba clase en la escuela de Arquitectura solía pensar que es muy difícil que un alumno que ha nacido, ha crecido y se ha desarrollado en un entorno feo, en un barrio horrible, desarrolle un gusto por la arquitectura. A veces sucede lo contrario, pero, hablando en términos generales, es muy difícil. Una persona que ha nacido y se ha desarrollado y se ha educado en un entorno normal, con sus más y sus menos pero normal, tiene una cierta capacidad natural para desarrollar sus actitudes y visiones ante la vida y viceversa.

    Diana Azuero: Recuerdo que hace unos tres o cuatro años invitaron a Fontanarrosa a una mesa de la Real Academia de la Lengua Argentina sobre la vulgaridad. Era el encargado de cerrar la mesa, y lo hizo con el Elogio de las malas palabras –las palabrotas– utilizando  exactamente los mismos argumentos. El auditorio, después de oír dos horas de discursos sesudos, se moría de la risa con lo que él decía. Fue como sentir “tú eres de los nuestros, estamos contigo”. Ahí es donde creo que tenemos que ponernos de acuerdo, en qué entendemos por vulgaridad. Yo entiendo por vulgaridad algo que me vulnera, me agrede a mí, y, como sociedad, hemos establecido un consenso de qué es lo que consideramos vulgaridad. 

    Fernando Pagola: El problema es que ese consenso, que ha estado claro en algunas épocas, ahora no existe.

    Andrea Arrieta: Se ha ido modificando o no se respeta.

    Fernando Pagola:  Se ha modificado de tal manera que se ha llegado al extremo de decidir que no haya consenso. Antes, en general, nadie tenía que hacer una normativa sobre cómo había que ser para no ser vulgar o cómo había que estar de etiqueta. 

    Diana Azuero: Volvemos al tema de la búsqueda de la unicidad y pertenencia. Comenzamos esta charla diciendo que no estábamos pontificando, pues ¿quién de nosotros nunca ha tenido una conducta vulgar? El tema es cuando esa excepción se convierte en la regla.

    Fernando Pagola: Por eso es sorprendente lo de las palabrotas dichas por una persona que habla bien, que consideramos culta. En esos casos la palabrota hace el efecto que tiene que hacer. Si todo tu lenguaje son palabrotas, llega un momento en que no tiene ningún interés.

    Cambio de época. Cuando Beethoven estrenó en 1824 en Viena la Novena Sinfonía, una pieza fundamental en la historia de la música, un crítico londinense muy reconocido escribió: “Elegancia, pureza y medida, que eran los principios de nuestro arte, se han ido rindiendo gradualmente al nuevo estilo, frívolo y afectado, que estos tiempos, de talento superficial, han adoptado. Cerebros que, por educación y por costumbre, no consiguen pensar en otra cosa que no sean los trajes, la moda, el chismorreo, la lectura de novelas y la disipación moral; a los que les cuesta un gran esfuerzo sentir los placeres más elaborados y menos febriles, de la ciencia y del arte. Beethoven escribe para esos cerebros”. ¿Quién dice que dentro de unos años Torrente no pueda ser reconocido como gran cine y que lo que hoy juzgamos vulgar responda simplemente a un cambio de época?

    Fernando Pagola: Hay una diferencia cultural. Cuando ese crítico dice “vulgar” no sé si se refiere al mismo término que tratamos aquí. Aquí hablamos del sentido más peyorativo de la palabra, y no al sentido positivo, que viene de vulgo, de normal, de llano. Esa concepción es interesantísima y tiene expresiones culturales interesantísimas. Lo triste es que nos iremos de aquí pensando quién arregla esto, que se va agravando exponencialmente. La vulgaridad es de lo más corrosivo que hay.

    Andrea Arrieta: Algo vulgar es algo habitual. Un vaquero, por ejemplo, es algo vulgar, normal, que se ha incorporado a nuestro vestuario. Esa sería otra forma de dar la vuelta al término.

    Diana Azuero: En un determinado momento histórico creo que sí pudieron hablar de lo mismo. El arte se dirigía a las élites, por tanto, un arte accesible a la inmensa mayoría, a la masa, era vulgar. No nos podemos engañar, tristemente la cultura y la educación era y sigue siendo en determinados lugares del mundo, elitista.

    Apelo casi por necesidad, en la búsqueda de la definición, a algo común a todos, al macarra, al que vive en la favela, y a nosotros, que estamos en esta universidad. Es inherente a la condición humana: hay cosas que nos ennoblecen, que nos dignifican, y hay cosas que nos empobrecen y nos hacen peores. Estamos hablando de la belleza de nuestra condición, de esas cualidades únicas, que compartimos todos.

    Fernando Pagola: Hay gente que no ha recibido ninguna cultura porque ha nacido en una determinada condición, y que sin embargo nos podría dar mil lecciones de humanidad, porque no ha sido contaminada. Todos conocemos personas que vienen de la pobreza más absoluta y que sin embargo muestran una altura intelectual, moral, humana, y una sabiduría aprendida en su propio entorno, no modificado por toda la tontería. No es un problema de cultura, sino de incultura.

    Diana Azuero: Me refería a lo que aludíamos al comienzo. Si quitamos aún esa capa y vamos al centro, hay algo inherente a la condición humana que, independientemente del país en el que nazcas, de la cultura o no cultura que hayas recibido, todos nos emocionamos con la belleza. Hay cosas que nos conmueven y también hay cosas que nos lesionan a todos, que nos empobrecen, y ese es el límite de la vulgaridad. Hay límites por sociedad, por culturas pero, sobre todo, por personas. 

    Andrea Arrieta: Hay una frase clásica: Con la elegancia se nace, no se hace. Puedes haber nacido en el campo, como decías, o en una sociedad cosmopolita con la mejor formación, e igualmente no saber comportarte.