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  • Vuelve el debate sobre el aborto

    Álex Navas [Fil 74 PhD 89] Profesor agregado de Sociología de la Universidad de Navarra

    El debate sobre la reforma de la ley del aborto en España ha traspasado las fronteras. Se analizan aquí las razones por las que ese debate resulta tan necesario como difícil, y se apunta cómo revertir la cultura de la muerte.


    El Consejo de Ministros del  gobierno español aprobó el 20 de diciembre de 2013 la reforma de la Ley Orgánica 2/2010 de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo (también conocida como «Ley Aído», por Bibiana Aído, ministra de Igualdad y encargada de su tramitación).

    El revuelo que se organizó a continuación fue monumental, tanto en la clase política como en la opinión pública. La reforma era una iniciativa esperada, incluida en el programa electoral con el que el Partido Popular (PP) ganó por mayoría absoluta las elecciones generales de 2011 y que el ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, había ido anunciando durante el primer año de la nueva legislatura. Aun así, lo previsible de la decisión gubernamental no ha quitado mordiente a la polémica.

    Nos quejamos con frecuencia de la deficiente cultura del debate que hay en España: en general, sobran sectarismo y agresividad y faltan respeto y argumentos razonados. Estos rasgos peyorativos se agudizan en el caso del aborto, como hemos podido ver en los meses posteriores al anuncio del  gobierno.

    Un debate tan necesario como difícil

    Desde luego que el proyecto de reforma presentado por el  gobierno, con las airadas reacciones que ha suscitado, implica una ruptura en toda regla del statu quo. Muchos, detractores del aborto incluidos, miran con reservas la ruptura del equilibro que se había conseguido en 2010. Estiman que el Ejecutivo exagera, que no conviene calentar los ánimos a la vista de la situación general. Parecen seguir al presidente Rajoy, atento sobre todo a la evolución de la prima de riesgo y del mercado de trabajo. Pero pienso que vale la pena afrontar derechamente este debate, a la vista de lo que hay en juego: la vida de miles de seres humanos. Una paz social regada por la sangre de tantos inocentes resulta necesariamente falsa, artificiosa.

    ¿Cabe debate más básico y necesario que el que se refiere al estatuto y al tratamiento de la vida humana? Si esta discusión provoca chirridos de cualquier tipo, quiere decir que era muy necesaria. Procede acabar con esa falsa paz del cementerio. Las víctimas nos interpelan y sería ruin mirar a otro lado en aras del consenso social.

    La discusión pública sobre el aborto me parece tan ineludible como difícil de llevar a la práctica con un mínimo de garantías. Para empezar, falta mucha información necesaria. Por ejemplo, la imprescindible estadística. Los datos oficiales, proporcionados anualmente por el Ministerio de Sanidad, son muy poco fiables. Se sabe que la cifra real de abortos debe ser considerablemente mayor.  Igualmente, faltan datos para elaborar la historia de la aplicación de la ley socialista de 1985. 

    Carecemos de información, que sería de gran relevancia, sobre los efectos de las píldoras anticonceptivas. En la década de 1960, al poco de lanzarse la píldora al mercado mundial, las grandes compañías farmacéuticas decretaron un «apagón investigador» sobre los mecanismos por los que ejercen sus efectos. Su acción abortiva parecía evidente, y como en aquel momento el aborto era ilegal en Occidente (aún no se había producido el vuelco en las leyes y en las mentalidades), se prefirió mirar a otro lado y concentrarse en el negocio. De vez en cuando se publican noticias del tipo de «tal  gobierno prohíbe la venta de tal generación de píldora anticonceptiva como respuesta a la muerte de tal número de mujeres, que la venían tomando sin haber sido advertidas de tales efectos secundarios», pero se echa de menos una investigación rigurosa. Parece que hay miedo a los resultados que podría arrojar.

    Los intereses económicos en juego son enormes, y el dinero tiene la capacidad de silenciar a las autoridades políticas y sanitarias. Se instaura una especie de consenso mundial a favor de la penumbra y la incerteza, cuando la tendencia social general apunta a la transparencia y la rendición de cuentas. Sorprende el alto número de actores sociales relevantes que en este punto prefieren la ignorancia, como si cerrar los ojos a una realidad desagradable fuera a eliminar sus efectos indeseables. Contar con la información pertinente permitiría una discusión mejor fundada. No eliminaría el apasionamiento o el sectarismo, pero ayudaría a clarificarlo.

    El frente abortista hace tiempo que se quedó sin argumentos. Los avances de la genética y de la embriología, sumados a los desarrollos tecnológicos —ecografía en tres dimensiones, etcétera— han subrayado la inanidad de los viejos eslóganes. Leer los diarios de sesiones de los  parlamentos donde se discuten proyectos de ley relativos al aborto produce una impresión más bien deprimente: reiteración de lugares comunes sin base científica, demagogia barata. La debilidad de los argumentos aducidos es directamente proporcional al volumen con que se grita, en la calle y en los foros públicos, al igual que en las redes sociales. La crispación no se limita al uso de la palabra y, en ocasiones, da paso a la violencia física.

     

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