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  • Visitar el infierno

    Texto Roberto Cabezas (MGEC 09), Fotografía Agencia EFE y Roberto Cabezas

    Río de Janeiro es un destino paradisiaco que alberga maravillas como Pan de Azúcar o Copacabana. Una ciudad que cuenta con cinco universidades. También es uno de los lugares más peligrosos del mundo donde el veinte por ciento de sus casi siete millones de habitantes vive en las favelas. Un laberinto de callejones sin nombre donde la droga y la prostitución se emboscan en cada esquina. El periodista chileno Roberto Cabezas vivió en una ellas durante tres meses para realizar un reportaje de televisión.


    El 15 de abril de 2008, un comando del BOPE (Policía especializada en el crimen organizado) de Río de Janeiro irrumpió con violencia en Vidigal, una de las favelas más peligrosas de la ciudad. Los diecisiete mejores hombres de esa unidad táctica se adentraron en esa barriada del sector sur de Río. Murieron ocho jóvenes narcotraficantes y un niño pequeño.

    Carioca, que tenía dieciséis años, comenzó a disparar su pistola Sig-Sauer de nueve milímetros. Pese a agotar diez de las doce balas, no logró escapar: tres balazos del BOPE le atravesaron la cabeza y otros cuatro en el resto del cuerpo. Fin de su historia.

    En este sangriento episodio también perdieron la vida siete de sus compañeros delincuentes. Algunos lo consideraron una ejecución, otros dijeron que se lo merecían. Sin embargo, una pregunta sigue sin respuesta: ¿pudieron evitarse esas muertes? 

    Historia de una historia

    Hacía calor. Sofocante. Casi insoportable. Pasaban las seis de la tarde cuando mi avión aterrizó en Río. Según me habían contado, un compatriota chileno vivía en una de las favelas más sórdidas de la ciudad. Debía encontrarlo en apenas setenta y dos horas. Era mi única oportunidad para realizar un reportaje que se emitiría en una televisión de Chile. Cogí un taxi y le pregunté al chófer cómo estaba el ambiente en las favelas. Me miró por el retrovisor de su coche, abrió sus ojos profundamente negros y dijo: «Las favelas están en guerra: quinientos muertos al mes». Me quedé en silencio. 

    En la playa de Copacabana, el calor y la humedad eran cada vez más penetrantes. El reloj marcaba las siete y media. Los turistas aún colapsaban las calles de esa cara amable de Río. Las aceras, atiborradas de deportistas jóvenes... y otros no tanto. Elegí una pequeña cafetería de los años de gloria de Río, allá por los cincuenta. Suelo de viejos parqués brillantes, óleos añosos con motivos «faveleros», lámparas algo pasadas de moda, pero que todavía brillaban con una luz agradable. Opté por la mesa que daba al cristal porque la vista era privilegiada, con la bahía apagándose, la playa aún tupida de bañistas y, entre la multitud, una feria artesanal se montaba con timidez. 

    —Buenas tardes, señor, bienvenido a Río —me dijo alegre un camarero. — ¿Decidió qué va a tomar? 

    —Un café cortado y un sándwich de jamón y queso, por favor —le contesté. Mixto, le dicen en Brasil. Agarré un diario y fui a la contraportada. La Gazeta do Povo publicaba una horrorosa fotografía de una favela. Sentí que el corazón se me paralizaba. Vi la realidad con aterradora nitidez.

    Superado el trance, hice dos llamadas a contactos locales que había obtenido en Chile: una funcionaria de la embajada y un heladero uruguayo, ya jubilado. Ambos aceptaron hablar conmigo. El primer destino fue el consulado de Chile, en la rúa Praia do Flamengo, 344. Mi fuente se llamaba Obdulia, una administrativa alta y corpulenta que al verme exclamó «¡Roberto, lo esperaba mañana!» 

    —Me he adelantado, señora. Me urge encontrar a algún chileno que viva en una favela. 

    Pese a su empeño por ayudarme, apenas me entregó información. El consulado carecía de un registro actualizado que me diera pistas confiables, y se limitó a recomendarme que enviara un e-mail a la embajada.

    —Le aconsejo algo, Roberto. No haga locuras porque las favelas no son broma. Es un mundo muy peligroso. 

    El día avanzaba y el plazo definitivo para el retorno a Santiago de Chile se acercaba precipitadamente. Mi editora me había concedido unas pocas horas para descubrir alguna pista concreta por donde arrancar mi reportaje. 

    El calor no daba pausa. Mi otra fuente era Egidio, el heladero jubilado, que me atendió por teléfono porque no podíamos vernos. Vivía en Río desde hacía muchos años, y conocía bien el mundo de las favelas.

    —Perdóneme la franqueza, don Roberto, pero no sé cómo ayudarlo.

    —Busco a una familia chilena que vive en una de las favelas más peligrosas de Río de Janeiro —respondí descorazonado. Enmudeció sorprendido pero, después de algunos segundos de vacilación, me dijo tiempo atrás había conocido a un chileno que trabajaba en la feria artesanal de Copacabana. Un tipo joven de pelo largo con el que se había encontrado un par de veces. 

    Era una pista muy débil, pero no tenía nada más, de modo que seguí sus indicaciones. Después de dar varias vueltas por la feria, e encontré a un vendedor joven, de barba, pelo largo y sombrero, sentado detrás de un mesón de artesanía. Nuestras miradas se cruzaron y tuve la corazonada de que era la persona que buscaba. Sonriente y conversador, comenzó a contarme su vida atropelladamente, sin espacio apenas para las preguntas. Patricio llevaba casi siete años viviendo en las favelas. «No me alcanza para más», me dijo.

    En las favelas no se paga luz ni agua, y sus habitantes se enganchan de modo clandestino al cable para ver la televisión. En su situación económica, vivir en la favela resultaba la mejor alternativa para Patricio, pero también la más peligrosa. 

    Mientras hablábamos sentí que le costaba comprender que alguien se interesase por su mundo. Un lugar donde nada es seguro ni para siempre. Él consideraba esa realidad como algo natural, el día a día al que ya estaba acostumbrado, en el que criaba a sus hijos y al que regresaba cada noche al final de su trabajo. 

    La tarde pasaba. Me comentó que había salido de Chile hacía tiempo con Yolanda, su mujer. Buscaban nuevos horizontes, más calidad de vida. «Pero sobre todo mayor dignidad», aclaró. Durante años vivieron en la favela Cantagalo, una de las más letales y famosas, que incluso tiene su propio videojuego: el famoso Call of Duty (Modern Warfare 2)—. Yolanda y Patricio tuvieron que acostumbrarse al miedo, a convivir con la inseguridad y las amenazas constantes por parte del «bando», nombre con el que se conoce a la tropa de delincuentes que controla las favelas.

    A pesar de todo, Patricio tenía una sonrisa indeleble, a prueba de adversidades. En su puesto de Copacabana, me habló de armas, de cómo vio morir abrasados a varios «moradores» —denominación que se da a los habitantes de las favelas— a los que los bandidos ponían neumáticos hasta el cuello para luego bañarlos en combustible y quemarlos vivos. Un escalofriante método de tortura llamado «microondas». Describió cómo se cruzaba a diario con pistolas, con granadas, con fusiles automáticos portados por personas deshumanizadas.


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