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  • Un sillar con un pasado muy solemne

    Texto José Antonio Vidal-Quadras Fotografía Manuel Castells [Com 87] y Archivo Universidad de Navarra

    El campus de la Universidad de Navarra es el escenario donde han transcurrido años decisivos en la vida de miles de graduados. Es también una referencia indispensable en el mapa urbano de Pamplona. Sin embargo, hace cincuenta años era sólo una pacífica extensión de barbecho y campos de cereal. La historia empezó a cambiar el 25 de octubre de 1960, cuando se puso la primera piedra.


    —A simple vista. La primera piedra se trasladó al Central y actualmente se encuentra en la entrada principal del Edificio. Es un sillar de color un poco más oscuro que el resto, situado junto a la escalera. La piedra sobresale al otro lado de la pared. Da a un cuarto donde actualmente se almacenan sillas y mesas que se utilizan para celebraciones como conciertos o cenas.

    El 25 de octubre de 1960 se puso la primera piedra de los edificios construidos en el campus de la Universidad de Navarra, donde antes no había nada más que campos en barbecho. Desde su fundación en 1952, la Universidad vivía y era gobernada desde despachos de la Plaza del Castillo, y los alumnos de Pamplona se desenvolvían para todo en la Parte Vieja de la ciudad y en los lejanos Hospitales.
    El pintor e ingeniero Fernando Delapuente dirigía un Estudio de Arquitectura y Decoración en la calle Montalbán, 9 de Madrid, que había recibido el encargo de construir una ciudad universitaria en aquellos campos vacíos.
    Cinco meses antes, en junio, expusieron a la Junta de Gobierno del Estudio General de Navarra –a punto de convertirse en Universidad– a las autoridades de la ciudad y a la prensa lo que llamaron Proyecto de Campus Universitario de Pamplona. Como construcción de inmediato comienzo proponían primero un amplio edificio que sería Facultad de Derecho y en una primera etapa se utilizaría para despachos de los servicios centrales y de las Facultades ya existentes, salvo Medicina y Enfermería. Seguían dos residencias de estudiantes, una femenina –sería Goimendi– y otra masculina –Belagua–, y para muy poco después, otro edificio destinado a la Biblioteca relacionada con los centros académicos de esa área. En aquel estudio de la calle Montalbán hacía tiempo que fotografiaban detalles del Palacio de Aranjuez que pudieran servir como inspiración para el que pronto llamarían Edificio Central. Y un mes antes de la primera piedra, en septiembre, el Ayuntamiento confirmó su primer acuerdo de destinar unas 120-130 hectáreas para edificaciones de la Universidad, y aprobó la primera cesión de quince de ellas para que se emprendieran las construcciones más urgentes.

    Multitud de autoridades.
    Gracias a la riqueza del archivo fotográfico de nuestra Universidad, en 2002 publicamos un libro gráfico en el que reunimos abundantes imágenes del día en el que se bendijo la primera piedra del Campus, en una ceremonia que coronaba la apertura del curso universitario de aquel año con la mayor concentración de autoridades civiles y religiosas, locales y nacionales habida nunca. En los periódicos, encabezaba la lista de personalidades el nuncio de Su Santidad Juan XXIII, monseñor Antoniutti, seguido de los ministros de Justicia, Iturmendi, de Hacienda, Navarro Rubio, de Comercio, Ullastres, presidente del Tribunal Supremo, subsecretario de Gobernación y Vivienda, gobernador civil de Navarra, director general de Información, tres subsecretarios, secretario general técnico de la Presidencia del Gobierno, directores generales del Tesoro, Carretera y Vivienda, subdirector general de Seguridad, delegado nacional de Prensa, Radio y Propaganda, capitán general de la VII Región, gobernadores civiles de Guipúzcoa, Logroño y Teruel, alcalde de Barcelona, Porcioles, presidente de la Audiencia Territorial y Provincial, Ayuntamiento de Pamplona y Diputación en corporación, presidentes de las diputaciones de Guipúzcoa y Cádiz, y representantes de muchos ayuntamientos. Les acompañaban el cardenal arzobispo de Tarragona, Arriba y Castro, y el de Santiago de Compostela, Quiroga, los arzobispos de Pamplona, Enrique Delgado, los de Burgos y Zaragoza, los obispos de Barcelona, Toledo, Madrid, Tuy Vigo, Ávila, Córdoba, Tortosa, Zamora, San Sebastián, Palencia, Sigüenza, Lérida, Ciudad Rodrigo, Bilbao, Jaca, Segorbe, El Ferrol, Calahorra-La Calzada, Logroño, Vitoria, Barbastro, el abad mitrado de la Oliva, y el deán y cabildo de la Catedral.
    Estas y otras personalidades llenaron el amplio escenario debidamente adaptado y decorado del Refectorio de la Catedral, hoy Museo Diocesano. Los discursos pronunciados en ese acto académico se escucharon con la emoción de quienes estaban viviendo el día de su conversión en Universidad. Y de aquel ambiente culto, urbano, de estancias elegantes y civilizadas, un grupo de los reunidos se trasladó, al término de la mañana, a un paisaje diametralmente opuesto, campestre, a las afueras de Pamplona, al valle del río Sadar, a un paraje cruzado por el “camino vielho”, antigua entrada a la ciudad, que descendía perpendicular a la carretera de Estella, cruzaba el Sadar por el Puente de los Suspiros y conducía hacia Cizur y Logroño. Como estaba previsto, allí donde se iba a construir el primer edificio de la ciudad universitaria, el nuncio de Su Santidad bendijo la primera piedra ante el Fundador de la Universidad, San Josemaría. Siguieron palabras del alcalde de Pamplona, don Miguel Javier Urmeneta, y terminó el cardenal-arzobispo de Tarragona Dr. Arriba y Castro. A continuación las personalidades presentes firmaron las actas y las depositaron con otros signos de identificación en la caja de plomo alojada en la arqueta. La primera piedra quedó así a la intemperie en medio del campo solitario y silencioso.

    La primera piedra, en el olvido. Don Juan Antonio Paniagua era en aquella lejanas fechas el secretario general de la Universidad y estuvo presente en el acto. Él fue el encargado de abrir la parte académica. Recordando años después la bendición de la primera piedra, solía decir: “Teníamos la conciencia clara de estar colocándola por pura ceremonia, y luego nadie se acordó más de ella”.
    Pero muy pronto se acordaron. Fernando Delapuente fue convocado a Pamplona, y los jóvenes arquitectos Juan Lahuerta e Ignacio Araujo trazaron unos rápidos apuntes a medida que improvisaban sus primeras ideas de ciudad universitaria, con su Facultad de Derecho como elemento principal, las residencias masculinas y femeninas, la biblioteca, etcétera, todo distribuido bajando pendientes, con escalerillas, plazuelas, una cosa íntima, al estilo de Santiago de Compostela. Pero en seguida Delapuente vio que el solar que le habían dejado para edificio principal no era conveniente, porque iba a quedar como hundido, demasiado bajo y su situación obligaría a desviar el trazado de la carretera y variar el cauce del Sadar.
    Delapuente había viajado a Pamplona el 1 de agosto de 1961 para tomar directamente las decisiones, fijar sobre el terreno la situación del edificio, proceder al replanteo y emprender el movimiento de tierras. No tardó en proponer el traslado del emplazamiento hacia el nordeste, al espacio donde se encuentra ahora, a mayor distancia del río y a una cota más alta, con lo que ganaría en perspectiva, dignidad y representatividad. El 14 de agosto la Junta de Gobierno de la Universidad aprobó esa propuesta, y se encomendó la ejecución de la obra a Huarte y Cª S.A. El día 22 siguiente, fiesta del Corazón de María, Delapuente, después de ver con el delineante los planos en el estudio de Conde de Rodezno 11 –el de Araujo y Lahuerta–, bajó acompañado de Juan María Dexeus a los terrenos, donde con fondo de excavadora y en compañía de Ismael Sánchez-Bella, vicerrector, Francisco Jiménez Huertas, administrador de la Universidad, Fernando González-Ollé y otros llegados después hicieron la fotografía que titularon “la primera picada” y que marca el punto del Edificio Central al que iría a parar la primera piedra. Empuñaron el pico Delapuente, luego Dexeus, Sánchez-Bella y Jiménez Huertas. Era un día de sol espléndido, allí se detuvieron un rato y comentaron el comienzo de las obras que tanto esperaban todos. Después se fueron con los de Huarte a la cafetería Maxi y brindaron con champán para celebrar tan histórico acontecimiento.
    Con el replanteo en el nuevo lugar y el comienzo del movimiento de tierras, sólo al cabo de diez meses de su colocación la primera piedra había quedado fuera y alejada del primer edificio. Permanecía a la vera del “camino vielho” y del viejo puente, pacíficamente olvidada por las vecinas alumnas del Colegio Mayor Goimendi y por todos los demás, menos por los que habían tomado buena nota de sus medidas exactas para encajarla en el hueco que deberían dejar en un muro del Edificio Central.

    Traslado al Edificio Central. En febrero de 1962 las autoridades universitarias acordaron transportar la primera piedra a la entrada central del Edificio, y la encajaron al fondo del primer vestíbulo, a ras de suelo, como parte integrante de la pared derecha, perpendicular a la fachada. La cara interior de esa pared da a un almacén al que como ahora se puede entrar desde el pie de la escalera que va al Rectorado. Al entrar en ese almacén quedaba a la vista la primera piedra sobresaliendo en la pared, en frente mirando ligeramente a la derecha, claramente destacada del muro.
    Comenzaba entonces para nuestra primera piedra una larguísima etapa de sueño totalmente pacífico, dominado sobre todo por la idea de que al gran canciller sólo le interesaban las “últimas piedras” –“obras son amores y no buenas razones”– y por lo tanto prestar atención a una primera piedra no sólo no tenía interés sino que, incluso, podía reflejar una desviación de lo que enseñaba el fundador del Opus Dei.
    Don César Ortiz de Echagüe me contaba que San Josemaría se había referido en varias ocasiones y en tono de broma a esta piedra: “He dicho muchas veces que no me gustan las primeras piedras, y cuando puse una me la han cambiado de sitio”. Don Francisco Ponz me había animado a advertir que fue la primera y única vez que San Josemaría aceptó, contra su costumbre, en atención a las peticiones de las autoridades eclesiásticas y civiles, estar en un acto de bendición de primera piedra, porque él, como dijo muchas veces, era amigo de celebrar las últimas piedras. En la biografía del fundador del Opus Dei escrita por Andrés Vázquez de Prada se relata cómo para dar gracias a Dios por el término del Colegio Romano de la Santa Cruz después de grandes esfuerzos hizo buscar en los rituales y libros de oraciones la fórmula para bendecir la última piedra de un edificio, y le contrarió saber que nadie la había encontrado, con lo que reafirmó el criterio de preferir las últimas piedras a las primeras. Don Amador García-Bañón ha escrito que él estaba allí en Roma en el otoño de 1960, cuando San Josemaría regresó desde Pamplona: “Habían sido los actos de erección de la Universidad, entre ellos el de la bendición de la primera piedra. Nos dijo que a él le gustaba bendecir la última piedra, y que por eso había hecho bendecir la primera piedra de la Universidad al nuncio”.

    En busca de la piedra. Desde que elegí las fotos para el libro de nuestros cincuenta años me preguntaba, ¿dónde estará aquella primera piedra? Pensé que podría estar enterrada allí, cerca de donde más tarde plantaron el crucero…, hasta que no hace mucho se lo pregunté al profesor de Comunicación más antiguo de todos. Con gran seguridad me contestó: “Está en el Edificio Central; lo indica una lápida en la escalera que sube al Rectorado”. La busqué, pero esa frase no tenía nada que ver con la primera piedra: conmemora la fecha de nombramiento de don Álvaro del Portillo como segundo Gran Canciller de la Universidad.
    Allí hice la misma pregunta a Javier Irigoyen, director de Relaciones Laborales, y a Rafael Callejo, director del Área de Obras e Instalaciones, quienes con toda naturalidad del mundo me dijeron: “Está a la entrada del Edificio; aquí abajo, en la pared. Se ve bien un sillar de color un poco distinto. Ahí está la primera piedra”. Al día siguiente me encontré con Juan Ardaiz, el actual responsable de la cafetería Faustino, le pregunté y reaccionó: “Pero hombre, si lo sabe todo el mundo, y además, al otro lado de la pared sobresale la piedra, y se ve muy bien”. Me abrió ese cuarto y vi su contenido: está repleto de las sillas y mesas grandes redondas que se usa para público asistente a conciertos y grandes cenas. Una vez retiradas, la primera piedra aparece tal como se colocó en 1960. En una de esas ocasiones Manuel Castells la fotografió para este reportaje.
    Como ha propuesto don Amador García-Bañón sólo falta pintar o grabar una indicación sencilla de que la primera piedra está ahí. En su breve carta me decía: “El hecho de que en octubre se cumplen los cincuenta años (bodas de oro) de la erección de la Universidad, con bendición de la primera piedra, es una efeméride que merece quede constancia. Con la grabación en la piedra se mantendría la memoria histórica y se evitaría que la tradición oral de dónde está la primera piedra se acabe perdiendo para las futuras generaciones”.