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  • “El teatro empieza cuando el hombre se para a pensar por qué está en el mundo”

    Texto Sonsoles Gutiérrez [Com 04]  Fotografía José Juan Rico

    En lo que se refiere a las artes escénicas, puede decirse que José Manuel Garrido ha tocado todos los palos: actor, director, productor, y gestor, en el ámbito público y en el privado. Su nombre ha estado detrás de la creación del INAEM,
    de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y la reconversión del Teatro Real.
    Son solo algunos de los logros de una trayectoria que debe su éxito al impulso
    que la ha movido: el amor al teatro.


    Lleva vinculado al teatro desde que tenía once años, cuando empezó a hacer funciones en el colegio. Dedicarse a lo que más le gusta desde niño ¿ha sido fruto de una estrategia o de una casualidad?
    En cualquier caso, es un privilegio no saber dónde acaba la vocación y dónde empieza la profesión. No ha sido una cosa meditada ni estratégica, han funcionado desde la propia inquietud personal, hasta las casualidades de la vida. Empecé como actor cuando estudiaba en los maristas.  De ahí pasé al teatro universitario, primero en la Universidad de Murcia y después en Madrid. Los teatros universitarios en esa época tenían muchísima importancia, porque eran la vanguardia intelectual del teatro. Se estrenaba el teatro más difícil y más moderno:  Thornton Wilder, Arthur Miller, Buero Vallejo, Alfonso Sastre, Ibsen…  Era un teatro muy comprometido social, e ideológicamente hablando. Hoy eso no existe.

    ¿Por qué? ¿Por qué cree que se ha perdido?
    No lo sé, no he hecho una reflexión, pero cuando me invitan a algún concurso de teatro universitario veo obras de lo que se puede llamar teatro ínfimo. Eso era imposible hace años en un grupo de teatro universitario, porque ya lo hacía el teatro convencional. El teatro universitario en aquella época tenía un papel de mucho compromiso; compromiso social, político, estético… Cada uno llegaba allí a través del compromiso que fuera. La Universidad era la gran escuela del teatro español. La generación anterior a la mía, la mía y la siguiente venimos de la Universidad, y la gente que ahora está en torno a los cuarenta ya ha podido estudiar directamente en las escuelas de teatro, porque ya se reformaron, empezaron a tener prestigio… Ahora ya existe la posibilidad de la profesionalización desde el primer momento. Antes, los peces se pescaban en la Universidad.

    Era más espontáneo, quizá…

    Sí, pero muy serio. Había quien jugaba y había quien pensaba que ese era su trampolín, porque cuando uno tenía éxito, los empresarios del teatro le miraban y le contrataban, y pasaba al teatro profesional. Tanto los actores como los directores. Se nutría de ahí, no era un hecho aislado. Las escuelas eran pocas, privadas... Había una en Madrid que funcionaba como en el s. xix, y a los jovencitos de la época nos parecía el horror de los tiempos.

    El porcentaje de españoles que ha ido al teatro, al menos una vez al año, ha pasado del 13% en 1990 al 19% en 2011. ¿Cómo explica ese aumento?

    Las cifras pueden ser engañosas porque dependen del éxito, o dos éxitos, de esa temporada, pero es verdad que, curiosamente, en los últimos años, y a pesar de la crisis económica, la gente ha acudido al teatro. El teatro sufrió hace unos años una serie de vaivenes en torno a la competencia de la televisión, las nuevas tecnologías..., pero la gente se reencuentra ahora de nuevo con el arte vivo, y eso es muy atractivo y muy interesante. Recuerdo perfectamente, hace tres o cuatro años cuando empezó la crisis, que la gente se preguntaba: “¿Cuándo nos llegará al teatro?”, porque los teatros estaban llenos. Y la crisis ha ido avanzando, y el número de espectadores se ha estabilizado o ha ido en aumento. El problema que tiene el sector en este momento está relacionado con los pagos de las organizaciones públicas, porque el estado tiene gran importancia en toda la distribución y la contratación. Pero la asistencia del público es satisfactoria.

    A la hora de obtener esas macrocifras, cuenta igual El Rey León que la última adaptación de Sanchís Sinisterra. ¿Qué aporta cada tipo de obra?

    Soy muy poco sectario. Personalmente, hay un tipo de teatro que me gusta, pero creo que en la cartelera tiene que haber todo tipo de teatro, y que el público con su urna, que es la taquilla,  “vote” lo que quiera que permanezca en la cartelera. Es muy bueno que esté en cartelera desde el teatro que podríamos considerar más banal hasta el teatro con mayúsculas; el teatro clásico, o el teatro contemporáneo de autores importantes. Lo que hay que hacer es colocar cada formato o tipo de autor en el escenario adecuado. Cada espectáculo, cada producto escénico, necesita su amparo y su local para que tenga éxito. No se puede hacer Esperando a Godot, que son dos actores esperando no se sabe qué, porque es existencial, en un teatro de mil localidades. El espacio siempre ha sido determinante en teatro, es fundamental, desde los romanos. Y eso sigue hoy, los nuevos lenguajes requieren un tipo de espacios adecuados.

     

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