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  • Somalia, los exiliados del hambre

    Texto y Fotografía Daniel Burgui Iguzkiza [Com 07] 

    El Cuerno de África se extingue. Más de mil supervivientes llegan cada día al campo de refugiados de Dadaab. Huyen de la peor sequía en 60 años, de una hambruna que estrangula estómagos y de una guerra ininterrumpida en dos décadas. Su único patrimonio son sus testimonios.


    “No recuerdo ningún tiempo de paz, cuando era niña no jugábamos en la calle, no podíamos”, relata Amina Abdusin tras un silencio durante el que se esfuerza por recuperar memorias de su infancia. Amina tiene 26 años: todos sus recuerdos están contaminados y arrugados por la violencia de la atroz guerra civil que comenzó hace ya veinte años en Somalia tras el derrocamiento del déspota Siad Barré, que gobernó, como aperitivo a la contienda, con tiránica represión. 

    Amina se casó en 1996 cuando apenas tenía 12 años. Fue una de las muchas “esposas niñas” que aún contraen matrimonio en tantos países. No se desposó a la fuerza, le pidieron permiso. “¡Aunque qué iba a saber yo si era una niña!”, apostilla. Es madre de dos hijos: Mohamed, de diez años, y Nayima, de nueve. Hace casi un año que no los ve, desde que dejó su hogar en Aldo Burado para tomar el camino del exilio.

    Dos años antes de que Amina se pusiera en marcha, una tremenda explosión hizo saltar por los aires la casa de sus vecinos. Un bombazo similar al que el pasado 4 de octubre de 2011 volvió a abrir en canal las desvencijadas calles de Mogadiscio, una escombrera irregular que responde a la categoría de capital del país, donde la única ley de urbanismo vigente ahora es la acumulación periódica de metralla y cascotes de hormigón. Aquel día un camión bomba diseñado por Al Shabab –franquicia somalí de Al Qaeda– dejó casi 80 muertos, muchos de ellos estudiantes y adolescentes que esperaban  junto al Ministerio de Educación para solicitar una beca que les permitiera estudiar en Turquía. El estruendo se dejó oír en toda la ciudad.

    Amina no sabe si fue un obús perdido, un coche bomba o un suicida, pero las cuatro paredes de la casa contigua a la suya se vencieron y no quedó nada en pie. Yussuf, Fatuma y Sumeya Mohamed, de quince, diez y seis años, consiguieron escapar, pero no sus padres. Quedaron huérfanos. Amina era su vecina y pariente. Y los acogió en su casa, junto a sus propios hijos: “¿Cómo iba a dejarlos en la calle, sin padre sin madre? ¿Qué persona responsable haría eso?”. 

    No pasó ni un mes desde la llegada de los tres huérfanos, cuando su marido empezó a refunfuñar. “No quiero a estos niños, son un estorbo, llévatelos fuera, me decía”, relata la joven madre. “Era incapaz de comprender el sufrimiento. Nunca fue un buen marido: no era responsable. Era vago. Yo cuidaba el ganado e iba al mercado a vender algo de frutas y verduras, para reunir un poco de dinero”. 

    Mientras, cada día, la violencia acotaba un poco más a los habitantes de Aldo Burado. “Lo peor son las balas perdidas, se oyen, silban en la calle y no se sabe por dónde”, dice.  “Nuestra vida hubiese sido muy corta allí”. Amina decidió marcharse. 

    Trató de escapar con todos los niños. No pudo. Sus dos hijos se quedaron, a la fuerza, con su esposo: “Vete con esos, a mis hijos no te los llevarás”. Logró huir con los tres huérfanos que había dejado la bomba y su hermana, Halima Hassan, de 18 años. Viajaron en vehículo hasta Mogadiscio en siete días y después andando –algún tramo en transporte– hasta la línea que en los mapas separa Kenia de Somalia. 

     

    Una demarcación ficticia. Es excesivamente pretencioso llamar “frontera” a esa raya dibujada con escuadra y cartabón a lo largo de más de 500 kilómetros –desde El Wak hasta Likabere–  y que después gira 45º al sur para discurrir sin quiebro otros ciento y pico kilómetros hasta el océano Índico. Los expertos de la geopolítica, de hecho, han preferido disfrazar bajo el eufemismo de “frontera volátil” un hecho que se manifiesta con ferocidad cuanto más se aproxima uno: no existe. Aquí, como en otros lugares de África, es un rumor. 

    Esta ficción de linde atraviesa un pedazo de tierra baldío y estéril, con apenas un par de puestos aduaneros destartalados y testimoniales, como el de Dobley, donde los jovencísimos reclutas del enclenque gobierno somalí de transición venden a menudo sus fusiles al primero que les dé unos chelines con los que comprar refrescos o comida. Repartidos por esos setecientos kilómetros de demarcación borrosa conviven bandidos, guerrilleros islamistas, piratas y contrabandistas que van y vienen a sus anchas por erráticas pistas, planicies sin fin en las que sólo se halla cobijo en los atajos entre arenales, termiteros gigantes, bosques de arbustos espinosos y acacias solitarias.  Es en ese escenario donde acosan a refugiados, cooperantes y pastores.

    Después de caminar varios días por el desierto, Amina Abdusin y su prole adoptiva fueron capturados a escasos kilómetros de Kenia. Pasó dos noches en una celda, custodiada por milicianos de Al Shabab –o eso decían. Le robaron todo e incluso le pedían que les consiguiera dinero. “No teníamos nada más que darles,  y lo sabían, así que les supliqué que se apiadasen de nosotras: éramos sólo unos huérfanos y dos jóvenes. Traté de convencerlos incluso de que nos prestasen asistencia”. 

    ¿Qué le pueden robar a quien no tiene nada, ni tan siquiera el recuerdo de una infancia feliz? Bara Adbi Osman, de 45 años, acababa de llegar al centro de recepción de refugiados de Dagahaley junto a otro centenar de familias, recién habían cruzado la muga esa mañana. Osman señala los pies descalzos de la mayoría de sus hijos.Unos pies cubiertos de polvo blanco hasta la altura de las rodillas, unas plantas remozadas en una costra de heridas y arena. “Los bandidos nos asaltaron y nos quitaron hasta las sandalias. Caminamos más despacio, los niños ya no podían sostenerse en pie”, relata el cabeza de familia. Al pisar Kenia les recogió un autobús de ayuda internacional que trata de aliviar el último tramo de los que llegan en peores condiciones.

    Junto a la familia de este hombre de afilada perilla  de chivo, en el mismo punto de recepción donde se ha organizado un registro inicial (unas huellas dactilares, un chequeo médico de urgencia) y donde se les distribuye comida para las primeras tres semanas, descansaba a la sombra Habbiba Murta, de 35 años, y su familia: otras dos mujeres con ocho niños, sin hombres ni maridos que las acompañen. Una de las hijas de Habbiba sostenía orgullosa una pequeña lechera de latón, de no más de 750 mililitros: todo su patrimonio. “Es lo que hemos sido capaces de conservar de nuestra casa y traer hasta aquí”, afirma con cierto orgullo. 

    Habbiba recuerda los últimos cinco días de viaje desde Baardheere como un calvario: “La arena quemaba mucho bajo los pies, debíamos parar y a menudo caminar al atardecer. Dormíamos en el lugar en el que nos alcanzaba la noche, da igual donde fuese. Nos recostábamos sobre el suelo, acurrucados. A veces en los arcenes de las carreteras. A menudo un poco alejadas de las pistas, pero tampoco muy dentro de los bosques de arbustos. Si escuchábamos un vehículo, nos escondíamos”. Ese permanecer equidistante del camino y de la maleza es pura prudencia. Muchas familias relatan ataques de hienas y otros predadores. De entre todos, los peores los que retrata  Amina con sus palabras: “Intentaron violarnos”. 

    Fue durante el cautivero en manos de Al Shabab. “Les dije, les rogué, que fuesen consecuentes, que si lo hacían y mi hermana o yo me quedaba embarazada quién cuidaría de esos bebés, qué sería de nosotras, traté de confundirlos, de convencerlos. Dios me escuchó”, cuenta. La joven desplegó toda su inteligencia, hizo un alarde de persuasión. Les liberaron y  continuaron su camino, durante el que se fueron reuniendo con otros grupos de gente en sus mismas condiciones hasta formar la postal anacrónica de un éxodo de proporciones bíblicas. 

     

    Niños abandonados. Sólo pasajes escritos hace milenios, como las tragedias clásicas o los textos sagrados describen con devastador acierto las masivas migraciones humanas de la Somalia actual, en las que el único atisbo de tierra prometida es llegar al borde de la extenuación al paso de Liboi-Dobley. Y una vez allí, los campos de refugiados. En este periplo muchas familias se desperdigan. 

    Como Amina, a la que le falta una pieza clave en su puzzle emocional: “Mis niños no están aquí. Nunca dejo de pensar en ellos, no hay día que pase sin que me pregunte qué hacen o dónde estarán mis hijos”. Y al hablar de ellos, los sollozos se extienden por la suave penumbra azulada del interior de su tienda, provista por el ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados).

    Cerca de Amina deambula otra mujer, Habbiba (amor, en árabe), rodeada por una cohorte de diez niños de los que sólo cuatro son hijos suyos. Su marido fue asesinado en su propia casa por unos hombres que entraron pidiendo agua y le dispararon a bocajarro. Habbiba huyó con sus hijos, a los otros niños los encontró en el camino, solos. Llegó hace apenas unos días a Dagahaley. Es imposible encontrar cifras exactas, pero el número de menores desacompañados que llega hasta los campos es elevado, y también el de familias que, haciendo un gran esfuerzo, adoptan a aquellos que encuentran en su trayecto. 

    Algunos huérfanos que se han visto obligados a ejercer de cabezas de familia arrastran consigo biografías que incluso resultarían excesivas para un adulto. Muchos han sido soldados, reclutados por Al Shabab pero también por el gobierno somalí. Abdullah Hassan, de 58 años, que fue taxista en Mogadiscio y se proclama ya “anciano” –con sensatez: la esperanza de vida en Somalia es de 50 años según estadísticas optimistas– dice que nunca en toda su vida había visto barbarie semejante: “Dan armas a muchachos, esconden bombas en niños sin que ellos lo sepan. He visto trocear a personas, cadáveres, como si fuesen vacas. Eso no lo hacen ni las peores bestias”. Abdullah lo vio de cerca, pasó meses en una cárcel, condenado por fumar cigarrillos en la calle, con la única prueba en su contra de un testimonio acusador. Luego, caminó 45 días desde Mogadiscio para llegar a Dadaab, aunque parte de su familia no pudo completar el recorrido. Jan Brouwer, responsable de protección infantil del ACNUR, se queja de que localizar y tratar a esos niños es tan difícil como buscar agujas en un pajar: “Revisamos tienda por tienda”.

     

    Precariedad extrema. El despliegue llevado a cabo por el ACNUR en este margen keniano-somalí es la mayor misión de cuantas tiene repartidas por el planeta. Al menos, en volumen. Empezó siendo el inasible cepo de la guerra civil en el que vive atrapada Somalia el que obligó a esta y otras organizaciones a trabajar aquí, después la sequía más cruel y ahora una hambruna de niveles inéditos. Oficialmente se declara una hambruna –última categoría en el semáforo de alarmas de la ONU– cuando mueren diariamente dos niños por cada 10.000, en las pocas zonas de Somalia donde hay datos fiables mueren 15 al día. Hay 700.000 niños en riesgo de muerte real por hambre. Y más de 15 millones de estómagos vacíos.  

    La ayuda, la cooperación aquí no sólo es necesaria e imprescindible sino que es, en el sentido más rotundo de la palabra, vital. 

    Pero a pesar del titánico esfuerzo de estas organizaciones la situación en los campos de refugiados de Dadaab (Ifo, Hagadera y Dagahaley, más varias extensiones posteriores) es de extrema precariedad, superpoblación y falta de recursos. No obstante, la mayoría de las familias somalís que llegan dicen que son afortunadas. Son supervivientes, la resistencia más pertinaz al hambre y la violencia. 

    El mayor bagaje con el que cargan es lo visto y vivido.  Ellos (mayoritariamente ellas, el 70% de la población de desplazados son mujeres y niños) transportan así historias que ilustran en primera persona un conflicto –el de Somalia– que sólo llega a Occidente de forma telegráfica y fragmentaria. Titulares apresurados que difícilmente pueden mostrar la realidad de un país doliente y atormentado donde el éxito, la consecución de logros, es superar un  día más con vida. Ellas son las que dan cuenta de lo que ocurre en un rincón del mundo inexpugnable a las noticias. 

    Llegar hasta Dadaab es la antepenúltima de sus desgracias. La violencia en esta difusa divisoria no responde a un conflicto o a las luchas entre clanes, hace años que los señores de la guerra, Al-Shabab  y los bandidos se esfuerzan todos juntos en mantener estable un “desorden duradero” del que sacan beneficio. 

    Ya durante la hambruna de Somalia de los años 90, los gerifaltes de la guerra que operaban en torno a la frontera –el general Mohamed Said Hersi ‘Morgan’, Siyad Hussein, el coronel Omar Jess o Ahmed Hasni– se hicieron populares por dedicarse aquí en armonía colegiada a atacar a los refugiados y al personal humanitario, en vez de lanzar su clanes a guerrear entre sí como hacían en otras comarcas del país. El área de Dobley y el campamento de Dadaab ganaron renombre como una de las más peligrosas de la región. Hoy, esos caudillos están dos metros bajo tierra pero la zona sigue carcomida por ese violento caos estable. Es rentable para demasiados.

    En un escaso periodo de 30 días hemos tenido noticia de tres secuestros de extranjeros en esta región keniana. El último, las dos cooperantes españolas de Médicos Sin Fronteras (MSF), Blanca Thiebaut y Montserrat Serrá, en cuyo rapto resultó herido su chófer Mohamed Hassan, el pasado 13 de octubre en el propio campo de Dadaab. El 1 de octubre, Marie Dedieu, una turista francesa de 66 años era capturada, dejando atrás su silla de ruedas y su medicación diaria. Fallecía un mes después al parecer por la desidia de sus captores al no atender su delicada salud. El 11 de septiembre, un matrimonio británico fue víctima de otro ataque cerca de un resort turístico en la costa keniana: David Tebbutt, de 58 años, fue asesinado de un disparo, y su esposa, Judith, de 56 años, retenida. 

    Son sólo los casos de los que hemos tenido noticia. A lo largo del mes de septiembre los convoyes de la ONU en Dadaab sufrieron varios ataques, habituales intercambios de disparos entre bandidos y fuerzas de seguridad privada que usan las organizaciones internacionales. Los que trabajan en Dadaab lo saben, pero es mejor que no trascienda.

    El personal de la ONU y de las organizaciones presentes aquí está obligado a desplazarse con la compañía de escolta armada entre los campos de refugiados que se estiran decenas de kilómetros entre sí por veredas desérticas y solitarias. 

    Caminos que están jalonados por un extenso catálogo de animales domésticos (cabras, burros y vacas) en diferentes grados de descomposición. Son cabezas de ganado consumidas por la deshidratación y falta de alimento. En los traqueteos de un campo a otro desde la ventanilla una cuidada exhibición de carroña deleita la mirada: desde un osario completo y limpio, a la pieza aún un poco pellejuda o la que todavía tiene magro putrefacto que donar a las alimañas.

     

    Compromiso sin medida.Es en estos trayectos en mitad de esas nadas cuando los cooperantes quedan más expuestos. Pero algunos como MSF ni siquiera cuentan, por voluntad propia, de esa arma que disuada a los maleantes. Es la única organización que desde sus inicios decidió prescindir aquí y en todas sus misiones de escoltas por entender que entorpece su labor de atención sanitaria, de acercarse a los pacientes. Se encomiendan así en lugares de conflicto con una protección austera: una pegatina con una ilustración de un kalashnikov tachado. Como esas señas que algunos conductores ponen en sus coches pidiendo precaución al volante porque hay un bebé a bordo, rogando en este caso que se abstengan de disparar.

    La ajetreada agenda de estos trabajadores y cooperantes está pautada por el estrecho corsé que marcan las horas de luz solar. Como si fuesen parte de una congregación de eremitas pendientes del candil, al caer la noche la vigilada cancela del recinto del ACNUR en el que se alojan los cientos de empleados de la veintena de ONGs presentes en Dadaab se cierra y no abre hasta la mañana del día siguiente.  Aquí, la línea del Ecuador cae como un hachazo sobre la cabeza y el Sol ilumina, a perpetuidad, en horario de oficina de seis a seis. Todos los días del año. 

    A la señal del toque de queda, se recogen dentro del convento humanitario. No verán a extranjeros fuera de estos murallones de alambre al anochecer. Está prohibido. Una exhaustiva ronda por radio debe confirmar uno por uno que todos los empleados están dentro, que sanos y salvos replican a través de un walkie-talkie.

    Pero los que de verdad son objetivo, víctimas, y padecen los abusos en esta inestable franja, son los desplazados que cada día la cruzan, como Amina, Habbiba, Adbullah u Osman, a menudo sin agua, sin comida. Cuando Amina, que jamás ha conocido la paz, dice que la situación era insostenible y tenían que marchar, el paisaje que debemos pintar en la mente rebasa cualquier idea vista u oída.  

    La senda más transitada, por la que a diario pasan más de 1.200 somalís está marcada en el mapa con una equis (la intersección entre el Ecuador y la frontera). A 80km de esa equis está Dadaab, el pueblecito keniano al que en 1991 le creció un apéndice de tiendas de campaña para acoger a 90.000 desplazados y que hoy desbordado y expandido se ha convertido en el campo de refugiados más grande del mundo. Casi medio millón de personas. Si las lonas, chabolas e iglús elaborados con ramas donde se alojan los apátridas somalís tuviesen categoría de ciudad en Kenia sería la tercera más poblada del país.

    Dadaab se encalla en el vórtice de una llanura ardiente que no cede ni un palmo hasta las profundas entrañas de Somalia, donde el río Juba le corta el paso, y hacia Kenia hasta que otro río, el cremoso Tana, la delimita en Garisa, la ciudad borne donde termina la amabilidad de la naturaleza y del gobierno keniano. Es el último confín hasta donde se han embreado carreteras. Los cien kilómetros de Garisa a Dadaab son sólo una hendidura pisoteada y ligeramente molida. 

     

    Seis años sin agua. La sequía que sofoca al Cuerno de África (Somalia, Kenia, Etiopía, Yibuti y Eritrea), la peor en seis décadas, ha exprimido con especial crueldad este harapo de tierra fronteriza hasta la deshidratada asfixia. A veces la chicharrina era más liviana y las estaciones del año, invariables, sólo se catalogaban en época de lluvias o no lluvias. Ahora nadie se pone de acuerdo de si la última vez que el suelo se mojó con contundencia fue hace cuatro o seis años.

    Es por esto que las dimensiones de esta emergencia son tan mastodónticas. Sólo en el mes de agosto llegaron a Dadaab 40.000 somalís, Kenia multiplicó por diez ese mes el número de refugiados que España admite en un año entero (3.700). Y en septiembre, fueron casi 40.000 más. Por primera vez en 20 años, además de mujeres y niños llegan miles de hombres. Según explica William Spindler, portavoz de ACNUR, la última oleada está más motivada por la sequía y la hambruna que por la violencia endémica de Somalia. “Muchos de los que llegan ahora, hubiesen resistido esa precaria vida e inseguridad porque irse de casa siempre es la última opción, pero ahora muchos pastores y familias que viven de la agricultura no pueden aguantar más, no hay alimento, vienen desesperados”, argumenta.

    Ronco y exhausto, Mohamed Adbekarim, de 57 años, es uno de esos hombres  que huye para dar esquinazo al hambre. Lleva cansada hasta la ropa. La camisa está consumida, gastada por la fricción. Sus cuatro hijas y su mujer, Yadiya Mahadi de 37 años, llevan las ropitas que asoman bajo su khimar hechas jirones. Sus cabellos están lacados con arena y los rizos, petrificados. Las costuras de la ropa y los pliegos de sus pieles están subrayadas por el polvo. 

    Los pies los llevan tan enarenados que el contraste de color entre sus extremidades y sus rostros hace que parezcan que pertenecen a personas diferentes. Quizás ellos sienten sus piernas así de ajenas: han caminado durante 30 días desde un pueblacho llamado Belrajma que no aparece en los mapas, en el Bajo Juba.

    Es la polvareda acumulada tras un mes de caminata. Mohamed era, cuando había lluvia y su ganado seguía vivo, pastor nómada, de etnia bantú, conocía bien los caminos y decidió tomar un trecho más largo pero más seguro. 

    “Estamos bien, gracias a Dios. El viaje ha sido largo, las niñas al principio se quejaban mucho, ahora estoy preocupado: apenas hablan, tampoco juegan ni comen”, cuenta el padre ante la esposa, también de gesto inmutable.  

    Después de una pausa larga, el hombre señala unas ronchas rosáceas que salpican su brazo, tiene otras idénticas en torno al labio. “Tengo lepra”, dice. “Ahora sólo espero una vida mejor, empezar de cero”. 

    Esos deseos de una nueva vida, para Sabeedo, su hija menor, de cuatro años, comienza unos minutos más tarde. Sabeedo recibe junto a sus padres y  hermanas Obah, cinco años, Hailah, seis años, y Arissa, ocho, la pulsera amarilla que les identifica como refugiados, como recién llegados al campo. Mientras esperan al registro oficial, esa alhaja de plástico les permitirá obtener comida para dos semanas, ropa, agua, una tienda donde resguardarse y un reconocimiento médico ese mismo día que acaban de llegar.

    El portavoz del ACNUR hace hincapié en la generosidad del gobierno keniano. “Algunos periodistas dijeron que los refugiados esperan un mes para recibir ayuda. Es falso. Efectivamente que obtengan papeles con este estatus aún tarda 21 días, pero la ayuda se presta de forma inmediata desde el  instante en el que llegan. Se hace un registro preliminar en los centros de recepción. No hay demora en la asistencia médica ni en la entrega de alimentos”, explica. 

    Es cínico que se acuse de lentas las tareas de registro aquí cuando los gobiernos europeos rechazan casi por sistema a la mayoría de los solicitantes de asilo y refugio. Kenia, en cambio, les otorga ese estatus de forma automática desde que entran en su territorio. Spindler recuerda además que esta crisis era totalmente previsible. Todas las alertas tempranas sobre esta sequía, el aumento de precios del cereal y la hambruna estaban más que advertidas casi un año antes de que ocurriese. 

    Antes de esta catástrofe, no obstante, el gobierno de Nairobi era reticente a ampliar Dadaab, pero la urgencia de paliar la avalancha humana les ha obligado. Y aunque durante estas dos décadas la convivencia entre la comunidad que los acoge –muchos, kenianos de ascendencia somalí– ha sido en armonía con los desplazados, este año han brotado hostilidades. Kenia también sufre de forma severa la sequía y la falta de alimento. La disputa por los escasos recursos está en viva lid. 

     

    Primeras refriegas. Si bien Ifo, el primer campo que abrió en 1991 se asemeja un poco a una aldea: casetas con tejados y senderos que imitan a calles, el resto son con rigor campamentos de lonas y carpas. Pero más allá de estos últimos, en sus suburbios, se extiende una nueva realidad de asentamientos inmensos que parecen recreaciones del poblados neolíticos: humildísimas chabolas parcheadas por toldos del ACNUR, basuras y plásticos como un caparazón ahuevado, similares a los hogares ari de las tribus afares. Este extrarradio ha sido colonizado por aquellas familias que han llegado hace pocos días o meses, quedan a kilómetros de cualquier infraestructura y mucho más vulnerables a los ataques. Allí se asientan sin saber  de quién es esta tierra.

    Una tarde, en uno de estos confines de Dagahaley, una maraña de gente se arremolina en un claro entre las chabolas. Un joven con un tremebundo machete en la mano, tan grande como todo su brazo, y ataviado con un sanafil, una suerte de falda tradicional para cabreros nómadas cuenta que tienen conflictos con los refugiados. Están esquilmando los pocos arbustos que hay en esta zona de pastoreo. “Los somalís somos muy cabezotas, lo sé, no hay quien les haga entender que no se pueden quedar”, afirma. Aquel tumulto desencadenó en una gran pelea y hubo varios heridos. 

    Y es que la hambruna aprieta tanto a algunos kenianos que prefieren renunciar a todos los derechos que pudiesen tener a cambio de raciones de comida. Estos kenianos tratan hacerse pasar por desplazados somalís, aún a riesgo a quedar atrapados de por vida en ese limbo apátrida del campo de refugiados. Pero tienen muy complicado falsear su origen: el gobierno de Kenia vacunó hace décadas a todos sus niños, una muesca en el brazo los delata con mayor facilidad que su pasaporte.

     

    A este lado de la vida. Ahora muchos somalís también están siendo vacunados por primera y descubriendo qué es la atención sanitaria. Los hospitales y dispensarios de MSF (y otras organizaciones) ofrecen un servicio sin el cual la situación aquí sería insufrible. 

    La doctora Anne Laurent, de MSF Suiza, lleva una década trabajando en África y nunca había presenciado una hambruna de esta escala. Ni siquiera durante la segunda guerra civil de Liberia en el año 2000. “Allí donde estuve la desnutrición era crónica, pero aquí se ha disparado a unos niveles desconocidos. Habitualmente niños mayores de cinco años no suelen morir, aquí la protección se ha ampliado desde los cero hasta los diez años”, explica.

    Frente a la doctora, una pizarra blanca registra unas estadísticas muy feas sobre números de ingresos y muertes.  “Prácticamente, el 50% de la gente viene a morir al hospital, llegan en un estado muy crítico, trabajar aquí es muy duro. Pero también conseguimos recuperar a la mayoría de los niños y traerlos a este lado de la vida”. La tasa de mortalidad infantil diaria aquí es de 8 por cada 10.000, 360 fallecimientos cada día en el campo de refugiados. En este hospital de MSF en Dagahaley actualmente hay 110 camas. Tres hospitales y nueve dispensarios de salud atienden a medio millón de personas. 

    Las muertes en Dadaab se lloran muy discretamente, los enterramientos se ven en cualquier lugar, son pequeños montículos muy disimulados, circunspectos, que entre las chozas y caminos se recubren con abundantes ramas de espino –donde se encaraman, al tiempo, bolsas– . Única mortaja que protege así la memoria y el decoro de los fallecidos de las bestias carroñeras. La reserva de la muerte de los familiares puede ofrecer si el ACNUR o el WFP (World Food Program) no lo detectan que los supervivientes sigan recibiendo la misma porción de alimento que cuando eran uno más.

    “Trabajamos hasta el límite de la fatiga para combatir la desnutrición y las complicaciones derivadas de esta: diarreas, infecciones, neumonía y, ahora, el brote de sarampión”, explica la joven doctora. “También muchas familias en su periplo han sufrido quemaduras solares o heridas muy graves”, añade.

    En la unidad de alimentación intensiva –el lugar donde los niños recrecen hasta recuperar una sana lozanía–, Sukreia Hassan, de 28 años, sostiene a su hija de dos años, Habbiba Hassan que se revuelve con brío en la manta. “Hoy es un día feliz, muy feliz, mi hija ha vuelto a sonreír, hacía semanas que no reía; creo que todo irá bien”, dice aliviada la madre. 

    No obstante, tras el secuestro de las cooperantes españolas, MSF ha retirado a todo su personal internacional, 49 profesionales que se repliegan hasta Nairobi y cierran los dispensarios. Sólo el hospital de Dagahaley queda operativo. Más de 150.000 enfermos quedan huérfanos de médico. Sólo el personal somalí o keniano de MSF, unos 300 empleados, que ya están absolutamente desbordados despacha pacientes. Los únicos pagaderos de esta situación son los propios refugiados que insisten: “No somos ni piratas, ni terroristas, ni bandidos, somos buena gente. Sólo queremos vivir bien y en paz”.

    La ONU ha reducido sus actividades hasta mínimos de supervivencia. Continúan los repartos de comida, de tiendas y de agua, pero los centros de registro de nuevos refugiados han cerrado y desde entonces siguen llegando cada día mil desplazados. Mil más hoy, mil más mañana y otros mil, pasado mañana. 

    El censo se ha estancado oficialmente en 465.000 personas. Y servicios como las 19 escuelas de educación primaria o las seis de secundaria van a pasar estrecheces o cerrar,  atienden a casi 40.000 de los 154.000 niños que hay en edad escolar. Escuelas en las que Amina ha visto jugar a sus hijos postizos con la esperanza de que ellos sí tengan buenos recuerdos de su infancia. O en las que muchos ex niño soldado han tenido su primera experiencia con las aulas.

    Pero Sabeedo, ajena a todo esto, lo único que alcanzó a entender el día que se convirtió en refugiada es que le acababan de regalar una pulsera. Ni aunque hubiese sido de oro macizo, la niña se hubiese visto tan feliz.  La cara de las cuatro hijas de Mohamed Adbekarim, el pastor en paro por la sequía, cambió por completo, empezaron a revolotear excitadas y a hacer las monerías que uno espera de los niños. Como si les hubiesen dado una súbita inyección de energía. Más adelante, les entregaban ropas, leche y unas galletas para mantenerse en pie ese día.  

    Para muchos que llevan 20 años en estos campos esa pulsera es más un grillete que un abalorio. Les ata a una situación –que aunque debería ser temporal, transitoria– no les permite salir de esa cárcel grande. Para Sabeedo, hoy, es una joya.

    * Este reportaje no hubiese sido posible sin la colaboración y ayuda necesaria de Mohamed ‘el maestro’, traductor y sensible preguntador, y Abdi ‘el sonriente’, chófer por caminos inexistentes, insaciable mascador de "khat" y buen hombre.