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  • La pornografía en internet

    Carolina Lupo [Psicoped 98] Psicopedagoga y colaboradora del ICS / Ilustraciones Diego Fermín

    Más de quinientos millones de páginas web poseen contenido pornográfico. Su consumo mueve 2 500 millones de dólares anuales solo en los Estados Unidos, y se ha detectado que provoca estragos en millones de familias de todo el mundo.


    Desde hace pocos años han empezado a acudir a las consultas de psiquiatras y psicólogos pacientes (o algún familiar) con dificultades en el manejo de su sexualidad. Cada vez con mayor frecuencia, suelen relatar historias acerca de un aislamiento progresivo de su familia, en favor de una conexión exagerada a las nuevas tecnologías. Se asocia a ello un consumo de contenidos nocivos, con consecuencias graves en su estado psicopatológico, cercanas a las adicciones más clásicas y con repercusiones directas en la esencia misma de la persona, contra su vida conyugal y sus relaciones familiares.

    Quienes se dedican a la terapia conyugal y familiar saben que el matrimonio y la familia atraviesan un momento delicado: la gente se casa menos, se cohabita mucho más que hace unos años, las tasas de natalidad han descendido de forma drástica, el número de abortos no para de crecer y las cifras de separaciones y divorcios se han disparado. ¿Tiene algo que ver la informática en todo esto? ¿Puede estar influyendo un mal uso de las nuevas tecnologías? ¿Puede el consumo de pornografía por internet estar contribuyendo a esta debacle? 

    A nadie se le escapa que desde la aparición del primer ordenador, hace ya más de cincuenta años, la informática ha evolucionado a pasos agigantados. De las fichas perforadas se pasó a las enormes computadoras, y de estas a los ordenadores de sobremesa, para acabar imponiéndose los portátiles, las tabletas y los smartphones. En España, en 2012, el 7 por ciento de los hogares tenía un ordenador, y casi el 96 por ciento de la población, un teléfono móvil. 

    Pero no solo los instrumentos han avanzado, sino que el verdadero boom se ha producido con la irrupción de internet. Algunos datos lo demuestran: en España ocho de cada diez personas usan internet a diario, más de la mitad son internautas compradores, el 50 por ciento se conecta a diario a redes sociales de perfil personal más de una hora al día para ver fundamentalmente fotos, o para hablar con los amigos. El teléfono móvil se ha convertido sin darnos cuenta en lo que algunos llaman el nuevo PC: pocket computer.

    Esto no significa que uno deba mostrarse contrario a la evolución y la modernización. Es obvio que internet y las nuevas tecnologías nos facilitan la vida, pero también es posible verificar el impacto negativo que pueden causar en nuestra sociedad. Centremos la atención en el uso de la pornografía por internet y su repercusión en el matrimonio y la familia. Analicemos, en primer lugar, cuál es el contexto y el proceso que ha permitido llegar hasta la situación que hoy se nos presenta.

    Las cifras de la pornografía

     En la actualidad existen más de quinientos millones de páginas web de acceso a material pornográfico. Se calcula que en Estados Unidos unos tres millones de usuarios pagan, de media, sesenta dólares mensuales por la pornografía que consumen. Como resultado se estima que esta industria genera unos ingresos anuales de más de 2 500 millones de dólares solo en este país. 

    Pero lejos de pensar que el acceso a la pornografía está reservado a los adultos, existen estudios que revelan que el 34 por ciento de los jóvenes entre los diez y los diecisiete años afirma estar expuesto a contenido sexual online no deseado y el 75 por ciento de los sitios web que contienen material pornográfico exhiben anuncios visuales en sus páginas de acceso sin consultar antes la edad de quien visita el sitio web.

    El marketing pornográfico se diseña para introducir a los más jóvenes en el consumo de una pornografía cada vez más denigrante. Esto supone que los jóvenes, todavía con escasa formación, con una configuración de la personalidad aún en desarrollo y con una madurez insuficiente para procesar estas experiencias, vayan asimilando una concepción distorsionada acerca de la sexualidad. En estos contextos se les transmiten ideas tales como que el sexo y el afecto son realidades independientes, que el sexo se puede practicar a pesar de los sentimientos, que si no hay relaciones sexuales tampoco existe verdadera intimidad, que los hombres pueden poseer a cualquier mujer en el momento en que lo deseen, que las mujeres deben responder a las demandas de los hombres, o que la violencia sexista resulta normal y forma parte de toda fantasía sexual saludable. 

    Se sabe que cuanto más baja sea la edad de exposición y más extremo el material pornográfico, mayor será la intensidad de sus efectos. Diversos autores advierten de que nos encontramos ante una verdadera «epidemia», sin ser del todo conscientes de los riesgos y del grave peligro que supone para nuestros niños y jóvenes caer en estas prácticas tan destructivas. 

    Las consecuencias de estas acciones también afectan a la siguiente etapa del ciclo vital de la persona. Así, las interacciones iniciales entre hombres y mujeres nacen «viciadas», con una transformación de la persona amada desde un sujeto de amor hasta un objeto de placer. Las relaciones románticas de nuestros jóvenes se distorsionan y se deshumanizan. Se pierden el interés por el cortejo y el encanto de la seducción. Existe una erotización de la relación. La dinámica del conocimiento mutuo que conduce hacia el amor verdadero en el darse y recibirse con plenitud se transforma en un tener y en un usar, en relaciones posesivas y dependientes, en un consumir egoísta y desvinculado de todo afecto. 

    Si, como se ha observado en niños y adolescentes, el consumo de pornografía puede provocar una distorsión de los conceptos básicos de la sexualidad, en los adultos las consecuencias no son mejores. La alteración que puede producir el consumo de pornografía en la persona es todavía mayor en el seno del matrimonio y la familia.

    Las consecuencias de la pornografía por internet tienen que ver con lo que los expertos han denominado Triple A-Engine: accesibilidad, asequibilidad y anonimato, aunque recientemente hay quien ha postulado una cuarta a: la de la aceptabilidad. De este modo, la pornografía adquiere características potenciales únicas para el desarrollo de una adicción: la búsqueda de imágenes cada vez más explícitas; el fácil y cómodo acceso; el nulo o bajo costo —al menos al principio— con el que casi cualquier persona puede acceder; el anonimato; y una implícita aceptación social. 

    Por si estos ingredientes no fueran suficientes, recientes estudios, elaborados especialmente desde las neurociencias, han constatado que la pornografía puede ser altamente adictiva, ya que involucra los mismos patrones neurológicos que la dependencia a cualquier sustancia tóxica, y provoca en el cerebro del consumidor reacciones químicas —especialmente la secreción de dopamina— que inducen sensaciones placenteras. 

     

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