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  • Peter Jackson regresa a la Tierra Media

    Texto Alejandro Pardo [Com 89 PhD 96] es profesor titular de Cultura y Comunicación Audiovisual Fotografía © 2012 Warner Bros. Entertainment Inc. & Metro-Goldwyn-Mayer Pictures Inc.

    “Nunca voy a volver a filmar tres películas al mismo tiempo y jamás voy a volver a rodar una película tan exitosa como El Señor de los Anillos (ESDLA), así que tengo plena conciencia de que, haga lo que haga, estas tres obras van
    a quedar como el máximo logro de mi filmografía. Y no me quita el sueño”. Así se expresaba Peter Jackson poco después de concluir la primera saga del Anillo. Por fortuna, no cumplió su palabra: la atracción del Anillo, una vez más, se demostró irresistible. 


    A mediados de diciembre del año pasado, la primera entrega de El hobbit (Un viaje inesperado) llegaba casi de modo simultáneo a las pantallas de más de sesenta países. La nueva incursión del director neozelandés en la Tierra Media había generado grandes expectativas. El resultado, si bien no estuvo a la altura de su anterior aventura, no dejó de resultar sorprendente. En cuanto a la taquilla, cumplió sus objetivos y superó los mil millones de dólares en el mundo entero.

    Todo lo que tiene que ver con el Anillo parece requerir un esfuerzo sobrehumano y una férrea voluntad para superar innumerables escollos. Jackson ya lo había experimentado en la anterior trilogía, y lo volvió a experimentar en esta. Este artículo sobre el regreso de Peter Jackson a la Tierra Media se centra en el desarrollo y producción de esta nueva adaptación cinematográfica de la obra de Tolkien, hace balance de la primera entrega y apunta algunas pistas sobre la segunda (El hobbit: La desolación de Smaug).

    Historia de una ida y de una vuelta. El primer intento de Peter Jackson por llevar a la pantalla las aventuras de Bilbo Bolsón había tenido lugar a mediados de la década de 1990, cuando investigó quién poseía los derechos sobre las obras de Tolkien. Descubrió que la situación legal era más complicada de lo previsto. Mientras los derechos de ESDLA pertenecían a Saul Zaentz (productor de la versión animada de Ralph Bakshi), los de El hobbit habían sido cedidos por Zaentz a United Artists, asumida a su vez por la MGM. Fue este el motivo por el cual Jackson se decantó por ESDLA.

    Tras el éxito de la trilogía del Anillo, era cuestión de tiempo que se anunciara la adaptación del relato primigenio. Sin embargo, la agotadora experiencia de ESDLA había hecho mella en Jackson, que no estaba demasiado animado para dirigir la “precuela”. Era una mezcla de cansancio, hartura y del convencimiento de que con la primera trilogía había alcanzado unas cotas difícilmente superables: “Pensé que si me comprometía a dirigir El hobbit estaría pensando constantemente en lo que había logrado con ESDLA, como si tuviera que construir sobre eso o mejorarlo. Competir contra mis propias películas iba a ser una experiencia bastante frustrante”. No le faltaba razón. La adaptación cinematográfica de la obra magna de Tolkien había recaudado casi tres mil millones de dólares en el mundo entero y había acaparado multitud de premios (entre otros, diecisiete Oscars, once de ellos por El retorno del Rey, 2003). Jackson era consciente de haber alcanzado la cúspide y no era fácil repetir suerte. A esto se unía una relación agridulce con New Line, el miniestudio en otro tiempo independiente y asociado ahora a Warner Brothers, coproductores y distribuidores de la primera saga. En efecto, en marzo de 2005, saltó a la prensa la demanda interpuesta por Jackson contra New Line, reclamando una parte millonaria de los beneficios de La Comunidad del Anillo (2001) y criticando al estudio por su opacidad en las cuentas de resultados de explotación. La demanda provocó la ruptura de relaciones entre el miniestudio y el director neozelandés, que complicó la futura adaptación cinematográfica de El hobbit. Finalmente, ambas partes llegaron a una reconciliación que permitió relanzar el proyecto de El hobbit con Peter Jackson como productor y coguionista, pero no como director.

    Tras barajar varios nombres, se decantaron por el director mexicano Guillermo del Toro, que había dado muestras de su imaginación desbordante en películas como Hellboy (2004) y El laberinto del fauno (2006). Corría el año 2008 cuando Del Toro se unió a Peter Jackson, Fran Walsh y Phillipa Boyens en la tarea de adaptar el libro al guión y el diseño visual de la historia. Ya por entonces, Weta Workshop (la firma de efectos especiales creada por Jackson y Richard Taylor) llevaba tres años elaborando bocetos y diseños para este proyecto. La incorporación de Del Toro imprimió un nuevo rumbo y aceleró el ritmo. Sin embargo, los problemas financieros y legales que atravesaba MGM (propietaria de los derechos) se prolongaron, provocando una permanente incertidumbre. Tales circunstancias terminaron por minar la paciencia del director mexicano, que abandonó el proyecto a finales de mayo de 2010. La prensa fue rauda en proponer nombres de otros candidatos. Quizá por eso mismo, la productora salió al paso de las conjeturas y en octubre de ese año anunció –para gozo y tranquilidad de muchos fans– que el propio Jackson se encargaría de dirigir El hobbit. “Sencillamente regreso a la Tierra Media para contar una nueva historia”, apuntó entonces el director neozelandés.

    Con todo, el proyecto sufrió nuevos retrasos por causas varias. Para empezar, la amenaza de boicot promovida por los sindicatos de actores neozelandeses a raíz de disputas sobre las condiciones laborales, ante la que los productores contraatacaron con otra amenaza mayor: la posibilidad de que las películas se rodaran fuera de Nueva Zelanda. Dado el beneficioso impacto que para el país había tenido la producción de ESDLA, el gobierno neozelandés se apresuró a actuar de árbitro y consiguió apaciguar los ánimos, ante la presión de Warner Brothers. El rodaje se anunció para principios del 2011 y fue justo entonces cuando Peter Jackson tuvo que ser ingresado en el hospital debido a una úlcera de estómago, de la que le operaron. Por fin, el 21 de marzo de 2011, doce años después del comienzo del rodaje de ESDLA, volvía a escucharse de nuevo “¡acción!” en la Tierra Media. El rodaje se prolongó a lo largo de dieciocho meses, y el presupuesto (de las tres películas) superaba los quinientos millones de euros.

    ¿Un hobbit más oscuro en tres películas? Ya en su momento, el primer anuncio público sobre la producción de El hobbit incluyó una decisión desconcertante: la historia se dividiría en dos entregas. Dada la naturaleza infantil de este primer libro, más lineal y simple que ESDLA, muchos entendieron el verbo “dividir” como “estirar”. ¿Daba el relato de El hobbit para dos –y no digamos tres– películas?

    Para el equipo de guionistas –Jackson, Fran Walsh, Phillipa Boyens y el propio Del Toro– el reto era doble: por un lado, equilibrar el tono de El hobbit para hacerlo más acorde con el de ESDLA; por otro, integrar suficiente material adicional como para justificar una nueva trilogía. Refiriéndose al primero de estos aspectos, señala Jackson: “Durante mucho tiempo pensé en el El hobbit como en un libro infantil y en ESDLA como más adulto. La [anterior] trilogía se centra en un enfrentamiento dramático entre el bien y el mal, que se intensifica hasta una conclusión apocalíptica. El hobbit trata simplemente de un grupo de enanos que intentan reconquistar su patria; el destino del mundo no está en juego. Por eso, regresar a ese mundo para realizar una película destinada a un público más joven no era algo que realmente me apeteciera. Tenía que encontrar un camino, y el camino que descubrí pasaba por la personalidad de los enanos. Necesitábamos saber qué tipo de enanos eran, así que empezamos por establecer su linaje, antecedentes y posición social, desde los miembros de la familia real enana a los de la clase trabajadora”. A esto se añadió el recurso a personajes emblemáticos de la primera trilogía (Elrond, Galadriel, Saruman…) con vistas a reforzar también la unidad entre las dos historias.

    En cuanto al segundo aspecto, explica Jackson: “El hobbit es más episódico que la trilogía y no posee diferentes líneas argumentales que se puedan intercalar. Así que vamos más allá de las páginas de la novela y hemos tenido en cuenta los apéndices que Tolkien escribió para ESDLA, que explican los acontecimientos que ocurren antes y después de lo narrado en El hobbit. El uso de este material nos ha ayudado a insertar la historia en la mitología más amplia de Tolkien (…). En nuestra adaptación de El hobbit, hemos hecho algo que Tolkien no logró en el papel, y espero que esto resulte refrescante para la gente que no ha visto nunca toda la historia desarrollada en orden cronológico”. 

    En opinión de las guionistas, sea cual fuere la diferencia de tono, ambas historias poseen en su esencia una coherencia argumental y cosmogónica. Es Fran Walsh, por ejemplo, quien afirma: “Siempre hemos visto El hobbit como un novela de fantasía un poquito más positiva. Sin embargo, según se llega al final del libro se cae en la cuenta del modo en que Tolkien allana el camino para situarse donde comienza el épico viaje de ESDLA, lo que para nosotros es la transición natural hacia un tiempo más oscuro. El honor, el liderazgo y el poder, los grandes temas que prevalecen en ESDLA, despiertan en El hobbit”. Y Philippa Boyens, la más “tolkieniana” del equipo de guionistas, explica: “Existen conflictos, relaciones y hechos a los que se hace alusión indirectamente pero que no están explícitamente descritos en el libro, así que cuando Tolkien se sentó a escribir su continuación y terminó escribiendo ESDLA, se tomó un tiempo para releer los hechos que rodeaban a El hobbit porque tenía la sensación de que dentro de ese pequeño libro infantil se encontraba la semilla de un leyenda más grande”.

    Para lograr ambas cosas, Jackson, Walsh y Boyens acudieron a los apéndices contenidos al final de ESDLA. “Las referencias que tenemos del Concilio Blanco aparecen en las notas que Tolkien creó como parte del universo de la Tierra Media”, subraya Jackson. “Ellos son los verdaderos guardianes de la Tierra Media. Se creó para mantenerla vigilada de cualquier peligro. Si hablamos de material, para nosotros es una mina de oro porque nos permite incluir en las películas personajes que ya habíamos introducido y contar la fascinante historia de su presencia en Dol Guldur”.

    Una tierra media más idílica. Jackson y su equipo querían transmitir una sensación de armonía visual con la anterior trilogía, con una importante diferencia: “Una década después, gran parte de la imaginería de la Tierra Media se ha vuelto muy representativa”, comenta, “pero para El hobbit era importante crear la sensación de que se trata de una época más idílica. La oscuridad que descenderá sobre este mundo se está gestando pero todavía no se ha expandido, y queríamos reflejar esa idea visualmente con un tono más ligero y que recordase más a un cuento en cuanto a diseño y fotografía”.

    Con el arte conceptual de Alan Lee y John Howe como guía, Dan Hennah diseñó los escenarios teniendo en mente las exigencias de Jackson respecto al realismo y exquisitez de detalles. “Esta película es una road movie”, explica. “Al viajar por ese camino, Bilbo y los enanos van descubriendo una gran variedad de culturas muy diferentes entre sí. Hemos intentado reflejar la naturaleza épica del viaje sin dejar de ser fieles a nuestra visión global del mundo de Tolkien. En esencia, es la misma geografía de la Tierra Media que establecimos en ESDLA, pero mientras en aquellas películas fuimos hacia el Sur, esta vez vamos hacia el Este. De manera que, en términos de nuestro mundo, la inspiración para estas localizaciones orientales fueron Noruega, Rusia e incluso algunas influencias asiáticas, aunque siempre se trata de una insinuación más que de algo específico”.

    Nuevos temas para una gran sinfonía. Impregnada de los memorables tonos de la gran ópera sinfónica anterior, la evocadora banda sonora de El hobbit expande musicalmente el universo de Tolkien. “Llevaba bastante tiempo deseando volver al imaginativo mundo de la Tierra Media”, confiesa el compositor Howard Shore. Y añade: “Creo que elegir la paleta musical es muy parecido a elegir al reparto. Es importante encajar el sonido de la música con la esencia de los personajes, así como con la historia”. En efecto, la música de El hobbit nunca llega a ser tan lírica como lo es en la Comarca, para la que el compositor utilizó instrumentos folclóricos, como la flauta irlandesa y el dulcémele. El tema del hogar acompaña a Bilbo durante la aventura, pero evoluciona con el personaje a medida que este va cambiando. Con la aparición de Gandalf, la música introduce la llamada a la aventura y presagia los cambios que se producirán en la vida de Bilbo. Shore también creó un tema principal para los enanos, una melodía enérgica y melancólica a la vez, con un corno francés como marca musical de Thorin, que recuerda a Erebor, su patria perdida. Al volver a Rivendel, resuena el tema de Galadriel, iluminado con un coro femenino y un conjunto armónico de cuerda. La música evoca los sucesos de mal augurio de Dol Guldur, en la reunión del majestuoso Concilio Blanco. A medida que el viaje prosigue, los ritmos de percusión marcan las cuevas de los trasgos y por debajo de ellos resuena el mísero tema de Gollum. No faltan varias canciones, en especial la “Canción de la Montaña Solitaria” en los créditos finales, interpretada por el neozelandés Neil Finn (líder de The Crowded House).

    Un estreno esperado y un contraste de opiniones. El 14 de diciembre de 2012 El hobbit: un viaje inesperado invadió las pantallas del mundo entero. Por unos días, el planeta Tierra se transformó en la Tierra Media. El primer termómetro –la taquilla– se mantuvo dentro de las expectativas. Ese primer fin de semana recaudó 84,6 millones de dólares Estados Unidos y Canadá, estableciendo un nuevo récord de apertura en diciembre (cerca del 60 por ciento del total de taquilla). De igual modo, en España superó los seis millones de euros de ingresos en sus tres primeros días en cartel (también el 60 por ciento del total de taquilla). A escala mundial, alcanzó los 1.017 millones de dólares en el mundo entero (en España, los 22,6 millones de euros), muy por encima de La Comunidad del Anillo (869,3 millones) y de Las dos torres (923,3 millones), y casi tanto como El retorno del rey (1.119,1 millones).

    Las críticas, valoraciones e impresiones corrieron como la pólvora a través de Internet. Pronto se vio que existía unanimidad en un punto: la nueva incursión de Peter Jackson en la historia del Anillo no parecía estar a la altura de su anterior aventura. A partir de ahí, existía una amplia diferencia de opiniones sobre el grado de conformidad o disconformidad, de entusiasmo o de rechazo. 

    De igual modo, las opiniones de la crítica y del público comenzaron a distanciarse. La mayoría de críticos incidían en los puntos negativos, pero el público parecía sumarse casi de modo incondicional a la valoración positiva. Es bastante reveladora a este respecto la comparativa entre crítica y público ofrecida por la conocida web Rotten Tomatoes, referida al caso norteamericano. Los críticos puntuaron la película con un 6,5 sobre 10, mientras que el público le otorgaba un 4,1 sobre 5. En el caso de la web de fans The OneRing.net, también la valoración media alcanzaba los 4,5 sobre 5. De igual modo, las críticas de fans españoles recogidas en Elfenomeno.com son mayoritariamente laudatorias. Finalmente, en Internet Movie Data Base (Imdb) figura con una puntuación de 8,1 sobre 10.

    Luces y sombras de una adaptación. La adaptación de El hobbit que ofrece Peter Jackson arroja, por supuesto, luces y sombras. A este respecto, conviene tener en cuenta que El hobbit se estrenó en un contexto diferente al de ESDLA, marcado por la combinación de dos aspectos psicológicos en el espectador. En primer lugar, la ausencia del “factor sorpresa”, que puede provocar un cierta sensación de déjà vu. Si el público descubrió un nuevo y espectacular modo de hacer cine en la primera saga del Anillo, era muy difícil volver a sorprenderlo con una historia y una puesta en escena cien por cien novedosa. En segundo lugar, y en relación con lo anterior, todo el mundo había ido a ver El hobbit con unas expectativas excepcionalmente altas, dada la buena acogida de anterior trilogía del Anillo. Sin embargo, y como ha quedado subrayado anteriormente, las aventuras de Bilbo Bolsón camino de la Montaña Solitaria no pueden compararse en escala épica con la misión de Frodo y su viaje al Monte del Destino.

    Desde mi punto de vista, debe reconocerse el esfuerzo de Jackson y sus colaboradores por intentar una adaptación que conjugara el respeto por la obra original con la necesidad de establecer un nexo de continuidad con la anterior trilogía del Anillo. Tal y como se ha comentado más arriba, Jackson, Walsh y Boyens quisieron “reescribir” El hobbit para hacerlo más acorde con ESDLA. Ciertamente, la obra original, con su estilo de cuento infantil, tiene su encanto; sin embargo, no posee los suficientes ingredientes como para transformarse en relato épico similar a la gesta de Frodo. Dicho en otros términos, El hobbit literario posee algunos “defectos” que Peter Jackson y su equipo de colaboradores han intentado subsanar. Y en ese empeño, no han hecho más que llevar a cabo algo que al propio Tolkien le hubiera gustado hacer. En efecto, en una carta a un crítico literario, el escritor británico se expresaba en estos términos: “Cuando publiqué El hobbit –apresuradamente y sin la debida consideración– estaba todavía bajo la influencia de la convención de que los cuentos de hadas estaban naturalmente dirigidos a los niños (…). [Esto] tuvo algunos efectos desafortunados sobre el modo de expresión y el método narrativo que, si no me hubiera apresurado, habría corregido (…). El hobbit comienza de un modo que podría llamarse ‘caprichoso’ y avanza de manera gradual a un tono más serio y significativo, más coherente e histórico. Pero, de cualquier modo, lamento gran parte de la obra…”.

    La mayoría de las decisiones sobre el tono de la adaptación cinematográfica –al menos los que se aprecian en esta primera parte– son un acierto. En la estructura del relato, Jackson y las guionistas han intentado reproducir las líneas maestras de ESDLA: un grandioso prólogo que sitúa bien al espectador en los límites espaciales e históricos de esta época de la Tierra Media; un héroe forzoso que se embarca en una aventura; la formación de una compañía singular; un futuro rey destinado a recuperar su reino; un poder oscuro con forma de dragón y de nigromante… 

    La historia se centra en Bilbo como el ser ordinario llamado a la aventura, pero el componente épico pivota sobre la personalidad y misión de Thorin Escudo de Roble (recuperar su hogar). Tanto Martin Freeman (Bilbo) como Richard Armitage (Thorin) encarnan a sus personajes con gran naturalidad: Bilbo, vacilante y torpe, descubre en su interior una valentía que el mismo ignoraba; Thorin posee una mirada noble y orgullosa, propia de un rey guerrero. La trama mantiene el tono jocoso de la obra literaria –asociado al carácter de los enanos–, aunque se combina con momentos de mayor dramatismo, como el enfrentamiento final entre Azog y Thorin.

    ¿Cuáles son los puntos más criticables? Como muchos han puesto de manifiesto, la historia de El hobbit difícilmente puede desglosarse en tres películas sin sufrir la sensación de un forzoso y artificial estiramiento. Se entiende que en este punto hayan prevalecido los criterios económicos y comerciales sobre los estrictamente cinematográficos. Difícilmente se puede acometer una inversión de esta naturaleza (540 millones de euros) sin la oportunidad de recuperar los costes a lo largo de tres entregas. La clave aquí está en cómo lograr el equilibrio. Es loable la inclusión de tramas extraídas de los apéndices –como el Concilio Blanco o El Bosque Verde–, pero las piezas no acaban de encajar bien, ni están a la altura de secuencias paralelas del ESDLA, como el Concilio de Elrond o Fangorn. Lo mismo sucede con el ataque de los huargos (menos logrado que el de Las dos Torres) o la huida de la Ciudad de los Trasgos (muy por debajo de la secuencia de Moria en La Comunidad del Anillo). 

    De igual modo, la singularización de las personalidades de los trece enanos –a semejanza de la Compañía del Anillo– es un punto a favor, aunque en esta primera entrega no acaba de funcionar (apenas intervienen la mitad de ellos). En resumen, y como ponía de manifiesto un crítico norteamericano parafraseando a Bilbo Bolsón, la adaptación cinematográfica de El hobbit puede dar la sensación de “poca mantequilla para demasiado pan”.

    En espera de la segunda parte. Quizá haya que ponderar o acentuar algunos de estos comentarios a raíz del estreno de las dos siguientes partes. De momento, a mediados de diciembre llegará El hobbit: la desolación de Smaug, precedida de una gran expectación. Como ya hizo en la anterior trilogía, Jackson y su equipo han estado rodando abundantes tomas extras (pick-ups) para mejorar el resultado. En esta continuación, el personaje del dragón cobra especial protagonismo y junto a él desfilan nuevos personajes –el rey elfo Thranduil (Lee Pace), Beorn, el hombre-oso (Mikael Persbrandt), Bardo, el arquero de la Ciudad del Lago (Luke Evans)–. También reaparece Legolas (Orlando Bloom) –en el papel estelar–acompañado de la elfa Tauriel (Evangeline Lilly), único personaje femenino de carácter guerrero (al estilo de Éowyn o de Arwen del Vado de Bruinen) y excusa para otra trama romántica (a falta de Aragorn).

    Narrativamente, La desolación de Smaug cubre la parte central del libro y contiene el principal clímax (la recuperación del tesoro y la muerte del dragón), dejando el camino expedito para un épico desenlace (la batalla de los Cinco Ejércitos), esencia de la tercera y última película (El hobbit: partida y regreso). Sin embargo, como ocurriera en el caso de Las dos torres, Jackson sabe que se enfrenta al difícil reto de “la película de en medio”, aquella que no tiene propiamente ni comienzo ni final, y que sin embargo debe funcionar como una historia autónoma. Eso sí, la espectacularidad está asegurada, tal y como se aprecia en los tráilers y videoblogs difundidos hasta la fecha.

    Por lo demás, también la banda sonora va a ser una clara novedad: “La banda sonora de la primera película –explica Jackson– utilizaba adrede muchos temas de ESDLA, porque quería crear una gran unidad entre las dos trilogías en lo que se refiere a diseño artístico, historia y música. En esta segunda parte, en cambio, casi todos los temas son originales: Beorn, el Bosque Negro, el Bosque Elfo, La Ciudad del Lago, Bardo y el dragón… Howard Shore ha aprovechado esta oportunidad de componer nuevos temas y el resultado es extraordinario”.

    La trilogía de El hobbit llega a su meridiano. En breve comprobaremos si eleva la calidad media del conjunto. Entre tanto, sigamos pendientes de las aventuras del hobbit saqueador y sus trece compañeros, camino de la Montaña Solitaria. 

    Alejandro Pardo es profesor titular de Cultura y Comunicación Audiovisual de la Universidad de Navarra

    alexpardo@unav.es