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  • Paul Steiger: «El ser humano está hecho para contar historias»

    Texto Álvaro Pérez Arieta [Com 03], periodista / Fotografía Manuel Castells [Com 87] y Álvaro García Fuentes

    Paul Steiger dirigió de The Wall Street Journal entre 1991 y 2007. En esa época, el diario consiguió dieciséis de los treinta premios Pulitzer que ha ganado en toda su historia. Recientemente visitó Madrid con motivo de la cuarta edición de «Conversaciones», un foro de reflexión sobre la profesión periodística.


    «Mi mujer dice que hablo mucho y muy despacio», cuenta Paul Steiger. «Y lo mejor es que tiene razón». Steiger también se mueve despacio. Como un teléfono con la batería en bajo consumo para concentrarse en lo importante. Lento pero activo. A los 65 años, y tras dirigir The Wall Street Journal (WST) durante diecisiete, otros se hubieran ido a jugar al golf a Palm Beach. Pero Paul Steiger no. En 2007, al dejar el Journal recogió el guante que le había tendido el matrimonio Sandler —propietarios del periódico— y con su ayuda fundó ProPublica, una agencia de noticias sin ánimo de lucro especializada en reportajes de investigación, que es ya una referencia en el mundo periodístico. Esta energía y su pasión por el periodismo como servicio a la sociedad las emplea tanto para cautivar a un auditorio de más de cuatrocientos periodistas en Madrid como para entusiasmar en Pamplona a doscientos estudiantes de Periodismo y Comunicación de la Universidad de Navarra. Una pasión a la que añade la misión de publicar informaciones veraces y que es tan importante «como la del cirujano que salva vidas, el predicador capaz de dar paz a sus feligreses en momentos de pánico o el granjero que saborea la recogida de una cosecha antes de la tormenta». 

    Steiger voló desde Nueva York y, a pesar del jet lag y con una única hora de sueño, aprovechó su primer día en Madrid para atender a uno de los principales medios españoles. De nuevo surge el asunto de su proverbial calma, pero él quita hierro al asunto, se ríe y cuenta que gracias a ella puede viajar y descansar al mismo tiempo. «Recuerdo una ocasión en la que, siendo director del Journal, tuve que realizar un viaje relámpago a Japón para una reunión. Aproveché los vuelos para intentar dormitar un rato, y a mi vuelta a Nueva York, me fui directo a una cena de negocios».

    Steiger no dramatiza. Ni siquiera cuando habla del «viaje» más largo. Su jubilación: «La verdad es que me moví de una esquina a otra. Del despacho del director, a otro más pequeño. Yo dije que con tener un sitio en la redacción estaba más que contento. Pero ellos insistieron y, al día siguiente, llegué y mi asistente me había movido las cosas de un despacho a otro. Viéndolo con perspectiva, crucé una línea muy importante en la vida de una persona. Pero, en términos emocionales, estaba tan implicado en el lanzamiento de ProPublica, que se me hizo sencillo». 

    Los últimos años de su carrera son los más reconocidos. ¿Cómo fueron los inicios? ¿Qué aprendió entonces y de qué le ha servido después de ese aprendizaje? 
    Siempre me había gustado escribir. Cuando me gradué en la universidad me di cuenta de que había vivido toda mi vida en Nueva York, Connecticut y Nueva Jersey. Realicé un viaje por los Estados Unidos y decidí que San Francisco era el sitio donde quería comenzar. Era a mediados de los sesenta. Escribí a la oficina de The Wall Street Journal en San Francisco. Me pidieron alguna muestra de lo que había escrito en el periódico de la universidad, durante mis veranos de estudiante... Y me contrataron. Fue una gran experiencia de aprendizaje. Tardé casi un año en descubrir lo que necesitaba una historia para aparecer en la portada del periódico. Aprendí también que había dos tipos de historias: las de portada, en las que podías escribir de lo que te diera la gana con tal de que les interesara a los que se encargaban en Nueva York de ella. Y el resto, las noticias de negocios, que no eran muy creativas ni precisaban aparentemente del trabajo de un periodista. Era información muy corporativa, pero según avanzó el tiempo descubrí que esas noticias económicas y empresariales tenían interés y drama, y requerían cierto reporterismo, porque las fuentes no te contaban toda la información. Y como era el más joven de la redacción, mis compañeros me dejaban centrarme en ellas porque estaban preocupados con las noticias de portada. Por eso aprendí mucho en aquellos años en San Francisco.

    ¿Cómo ve el futuro del periodismo? 
    Estamos en una época de cambio y en un cambio de época. A mí siempre me ha parecido que es mejor mirar hacia adelante que quedarse con la vista atrás. Lo que siempre me digo a mí mismo y a mis colegas es que la única constante, lo único que no cambia, es el cambio; que además es muy rápido. El hecho humano de contarnos historias —y de reunir información— permanecerá; pero la forma en que hasta hace poco hemos hecho periodismo, la producción y distribución de noticias en formato impreso va a desaparecer dentro de un tiempo relativamente corto. Me sorprendería si dentro de diez años encontráramos impreso algo más que la edición dominical de The New York Times.

    Ante este panorama, ¿qué oportunidades se les abren a los medios? 
    Las organizaciones informativas tradicionales sobrevivirán como marcas, pero el periódico como soporte no. La tecnología es tan profundamente superior… Hoy encuentras enchufes y conexión en todos lados, excepto en Central Park. No sé cuánto tardará en desaparecer el periódico como lo conocemos hoy pero, mientras hablamos, la circulación de los periódicos se está desplomando. Y con la caída de circulación caen las economías de escala y se disparan los costes de producción y distribución. Es una espiral negativa, un círculo vicioso. Algunos medios dejarán de imprimirse a diario, o incluso en su edición dominical. Pero, por otro lado, si los diarios pueden cobrar a sus lectores en internet, podrán generar dinero suficiente para mantener sus redacciones. Dependerá de cuál sea la demanda que tengan por sus contenidos. Sin apoyo de donantes o instituciones que los respalden, los medios dependerán de la propuesta de valor que tengan para sus lectores.

    ¿Puede ser el periodismo de investigación una solución a este problema?
    Es difícil porque el coste del periodismo de investigación es muy alto. Quizás puedes partir las historias para ofrecerlas en varias. Pero es que el coste de un reportaje de investigación puede rondar los doscientos cincuenta mil dólares, y una colaboración para, digamos, The New Yorker o Vanity Fair estará en torno a veinticinco mil o treinta mil dólares. La diferencia es insalvable. En todo caso, creo que la función vigilante de la prensa es un principio necesario para las sociedades democráticas. La gente necesita buena información para que su sociedad funcione correctamente. Es así de simple. El periodismo de investigación tiene un papel fundamental en esto. 

    ¿Hasta qué punto van a ser importantes en el mercado informativo esos respaldos y donaciones? 
    Las donaciones están en el adn de la cultura americana. Tenemos deducciones fiscales y, cuando alguien da dinero para una causa, tú también quieres aportar. En ProPublica tuvimos la suerte de comenzar esta iniciativa con la donación hecha por un matrimonio millonario. Pero éramos una de las donaciones menos cuantiosas de todas las que hacen. Comenzaron dándonos diez millones para iniciar el proyecto, y ahora nos dan dos y medio al año. Sin embargo, en un país que carece de esa cultura quizá se puede comenzar con muchos inversores pequeños. En ProPublica tenemos más de tres mil pequeños donantes. Te voy a contar una historia. Nuestro jefe de captación de fondos encontró a una pareja de donantes. Él era el gestor de un fondo de inversión tipo hedge fund y ella una antigua periodista. Nuestro vicepresidente de captación de fondos me dijo «¿Por qué no llamas a esta señora?». Así que le llamé y le conté lo que estábamos haciendo en ProPublica. Fue una buena gestión y nos dieron el primer año unos veinticinco mil dólares. Al año siguiente la donación fue de cincuenta mil dólares y se mantuvieron en ese nivel durante un tiempo. Después aportaron setenta y cinco mil dólares. El año pasado ella envió una nota que decía «Contadme, por favor, lo que estáis haciendo». Yo pensé: «Dios mío, está enfadada, no nos va a dar ni un dólar». Efectivamente, el 31 de diciembre no había llegado nada. Pero el 15 de enero llegó un cheque de ciento diez mil dólares. Parece ser que su marido había prestado más atención a lo que hacíamos y le había gustado, así que decidió donar más dinero para que pudiéramos seguir con nuestros proyectos. Se trata de una persona que ha donado veinte millones de dólares a su universidad. Para nosotros ese dinero es un grandísimo regalo. Es este tipo de cultura de la donación lo que permite que un proyecto como ProPublica florezca.

    ¿Cuál es la esencia del periodismo?, ¿qué es lo que no cambia en este entorno de cambio? 
    La esencia de contar historias permanece. Esto es recoger la información, comunicarla a la gente —que en ocasiones interactúa— para entretenerles o mejorar sus vidas. Una de las grandes diferencias que tenemos con respecto a los animales es la capacidad de contar historias. Esto nos ha permitido evolucionar, ya que compartimos las experiencias. Es parte de nuestra genética. El ser humano está hecho para contar historias y para escucharlas.

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