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  • El papel de la mujer en la sociedad democrática

    Mercedes Montero. Profesora Titular. Facultad de Comunicación. Universidad de Navarra

    Edición crítica de Conversaciones con monseñor Escrivá de Balaguer


    Uno de los temas que plantea el libro conversaciones con monseñor escrivá de balaguer es el de la mujer, tratado también en la entrevista de Telva y en la homilía “Amar al mundo apasionadamente”. Alrededor de 2005 el Instituto Histórico me animó a escribir un libro sobre el contexto histórico del punto 946 de “Camino”, el de la frase “ellas basta que sean discretas”. Ahí me metí por primera vez en el ‘tema de la mujer’ y debo afirmar que a pesar de todos mis prejuicios anteriores (basados en buena medida en la ignorancia) descubrí que me encontraba ante un gran tema de investigación, un tema enorme. El libro se llamó “La conquista del espacio público. Mujeres españolas en la Universidad, 1910-1936” y se publicó en 2009. Escribí después dos artículos en la revista Studia et Documenta; uno de ellos sobre la primera residencia universitaria de mujeres del Opus Dei, en la calle Zurbarán de Madrid; y  un segundo acerca del ya comentado punto 946 de “Camino”. Todo este trabajo me ha permitido documentarme sobre la actitud de san Josemaría respecto a las mujeres.

     El fundador del Opus Dei nació en 1902 y era hijo de su tiempo. A principios del siglo xx la realidad de la mujer española resultaba bastante penosa. La pedagoga Concepción Sáiz Otero la definió como “un ser pasivo, destinado (fuera de la función de la maternidad, siempre augusta) a convertirse en peso muerto de la sociedad”, puesto que “la cultura general femenina, en las clases medias y altas, apenas podía representarse matemáticamente por algunas décimas sobre cero (leer, escribir, recitar el Catecismo y… sumar, no muy expeditivamente), y las de las clases bajas estaba tan bajo cero, que casi no existía”. Carmen Baroja, de familia alto-burguesa, hermana del famoso novelista, escribió con desaliento en sus apuntes autobiográficos que durante toda la vida tuvo siempre la obsesión de su inutilidad y que el tiempo se pasaba sin hacer nada de provecho.

    Manuel Bartolomé Cossío, ilustre miembro de la Institución Libre de Enseñanza, sentía notable malestar ante el acceso de la mujer a la docencia superior. Según su parecer, las mujeres podían sustituir a los hombres –como profesores– en las Escuelas Normales de chicas, pero no se les debía permitir la enseñanza en los mismos centros dedicados a varones, porque su relativa inferioridad les impedía esa participación. Cuando la escritora Emilia Pardo Bazán fue nombrada catedrática de la Universidad de Madrid por Alfonso XIII (1916), Cossío se dirigió a la escritora para decirle: “Yo creo que, en usted, es mal gusto ir a la Universidad”.

    Hacia mediados de los años treinta, José Ortega y Gasset describió a la mujer como un ser de cabeza confusa y como una forma de humanismo inferior a la varonil. Igualmente, en la primera década del siglo xx había lamentado la educación “racionalista” que recibían las mujeres norteamericanas en los colleges. Por otra parte, y según su propia hija, Ortega sentía “cierta desazón” ante el ingreso de las mujeres en el mundo profesional. En la España de principios del siglo xx el nivel de analfabetismo femenino era del 71, 4 por ciento. Cuando se proclamó la República, la cifra estaba en un 47 por ciento,  y en la universidad solo había un 6 por ciento matrículas femeninas. En este contexto era conforme a las ideas de su tiempo que san Josemaría no pensara en las mujeres cuando Dios le hizo ver la Obra el 2 de octubre de 1928. Y tuvo que repetirle el mensaje el 14 de febrero de 1930.

     

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