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  • Nuria Chinchilla. En busca del tiempo perdido

    Texto Nacho Uría [Der 95 PhD His 04] Fotografía Manuel Castells [Com 87]

    Nuria Chinchilla (Barcelona, 1960) dirige el International Center for Work and Family del IESE Business School, donde es profesora e investigadora. Referencia mundial en liderazgo femenino y conciliación, la Universidad de Stanford imparte un caso práctico en su escuela de negocios titulado “Nuria Chinchilla: The Power to Change Workplaces”. 


    El horario español causa perplejidad. Nuestras jornadas laborales son las más largas de Europa, pero tenemos una productividad muy baja. ¿Tiene solución este caos vital? 

    Desde hace siete décadas empleamos dos horas para comer y cenamos a las nueve de la noche. Dormimos poco y madrugamos como el resto de Europa. Tenemos menos tiempo libre y nuestros hijos apenas nos ven. Todos estamos de acuerdo en que es un desastre, pero lo aceptamos como si fuera una maldición. Sin embargo, tiene arreglo, solo hace falta querer cambiar las cosas.

    El debate sobre los horarios llegó hace unas semanas a las Cortes. ¿Es un asunto tan importante como se dice?

    Ahora mismo estamos en plena ola política y mediática sobre la racionalización de los horarios. En junio de 2013 tres partidos –PSOE, PP y CiU– solicitaron la creación de un grupo de trabajo –una subcomisión, en el argot parlamentario– para estudiar cómo equiparar nuestros horarios a los del resto de Europa. Una persona clave en este proceso es la presidenta de la Comisión de Igualdad, la diputada Carmen Quintanilla. En octubre de 2013 se aprobaron las conclusiones y se redactó un informe, que pasó al Senado y al Ejecutivo. Es una reforma muy importante porque nuestro horario afecta negativamente a nuestra vida y a nuestra competitividad. El interés que ha despertado este trámite parlamentario lo confirma, y la noticia la han recogido incluso medios internacionales como Fortune, The Guardian, The Washington Post o CNN. Ellos saben qué horarios tenemos y los consideran una anomalía. Pintoresca si vienen como turistas, pero terrible para vivir el día a día.

    Pero hablar hoy de conciliación es utópico. Hay poco trabajo y las empresas huyen de los experimentos sociales.

    Precisamente la crisis es una oportunidad para cambiar las cosas. Estamos inmersos en problemas de todo tipo y necesitamos algo nuevo e ¡ilusionante! La economía española va mal, así que es el momento de proponer alternativas que, si además no cuestan dinero, mejoren el panorama social. Por ejemplo, la flexibilización de horarios. Esa simple medida ayudaría mucho a la conciliación personal, familiar y laboral. No es una quimera. Es posible y es buena para los trabajadores, para las empresas y para las familias, en especial para los hijos. Al contrario de lo que se piensa, trabajar no es igual que «estar en el trabajo». Trabajar bien supone obtener unos resultados, y ese es el cambio de paradigma necesario en la empresa de hoy. Algunas ya lo hacen y gracias a ese cambio de mentalidad están en el siglo XXI del estilo directivo y del verdadero concepto de trabajo. Otras siguen en el siglo XIX, cuando había máquinas y tenías que estar delante de ellas porque, si no, no funcionaban. Ahora no, ahora hay que ir a la dirección por objetivos y por resultados. Ese es el gran tema pendiente.

    Si es bueno para los trabajadores, ¿por qué los sindicatos no lo apoyan?

    Eso me gustaría saber a mí. Yo pertenezco a la junta directiva de la Asociación para la Racionalización de los Horarios Españoles (ARHOE), que preside Ignacio Buqueras desde 2006. Nos hemos entrevistado con UGT y CC OO. De entrada, nuestro planteamiento de flexibilización horaria les parece perfecto porque mejora las condiciones de vida del trabajador, pero sus prioridades son otras. Algunas bien importantes, como la mortalidad laboral, pero otras son políticas. No olvide que son sindicatos de clase y tienen sus compromisos. En síntesis: no se lo toman en serio, y en las negociaciones de los convenios colectivos ceden en los asuntos de horario por otras ventajas que quizá son más tangibles pero menos importantes.

    ¿Con los políticos ha habido más suerte?

    En primer término, se quedan parados y te miran mientras piensan en el número de votos que pueden perder o ganar. Si atisban la posibilidad de ganar votos, entonces te escuchan. El proceso con los políticos ha sido lento, pero ha terminado dando frutos. Si en esta ocasión no conseguimos que cambien las cosas, será difícil que tengamos otra oportunidad. Muchas personas llevan mucho tiempo trabajando para explicar a la sociedad que es posible trabajar menos horas y rendir más. Que es posible tener una vida personal y familiar más satisfactoria. Algunos países, como los nórdicos, demuestran que es cierto: podemos vivir mejor.

    Sin embargo, en la reciente reforma laboral no hay medidas significativas sobre conciliación…

    Hay algunas mejoras, pequeñas la verdad, en temas como los permisos de lactancia o la reducción de jornada. Sin embargo, las urgencias son otras y en 2012 la conciliación era –como lo es hoy– un asunto muy importante, pero no prioritario. En 2013, el Gobierno lo está estudiando. Yo soy optimista.

    ¿Qué problemas estructurales habría que solucionar?

    Hay problemas estructurales y culturales. Hay empresas que están cerradas de dos a cuatro de la tarde. O de dos a cinco. Quizá no estén físicamente cerradas, pero no está el jefe, que está comiendo fuera. Él espera que sus empleados estén cuando llega y que sigan hasta las ocho de la tarde. «De la tarde» en España, porque en muchos lugares ya es «noche». Los que no han vivido fuera o no han trabajado en otros países no saben lo que se están perdiendo. Tenemos costes reales en salud, en fracaso escolar, en «suicidio» demográfico (no hay ni tiempo ni energía para tener niños, y menos para educarlos). Todo esto es gravísimo para el país, pero muchas personas no son conscientes de ello porque «toda la vida lo hemos hecho así».

    ¿Realmente se ha hecho siempre así?

    No. Aún viven personas que recuerdan comer a la una. Hay agricultores que lo hacían «a mediodía», a las doce. Ahora el mediodía son las dos de la tarde. ¿Eso es el mediodía? Claramente, no. A esto se unió en 1941 el cambio de meridiano. Hasta entonces España compartía horario con Portugal y Reino Unido, pero durante la Segunda Guerra Mundial pasamos a tener la hora de Alemania e Italia, que eran los referentes de la Dictadura. El pluriempleo terminó de estropear las cosas, ya que se salía a las tres de la tarde de un trabajo y se entraba a las cuatro en otro. De ahí que los españoles comamos entre dos y cuatro. Entonces la mujer no estaba incorporada al mercado de trabajo, y las madres permanecían en el hogar para cuidar a los niños. Hoy trabajan fuera de casa unos ocho millones de mujeres, el doble que hace tres décadas, y no es justo que una medida arbitraria como fue cambiar de hora penalice a las familias, sí, pero sobre todo a las mujeres.

    Es decir, llevamos casi un siglo de retraso con respecto a Europa.

    ¡Setenta y tres años de retraso! Aún hay muchos españoles que no son conscientes del jet lag constante que sufrimos y de los costes asociados de no cambiarlo, pero parece que ha llegado el momento oportuno. Todo tiene su tiempo. ¿Alguien creía posible que en España –¡en España!– no se iba a poder fumar en los bares? Nadie. Hoy no solo la hostelería tiene un aire limpio, sino que las escuelas, los hospitales, los medios de transporte… Se vaticinó el hundimiento de los restaurantes, la insumisión de los fumadores... ¿Qué ocurrió? Que se fuma en el exterior y se puede entrar en una cafetería con niños sin obligarles a respirar un aire viciado. Por no hablar –y ese era el principal objetivo– del descenso del número de fumadores o de enfermos de cáncer de pulmón. Si se pudo modificar por decreto un uso social tan arraigado como el tabaco, la flexibilización horaria es posible. También ocurrió con el cinturón de los coches o con el carné por puntos. ¿Resultado? Hoy tenemos un cincuenta por ciento menos de víctimas mortales en las carreteras que hace una década. Antes de la existencia de los husos, los horarios eran estrictamente solares, y cambiaban paulatinamente mientras uno viajaba de Este a Oeste o al revés. La poca gente que lo hacía iba a la velocidad de caballo o de un barco. No se notaban las diferencias. Los husos horarios se inventaron para tener una misma hora en una franja geográfica en la cual la diferencia entre la hora oficial y la hora solar nunca fuera más de media hora. Las localidades en el mismísimo meridiano tenían la hora oficial igual a la hora solar, las demás localidades dentro del huso tenían cada una su propia variabilidad. Fueron los trenes y la vida moderna los que forzaron la creación del huso horario.

    Pero en España nos jactamos de nuestro horario. Comer a las dos y media es algo cultural.

    Aquella frase del «Spain is different» también procede de nuestros horarios. Sin embargo, cuando llegan los turistas por primera vez y descubren que se cena a las nueve, no se lo creen. A las siete de la tarde andan medio muertos buscando un restaurante abierto. Eso por no hablar de ejecutivos extranjeros que tienen que venir a trabajar a España. Es verdad que nuestra cultura nos lleva a cenar muy tarde, pero cuando uno prueba el horario europeo descubre que es mucho mejor porque se ajusta a nuestros biorritmos y nos permite tener más tiempo libre.

    ¿Cómo arreglamos entonces nuestro desorden horario? 

    En primer lugar, volviendo a nuestra «casa», que es el horario del meridiano de Greenwich. Es decir, tener la hora de Canarias (con nuestra propuesta seguiría teniendo una hora menos). Debemos abandonar la hora solar porque cuando es la una solar para nosotros son las dos o las tres en nuestro horario. ¿Por qué ocurre esto? Porque seguimos la hora solar de Polonia. Como España está lejos del ecuador, en verano tenemos más luz por la tarde y menos en invierno. Si con la vuelta a Greenwich se adelanta la hora de la comida, ya no es necesario salir a tomar algo a media mañana.

    ¿Solo eso?

    Claro que no. Otra medida es cambiar los horarios televisivos: los informativos, por ejemplo, tendrían que ser a las dos en vez de a las tres y a las ocho de la noche en vez de a las nueve. La programación de prime time debería comenzar a las nueve de la noche, no a las diez y media. Y el fútbol tendría que jugarse más pronto. ¿Por qué los partidos de la Champions League son a las nueve menos cuarto? Porque toda Europa tiene las noticias a las ocho y, en cuanto terminan, empieza el deporte. Nosotros, en cambio, estamos sin noticias y sin cenar.  Como si fuera un castigo. ¡Es de locos! 

    Pero entonces en el Levante español será de noche a las cuatro y media…

    Qué importa que oscurezca a las cuatro y media o a las seis si estamos trabajando hasta las ocho. Es cierto que perderíamos una hora de luz, pero a cambio una hora y media diaria para nosotros, para nuestro ocio, para nuestra familia.

    En invierno en Barcelona se hace de noche hacia las cinco, una hora más si vives en Galicia. En ningún caso vas a terminar tu jornada y que sea de día. Ni ahora ni con una hora menos. No lo aprovechas. Un apunte más: EE UU tiene cuatro husos distintos en el continente, y siete desde Puerto Rico hasta Hawái. Está claro que la primera economía mundial no se resiente por ello.

    ¿Qué pasaría entonces con los cambios de hora de verano e invierno?

    Seguirían igual porque es una convención de toda Europa y debe hacerse así: «En marzo y octubre se cambia la hora».Pero en manos de nuestro Gobierno está que volvamos o no a nuestro huso natural, que es el de Gran Bretaña. Si a eso le unimos información de la mejora en la salud, de menos accidentes camino del trabajo, de aumento de la productividad, etcétera, a nadie le extrañará comer a la una, estar trabajando a las dos y volver a casa a las seis de la tarde. Insisto: en España tenemos las jornadas laborales más largas de Europa y estamos a la cola en productividad. Entre otros motivos, porque, como nos pasamos diez horas diarias en el trabajo, nuestra productividad será menor que la de un holandés que trabaja siete. Esto es lo que tiene que entrar en la mente de la gente y de los empresarios.

    Si todo son beneficios, ¿quién se opone al cambio?

    El principal enemigo es la inercia, la costumbre de muchos años. Algunos argumentan que el nuevo horario perjudicaría a los hosteleros, pero no es verdad. Para empezar, ahora los restaurantes están vacíos, así que no sé qué están contando. Pero si hay una hora para comer y se hace un menú barato y bueno, los clientes irán, ¿no? Y a partir de las seis de la tarde la gente saldrá a hacer compras, a tomarse una cerveza o ir al cine sin terminar a la una de la mañana para luego levantarse a las siete y estar fundido todo el día. Incluso los que quieran salir de noche pueden hacerlo. Tener un horario más humano no perjudica a nadie.

    Hoy la comida familiar es la cena, especialmente en las grandes ciudades. Los niños almuerzan en el colegio y los padres no vuelven a casa al mediodía. ¿Por qué parar entonces dos o tres horas? No tiene sentido. Lo que sería más lógico es reducir el tiempo para la comida. Por ejemplo, a una hora, o a cuarenta y cinco minutos. Si comemos antes y le dedicamos menos tiempo, volveremos antes a casa. 

    Suena bien, pero ¿qué ocurriría entonces con el comercio? ¿Tendrían que cerrar a las seis de la tarde?

    Al contrario, podrían estar contratadas con jornadas reducidas, como ocurre en Holanda. Allí más del cuarenta por ciento de los contratos son parciales. Por ejemplo, de cinco horas. El resultado es que hay más personas trabajando, porque una jornada de ocho, diez o doce horas se divide entre dos trabajadores que, por supuesto, tienen todos los derechos laborales. La clave está en la legislación, ya que un empresario holandés paga menos a la Seguridad Social por dos personas con contratos parciales que por una sola a tiempo completo. En España es al contrario, por eso se prefiere tener a un empleado ocho horas que a dos que trabajen cuatro cada uno. Si desapareciera ese freno, las empresas ofrecerían más contratos a tiempo parcial. No solo por ahorrar costes, sino porque dos personas a media jornada rinden más que una con la jornada entera. Ahí es donde debemos cambiar de mentalidad y flexibilizar el mercado. La rigidez es mala: todo lo rígido está muerto. Más que horarios racionales, lo que necesitamos son horarios decentes y civilizados. Lo que tenemos ahora es tercermundista.

    Precisamente eso es lo que no quieren los sindicatos: flexibilizar el mercado.

    Para ellos «flexibilizar» es despedir. Sin embargo, lo que proponemos debe entenderse como un reparto del trabajo, que es lo que ellos reclaman. No solo es más solidario y más justo, sino que mejora la calidad de vida de los trabajadores porque empiezan a tener vida personal. El siglo XXI debería ser el siglo de la F: flexibilidad –si no, no somos humanos–, feminidad –que es el liderazgo que necesitamos para equilibrar al masculino– y familia –el trabajador no es una isla, es parte de una familia y esa familia es el principal motivo para trabajar–. Si no se respeta la condición familiar de las personas, entonces se nos trata como a recambios que se usan y tiran.

    De modo que el cambio de los horarios es solo la primera medida.

    Evidentemente. La racionalización de los horarios es el inicio. Hay muchas más cosas que cambiar, pero si no damos opción a que se pueda vivir en ese horario, nunca comenzará el cambio. Hay personas que, en contra de todo, se van a las siete de la tarde para estar con sus hijos o para ir al gimnasio. ¿Quiénes son? Personas que han vivido en EE UU o en Europa y que conocen los beneficios de una jornada más corta, pero también ¡más productiva! Porque no olvidemos que la productividad aumenta un veinte por ciento cuando se trabaja menos, pero con más intensidad. También hay menos absentismo (hasta un treinta por ciento de reducción) y se reducen las pausas (el café, el pitillo, etcétera), al tiempo que el compromiso con la empresa se dispara hasta un trescientos por ciento más. Todos esos datos proceden del índice IESE Family Responsible Employer Index (IFREI), que analiza el nivel de implantación de las prácticas de conciliación trabajo-familia en más de quinientas empresas, tanto multinacionales como pymes. Pero que conste que no es una novedad: en los países más desarrollados está contrastado desde hace años.

    Sin embargo, casi todo el mundo trabaja para sacar adelante a su familia...

    No es así porque nos engañamos. En la coyuntura actual todo se amolda al trabajo, y la familia cede ante las obligaciones laborales. Ahora bien, ¿qué empresas están saliendo adelante? Las que se flexibilizan, las que confían en sus empleados o las que han establecido jornadas parciales para no despedir a nadie. Eso cohesiona la empresa, reduce la rotación y motiva a los trabajadores.

    Entonces, ¿por qué hay personas que se quedan más allá de su jornada?

    Muchos temen las consecuencias de irse antes que su jefe y otros se quedan  porque el trabajo satisface todas sus necesidades: les da un salario y relaciones sociales, les plantea retos, aprenden, consiguen reconocimiento… Al final, hasta les da los amores. Todo se queda allí metido, y encima están seguros, porque allí son “los reyes del mambo”. Sin embargo, cuando llegan a casa todo cambia. Entre los varones es habitual carecer de “competencias domésticas”, en parte porque nadie se las ha enseñado y en parte porque no quieren aprenderlas. Así que es mejor quedarse en la oficina trabajando (o leyendo la prensa en internet, que de todo hay) que estar atendiendo a los niños o, peor aún, llegando a una casa vacía porque no se tiene pareja y la única compañía es la televisión o el ordenador.

    ¿Habría que cambiar el horario escolar?

    En primer lugar habría que unificarlo. Hay colegios que acaban a las dos de la tarde, otros a las cuatro. Unos tienen libre la tarde los miércoles, pero otros los viernes. Es una complicación más, eso sin contar con las actividades extraescolares. Lo ideal es que los colegios duraran hasta las cinco. En Louis Vuitton, en Cataluña, hay una fábrica en la que trabajan cuatrocientas mujeres. Hace unos años solicitaron poder ir a buscar a sus hijos a la salida del colegio. Hoy salen todas a las cuatro y media de la tarde y tienen un horario de entrada adelantado, a las siete y media. ¿Quién les lleva a la escuela? El padre. No olvidemos que la conciliación es cosa de dos… o de cuatro. Porque si hay hijos mayores también deben ayudar a que la familia se comporte como tal.

    ¿Ayudan los horarios flexibles de entrada y salida a esta demanda?

    Sin duda. Hay personas que no tienen hijos, pero pueden querer hacer deporte a las siete de la mañana. Pues ellos entrarán a las nueve y media, comerán en treinta minutos y saldrán a las seis. ¿Han cumplido con su jornada? Sí. Al mismo tiempo, si otra persona quiere llegar a las ocho podrá salir a las cuatro y media. La clave es que los equipos de trabajo sepan qué horario tienen sus componentes para que siempre haya alguien de guardia. Los empleados pueden proponer su horario y el jefe dice “sí”, “no” o “regular”, pero con todas las necesidades sobre la mesa. Si es necesario que alguien llegue a las siete y media de la mañana y nadie quiere entrar a esa hora, pues tendrá que cubrirse con una persona cada día. Es tan sencillo como esto: compromiso y corresponsabilidad.

    ¿Sencillo? Más bien suena a caos…

    Es complicado si no sabes qué hacer con la flexibilidad. Entonces al directivo se le viene todo encima porque no hay una directriz clara de la empresa. Eso sí es un lío, pero tiene solución: pásale de nuevo la pelota a tu equipo, y dile que vas a ser flexible en la medida en que se pongan de acuerdo, los resultados funcionen y los clientes estén contentos. Con la propuesta que reciba, el jefe tomará una decisión. Sé que ese es un cambio importante porque aún estamos en la etapa en la que el superior debe decidir a quién le da permiso, a quién no, con qué criterios… Esto exige tener colaboradores profesionales de verdad. Ellos tienen que proponer cómo hacerlo porque solo ellos conocen sus necesidades: hacer deporte, pasear, cuidar a sus padres o estar con sus hijos. La empresa debe velar por los resultados. Cubierto eso, lo demás es secundario si redunda en que los empleados sean más felices y productivos.

    ¿Existe alguna empresa que lo haya realizado?

    Claro que sí. Suelo citar a Iberdrola, con la que hemos trabajado, que tenía unas jornadas escandalosas que terminaban a las diez o a las once de la noche. Ahora la jornada parcial llega hasta las tres y media, y la completa hasta las siete y media. ¿Resultado? Todos los indicadores que te puedas imaginar han mejorado. Por tanto, es posible y las alternativas variadas: puede haber una jornada compacta –sin comida– o bien con una comida de una hora. Eso permite salir a una hora razonable y llegar a casa a una hora razonable. No olvidemos que para millones de personas salir a las seis supone llegar a casa una hora más tarde por los problemas del transporte.

    ¿Y cuánto le costó aplicarlo?

    Cuánto le costó no es una pregunta correcta. Lo correcto es saber cuánto se ahorró. No conozco a nadie que tenga más tiempo libre y pida trabajar más. Al menos en Occidente. Si facilitas que las personas tengan más calidad de vida, en cuanto lo prueban abandonan lo anterior. No valen entonces excusas culturales ni tradiciones horarias ni nada. Dejar de tener horarios locos lo quiere todo el mundo. Luego a lo mejor no saben qué hacer con su vida y se quedan hasta la noche igualmente, pero trabajar fuera de horario algo será voluntario y excepcional, no forzoso y común, que es lo que ocurre ahora. Nadie te mirará mal porque te vas con tu hijo al dentista a las seis de la tarde.

    Esto supone considerar que las personas saben lo que necesitan…

    Es que lo son. Las nuevas generaciones quieren que les valoren por sus resultados y no por «estar» delante del jefe. El paternalismo no funciona, ha pasado a la Historia. Cada uno sabe qué es lo mejor para él, en qué quiere gastarse el dinero y emplear su tiempo.

    ¿Aceptará el Gobierno español ese reto?

    Si no lo hace, el país seguirá perdiendo muchísima ilusión y muchísimo dinero y necesitamos ambas cosas para salir de la crisis y sentar las bases de un nuevo sistema productivo. No sé si lo lograremos, pero el Ministerio de Economía debería hacer las cuentas. Nosotros le hemos dado todos los estudios que hemos hecho en los últimos diez años. Más no podemos hacer, pero soy optimista. El ministro Luis de Guindos ha dicho que no lo van a dejar en un cajón.

    ¿Hay más receptividad según la ideología de los partidos?

    Todo político al que se lo cuentas dice “Ya era hora”. En el plano personal están al cien por cien con nosotros pero, aunque tienen esperanza en que se logre, lo ven muy difícil. Mi experiencia es que todo el mundo quiere, pero falta voluntad, y los que dicen que se oponen es porque no tienen esperanza de que algo pueda cambiar. Algo así como «Están muy verdes las uvas», o «Si yo pudiera, lo cambiaría, pero no va a pasar». En este momento veo la cara de Rajoy cuando le planteamos la cuestión hace cuatro años: estaba calculando qué ganaría si tomaba partido por la racionalización de horarios. Ahora tiene poder formal y, si quiere, puede hacerlo. Está en su mano, como estuvo en la de Zapatero. Reitero, es un asunto de calidad de vida, de productividad, de ahorro sanitario… y que, además de ser sencillo de solucionar, no cuesta ni un euro.