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  • Entrevista a Norman Foster: el arquitecto de la cuarta dimensión

    Texto y traducción Nacho Uria [Der 95 PhD His 04], Fotografía Foster + Partners y Redux Stock, Ilustración Pedro Perles

    La arquitectura contemporánea no se entiende sin la influencia de Norman Foster. En esta entrevista descubrimos su obra y su vida, marcadas ambas por la tecnología y el arte.


    Norman Foster (Mánchester, 1935) parecía destinado a la vida humilde propia de la clase media-baja. Contra todo pronóstico, ingresó en la universidad local y, gracias a su excelente currículo, logró una beca para estudiar en la Universidad de Yale (Estados Unidos). Allí, maestros como Frank Lloyd Wrigth le inspiraron de tal modo que pronto comenzó a destacar. Hoy dirige a más de un millar de personas en Foster + Partners, quizá el mayor estudio de diseño del mundo. 

    ¿Por qué la arquitectura es importante para el hombre?
    El entorno en el que vivimos tiene un impacto directo en nuestra vida. Es lo que podríamos llamar la «dimensión social de la arquitectura». Es decir, la convicción de que los espacios en los que trabajamos, vivimos o visitamos pueden contribuir a elevar nuestro espíritu, a hacernos más humanos. Por otra parte, la arquitectura tiene una importancia medioambiental: no hay más que ver el rápido crecimiento de la población urbana y su incansable demanda de energía. Esto provoca una reducción imparable de los recursos naturales, por lo que nuestra sociedad —y los arquitectos en particular— se enfrenta a un desafío enorme: conseguir que las ciudades del futuro sean habitables y sostenibles. Y no me refiero solo a los países desarrollados, sino también a los millones de personas que sobreviven en las periferias urbanas del Tercer Mundo sin agua potable, servicio de basuras, alcantarillado o electricidad.

    Su colega suizo Mario Botta afirma que el verdadero cliente del arquitecto es la Historia. ¿Comparte esa opinión?
    Nosotros trabajamos con una conciencia clara de la herencia artística recibida, pero también de las necesidades actuales y futuras. La riqueza arquitectónica de las ciudades procede del deseo de sus habitantes —mecenas, artistas, políticos, etcétera— de pasar a la posteridad. Como he dicho, la arquitectura del futuro estará definida por las necesidades de energía y el cuidado medioambiental, pero respetando el legado histórico. 

    «Producción industrial», «parámetros y algoritmos», scripts... son términos habituales en el diseño actual. ¿Se ha alejado la arquitectura de los maestros del siglo xx —Gropius, Aalto o Le Corbusier—? 
    Si se analiza cualquier periodo de la Historia, descubrimos que la arquitectura vanguardista utilizó toda la tecnología a su alcance. Tanto para su expresión artística como constructiva. No importa que nos fijemos en las pirámides de Egipto, las catedrales góticas, la Torre Eiffel... o que lo hagamos en las estructuras más modernas del siglo xxi. La tecnología nos ofrece posibilidades inimaginables hace pocas décadas. Uno de los proyectos que tenemos en marcha es una investigación conjunta con la Agencia Espacial Europea. El objetivo es descubrir cómo la tecnología de impresión en tres dimensiones puede emplearse para construir viviendas en la Luna a partir de los materiales allí existentes.

    Eso va más allá del espíritu de los grandes arquitectos contemporáneos…
    Así es, aunque, repito, ellos también utilizaron todos los medios técnicos disponibles. Intentaron ir más allá. Gropius, por ejemplo, diseñó automóviles, trenes… y con su colega Konrad Wachsmann experimentó con sistemas modulares para nuevas viviendas. El coche —símbolo por excelencia del progreso tecnológico— fue un elemento central en muchos diseños de Le Corbusier. Por su parte, Alvar Aalto exploró los límites estéticos y estructurales de la madera como elemento constructivo. Echemos un vistazo a los discos de cemento reforzado (los famosos «pétalos») de la sede central de la compañía Johnson Wax en Wisconsin, o las grandes terrazas y voladizos de la famosísima Casa de la Cascada, de Lloyd Wright. En esas construcciones, Wright experimentó tanto con la estructura como con los materiales. Él defendía el uso del vidrio industrial por ser más barato y sencillo de fabricar, y animaba a los arquitectos a investigar las nuevas posibilidades de los materiales producidos en serie. Por tanto, buscar nuevas respuestas y emplear la tecnología existente no supone alejarse del trabajo de estos visionarios, sino continuar esa tradición. Es lo que han hecho grandes arquitectos posteriores, por ejemplo Jean Prouvé o Buckminster Fuller.

    ¿Cómo debería ser la formación de los nuevos arquitectos? ¿Responden las universidades a las demandas de la profesión?
    La formación de un arquitecto no debería limitarse a las aulas. Conocer en primera persona las obras maestras de la arquitectura también educa, y no hay sustituto para esa experiencia. Yo tuve la suerte de recibir algunos premios cuando era estudiante, y eso me permitió viajar de Italia a Escandinavia y descubrir obras maravillosas. Más tarde, gracias a la beca Henry, continué mis estudios en la Universidad de Yale. Vivir en Estados Unidos supuso conocer un nuevo país, con un estilo de vida diferente al británico, lleno de posibilidades. Por mi parte, con la creación de la beca RIBA Norman Foster, intento dar esa misma oportunidad a jóvenes arquitectos. Cada año, los estudiantes becados viajan a diferentes países: algunos han realizado prácticas de reciclaje de materiales en África, o han estudiado los espacios públicos del norte de Europa. Por ejemplo, cartografiar estructuras no convencionales, analizar el transporte público o la recogida de basuras… El objeto de estudio de todos ellos es la sostenibilidad de las construcciones: este es el reto más importante de la arquitectura actual, y su conocimiento debería estar presente en los grados universitarios de Arquitectura.

    ¿Cómo descubre Foster + Partners el talento de los jóvenes arquitectos?
    Tenemos la suerte de atraer a algunos de los mejores del mundo que, una vez incorporados, realizan una destacada aportación a nuestra firma. Cada año me impresiona el despliegue de talento que percibo en el Graduate Show. Ese acto supone una presentación en público del trabajo que han desarrollado a lo largo del año. A la vez, es un acontecimiento, una especie de «presentación en sociedad», de puesta de largo. Si lo pienso mejor, nuestra oficina no son solo unas instalaciones para trabajar, sino que se ha convertido en una escuela de posgrado.

     

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