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  • El mundo que alumbró el Concilio

    Pablo Pérez, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Navarra

    El Concilio Vaticano II, uno de los hechos históricos más trascendentes del siglo XX, compartió tiempo con otras realidades tan influyentes como la democratización del capitalismo y el comunismo, la revolución contracultural, el movimiento hippie o el nacimiento del feminismo.


    Para trazar una panorámica del poder terrenal en tiempos del Concilio Vaticano II, se hace inevitable la simplificación en tres puntos: las relaciones internacionales y la vida en los dos grandes centros de poder, el estadounidense y el soviético.

    Dos hechos dominaban la escena mundial después de la Segunda Guerra Mundial: la descolonización y la Guerra Fría. Ambos hacían referencia al declive de Europa. Los viejos imperios, en retirada, habían dejado un vacío que ahora cubrían nuevos países, cortejados por Estados Unidos y la Unión Soviética, atareados en construir sus propios imperios.

    Entre la convocatoria del Concilio y su comienzo (1959-1962), veintiún nuevos países alcanzaron la independencia, lo que supuso una media de siete nuevos estados al año. Durante el transcurso del propio Concilio (1962-1965) diecisiete países más culminaron su independencia. De los treinta y ocho nuevos estados, treinta y uno habían sido colonias europeas en África.

    Por otra parte, sucesos como el fiasco del Canal de Suez o la represión contra la revolución en Hungría, en 1956, confirmaban una pérdida patente de poder internacional por parte de los europeos. Todo esto hizo necesario repensar Europa y renovar sus proyectos. Así se explica, por ejemplo, que en 1957 se firmaran los tratados de Roma para reformar o fundar las Comunidades Europeas, apoyadas en un eje franco-alemán, cuestión que también arroja luz sobre la historia del propio Concilio.

    Pero el hecho más espectacular sucedió al comienzo del Concilio. El 14 de octubre de 1962 un avión espía norteamericano documentaba la presencia de misiles nucleares en la isla de Cuba. Al día siguiente se desencadenaba una crisis internacional que colocó al Planeta al borde de una contienda nuclear. Mientras los padres conciliares vivían la primera sesión de la asamblea, las fuerzas armadas norteamericanas alcanzaron su máxima alerta desde la Segunda Guerra Mundial. 

    De forma simultánea al episodio cubano, se desencadenó otro conflicto que terminaría en tragedia. La Administración estadounidense concluyó que debía establecer en Vietnam una línea de resistencia al avance comunista para evitar un efecto dominó que entregara Asia a sus manos. Entonces, su complejo de superioridad les hizo creer que bastaba desearlo para conseguirlo. El apoyo a Vietnam del Sur y a Laos —primero político y económico y después militar-— se dirigió con una torpeza que generó una escalada de despropósitos y violencia. En 1963 Washington apoyó en Vietnam un golpe de Estado que empeoró las cosas. Un año después, un incidente naval sirvió para justificar las primeras operaciones aéreas. Finalmente, en 1965 comenzaron los bombardeos y el desembarco de marines.

    Otros acontecimientos graves que afectaron a las superpotencias durante el Concilio estuvieron de algún modo vinculados con sus relaciones exteriores. En noviembre de 1963 Kennedy murió en Dallas. En octubre de 1964 una reunión del Politburó soviético destituyó de su puesto al frente de la URSS a Jruschov. La sola mención de ambos hechos nos traslada al momento de intenso cambio en que se vivieron. 

    La vida en el gigante norteamericano

    Aunque existieran proyectos de renovación europea, la realidad mostraba que el liderazgo del mundo libre estaba en manos norteamericanas. Desde luego, en cultura material, pero también en el ámbito científico, artístico y literario. Los estándares de bienestar aspiraban a imitar el modelo estadounidense, con los automóviles y los electrodomésticos como elementos que fundamentaban un nuevo modo de vida. Música y cine eran también los protagonistas del entretenimiento de la sociedad de consumo, y tenían en las modas americanas su punto de referencia. Hasta los Beatles, otro fenómeno contemporáneo al Concilio, debieron pasar por una gira en Estados Unidos para triunfar. 

    Los treinta años posteriores a la Segunda Guerra Mundial se vivieron en el gigante norteamericano con la esperanza de conquistar todos los días un futuro mejor. Las maravillas tecnológicas y científicas que les habían llevado a la victoria militar —y económica—, incluida la bomba atómica, deberían llevarlos también a imponerse sobre los viejos enemigos de los hombres: enfermedad, ignorancia, pobreza, desigualdad, injusticia… Era una nueva fe, de matriz materialista, aunque de momento se difundiera en un país donde la religión tenía enorme aceptación.

    Los años cuarenta y cincuenta trajeron esfuerzo y trabajo duro, pero confirmaron las grandes expectativas suscitadas por la victoria. La riqueza y el bienestar crecieron de forma impresionante y casi generalizada. La sociedad del consumo y el entretenimiento parecía no tener límite. Se miraba al presente con complacencia, y al futuro con optimismo.

    No obstante, el periodo entre los años 1957-1960 también fue escenario del crecimiento de un descontento cultural que ponía en entredicho los estándares de vida de la clase media americana. La llamada «generación beat» de escritores fue quizá la representante más señalada de ese malestar vital. Su estilo rupturista y transgresor, y la idea de que era preciso encontrar nuevos caminos para salir de un modo de vida hipócrita y vacío, fueron compartidos por sectores cada vez más amplios. Sobre todo, entre minorías ilustradas y jóvenes. Se trataba de una nueva vuelta de tuerca en la aspiración a gozar de la sociedad perfecta. Solo que ahora el afán de cambio llegaba cargado de una furia iconoclasta que amenazaba con derrumbar algunos de los pilares considerados como un logro. 

    La constatación de la pervivencia de lacras sociales y morales en la sociedad más rica y poderosa del mundo llevó a algunos a denunciar como hipócritas a quienes no se empeñaran en eliminarlas. Porque seguía habiendo mucha discriminación racial en Estados Unidos, y pobreza, marginación, corrupción política... Opresión en su política exterior, doblez en las costumbres, y una insoportable sensación de aburrimiento y falta de autenticidad en la vida de muchos. También una economía que precisaba reformas y la necesidad de una mayor verdad e igualdad. Todas esas denuncias, basadas en hechos, fueron adquiriendo tonos más altos a finales de los cincuenta.

    La palabra estandarte del nuevo pensamiento fue «alternativa»; y su gesto por antonomasia, la rebeldía —a ser posible, provocativa y ruidosa—. Cabría resumir así la nueva actitud: existía otro camino más auténtico hacia el paraíso, y la nación más poderosa del mundo podía y debía andarlo. No se negaba la posibilidad de construir un mundo perfecto, pero no coincidía con lo que se estaba levantando hasta entonces. Debía construirse de otra forma, y cuanto antes. Había que liberarse de los falsos miedos, propios de la moral hipócrita, que habían encorsetado la vida de la gente. Era hora de proclamar la autoliberación de los norteamericanos. La auténtica y definitiva.

    El uso de drogas, la llamada a la rebelión y a una especie de apocalipsis que permitiera alumbrar un nuevo mundo constituyeron el mensaje de la nueva literatura y la nueva música, y sus autores o intérpretes no dudaron en dar ejemplo. El cine prosiguió la estela de la novela, que había comenzado a explorar una nueva manera de hablar del sexo, provocadora, ajena a cualquier contención.

     

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    Ensayo NT 684



    Categorías: Historia, Ensayo