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  • Mujer, presencia invisible

    Texto y fotografía Francisco Magallón, periodista gráfico

    Lejos quedan las sociedades donde lo femenino era objeto de culto, que divinizaban a una diosa y tenían bien interiorizado el ritmo de las estaciones. El androcentrismo supone la negación de sus derechos y la ocultación de sus aportaciones.

    —Mujeres refugiadas. La destrucción sistemática de aldeas, los asesinatos masivos, la limpieza étnica y religiosa obligan a miles de personas a buscar refugio en tierra extraña. Nacida en el exilio, la mujer de esta imagen quizá nunca conozca la tierra de sus padres, Sudán. Ahora está reasentada en Madrid. España, 2012.

    Aunque todas las mujeres detuvieran su actividad al mismo tiempo, el mundo no dejaría de girar. Pero, si eso ocurriera, millones de niños morirían de hambre, cientos de miles de ancianos se quedarían sin atención y muchos países sufrirían graves consecuencias económicas y sociales.

    Responsables de apenas el uno por ciento de los medios de producción, aportan dos tercios de las horas mundiales de trabajo. Paradójicamente, solo poseen el diez por ciento de la riqueza global.

    A pesar de todo, las mujeres sobreviven en un sistema patriarcal que las convierte en el punto más vulnerable de la sociedad. Víctimas del fanatismo étnico y religioso y objeto de una opresión despiadada —en especial en situaciones de conflicto—.

    Más allá del momento histórico o el lugar geográfico, malviven afectadas por la discriminación y la desigualdad de oportunidades. Pese a ello, encarnan el pilar fundamental de la familia, de la transmisión de los valores, de la educación y la salud. Constituyen una presencia invisible —e imprescindible— sin la que no sobrevivirían las millones de personas a su cargo: jóvenes o ancianas, sanas o enfermas.

    Tras muchos años de esfuerzo, la mujer de los países desarrollados destaca en la política, las artes o la educación. Sin embargo, aún falta mucho camino para que nuestro mundo sea un lugar más justo, donde ellas disfruten en igualdad de condiciones de unos derechos que les pertenecen: personales, sociales, religiosos, familiares, económicos y políticos. Solo así podrán aportar su inestimable labor por el bien común, sin tener que renunciar a su dignidad e identidad propia .

    Hacer visible lo invisible es una tarea de hombres y mujeres, un reto que nos apela cada día y un compromiso con la equidad y la justicia.