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  • Muertos con vida

    Texto David Sanchís [Com 13]  Ilustración Miriam García [Com 95] 

    Todos los años decenas de personas deciden donar su cuerpo a la ciencia y convertirse tras su muerte en instrumentos de aprendizaje para los futuros médicos. Una muestra de altruismo tras la que siempre se esconde una historia.


    Miguel González es donante de cuerpo. Tiene 78 años y toda su vida la ha dedicado a trabajar: “He sido muy duro pal trabajo, muy esclavo, muy capaz”. Por eso está convencido de que puede ser útil para la ciencia. “No sé lo que será, pero el cuerpo este algo bueno tiene que tener”.

    La idea de donar su cuerpo nunca se le había pasado por la cabeza a este andaluz, hasta que unos meses atrás el marido de Sara, una vecina, falleció. Ante la muerte de su esposo ella decidió hacerse donante y se lo contó a Miguel, quien no se lo pensó dos veces. 

    Miguel nació en Lucena, en la provincia de Córdoba. Allí trabajaba el campo y nunca fue a la escuela. “Entonces no había medios, era una época mala”. Asegura que se podría escribir una novela con su vida y esboza una tímida sonrisa cuando recuerda los momentos más difíciles: “Si el hambre que he pasado sería ciencia, madre mía, no habría quien sea más listo que yo”. En 1958 viajó de Córdoba a Navarra “pa matar el hambre”. Una vez en Pamplona pasó a formar parte, en 1962, de la plantilla de una mina de la empresa Potasas de Navarra, gracias a la recomendación de un amigo. Allí trabajó durante 32 años. Su tarea se concentraba en la sala de máquinas, ocho horas diarias. “Luego te quedaba tiempo para ir a otros sitios. Había quien se dedicaba a la borrachera y yo me dedicaba a trabajar, todo el día, todo el día”. Tras la jornada laboral en la mina, pasaba unas cinco horas más en un taller de chapa y pintura.

    Gracias a su constancia, Miguel pudo proporcionar a sus tres hijos la educación que él nunca recibió. Ahora tiene una hija médico, otra farmacéutica y un hijo enfermero. “Todo lo que he ganado ha ido para el colegio de Nuestra Señora del Huerto y para la Universidad de Navarra”, asegura. Al final de su vida quiere seguir siendo generoso y ha pensado que lo único que le queda por entregar es su cuerpo. “Cuando me muera, si me llevan al cementerio o me van a quemar, ¿qué más da que el cuerpo sea para los estudiantes? Mejor, ¿no?”

    A Miguel le da miedo morir en un accidente de tráfico, porque entonces su cuerpo no serviría para la docencia. Pero la edad no lo encierra en casa. En Berriozar tiene una huerta donde cultiva “cuatro cosas”: patatas, lechugas y alguna hortaliza. “Si no estoy haciendo algo, no estoy a gusto”, dice, y por eso varias veces al año cruza España de norte a sur conduciendo solo, en su coche, hasta llegar a Lucena, donde posee una finca que cultiva ayudado por algunos mozos. “Soy de los tontos de verdad, porque a la gente no le gusta trabajar”.

     

    Un trámite sencillo. Para hacerse donante Miguel se puso en contacto con la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra a través de Alicia Domench, la secretaria del departamento de Anatomía. Alicia lleva siete años recibiendo a las personas que van a entregar el documento para hacerse donantes, y está encantada con su trabajo. Cuando comienza a hablar sobre los donantes, se le dibuja una sonrisa en la cara que acompaña con una mirada fija en ninguna parte, mientras enlaza una historia con otra como si las estuviera reviviendo. Recuerda cada conversación al detalle: nombres, edades, las anécdotas que le contaron.

    En su despacho, en el sótano del edificio Los Castaños y con vistas a un jardín interior, es donde atiende habitualmente a los nuevos donantes. Todos los años la prensa publica una noticia sobre la donación de cuerpos, y entonces llegan más solicitudes. El primer paso para las personas interesadas es informarse. Muchos suelen hacerlo por teléfono, y Alicia les cuenta los requisitos básicos para que su cuerpo sea recibido por la Facultad de Medicina: tienen que fallecer en Navarra, no haber padecido enfermedades infectocontagiosas graves y no morir en un accidente.

    Hace años, el aula de disección de la Universidad se llenaba con cadáveres de indigentes anónimos. Hoy todos los cuerpos destinados a docencia e investigación proceden de personas que hayan rellenado en vida el documento pertinente que Alicia les manda por correo. Muchos lo devuelven por la misma vía y nunca llegan a pisar la Universidad, pero algunos de los más de 1.500 donantes registrados en Navarra prefieren entregar los papeles en mano. 

    También hay quienes acuden al departamento de Anatomía a comprobar que no se han perdido sus datos o para que les recuerden cómo es el proceso de donación, como el anciano con principio de alzheimer a quien Alicia se lo tuvo que explicar de nuevo hace unos meses. “Quería que todo se aprovechara, que todo fuera útil para la ciencia —cuenta Alicia—, <<desde la punta del pelo hasta las uñas de los pies>>, decía”.

    Para Alicia la gestión administrativa del archivo de donantes es una parte importante de su trabajo, pero no duda de que el trato directo con las personas le aporta “un plus”. Atiende, sobre todo, a ancianos de entre setenta y ochenta años, aunque también se encuentra con jóvenes de veinte años e incluso con matrimonios que toman esta decisión juntos o familias que se hacen donantes a la vez. “Muchos son abuelitos y derrochan tiempo y ganas de hablar. Les encanta que les atiendas, y sus testimonios resultan impagables”. 

     

    “Me llegó al alma”. Una de aquellas historias quedó grabada en la memoria de Alicia. Se trataba de un matrimonio de 76 y 74 años, Rafael y Encarna, con cuatro hijos, que llevaban casados cincuenta años. Rafael falleció el 12 de enero tras diez años de lucha contra el párkinson. Cuando Encarna lo llevó hasta la Facultad de Medicina arrastrando la silla de ruedas, Alicia no los recibió en su despacho del sótano, sino en una sala de la planta baja del edificio. “Rafael se enteraba de todo —relata Alicia—, sabía lo que quería, pero no podía hablar, aunque tenía la mente perfectamente lúcida”. Por eso Encarna lo llevó hasta la Universidad, para demostrar que el papel que iba a firmar como donante no era en contra de su voluntad.

    Alicia conversó alrededor de una hora con los dos ancianos y se quedó impresionada. “Rafael tenía un mérito increíble. No se quejaba e intentaba hacer la vida lo más sencilla posible a su mujer. En algunos momentos casi se ahogaba porque no podía tragar y se asfixiaba. En varias ocasiones lo habían recuperado al límite de la muerte”. Y Encarna seguía a su lado. Había dejado todas sus actividades y vivía entregada exclusivamente al cuidado de su marido. “Su testimonio de vida me impactó muchísimo –recuerda Alicia–. Ella tenía un mérito enorme. Era como su enfermera y lo hacía todo con un espíritu, un desinterés, una alegría…, recordándole lo afortunada que era por haber compartido su vida con él”.

    Cuando Rafael murió Alicia se permitió un gesto que nunca antes había tenido. Descolgó el teléfono y llamó a la viuda para darle el pésame. “Reconozco que su caso me llegó al alma”. Dos meses después Encarna devolvió la llamada al departamento. “Preguntó si el cuerpo de su marido estaba siendo útil: <<Les está valiendo mi marido, ¿verdad?, es que eso me reconforta>>, nos dijo”.

     

    1.500 donantes. En el último año los donantes de cuerpo a la ciencia han aumentado un sesenta por ciento en Navarra. Cuando acuden a inscribirse, la mayoría lo tiene claro y muy pocos se arrepienten después. De los más de 1.500 donantes actuales solo tres han anulado la ficha, según Alicia “porque la familia les ha puesto pegas”. 

    Pedro García trabaja, como Alicia, en los archivos de donantes. Pero su ocupación principal está en el depósito de cadáveres. Cada vez que llega un cuerpo a la Universidad comienzan sus horas más intensas de trabajo. “Preparo el cadáver en función de su uso para docencia o investigación”, detalla. “Justo ahora acaba de llegar un donante. Nos habían avisado de que podía fallecer en cualquier momento”, explica mientras se dirige al despacho de Alicia para rellenar los datos referentes. En la mano sujeta una cinta de tela blanca. “En ella escribimos las iniciales y la fecha”, aclara, “ya que los cuerpos deben estar identificados en todo momento”. Ya en el despacho de Alicia, la secretaria del departamento, rellena a mano un documento con los datos del donante, fallecido esa misma mañana.

    Pedro trabaja siete horas y media al día. Prepara los cadáveres para las prácticas de los alumnos y echa una mano en todo lo que puede. Tiene 47 años y lleva 18 como encargado de los cuerpos de los donantes, un trabajo que heredó de su padre, quien se ocupó de la labor durante más de 30 años.

    Cuando el donante muere el departamento de Anatomía se hace cargo del traslado del cadáver hasta la Facultad de Medicina, donde permanecerá una media de dos años al servicio de la docencia y la investigación. Para ello el cuerpo se momifica y se reserva con los líquidos apropiados en unas piscinas. Primero pasa un año en las tinas, después se traslada al frigorífico, de donde se extrae para las clases de disección. 

    Las prácticas de los alumnos requieren diez cuerpos nuevos al año. Transcurridos unos dos años el uno por ciento de las familias quiere recuperar los restos y darles sepultura o incinerarlos, un requerimiento del que ya informaron cuando el cadáver llegó a la Universidad. En los demás casos es la propia Facultad la que se hace cargo de su entierro, en una fosa común del cementerio de Pamplona.

    Durante el tiempo que ese cuerpo contribuye a la investigación o la docencia, Pedro es su guardián: controla el estado de conservación, lo traslada de las tinas o el frigorífico a las mesas de disección y vela por la identificación del cadáver en cada momento. El trato continuo con los donantes le exige una delicadeza especial, así como un esfuerzo por separar su vida privada del trabajo: “Procuro mantener siempre el respeto a la persona y no darle muchas vueltas a la cabeza”.

    En la secretaría del departamento Pedro se agacha y abre la cerradura de un mueble bajo de color gris donde guarda su propio registro de los cuerpos, aparte de la base de datos que gestiona Alicia. Todo está ordenado metódicamente. Entre los archivos descubre un documento titulado “Órdenes para traer los restos”, del año 1932. Las últimas páginas contienen los datos totales de donantes desde 1956 y los fallecidos en los últimos años: con su nombre, edad, fecha de fallecimiento, fecha de entierro si ya se ha producido, procedencia del cuerpo, dónde se encuentra y en qué cámara se ha conservado. También está anotado al margen si la familia quiere recuperar los restos en el futuro.

    Mientras guarda la carpeta en su sitio recuerda algunos casos particulares, como el del hombre que había recibido la Medalla de Oro de Donante de Sangre. Por su edad ya no podía seguir haciéndolo, así que decidió ofrecer su cuerpo a la ciencia cuando falleciera. O el día en que llegó a la Facultad una familia acompañando el cadáver de un donante recién fallecido. Antes de marcharse, los cinco familiares se hicieron donantes.

     

    Clase de disección. Gracias al número actual de donantes, los alumnos de primer curso de Medicina pueden hacer las prácticas de Anatomía, que se imparten en grupos de unas siete personas hasta completar las diez mesas de disección. A cada una de ellas corresponde un cadáver. Además, a lo largo del curso cada alumno trabaja unas seis o siete horas de forma individual con un cuerpo. Esto ocurre cuando son jefes de mesa, es decir, cuando un alumno de cada grupo se encarga, durante tres días, de diseccionar la parte del cuerpo que se va a estudiar. El cuarto día explica su trabajo al resto de los compañeros con el cadáver ya preparado en las prácticas de disección anteriores.

    Míriam Turiel es alumna de segundo curso de Medicina y está matriculada en la asignatura optativa “Técnicas de disección en Anatomía humana”. Su tarea consiste en ayudar a los jefes de mesa, puesto que cada semana diez alumnos se disponen a diseccionar por primera vez un cadáver. 

    Para la clase Miriam va ataviada con bata blanca y el pelo recogido en un moño como medida higiénica. Va a acompañar a la profesora Elisa Mengual, directora del departamento de Anatomía, en la práctica de disección de cuello. Esta parte del cuerpo se estudia ya avanzado el curso: en septiembre comienzan con los huesos y articulaciones, después continúan con los músculos, extremidades inferiores y superiores, vísceras, tórax, abdomen, pelvis y, por último, trabajan con la cabeza y el cuello.

    Todos los alumnos reciben una sesión preparatoria con la profesora Mengual, quien les explica las normas de funcionamiento, con especial hincapié en el respeto a los cuerpos de los donantes.

    La sala de disección tiene forma de ele. Su abundante luz natural procede de las ventanas que ocupan casi toda la pared frontal y una de las laterales. A la derecha queda colgado un crucifijo blanco con un Cristo que parece de bronce. El resto del espacio está decorado con murales que representan el interior del cuerpo humano casi a tamaño natural.

    En una de las esquinas hay un lavaojos y del techo cuelgan unas lámparas como flexos, también blancas, situadas sobre cada una de las veinte mesas metálicas dispersas por la sala. Cada mesa tiene debajo una papelera y sobre diez de ellas se adivina la silueta de un cuerpo humano cubierto por una sábana blanca. 

    Los alumnos —catorce entre estudiantes de primero y ayudantes de cursos superiores, como Míriam— entran a la sala junto con la profesora. Se colocan de pie alrededor de una de las mesas y la profesora Mengual comienza a pasar lista. Los alumnos responden con su nombre. “Supongo que habrán estudiado la parte correspondiente”, les comenta, mientras abre uno de los libros y muestra la zona del cuello que van a diseccionar. También aprovecha para ponerles a prueba. Un par de alumnas responden medio en susurros. La profesora asiente y sigue con la explicación: “Vamos a diseccionar la carótida. Sería interesante que cada uno dibujara lo que ve en su propio cadáver”.

    A continuación reparte los escalpelos a los alumnos. Parecen pequeños cuchillos de metal. “Este instrumento no corta, pero separa bien —les explica—. Sirve para despegar grasa o tejido conjuntivo y se coge como un lápiz”. 

    El grupo de batas blancas se dirige hacia una de las mesas del fondo de la sala. La profesora Mengual se pone los guantes azules y levanta la sábana blanca que cubre el cadáver. Deja a la vista otra tela verde que también aparta. Entonces queda al descubierto la cabeza del cadáver, envuelta con un plástico azul. La zona del cuello y del pecho están abiertas y se ven los músculos, nervios y tendones que bajan del cuello al pecho. 

    Los alumnos se han apiñado alrededor para aprender lo que después tendrán que hacer cada uno con un cuerpo. La profesora sitúa el foco de luz en el cuello y va señalando sus diversas partes. Míriam levanta la cabeza para observar mejor. Prefiere no ver la cara del cadáver. “Lo que impresiona es lo que tiene pinta de humano, como la cara, los pies o las manos”. 

    En total silencio la profesora Mengual va separando tejidos de la zona del cuello con un bisturí y un escalpelo. Busca la arteria carótida. “Aquí la tenemos”, dice de pronto. Las manos se acercan una detrás de otra y, con el dedo índice, aprietan una zona interior del cuello del cadáver para comprobar la dureza característica de la pared de la carótida.

    Tras unos minutos más de disección los alumnos se acercan a su cadáver y comienzan la práctica, que durará una hora y media. Aprender Anatomía con cuerpos humanos es fundamental para que puedan ser buenos profesionales en el futuro. Míriam lo describe como algo muy próximo a la realidad: “En un cadáver te enfrentas a algo que no ves, que no distingues, y es entonces cuando aprendes. Si cualquiera de los que estamos aquí quiere ser cirujano deberá haber tenido contacto con cuerpos humanos. No puede guiarse solo por lo que ha visto en dibujos”.

     

    Rezar por los donantes. Cada vez que entra en la sala de disección, Míriam se siente “agradecida”, porque considera que donar un cuerpo “es un acto de gran generosidad”. Asegura que si se es creyente “estás viendo lo más mortal del ser humano y, al mismo tiempo, creyendo que esa persona está viva, con lo cual el hecho de enfrentarte a su cuerpo adquiere un cariz más trascendental todavía”.

    Por este motivo todos los años acude a la misa por el eterno descanso de los donantes fallecidos, que se celebra en noviembre en la Facultad de Medicina. José Manuel Giménez ha sido el encargado de celebrarla este curso. Él estudió Medicina y durante más de treinta años se dedicó a la Anatomía. Obtuvo la cátedra en la Universidad Autónoma de Madrid y dirigió el departamento de Anatomía de la Universidad de Navarra entre 1997 y 2001. Desde hace año y medio es sacerdote.

    “Celebrar la santa misa por el eterno descanso de estos donantes representa para mí la oportunidad de rezar por todas las personas que se han cruzado en mi vida y que se han prestado para la enseñanza de la Medicina”. En sus clases de prácticas, antes de ser sacerdote, ya explicaba a los alumnos la importancia de tratar los cuerpos siempre con respeto y dignidad: “Insistía en que los cuerpos de alguna manera son sagrados, porque representan la vida histórica de una persona. Además, la generosidad de los donantes ayuda a los estudiantes a entender el verdadero servicio al paciente y a los demás”.

     

    Aclaración: los nombres de los donantes que aparecen en el reportaje y su procedencia geográfica han sido modificados para preservar su intimidad.