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  • Marta Rivera de la Cruz: "Un escritor siempre aspira a que su mejor novela sea la siguiente"

    Texto Andrea Pavón [Com 11] y Marta Quintín [Com 11] Fotografías Manuel Castells [Com 87]

    Linus Daff es un inventor de historias que se sirve de sus relatos y de sus amistades para hablar del comportamiento humano. Es además el protagonista de la segunda novela de Marta Rivera de la Cruz, que nació en Lugo hace 40 años, que estudió Periodismo, que fue finalista del Planeta en 2006, que tiene cuatro títulos en las librerías, que ha editado ensayos, que ha recopilado cuentos y que ha hecho de la literatura uno de los escenarios principales en los que se desenvuelve su biografía. También ella es una contadora de historias.


    Marta Rivera de la Cruz.

    ¿Desde cuándo escribe?
    Me gustaba desde pequeña, escribía en el colegio, y comencé a hacerlo un poco más en serio en la universidad. El proceso de la escritura está muy ligado al de las lecturas y cuando empiezan a ser más serias, más reflexionadas, empiezas a querer contar tus propias historias.

    ¿Cuál fue el primer libro que leyó?
    Tenía seis años. Se llamaba Las aventuras de Guillermo, de Richmal Crompton.

    ¿Qué lecturas le han influido más?
    Tengo una formación lectora muy anárquica. Los grandes autores del realismo, tanto el francés como el ruso y el español, y, más adelante, autores latinoamericanos del boom.

    ¿Estudió Periodismo porque le gustaba la profesión o escribir?
    Me gustaba la profesión, porque nunca pensé que yo pudiera dedicarme a escribir. Creía que lo que más se parecía a ser escritor era ser periodista. Pero, además, vengo de una familia de periodistas, lo he visto mucho en casa: mi abuelo trabajaba en el periódico, mi padre en la radio, y me atraía, así que siempre tuve muy claro que lo que quería estudiar era Periodismo.

    ¿Le ha ayudado el periodismo para escribir sus novelas?
    Son registros distintos, pero aprendes a manejar el lenguaje, la sintaxis, el vocabulario, a entender la gramática, porque el periodismo te exige claridad expositiva. Y te enseña a mirar, lo cual es muy importante para un escritor. Los periodistas trabajamos con palabras y con historias, igual que los escritores, aunque la forma de tratarlas sea distinta. No obstante, la materia prima es la misma.

    Es especialista en comunicación política.
    Me gusta como campo de pruebas, como estructura de una sociedad, aunque lo último que haría sería meterme en política. Creo que la comunicación política es muy interesante, aunque la haya dejado por completo. Me gustaba mucho, pero lo que hago ahora me gusta más.

    ¿Qué escritores que hayan partido del periodismo y hayan dado ese salto a la literatura le parecen ejemplos de excelencia?
    García Márquez empieza siendo periodista y creo que es mucho mejor en su faceta de escritor. Sus primeras columnas no me parecen nada buenas. Es un ejemplo de cómo se puede progresar. Esto es un oficio y lo haces mejor cuanto más lo haces. También me parecen buenos ejemplos Maruja Torres, Manuel Leguineche, Kapuscinki, que, aunque era fundamentalmente un periodista, daba un paso más, o Tom Wolfe, que empieza en el periodismo y ha publicado tres novelas, muy distintas de sus reportajes.

    ¿Qué opina de la polémica que suscita A sangre fría, en lo tocante a  los límites entre periodismo y literatura? ¿Se puede llegar a reconstruir una historia de forma que acabe siendo más literaria que periodística?
    A Sangre Fría es en el fondo una historia de ficción. Aunque Capote perjurara que todo era escrupulosamente cierto, hay cosas en el libro que es imposible que el autor las llegara a saber. Por ejemplo, sobre las víctimas. Sin embargo, en lo esencial, sí se ha respetado la verdad, que es lo importante, ya que tampoco pretendía ser un reportaje, sino que se ha presentado siempre como una novela, una ficción, elaborada a partir de hechos reales.

    Para entender un acontecimiento como el holocausto, ¿qué es mejor: un reportaje periodístico?
    La ficción es un canal de comunicación mucho más fluido que el ensayo histórico. A veces es más fácil entender una cosa por medio de un personaje de ficción que a través de uno real, aunque en ocasiones éste te pueda llegar mucho más... Al final todo depende de los lectores. Los hay que nunca se enfrentarán a un ensayo ni a un reportaje y sí leerán una novela, mientras que hay espectadores que no verían un documental pero que, para saber lo que hay que saber, ven El pianista o La lista de Schindler.

    ¿Qué piensa de que en la literatura contemporánea sea un tema recurrente la propia escritura, el proceso creativo, la metaliteratura? En sus libros, por ejemplo, el protagonista suele ser escritor.
    El escritor como protagonista aparece en muchas novelas desde siempre, porque uno tiene tendencia a escribir de lo que conoce y el miedo ante la ficción, la nueva obra y el fracaso es algo que ha experimentado todo el que quiera dedicarse a escribir, por lo que se echa mano de ese personaje. Tampoco va mucho más allá.

    Ribanova, el escenario por excelencia en sus novelas, ¿es una especie de Macondo?
    Es una recreación de Lugo, la ciudad donde yo me crié. Se trata, por tanto, de un espacio en el que me siento cómoda. Ya tengo construida mi geografía: sé por dónde van las calles, dónde está el parque, cómo llueve... Todo resulta así más fácil porque esa ciudad existe, aunque se le cambie el nombre. Lo han hecho muchos escritores, debido a que crear un espacio desde cero es muy difícil. Cuando escribí Que veinte años no es nada, el primer libro donde aparece Ribanova, yo quería que tuviera mar, pero no supe cómo meterlo en el relato, así que se quedó de secano.

    ¿Qué se le resiste más a la hora de escribir: los diálogos, los personajes, las descripciones...?
    Las dificultades van surgiendo con cada novela. Aprendí a dominar algo que antes me costaba mucho: el diálogo. Ahora me gustan, pero antes me sonaban falsos. Es ensayo-error. Hay que fijarse, leer con un destornillador en la mano. Siempre digo a los que quieren dedicarse a escribir que, cuando encuentren una página, un párrafo que les guste, que lo destrocen, que vean dónde están los resortes que hacen que ese párrafo funcione. El que quiere ser escritor tiene que volver cien veces sobre la página que le haya parecido bonita hasta que descubra dónde se halla aquello que activa la explosión del lenguaje, o los símbolos que la hacen distinta a otras.

    ¿Qué novela le resultó más difícil construir?
    La segunda, El inventor de historias. La primera era una novela muy de juventud, en la que hice muchas cosas de forma inconsciente. En la segunda ya sentía que era una escritora, aunque a lo mejor no lo era. Me enfrentaba a los personajes y a la estructura de otra manera y me atasqué mucho más. Quise experimentar con ejercicios temporales y espaciales, lo que supuso que fuera la que más me costó escribir: tardé dos años.

    ¿Cómo se supera la falta de inspiración?
    La inspiración es trabajar mucho, y a mí las buenas ideas se me ocurren cuando estoy metida en faena. Si te atascas, no debes agobiarte demasiado. En todas mis novelas he tenido un momento de decir: “Ahora, ¿por dónde tiro?”, pero las historias llegan, aunque tengas que dejar la novela dos semanas hasta volver sobre ella. No hay que angustiarse, algo que le pasa frecuentemente a la gente que empieza a escribir, porque quieren terminar una novela en tres meses, y eso es imposible. Hay momentos en los que no haces nada, en los que ves que la obra está tomando un camino que no es el correcto. Entonces hay que dejarla unos días, releerla, y acabas encontrando el problema.

    ¿Qué consejo daría a alumnos que estén iniciándose en el camino de la literatura?
    Que lean muchísimo, eso lo primero. Si pueden aconsejarse con alguien con buena formación, mejor. Eso de “leo todo lo que cae en mis manos” es una pena porque no todos los libros merecen ser leídos. Siempre es mejor leer un libro que ver la televisión, pero seleccionar es muy importante. También hay que tener mucha paciencia. Mucha gente que quiere escribir, quiere publicar al instante, pero el camino es muy largo y, a veces, muy duro. E incluso, hay muchos batacazos. Una vez le escuché algo a García Márquez: “Un buen libro se publica siempre, antes o después, con un editor o con otro, en unas condiciones u otras, pero se acaba publicando”. Una negativa nunca es un portazo. Algo indispensable es que una persona que quiere escribir ha de enfrentarse en algún momento a su capacidad para escribir porque no todo el mundo la tiene. El otro día le hicieron una entrevista a Ferrán Adrià. Él quería ser futbolista. Jugaba en un equipo de juveniles y le preguntó a su entrenador qué posibilidades tenía en el fútbol. El entrenador le dijo que sólo podía llegar a jugar en Tercera. Y entonces encontró su camino por otro lado. Igual que no puedes ser modelo midiendo 1,60 centímetros, tampoco puedes ser escritor si no tienes capacidad, por mucho que te empeñes. Todo requiere unas capacidades. Que te guste una cosa no significa que seas capaz de hacerla. Hay  mucha gente que empieza a escribir y deja opinar a todo el mundo. Quizá no sepan que no todos van a estar preparados para hacer una crítica literaria.

    ¿Haber quedado finalista del Planeta tan pronto ejerce alguna presión?
    No fue tan pronto. Cuando fui finalista del Planeta había publicado ya tres novelas y tenía 36 años y experiencia: había sido editora y sabía perfectamente de qué iba esto. Una cosa me había quedado muy clara: lo frágil que es todo en la literatura, para bien y para mal. Obtener un éxito es fantástico, pero no te pone a salvo de un fracaso posterior. Como lo sabía, aproveché el éxito cuando llegó, lo disfruté mucho, pero siendo muy consciente de que, aunque mi novela del Planeta vendiera 200.000 ejemplares, podía escribir luego un libro y vender 2.000, y no pasaría nada, porque no hay nada irreversible, ni el fracaso ni el éxito. Presión se siente la misma, porque un escritor siempre aspira a que su mejor novela sea la siguiente, pero no por una responsabilidad con el mercado o el público, sino porque como autor quiera ir a mejor. Y si se fracasa, hay que aceptarlo. Eso no hará peores las otras novelas.

    ¿Los concursos literarios son una manera de introducirse en la literatura?
    Los concursos literarios son una de las mejores maneras de abrirse camino. Valen para codearse. También ayudan a fomentar la parte de disciplina que tiene la literatura. Si mando un cuento a un concurso, me obligo a terminarlo para una fecha determinada. Además, tienen sus pequeñas recompensas. Por ejemplo, si ganas un accésit, te pueden llegar a otorgar una publicación pequeña, y eso ya supondría tener algo publicado. Asimismo, no ganar un concurso no significa que quien gane sea mejor que tú. Hay concursos con jurados en los que nadie entiende de Literatura. A veces juzgan el concejal de cultura, el farmacéutico y su primo. Por lo tanto, los concursos son algo más que ganar. La editorial muchas veces se pone en contacto con uno de los finalistas, aunque no haya sido el ganador. Este año, en el premio de novela Ciudad de Badajoz, Juan Eslava Galán, que estaba en el jurado, pidió permiso expreso al Ayuntamiento para que se pusieran en contacto con el autor de una de las novelas, para que su editor la publicara. En otras ocasiones, hay miembros del jurado que pueden ver en una mala novela un futuro escritor. Sí que es verdad que un jurado tiene que premiar lo que hay y no las potencialidades, pero son oportunidades. Hay cuatro mil concursos literarios en España. Juan Manuel de Prada contaba que durante algunos años vivió de los concursos literarios.

    Estar en el ojo del huracán de los medios de la noche a la mañana, ¿es un salto fácil de asumir? ¿No tuvo una especie de “síndrome Salinger”?
    No, porque soy periodista, conocía los medios desde dentro y sé de qué va todo. La gente normalmente te va a tratar bien, porque no eres un personaje de una revista del corazón. No van a ir a machacarte, sino todo lo contrario. Te van a hacer entrevistas amables para resaltar siempre lo mejor de tu libro o de ti. Y hay que aprovecharlo mucho para conseguir que el libro se difunda bien. A mí me importan mis libros, no yo como autora. Así que en cada entrevista veo una posibilidad de que personas que no han llegado a mis libros se sientan interesados por lo que digo y los lean.

    ¿Pero se siente más arropada al contar con el respaldo de una gran editorial?
    Por supuesto. Cuando dicen que el Planeta puede ser un problema, yo digo que para mí sólo fue una solución. En primer lugar, te has hecho con un puñado de lectores. Aunque muchos sean lectores del finalista del Planeta, otros lo son de Tiempo de Prodigios y se van a quedar conmigo, van a buscar otras obras mías con una buena predisposición. En segundo lugar, tienes a una gran editorial detrás, que te facilita las cosas. Y, además, empiezan a conocerte los libreros, algo que no te quita nadie y que es muy importante, ya que tu siguiente novela parte con ventaja.

    ¿Se escribe mejor en los momentos dolorosos que en los alegres?
    En absoluto. Uno tiene que dar con una historia, y puede ser alegre o triste y ser muy buena en ambos casos. Creo mucho en el oficio, en el trabajo, en estar con el pico y la pala, y lo que ayuda es una cierta serenidad espiritual, emocional. Escribir en medio de una depresión o una euforia absoluta, de cualquier sentimiento muy extremo, te va a apartar de escribir bien y de hacer bien cualquier otra actividad: poner un enchufe, hacer una tarta o escribir un cuento.

    ¿Alguna manía a la hora de escribir?
    Ninguna, excepto que no haga frío en el sitio donde escribo, porque soy muy friolera y entonces estoy como encogida y no me encuentro a gusto. Pero he escrito hasta en ordenadores de otros, en un avión, una sala de espera... Incluso puedo trabajar con un poco de ruido. No me importa.

    ¿Pueden tener calidad literaria los best seller?
    El perfume fue un best seller y es maravilloso. El amor en los tiempos del cólera fue un best seller. Cuento de Navidad, de Dickens, también. A sangre fría o El nombre de la rosa fueron best seller. Parece que poner la etiqueta “se vende mucho” significa que es malo. Sí que hay cosas malísimas que se han vendido mucho. Pero también hay grandes novelas que encuentran su camino y se hacen con el corazón y el interés del público.
     
    ¿Influye más el boca-oreja que la propia promoción de la editorial?

    En el último año, el éxito de los libros que han funcionado ha venido después de la campaña promocional. Con La sombra del viento, empiezan a poner en marcha la campaña después de que el libro haya vendido, sin ninguna ayuda, veinte mil ejemplares. La editorial sabe que, si realiza la campaña, venderá sin problemas un millón de ejemplares. Otro ejemplo es El tiempo entre costuras, de María Dueñas. A pesar de ser un libro de una escritora primeriza, se abrió camino él solo. Quizá por el fenómeno extraño en el que a un librero le gusta y se lo recomienda a otro, quien lo vende a todas esas personas que llegan preguntando por un libro… Y así, el libro crece solo. Me da mucha rabia cuando un libro triunfa y luego dicen que es todo marketing. Pues no. Muchas veces, el marketing vino después. El marketing hace falta para vender un millón de ejemplares. Una persona que vive en un pueblo donde hay una librería a la que llegan seis títulos no se entera de que ha salido El tiempo entre costuras si no hay marketing. Además, también hay grandes lanzamientos que no han recuperado ni el dinero invertido en la campaña. Ahora estamos viendo, más que marketing previo, marketing posterior.

    ¿Qué le parece la novela negra sueca?
    Un momento más. Hubo un tiempo de novela histórica en el que todo el mundo estaba loco con los cuadros de Leonardo da Vinci y las conspiraciones vaticanas. Los fenómenos literarios tan intensos como Stieg Larsson y Dan Brown crean lectores. Un porcentaje de la gente que no ha leído nada y que se acerca a Larsson, buscará otra cosa. Por eso, estoy absolutamente a favor del fenómeno best seller. También porque, gracias a ellos, las editoriales pueden apostar por libros que no son rentables económicamente. Gracias a que la editorial Salamandra compró Harry Potter, ahora puede estar traduciendo un libro de un autor neozelandés que sabe que venderá ochocientos ejemplares, como mucho. Todo ello hace que me gusten las modas literarias, pero teniendo muy claro que son modas y que igual que vienen, se van.

    ¿El cuento es un género que se adapta a la sociedad apresurada en la que vivimos?
    Por desgracia, no. En el mundo anglosajón, el cuento es un género muy apreciado. En España es ruinoso. Los cuentos son piezas para paladares exquisitos y ediciones que se publican como capricho. Me lo cuentan los editores: un autor que vende mucho en novela, saca un cuento y no vende ni la mitad. Hay buenos cuentistas, pero salvo el libro de Manuel Rivas ¿Qué me quieres, amor?, que fue best seller, el resto son marginales y son inviables como negocio.  

    ¿Puede desaparecer el libro impreso con los libros electrónicos?
    No soy muy amiga de hacer predicciones a largo plazo. Eso sí, inmediatamente va a haber una coexistencia pacífica de uno y otro. Lo que va a cambiar es el mercado del libro, pero el libro va a seguir siendo el mismo. Una historia mía que se comercialice en versión impresa o a través de una página web es la misma historia. Yo no voy a escribir de una forma distinta. Va a cambiar el negocio editorial, el de la distribución, la librería. Pero mi trabajo como autora no tendrá grandes cambios.

    ¿Ha encontrado buena literatura en blogs?
    Hasta ahora, lo que he encontrado han sido comentarios ingeniosos, hechos con absoluta inmediatez y con la posibilidad de una comunicación con el autor. Los blogs son una forma nueva de comunicación pero yo no he visto nunca textos literarios maravillosos en formato blog. He visto textos interesantes. Yo tengo uno y me arrepiento muchas veces porque da mucho trabajo y tiene sus inconvenientes. Paolo Giordano, escritor de La soledad de los números primos, me contaba que estaba alucinado de ver las cosas horribles que ha leído de él en internet, de personas que no saben nada de él y que, aún así, se atreven a insultarle. Con los blogs se abre una caja de Pandora. Pero es algo con lo que hay que convivir. También tiene cosas buenas: la persona que no se atreve a interpelarte por la calle a lo mejor te deja un comentario. Yo lo utilizo para informar de los lugares de mis charlas, por ejemplo. El otro día, cuando estuve en Vitoria, una chica que es lectora mía vino al acto y me dijo que se había enterado por el blog.

    ¿Qué piensa de la injerencia de la política en la cultura?
    He tenido suerte al haber hecho una carrera al margen de los circuitos oficiales. Convertirte en un protegido del sistema provoca que al final tu trabajo lo pierda todo. Primero, porque debes algo al sistema. Luego, porque si un señor que hace tartas sabe seguro que le van a comprar doscientas tartas, no se preocupa porque las tartas estén muy ricas. Cuando tú sabes que tu futuro depende del mercado, de los lectores, el trabajo es mucho más libre y serio. Estoy totalmente en contra de subvencionar la cultura. La cultura debe tener un mercado, debe ser un negocio y creo que las ayudas oficiales deben estar para otra cosa. No para comprar ejemplares de novelas. Algo diferente es que un Ayuntamiento organice un ciclo de conferencias y contrate a cinco escritores para que den una charla. Eso no es subvencionar al escritor. Es pagarle un trabajo que está haciendo. Las cuotas de compra de libros se cargan el mercado. Es crear un mercado ficticio que, en cuanto llegue un recorte, se va a caer.