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  • Margaret Archer, una nueva sensibilidad

    Texto Carlota Cortés [Com 09], periodista del Navarra Center for International Development - Fotografía Manuel Castells [Com 87]

    La socióloga Margaret Scotford Archer es una reconocida investigadora británica de la École Polytechnique Fédérale de Lausana (Suiza). Desde abril preside la Pontificia Academia de Ciencias Sociales —de la que es miembro fundador—, creada por Juan Pablo II en 1994 para promover el progreso de las ciencias sociales y su aplicación en el mundo actual.

    Margaret Archer ha desarrollado su carrera académica en las universidades de Cambridge, London School of Economics y Warwick.

    Uno de los principales problemas actuales —si no el más importante— es la crisis. Desde una perspectiva sociológica, ¿qué factores intervienen en ella?
    Cabe destacar la desconexión entre el capitalismo financiero y la economía real, y cómo esto ha supuesto una ruptura en todos los sentidos, desde la economía nacional hasta el crédito y las prestaciones sociales. Llevamos más de seis años de recesión, lo que supone mucho tiempo en la biografía de los jóvenes. Leí en Le Monde que más de la mitad de los españoles menores de treinta años está en paro. Cuando esta situación se alarga tanto, ellos pierden la esperanza y su autonomía personal, y también se desperdicia la experiencia de las generaciones anteriores. Otro factor del que los economistas nunca hablan es el de la pérdida de integración social. Presenta muchas formas, pero la más desagradable consiste en el gran resentimiento que los jóvenes están acumulando hacia los adultos y que pone en peligro la solidaridad intergeneracional.

    ¿En qué sentido?
    En un país como el Reino Unido, el sistema sanitario supone un emblema. Más personas hacen uso de él con el envejecimiento de la población y, por tanto, el gasto médico se incrementa. Los jóvenes se sienten agraviados, pues perciben que una gran proporción de los recursos nacionales se están dedicando a los mayores y que ellos salen perjudicados, por ejemplo, con la reducción de becas y de la partida destinada a la educación. Esto siempre es negativo para cualquier sociedad, porque resulta muy difícil salir de una situación en la que falta cohesión social.

    La crisis también ha puesto en el punto de mira a los inmigrantes. ¿Obstaculizan la recuperación, tal y como algunos señalan?
    En España y en otros países europeos, una de las grandes contradicciones consiste en cómo se ve políticamente a los inmigrantes. Se trata de un debate cultural donde no podemos caer en el reduccionismo de apuntar simplemente que se están aprovechando de nuestros servicios sociales. La contradicción se aprecia si acudimos a los datos publicados por fuentes oficiales en los países europeos: reflejan que estos inmigrantes están trabajando por menos del salario mínimo, casi sin vacaciones y en condiciones que nosotros no aceptaríamos. ¿Y quién más está dispuesto a ocupar ese lugar en el mercado? Estamos ante una contradicción cultural, pues no se pueden tener las dos cosas a la vez. Los inmigrantes hacen los trabajos que nadie quiere —por ejemplo, el cuidado de los ancianos o trabajos de construcción— y los políticos juegan con esta paradoja: «Les necesitamos pero no les queremos».

    ¿Cree que este problema se acentúa debido a la falta de integración de los inmigrantes en la sociedad? 
    La mayoría de los países ha fracasado en este aspecto, lo que es terrible. El problema no se encuentra tanto en los inmigrantes recién llegados, sino en la generación siguiente: los hijos de los inmigrantes que han nacido en Europa. Hay que preguntarse qué hemos hecho mal para que no hayan logrado integrarse. En parte, puede ser un fallo de las escuelas, que no han sabido hacerles sentir lealtad al país donde han nacido. Muchas veces sus padres añoran su lugar de origen. Vemos que todos los esfuerzos por mezclar los niños en las escuelas y por enseñar las religiones del mundo no están incentivando la integración de los hijos de los inmigrantes. No tengo una respuesta definitiva, pero creo que la solución puede estar en la creación de lazos sociales entre personas. Por ejemplo, en vez de seguir el plan de estudios, podría resultar más beneficioso mandar a los niños a campamentos de verano.

    ¿Es posible salir de esta situación?
    No entiendo a qué se refieren cuando hablan de la recuperación económica en Europa. Ya no producimos nada en el Viejo Continente: compramos todo a otros países, y eso aumenta las deudas nacionales. Lo único que crece en Europa es lo que llamo «el museo»: tenemos iglesias, catedrales, grandes colecciones de arte, por lo que el sector turístico podría ser parte de la solución. ¿Qué más falta para cambiar esta situación de crisis? Apuntaría al desarrollo de lo que algunos denominan el Tercer Sector o, como dicen los italianos, el «sector social privado». Me gustaría ver una sociedad civil fuerte para la que no todo dependa de la política o de la economía y en la que cada intercambio entre humanos no se mida en términos de equivalencia económica. Los bancos de tiempo o las organizaciones de permuta de habilidades constituyen dos ejemplos.

    ¿Se refiere a superar el enfoque de coste-beneficio imperante?
    Sí. Se trata de una visión «franciscana» del mercado, una propuesta alternativa al capitalismo. En vez de perseguir la maximización de la relación coste-beneficio, consiste en pensar cómo podemos colaborar juntos para conseguir el acuerdo más favorable para todos. En el mercado capitalista hay ganadores y perdedores, mientras que en el Tercer Sector todos salimos ganando. En él se dan verdaderas relaciones sociales: las personas se encuentran cerca unas de otras y pueden llevar a cabo ideas innovadoras. En mi opinión, constituye el «cemento» de la sociedad. Logra que se unan personas que en un principio son extrañas. Hay que potenciarlo si queremos salir de esta crisis.

    ¿No es eso utópico?
    No. Por mencionar un ejemplo, cuando a lo largo de mi vida me he mudado de Gran Bretaña a otro país —Francia, Suiza…—, no he vendido mi casa. Hace tres años encontré a una pareja de jóvenes que estaban dispuestos a vivir en ella a cambio de cuidarla porque querían ahorrar dinero para la entrada de su primera vivienda. No hicimos ningún intercambio económico. El acuerdo se prolongó tres años, a pesar de que no nos conocíamos previamente. Cuando yo regresé el año pasado, ellos ya se habían mudado a su nuevo hogar. Los tres nos beneficiamos de puentear al mercado: yo no me preocupé de la casa durante ese tiempo y ellos pudieron ahorrar.

     

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