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  • Manuel Marín: “En Europa ya no hay un proyecto político, terminan imponiéndose las agendas nacionales"

    Texto María Jiménez [Com10] Fotografía Modem Press

    La llamada “Primavera árabe” ha puesto en jaque una política exterior que hasta ahora había sido cómplice de los tiranos del norte de África. El que fuera uno de sus responsables en la vicepresidencia de la Comisión Europea, Manuel Marín, ya alejado de la política activa, analiza con franqueza la realidad de una Unión Europea que, según dice, apostó por la seguridad al otro lado del Mediterráneo, pero en detrimento de la libertad.


    Manuel Marín

    La revuelta tunecina de enero ha dado paso a una oleada de revoluciones que está transformando el mapa político y social del norte de África. ¿Está viviendo el mundo árabe la caída de su Muro de Berlín?

    Lo que ha pasado es muy importante y hay que felicitarse por ello. De momento, el gran cambio se ha producido sólo en dos países: Túnez y Egipto. Y el resultado del proceso lo veremos cuando se celebren las respectivas elecciones, después de las reformas constitucionales. Ha habido, además, cambios positivos en otros países: el rey de Marruecos ha prometido una reforma constitucional en profundidad, y en Jordania se han producido movimientos políticos más o menos sustanciales de cambio de gobierno. Es verdad que también se han registrado efectos negativos, como la tremenda represión siria. De todos modos, me parece excesivo ver una equivalencia con la caída del Muro de Berlín. La Perestroika de Gorbachov sí que produjo el colapso y el hundimiento de un sistema. Lo de “Revolución árabe” es un poco mediático...

    Las revueltas han supuesto un cierto desafío a la política exterior europea, que había primado su seguridad sobre los intereses y libertades de estos pueblos. Ahora la situación le ha estallado a Europa en las manos.

    Hay aspectos contradictorios en todo lo que está ocurriendo. Yo trabajé en el diseño de la política mediterránea porque era vicepresidente de la Comisión Europea y responsable para esa zona. Es rigurosamente cierto que entonces se hizo una aproximación donde primaban mucho más la estabilidad y la seguridad que la libertad y la democracia. Cuando se celebró la Conferencia de Barcelona en 1995 aún estaba reciente la victoria del FIS [Frente Islámico de Salvación] en Argelia. La situación era complicada y en Europa estábamos asustados. Eso es algo que se olvida pero que explica que en su momento se hiciera una apuesta por la seguridad en la franja del Mediterráneo. ¿Se actuó así en detrimento de la libertad? Sí. La Unión Europea practicó una aproximación basada en la realpolitik que hoy suena cínica y aprovechada. Eso no se puede negar. Es verdad que todos los acuerdos con el Mediterráneo incluían cláusulas democráticas, pero fue muy difícil progresar en ellas porque había una gran oposición de dirigentes árabes: Mubarak, Ben Ali, Hassan II... Todos estaban en contra. Con las revueltas, esa política se ha derrumbado. Ahora ya está claro que cambiar seguridad por falta de democracia no es un buen negocio. Al final, la gente ha dicho “basta”. El mensaje es claro: “No podemos seguir viviendo en la pobreza mientras tenemos dirigentes corruptos, no puede ser que nuestra juventud no tenga ninguna perspectiva, no puede ser que la mayoría no podamos pagar los bienes de consumo porque son carísimos”. Etcétera, etcétera. 

    Hablaba hace un momento de aspectos “contradictorios”.

    Sí. Ahora apostamos por la democracia, pero, si la democracia está afectada por Mubarak, entonces dejamos caer a Mubarak. Y si está afectada por Ben Ali, dejamos caer a Ben Ali. Y si está afectada por Gadafi, lo enviamos al Tribunal de La Haya. Ahora bien: si la democracia está afectada por Bahrein, que es la sede de la flota norteamericana –con lo que eso significa para los conflictos de Iraq y Afganistán–, entonces volvemos a la realpolitik. Y lo mismo si se trata de Siria, que es un país clave para la seguridad del Estado de Israel y, por tanto, para la seguridad norteamericana. El discurso de antes se basaba en la seguridad, y el de ahora se basa en el oportunismo, pero ambos están sin resolver.

    La reacción general de los gobiernos occidentales ante las revueltas ha sido la sorpresa. Sin embargo, en muchos de estos países había un caldo de cultivo propicio: gobiernos dictatoriales, un alto porcentaje de población joven, una elevada tasa de paro... El descontento social era latente. ¿La sorpresa es real o sólo un discurso?

    Estuve en Túnez en una reunión importante con europeos y me quedé perplejo al escuchar lo que decían algunos ministros, sindicalistas y hombres de empresa sobre la cleptomanía de la señora de Ben Ali. Contaban que la familia estaba saqueando el país y que la situación empezaba a ser insostenible, porque la gente joven no tenía nada. Se oían cosas tremendas. Cuando hay unas circunstancias objetivas como esas, la chispa se acaba produciendo, con independencia de que el país sea árabe, cristiano, budista o hindú. Si la policía mata a un pobre chaval, que es licenciado pero que se dedica a vender verduras porque es lo único que puede hacer, se desata el incendio. En Egipto ocurrió lo mismo: la cleptomanía y la pretensión de Mubarak de convertir a su hijo en sucesor encendieron la mecha. En los dos países, el poder real era el Ejército, y en ambos casos el Ejército se negó a practicar la represión. No fue el 18 de Brumario, pero casi. Lo que ha pasado revela que la identidad religiosa no afecta finalmente el sentir general de una población que quiere vivir bien o salir de ese sistema de vida.

    ¿Cómo terminará el caso de Libia?

    Supongo que con la rendición de Gadafi. No hay otra solución, a menos que Gadafi se refugie en un país que no haya firmado el Estatuto de Roma [norma fundacional de la Corte Penal Internacional]. Si Gadafi y su familia se van, el sistema cambia, ya que en Libia no hay ejército. Fíjese qué diferencia: en Túnez y Egipto sí había Ejército, y, cuando el poder clásico –la superestructura– decide ponerse al lado de la revolución, la revolución se hace. Si la superestructura, el Ejército y la Seguridad no quieren hacer la revolución, tienes una guerra civil. Esto está escrito y teorizado. Para evitarlo, una de las primeras cuestiones que hay que plantear, aparte de la presión militar, es la de darle una salida al dictador, para que se marche y se termine el conflicto lo más rápido posible. Pero no puedes cerrarle la puerta y decirle: “Mire usted, en cuanto salga de aquí, le vamos a juzgar en La Haya y le vamos a meter en la cárcel con cadena perpetua”. Quizá ese planteamiento se explica porque vivimos en unos momentos en los que tenemos que dar castigos ejemplares. Perfecto. ¿Y por qué sólo se dan castigos ejemplares a Gadafi?

    ¿A quién más habría que darle castigos ejemplares?

    A la brutalidad de Siria. Algunos dicen: “No, el caso de Siria es muy delicado, es un país fronterizo con Israel, cercano a Irán. Sería una locura”. Las revueltas hay que apoyarlas de forma lineal: no veo por qué se ha sido tan explícitamente exigente con Gadafi –y no es que lo defienda–, y en cambio con el presidente sirio se ha empezado a mirar hacia otro lado. Como tampoco veo por qué se duda tanto con respecto a Yemen. Supongo que la razón es que tiene una situación estratégica en el mar Arábigo que es bien conocida...

    ¿Hasta dónde va a llegar la hipocresía de la política internacional?

    No lo sé. Es un hecho que el sistema tiene muchas imperfecciones y troneras por las que se escapan las buenas intenciones. Por eso hay que ser muy prudentes cuando se hacen este tipo de grandes visiones de conjunto.

    ¿Está obligada Europa a apoyar estos intentos de llegar a la democracia? ¿Tiene algún tipo de responsabilidad moral debido a sus valores históricos?

    Más que por esos valores, debe apoyarlos por puro interés estratégico. Tenemos en el Mediterráneo muchos intereses que nos afectan directamente, sin duda. Se apostó por una fórmula que ha dado resultado en algunos aspectos, y en otros no. Los instrumentos de la política de vecindad de la Unión Europea han demostrado enormes carencias. Y a partir de ahí, ha habido que apelar otra vez a los norteamericanos y a la OTAN. 

    ¿Cómo se explica que los gobiernos europeos apoyen las revueltas y al mismo tiempo se planteen el cierre de fronteras y hasta la reforma bilateral del Tratado de Schengen?

    Esto da una idea del grado de debilidad de las políticas europeas. No es ya sólo el espectáculo que se ha dado queriendo reformar Schengen como excusa para resolver un problema bilateral, que es lo que aconteció entre Berlusconi y Sarkozy. Es que la no aplicación de Schengen está prevista ya, hay sentencias de la Corte de Justicia al respecto, y las cláusulas de seguridad nacional, orden público o sanidad te permiten cerrar la frontera. Buscan una excusa con Schengen porque son incapaces de hacer un discurso positivo hacia la política de vecindad. Si 30.000 refugiados tunecinos ponen patas arriba las políticas comunitarias, algo no va. Hay que plantear la cuestión abiertamente: ¿Qué pueden hacer los tunecinos, los marroquíes, los argelinos? Son los principales productores de aceite de oliva. ¿Les liberalizamos el comercio de aceite de oliva? Vete a explicarlo a Jaén o Córdoba. ¿Qué pueden fabricar? Textil, deportivas. Vete a explicar eso a algunas zonas de España. Los discursos están bien, pero no conozco a ningún líder que haya dicho que va a asumir el costo, y que lo hace por la estabilidad democrática y por la seguridad de estos países, que han dado un salto histórico. Aún no he descubierto a nadie que sostenga que los tiene que proteger porque es su obligación, su moral y también su interés estratégico, y que a la vez esté dispuesto a liberalizar las relaciones económicas y comerciales con todos ellos, y a transferirles una parte de su renta. 

    Usted cree, entonces, que Europa debería asumir el coste económico de apoyar la democracia en estos países, incluso en perjuicio de su propia población.

    Evidentemente. Pero en la actual situación de desempleo y de dificultades económicas que estamos viviendo es difícil que se haga, ya que supondría poner las cosas más complicadas incluso a nuestra propia población.

    La intervención en Libia ha vuelto a poner de manifiesto la división europea con la abstención de Alemania. Parece que la Unión Europea se desintegra cada vez que tiene que tomar una decisión importante.

    Absolutamente. Se han creado dos figuras que claramente no están funcionando: el presidente y la responsable de la Política Exterior. Probablemente no funcionan porque los estados fuertes les están creando enormes problemas para que se estructuren como un poder real. La abstención de Alemania que usted menciona es un ejemplo: “Como tengo tres elecciones regionales, pues no voy”. Y otros argumentos similares: “Como tengo un problema con 30.000 tunecinos en una zona que es mi influencia...”. En cambio, hay un país abierto, un maravilloso ejemplo de absorción del exiliado político, que es Francia. Es la gran aportación de la Ilustración, de la Enciclopedia. Francia es una referencia como tierra de exilio. Y ahora resulta que aparece allí una señora, la hija de Le Pen, y reúne un apoyo del 19%, y lo pone todo patas arriba. Esto revela que en Europa ya no hay proyecto político, que las agendas nacionales terminan imponiéndose en función de una encuesta de una semana. Se vive en el puro avance táctico.

    Si en Europa no hay proyecto político común, ¿cuál es la unión real de la Unión Europea?

    La unión sigue funcionando allí donde hay políticas comunes. La unión está en las políticas agrarias, en las de transporte, en las de competencias... Los sistemas que se iniciaron en la cumbre de Lisboa de 2000, el famoso método de cooperación abierta, de eso no se ha hecho nada, porque fuera de las políticas comunes no puede haber Europa. Y no lo digo yo, ya lo advirtió Jean Monnet. Pero también es verdad que se le han visto las orejas al lobo, y que en ciertos aspectos, como el gobierno económico, sí se ha avanzado algo, aunque sea debido a la crisis. Están las nuevas figuras del semestre europeo, los nuevos sistemas de verificación y control, la emergencia de un atisbo de gobierno económico... Fuera de las políticas comunes, dramáticamente no somos un actor global. 

    ¿Lo vamos a ser?

    No, en tanto en cuanto no haya un liderazgo renovado en la Unión Europea. Yo viví la fase de creación del euro, todo el Plan Delors y, muchas veces, cuando leo noticias del Consejo Europeo, me digo: “Con esta gente no se hubiera hecho el euro”. Yo he visto al Canciller Kohl en el Consejo Europeo de Florencia cesar fulminantemente al presidente del Bundesbank –nada menos que el poderosísimo Otto Pöhl– porque no quería el dictamen final del grupo de Delors cuando se avanzaba hacia la primera fase de la moneda única. Fue entonces cuando Kohl dijo: “Nuestro país tiene dos caras de una misma moneda: en una está Alemania y en la otra está Europa”. Aquel Consejo Europeo fue tremendo. ¿Qué presidente se atrevería a tomar una decisión de este calado hoy día? 

    ¿Qué líderes necesita Europa?

    No lo sé. Lo que hay ahora es un liderazgo que está muy cortocicuitado por las agendas nacionales. Europa tendría que ir a un sistema donde el gobierno económico se concluyera. Me parece básico. El euro es una gran creación, es la mayor derrota de los euroescépticos en la historia de la Unión Europea. Muchos de los editoriales que se pueden leer ahora en periódicos importantísimos los escriben personas que predijeron que el euro no sobreviviría y que, si se lo pudieran cargar, disfrutarían de lo lindo. Pero el euro funciona sin la City y no pasa nada. 

    Usted fue uno de los negociadores –junto con Fernando Morán, Gabriel Ferrán y Carlos Westendorp– del Gobierno de Felipe González para la entrada de España en la Unión Europea. ¿Qué se ha cumplido de todas las aspiraciones europeas que tenían entonces?

    La más importante era hacer de la Unión Europea –de la Comunidad Europea de la época– un instrumento principal para modernizar España en lo político, en lo social y, sobre todo, en lo económico. La España actual no tiene nada que ver con la del 82, la del 83 o la del 84. Afortunadamente... Nos anclamos en Europa, y las políticas comunitarias fueron las que nos obligaron a modernizarnos. España es un país que se anticipa mal a los acontecimientos: si no hubiéramos tenido la obligación de las políticas comunitarias, probablemente no lo habríamos hecho.

    ¿Y qué cosas se han quedado en el camino?

    El no haber sido capaces de configurar en los años buenos del Acta Única y Maastricht un poder europeo. No se trataba tanto de crear un poder hegemónico como de alcanzar lo que se llama el soft power [poder blando], que hubiera desempeñado un papel internacional mucho más importante del que finalmente desempeñamos. Luego ya se vio que a los europeos nos buscaban sobre todo para que fuéramos donantes. Y los que dirigían la orquesta solían ser siempre terceros que daban infinitamente menos dinero y menos medios que nosotros. Nuestra falta de unidad política nos llevaba a veces a situaciones muy absurdas, realmente absurdas, como en el conflicto de Oriente Medio.

    ¿Y ahora no lo hacemos? Porque Europa sigue teniendo un importante papel de donante...

    Ahora no estamos en ninguna parte. El papel de donante se mantiene, pero en aquella época todavía estábamos en las reuniones, y Estados Unidos no se atrevía a romper las rutinas del diálogo transatlántico. Con Obama se ha roto hasta la rutina: ya no hay ni cumbres con Europa. Es duro, ¿no? Por lo menos en la época de Clinton, incluso en la de Bush, se mantenían las rutinas, había reuniones de jefes de Estado... Obama ha estado cinco veces en Europa y todavía no ha visitado Bruselas ni ha hecho una reunión a nivel oficial con la Unión Europea. Y, por cierto, no ha tenido ni cinco minutos para pasar por Madrid. Yo he conocido otra Europa: en la época de Bush padre y de Clinton, esto no pasaba. No había dirigente de aquella época que no citara cinco o seis párrafos de la Unión Europea. Ahora veo dirigentes que se entrevistan con Obama, como Cameron y Sarkozy, y no citan ni una vez a la Unión Europea. Es evidente que hay un deterioro muy grave de la posición internacional de la Unión.

    Además de ser uno de los negociadores, la suya es una de las cuatro firmas que figuran en el Tratado de Adhesión de España a la por entonces Comunidad Europea. ¿Se siente parte de la Historia con mayúscula?

    No. En todo caso, de la historia con minúscula. Aquellos momentos fueron fantásticos para mí porque se trataba de una operación política muy importante para superar gran parte de la exclusión española. Para bien y para mal, nuestro país está vinculado a la historia del propio Continente, pero por las circunstancias de la Segunda Guerra Mundial y del franquismo se nos dejó fuera. Sobre todo, nos teníamos que modernizar. Salíamos de una Transición muy difícil, con varios golpes de Estado, unos encubiertos y otros abiertos, como el de Tejero, teníamos un aparato productivo que venía de la autarquía de Franco, totalmente obsoleto y que había que modernizar. La adhesión de España al Mercado Común es una de las operaciones más exitosas que hemos llevado a cabo en materia de política internacional. No digo que todo se hiciera bien, pero sí que fue rentable. Era muy importante la motivación que había detrás: la gente, el pueblo, entendió que se trataba de un proyecto muy claro, y por eso aceptó aquellos sacrificios. Ahora se tiene otra visión porque la gente olvida... 

    ¿Olvida las dificultades?

    Sí. Yo me quedé absolutamente anonadado el día en que el comisario de Avignon me dio la declaración de crisis manifiesta de la siderurgia española. Se lo comunicamos a los sindicalistas españoles: a los de Comisiones Obreras, a los de UGT, y también a los de ELA, porque afectaba a Altos Hornos de Bilbao. Fue en el hotel Sheraton. Les dijimos que no había podido ser: que la crisis era manifiesta. Hubo que cerrar los Altos Hornos de Sagunto y de Avilés, la flota pesquera se redujo un 75%... Y luego vino lo del IVA. En todas las tiendas pequeñas y medianas, la contabilidad era un alambre: hacían una facturita y la ponían en el alambre. Eso era España. Y cuando dijimos que no se podía continuar así, que hacían falta máquinas calculadoras y que entraba en vigor el impuesto del valor añadido, parecía que el país se caía. O les decías a los agricultores que todo tenía que venir medido en calibres, y que nada de venderlo en camiones, que ya no se podían transportar los pepinos dando tumbos encima de la lona del camión, que tenían que ir empaquetados. “Eso es imposible”, decían. Ahora el empaquetamiento en cualquier cooperativa de exportación es primoroso, una de las primeras industrias nacionales. Tuvimos que ajustar el país a una nueva realidad. 

    España parecía que se caía, pero no se cayó.

    Claro. Este país es miedoso para los grandes cambios. Se tiene una visión romántica y muy positiva de aquel proceso porque fue rentable, pero no fue fácil. ¡Uf!, no fue nada fácil. Sin embargo, al final, como hubo un proyecto que la gente se había creído, se produjo algo que ayudó mucho y que en España es rarísimo: hubo un sentimiento general de autoestima colectiva. Y que este país se sienta colectivamente contento de sí mismo es rarísimo; este país se siente contento con la Copa del Mundo de la Roja y para de contar.

    ¿Tuvo alguna duda de que aquello no fuera a salir?

    No, no [niega con la cabeza, tajante]. Yo siempre creí que iba a salir, pero en ese momento el Gobierno decía: “¿Cómo vamos a entrar?”. Y sí, se consiguió, se hicieron las cosas bien. El presidente del Gobierno se empapó del tema, consiguió nutrir un sistema de relaciones personales que nos ayudó mucho, con Kohl, con Mitterrand, a su manera con Thatcher, con los principales bilaterales... Nos matamos a trabajar, realmente nos matamos, porque había mucha ilusión. Cuando tienes delante de ti un gran cambio y te lo crees, inevitablemente te creas tu propia épica, y eso te da una fuerza psicológica enorme. Y al contrario: cuando afrontas una situación que no representa un gran cambio, hay muchos problemas, te resulta insoportable la rutina. El problema que padecemos ahora en España es que tenemos una democracia consolidada y no hay grandes objetivos que te lleven a la épica colectiva para luchar por ellos. Gestionar la rutina de la democracia es horrible. Y en un país que es muy poco luterano, muy poco erasmista, mucho más.