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  • Los ocho goles de las guaraníes

    Texto Ander Izagirre [Com 98] Fotografía Ander Izagirre y Fernando Martínez Sarasqueta

    Las mujeres del Chaco boliviano emprendieron una revolución social a balonazos. Se rebelaron contra la pobreza, la enfermedad y la marginación, soportaron burlas y palizas en sus propios hogares, pero no cejaron hasta organizarse en equipos de fútbol y montar un torneo que se extendió por toda la región. Así lo contamos en el número 662 de Nuestro Tiempo. El pasado julio, una selección de guaraníes, todas madres, viajó a San Sebastián para participar en el torneo internacional Donosti Cup. “No venimos a hablar de miseria”, anunciaron, “sino a marcar goles”. Y metieron unos cuantos. 


    El balón salió rechazado hacia el pico del área, justo donde llegaba Lidia Galván, la extremo derecha boliviana: “Pateé fuerte y de pronto vi la bola en la red. No me lo podía creer. Salí corriendo pero no sabía adónde ir, me sentí medio mareada”. Sus compañeras se le echaron encima, la abrazaron, saltaron, gritaron.

    Galván es la mayor del equipo (39 años), la que más hijos tiene (siete) y la que más goles metió en el primer partido (dos). Cuando se separó del abrazo colectivo, se tapó la cara con las manos y volvió caminando a su posición, con la cabeza baja. Al reanudarse el juego, recibió un par de broncas del entrenador: corría despistada, había dejado marchar a la lateral contraria banda arriba, sin seguirla.  

    “Anoche estaba muy nerviosa, me costó dormir”, contó al final del partido, en un campo de San Sebastián, durante el torneo internacional Donosti Cup. Para Galván, como para casi todas sus compañeras, era la primera vez que salía del Chaco boliviano. “Quería meter un gol, por lo menos uno en todo el campeonato, por mi familia, por mis hijos, por mi país, por los auspiciadores que nos ayudaron a venir. Marqué y lo primero me acordé de mi familia. Hace unos días llamé por teléfono y casi no pude hablar con ellos, me entraron ganas de llorar. ¿Por qué? Porque estamos muy lejos. Ahora me siento feliz pero mi marido y mis hijos aún no saben que marqué dos goles”.

    Galván luce con orgullo sus dos empeños más recientes: el fútbol y el trabajo en el vertedero de Camiri donde, con otras veinte mujeres, recicla botellas. “Soy la reveterana del equipo. Pero no me siento vieja, estoy muy viva”, dice. “Siempre me gustó el deporte, de niña jugué a voleibol y a básquet, pero luego ya no pude. Tuve que criar a mis hijos, cuidar a mi mamá, llevar la casa. Por muchos años no pude hacer deporte ni tener un trabajo. Pero mis hijos ya crecieron, algunos incluso salieron bachilleres, estoy muy orgullosa. El año pasado empecé a trabajar en el vertedero, y dos días por semana voy a los entrenamientos del equipo”.

     

    Revolución a balonazos. Galván es una de las veintidós futbolistas que el pasado julio viajaron a San Sebastián con la selección del Momim (Movimiento de Mujeres Indígenas del Mundo). Esta organización se fundó en el Chaco para apoyar a las mujeres guaraníes, que padecen condiciones muy duras: muchas viven con cinco o seis hijos, a veces nueve o diez, hacinados en casetas de adobe sin agua ni electricidad, acosados por el hambre y las enfermedades parasitarias. Los maridos a menudo se marchan y no vuelven. O vuelven borrachos, gritando y golpeando. Ellas trabajan sin descanso para cuidar a los niños y llevar la casa, limpiar, coser, cocinar, cultivar un poco de maíz en una parcelita, criar algún chancho, unas gallinas y salir unas horas a la ciudad para vender empanadas en la calle o limpiar casas a cambio de unos pesos. A partir de 2003, el Momim les ofreció cursos de salud, talleres de formación profesional y asesoría para las víctimas de violencia de género. Con el tiempo, empezaron a organizar equipos de fútbol.

    “Estas señoras que vienen a los entrenamientos dos o tres veces por semana tienen un mérito extraordinario”, explica Margoth Segovia, directora del Momim en el Chaco. “Llegan agotadas pero participan porque el fútbol representa para ellas mucho más que un deporte: es su espacio de libertad, el momento de la semana en el que se juntan con las amigas, charlan, se ríen, practican un juego en grupo, y durante unas horas se olvidan de sus vidas tan duras. La sociedad guaraní es muy machista. Aquí las mujeres no tienen vida propia, sólo hacen lo que les permita el marido, pero ellas han ido ganando sus espacios”.

    En apenas dos años, el fútbol impulsó una revolución social en el Chaco: “Al principio, muchos hombres se negaban a que las mujeres jugaran”, cuenta Segovia. “Les parecía algo ridículo, vergonzoso. ¡Sus mujeres jugando al fútbol! Las que se atrevían a venir recibieron más de una paliza. Pero los hombres se fueron acostumbrando poco a poco y cada vez vienen más a ver los partidos. Un domingo me di cuenta de que estábamos cambiando las cosas: vi cómo una de las jugadoras dejaba el bebé a su marido y salía a la cancha. Aquello era revolucionario: ¡el hombre con el niño en brazos, mientras la mujer jugaba! No me lo podía creer”.

    Muchas de estas mujeres padecen además el Mal de Chagas, una enfermedad transmitida por la vinchuca, un insecto al que llaman “el vampiro de los pobres”, porque se reproduce en condiciones de miseria y de insalubridad. Hace unos años la doctora valenciana Pilar Mateo viajó a Bolivia con una pintura de su invención, que se aplica a los muros de adobe y repele a la vinchuca. Desde entonces la pintura de la doctorita ha salvado muchas vidas. Pero los inicios fueron desalentadores: “Llegué al Chaco con mi pintura para las paredes y descubrí que a veces no tenían ni paredes, que algunas familias vivían con esteras y lonas. Al principio pensaba que la enfermedad requería una solución simplemente científica, pero me di cuenta de que el verdadero problema es la pobreza, la desesperanza, la resignación. No es una cuestión de química sino de justicia: el Mal de Chagas tenía que haberse erradicado hace cien años, pero persiste porque aún persiste la miseria. Y los científicos no estamos solo para escribir publicaciones y decir que los guaraníes se mueren, sino para denunciarlo y para poner el conocimiento en acción”.

    Mateo fundó el Momim para ayudar a que las mujeres, responsables principales de las familias, pelearan por mejorar sus condiciones. En esa lucha por la autoestima llegó el fútbol. Y unos años después, llegó la oportunidad para que una veintena de jugadoras volaran a Europa. En ese proyecto, y en la búsqueda de patrocinadores, tuvieron mucho que ver otras dos personas: Íñigo Olaizola, director del torneo Donosti Cup, que todos los veranos reúne en San Sebastián a más de cinco mil jóvenes futbolistas de todo el mundo, y Xabier Azkargorta, el entrenador guipuzcoano que en 1994 llevó a Bolivia a un Mundial por única vez en su historia, y que se ofreció para entrenar a las mujeres guaraníes.

     

    Estreno con goleada. El Profe Azkargorta, el Bigotón, es un ídolo semidivino en Bolivia. Unas semanas antes del torneo viajó al Chaco para entrenar a las mujeres del Momim, y su presencia lanzó la historia a las televisiones y a las portadas de los diarios bolivianos: “El Bigotón dirigirá a jugadoras guaraníes en torneo mundial en España”. Las futbolistas se convirtieron de pronto en estrellas. Las empresas locales se apuntaron como patrocinadoras del viaje. A Azkargorta lo llevaron de acá para allá, por ruedas de prensa y platós, y cuando lo bombardeaban con preguntas de la actualidad futbolera boliviana, él siempre insistía en que estaba allí para contar la historia de las mujeres del Momim. 

    El Profe enseñó a las jugadoras a repartirse el espacio, ese inmenso campo de fútbol once en el que antes naufragaban y se perdían de vista. Ya en San Sebastián, en los partidillos previos al torneo, les gritó hasta perder la voz para que vigilaran sus posiciones, para que las centrales no se quedaran atrás rompiendo el fuera de juego, para que la arquera se colocara más adelantada, para que formaran un 4-4-2 muy apretado, en el que pudieran mantenerse cerca unas de otras. Las chicas aprendieron los movimientos para sacar el balón desde atrás con apoyos, empezaron a jugar pendientes de las compañeras, se organizaban a voces, tomaron soltura. Se atrevieron a regatear. Perdieron el miedo a chutar. Y así llegaron los goles.

    En el primer partido del torneo, contra el equipo vasco del Bidebieta, las centrocampistas bolivianas tenían la lección bien aprendida: buscaban siempre a Griselda, la 10, la más habilidosa. A los quince minutos, Griselda recibió el balón en la banda izquierda, dribló a dos rivales con dos ruletas dignas de Zidane, y entró al área. Cuando le salió al paso la última defensora, pasó la bola al otro extremo, por donde llegaba embalada Esther Medina, la Niña, la 9, su compañera en el ataque doble del Momim, que pegó un zambombazo en diagonal y coló el balón junto al poste. 

    La Niña se volvió loca de alegría, corrió por el campo, chilló, se quitó la camiseta, pegó saltos, recibió el abrazo tumultuoso de sus compañeras. “De pronto me dio miedo”, explicó al final del partido. “Pensé que el árbitro me iba a enseñar tarjeta por sacarme la polera”.

    No hubo tarjeta. El árbitro estaba distraído contemplando el baile del pollo con el que las bolivianas celebraban el 1-0 –“¡el pollo, el pollo con una pata, el pollo con una alita, el pollo con la colita!”-, igual que se distrajeron las rivales del Bidebieta, igual que se distrajo el público, entre el que había un grupo de emigrantes bolivianos afincados en San Sebastián, que animaban con banderas y con las caras pintadas de rojo, verde y amarillo. 

    Las futbolistas del Momim se crecieron. Jugando muy juntas, replegadas en su propio campo, robaban balones y salían al contragolpe con chispa. En el descanso ya ganaban tres a cero. Algunos bolivianos bajaron de la grada para felicitar a las jugadoras, y Azkargorta se enfadó: “¡Eso al final, al final! Chicas, no se relajen, empezamos la segunda parte como si fuéramos cero a cero”. 

    En el segundo tiempo llegaron otros tres goles del Momim, incluidos los dos de la reveterana Lidia. Con el 6-0 definitivo –dos de Lidia, dos de Griselda y dos de la Niña-, corrieron al centro del campo las jugadoras, las suplentes y los espectadores bolivianos, que querían fotografiarse con ellas y con el míster. Azkargorta posó rápido y se llevó a su equipo al vestuario, donde recibió un maremoto de besos y abrazos. Luego pidió silencio.

    –Chicas, clasificar a Bolivia para el Campeonato del Mundo fue el mayor éxito de mi carrera como entrenador. Pero la alegría más grande que jamás me ha dado el fútbol ha sido esta victoria de ustedes.

    Las mujeres lo abrazaron de nuevo, lloraron y le cantaron a pleno pulmón: “¡Te queremos, Profe, te queremos!”. 

    Derrotas y orgullo. Al día siguiente jugaron otros dos partidos contra rivales muy superiores: perdieron 12-0 por la mañana y 11-0 por la tarde. En el primero, cuando las catalanas del AEM marcaron el undécimo gol en un clamoroso fuera de juego, a Azkargorta se lo llevaban los demonios. Era el undécimo, quedaban tres minutos para acabar, pero corrió por la banda en pleno arrebato de furia, sacudiendo los brazos y chillando al árbitro como si le hubieran robado un penalti en la final de la Copa del Mundo. El duodécimo, justo después, también lo marcaron en un fuera de juego de libro. Al final del partido, algunas futbolistas del Momim se acercaron al árbitro y le reclamaron que descontara esos dos últimos goles y que dejara el marcador en un 10-0. No lo hizo, claro, pero ese detalle de rebeldía entusiasmó a Azkargorta, quien escribió en su cuenta de Twitter: “Cada día estoy más orgulloso de estas madres y su espíritu, su gran capacidad de lucha y sus ganas de vivir. Han cantado a pesar de la derrota”.

    También cantaron y bailaron tras los dos partidos siguientes, perdidos por 7-1 y 5-1, con nuevos goles de Griselda. El entrenador insistió en la idea: “Estas mujeres ya han ganado el partido más valioso. Su participación en la Donosti Cup es una manera de decir que son pobres, que tienen el Mal de Chagas… ¡y qué! Esos problemas no son ahora lo importante, lo importante es que han aprendido a luchar, a levantarse”.

    A Barbarita Saavedra, coordinadora de la expedición, tampoco le importaron las derrotas: “Nuestro triunfo es que ya no somos invisibles. Allá en nuestras casas muchas mujeres no tienen voz ni capacidad de decidir. Sufren una triple discriminación: por ser mujeres, por ser pobres, por ser indígenas. Pero en este torneo somos futbolistas como todas las demás, venimos a competir de igual a igual con cualquiera. Si nos meten gol, no importa: recogemos la bola y empezamos de nuevo. Queremos mostrar a las mujeres de nuestras comunidades que tenemos que pelear, y que, si caemos, nos levantamos otra vez. Cuando vuelvan a casa, estas futbolistas van a ser líderes en sus comunidades. Van a tomar la iniciativa y no van a callar más”.