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  • En los fosos de Europa

    Texto y fotografía: Daniel Burgui [Com 07] y Paula Vilella [Com 08]

    Más de cuarenta y seis millones de personas vivirán lejos de sus hogares en 2014, forzados a huir de la guerra o el hambre. Es la mayor emergencia humanitaria desde hace décadas. Muchos refugiados emprenden viajes épicos hacia Europa, a través de mares y desiertos, pero antes de salvar la frontera y cruzar el gran muro europeo, dos islas mediterráneas interrumpen su viaje. Una convertida en cárcel, la otra en cementerio. Malta y Lampedusa.

    —El viejo profesor. Mohamed Osman Jelle, somalí de 36 años, vive en un contenedor. Allí padece la humedad y la filtración de agua. Sin esperanza de un futuro, ha decidido abandonar Malta de forma irregular con un vuelo barato hacia Dinamarca.

    En la bahía donde encalló la primera patera que llegó a sus costas, los malteses construyeron una ermita. En aquella barcaza viajaban 276 personas. Finalizaba el otoño y el mar comenzaba a hacerse intratable. Había terminado ya la época buena para la navegación en el Mediterráneo.

    Al abandonar las abrigadas costas de Creta y enfilar hacia Italia cambiaron los vientos, una tempestad desde el oeste azotó la embarcación. Perdieron el rumbo y zozobraron varias jornadas a la deriva, sin agua y sin comida. Desesperados. En cuanto divisaron la costa, su única esperanza fue varar la nave antes de chocar. Clavaron la proa, que quedó inmóvil, y la violencia del mar comenzó a batir la embarcación y deshacer la popa. El centurión que custodiaba a los presos liberó a los pasajeros para que cada cual se salvase, los que pudiesen nadar primero y el resto, bien en tablas, bien en despojos de la nave, hasta que alcanzasen tierra firme.

    «Estando ya a salvo, supimos que la isla se llamaba Malta. Y los naturales nos trataron con inusual humanidad; porque encendieron una hoguera a causa de la lluvia que caía y del frío, y nos acogieron a todos». Este relato sobre el naufragio de San Pablo cuando era trasladado a Roma para ser juzgado junto con otros reos, es uno de los hitos fundacionales de la nación maltesa. Y la crónica más fidedigna de la llegada de la primera patera a Europa.

    Desde entonces, las barcazas y esquifes de refugiados llevan casi dos mil años estampándose sin descanso frente a las costas de este pequeño archipiélago. La narración del viaje de Shami Taha, un joven sudanés, hasta Malta casi se superpone con la de los Hechos de los Apóstoles, aunque con menos lírica y más dramatismo: «Llevábamos agua y comida para tres días, pero perdimos el rumbo, fuimos a la deriva y a la novena jornada ya no teníamos nada que comer». Cuando escucharon el estruendo de un helicóptero, aquella noche, ya solo quedaban cuatro pasajeros con vida en la patera: un muchacho somalí, un argelino, un niño y el propio Shami. «Desesperados, prendimos fuego a nuestras ropas para llamar la atención», cuenta el joven. Era la segunda vez que Shami intentaba alcanzar Europa, hacinado en un minúsculo bote junto a otros treinta y dos pasajeros. Por higiene y espacio, antes habían arrojado al mar a los pasajeros que habían fallecido.

    «A menudo pienso en los cadáveres que tirábamos por la borda. En aquellos compañeros. No puedo quitarme ese recuerdo de la cabeza», recuerda Shami Taha, en una céntrica plaza de La Valeta, capital de la pequeña república. «En ese momento, cuando nos rescataron, solo esperaba que me llegase la muerte. Nada más».

    Desde el aire, la isla principal del archipiélago maltés parece una magdalena. Es un islote rechoncho, de color ocre, casi deforestado y de escasas playas. Su contorno está recortado en altísimos riscos y desfiladeros que se ondulan y repliegan. Casi todo el litoral es un peñasco de piedra caliza con paredes de roca contra las que revienta el mar. Lo mismo ocurre con Lampedusa, la más grande del archipiélago italiano de las Pelagias: un costrón alargado, como la corteza de un pan artesano. Ambos islotes son célebres encalladeros de barcos, más cerca de África que de Europa.

     

    Un naufragio mediático que no cambió nada. El jueves 3 de octubre 2013 un heladero a punto de jubilarse, Vito Fiorino, y sus amigos pescaban de madrugada en una barca de recreo cerca de la isla de los Conejos, en Lampedusa. En la oscuridad, escucharon los gritos de hombres y mujeres. Eran los supervivientes del pasaje de una barca que acababa de naufragar tras varios días a la deriva. A la desesperada habían prendido fuego a sus ropas, al igual que Shami, para que les viesen en alta mar: 387 eritreos, sudaneses y etíopes murieron aquella madrugada frente a las costas de Lampedusa. La cubierta impregnada de fuel se incendió y aceleró el hundimiento del barco. Fiorino rescató a 47 de ellos ante la incredulidad de que la Guardia Costera italiana pretendiera denunciarle por asistir a migrantes ilegales.

    Hubo algo en la muerte de estas personas que escandalizó al mundo y ocupó las portadas de los periódicos. Todos ellos eran «sanpablos» modernos. Perseguidos, proscritos o refugiados. Eritrea, Sudán, Etiopía o Somalia, cuatro países con algunas de las dictaduras más salvajes y represoras del mundo, como la de Issaías Afewerki en Eritrea, bárbaras persecuciones políticas, étnicas o religiosas a cristianos y musulmanes, más de veinte años de guerra civil en Somalia o Sudán y un rompecabezas de caciques y señores de la guerra que han desmembrado estos países hasta convertirlos en paradigma de «Estado fallido». Desgracias aderezadas con sequías y hambrunas, como la del Cuerno de África en 2011 o la del Sahel, en 2012.

     

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