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  • Las cicatrices de Chernóbil

    Texto Ander Izagirre [Com 98] / Fotografía Santiago Yaniz Aramendia

    Treinta años después de la explosión nuclear, visitamos Chernóbil y a sus supervivientes. La radiación mató a miles, marcó los cuerpos y las mentes de muchos miles más, todavía enferma a los vecinos. Con los años, los efectos físicos van disminuyendo pero el desastre social se agrava. La catástrofe dejó un territorio devastado, pobre, violento, con miles de jóvenes desesperanzados. Lo dice Svieta Volochái, niña evacuada en 1986, ahora profesora en la región: «Tenemos un pequeño Chernóbil en cada casa».

    —Acero contra la radiación. Una enorme cúpula de acero (a la izquierda), cuya construcción finalizará en 2017, cubrirá la estructura de hormigón creada después de la explosión de 1986 para contener la radiactividad del reactor número 4 (en el centro de la imagen).

    Vasili Koválchuk recibió una llamada el mediodía del 26 de abril de 1986. «Me dijeron que me presentara inmediatamente en Chernóbil. No me explicaron para qué». Koválchuk tiene ahora cincuenta y siete años, viste vaqueros, chaquetón de camuflaje y una gorra que se quita para mostrar una cicatriz que le atraviesa en diagonal la ceja derecha y le distorsiona levemente la mirada. Es una variación del famoso «collar de Chernóbil», el tajo que muchos ucranianos y bielorrusos llevan en la base del cuello, señal de que les han extirpado la glándula tiroides para curarles el cáncer producido por la radiación. A Koválchuk le extirparon un osteoma, un tumor óseo que le creció encima de la ceja.

    Cuando el reactor número 4 de Chernóbil explotó a la 01.23 de la madrugada, Koválchuk dormía a catorce kilómetros de allí, en su aldea natal de Korogod (Ucrania, cerca de Bielorrusia). Él era un soldado soviético de veintiocho años. Aquel sábado tenía fiesta. Se despertó, desayunó y salió al campo a sembrar patatas con sus padres. A esas horas la central ardía. Una explosión había destruido el núcleo del reactor y había reventado el techo del edificio. El combustible nuclear y los materiales de la central, fundidos en una masa incandescente, ardían a dos mil grados de temperatura, y de esa hoguera atómica se elevaba una columna de humo de mil quinientos metros de altura. Mientras Koválchuk cavaba la tierra en camiseta de tirantes, del cielo caía una lluvia invisible y silenciosa de cesio, estroncio, yodo, plutonio, neptunio, circonio, cadmio, berilio, lantano, rutenio y otras partículas radiactivas. 

    «Me presenté en Chernóbil, me dieron una pala y me mandaron corriendo a llenar sacos de arena».

    Los liquidadores: mártires por Rusia.

    Nuestras centrales atómicas son tan seguras, decían las autoridades soviéticas, que podríamos construir una en la mismísima Plaza Roja de Moscú. Durante una prueba de seguridad, en la que los encargados de Chernóbil quebraron varias normas, el reactor 4 sufrió un aumento súbito de potencia, el núcleo se sobrecalentó y en su interior se fue acumulando una nube de hidrógeno con una presión cada vez mayor. Hasta que estalló como una olla exprés.

    Los reactores de Chernóbil carecían de cúpulas de contención —revestimientos de hormigón y acero para retener fugas y para protegerlos de agresiones externas—. El núcleo quedó destruido, ardiendo y al aire libre. Las emanaciones radiactivas salían a la atmósfera en una gruesa columna de humo. El techo estaba construido con asfalto, contraviniendo las normas de seguridad porque es un material combustible: cuando sus pedazos volaron por los aires, envueltos en llamas, cayeron al techo del vecino reactor número 3 y encendieron varios fuegos que amenazaban con destruirlo. También existía el peligro de nuevas explosiones en el propio reactor 4: el combustible nuclear se fundía y se desparramaba como lava a mil seiscientos sesenta grados, y si ese magma se filtraba y caía a los depósitos refrigerantes de agua que se guardaban debajo del edificio, se desatarían explosiones gigantes de vapor, podrían estallar incluso los reactores vecinos, se formarían nubes y más nubes de gas radiactivo, en una hecatombe que devastaría media Europa.

    ¿Quién iba a apagar los incendios? ¿Quién se iba a meter en las aguas para abrir a mano la compuerta del depósito subterráneo y vaciarlo? ¿Quién iba a excavar un túnel por debajo del reactor para inyectar nitrógeno líquido y enfriar la hoguera atómica? ¿Quién iba a construir un sarcófago para tapar las oleadas de radiactividad? ¿Quién se iba a encargar del apocalipsis?
    Los liquidadores.
    Los bomberos llegaron a los pocos minutos, apartaron escombros radiactivos y pedazos de combustible nuclear a mano, treparon al tejado, apagaron los incendios exteriores en tres horas, evitaron la explosión del reactor número 3 y en los siguientes días empezaron a morir uno tras otro por las dosis agudas de radiación. 

    En las cercanías del reactor, el nivel de radiactividad era millones de veces superior al normal. El coronel Vodolazski, instructor de los pilotos de helicópteros, voló ciento veinte veces sobre el boquete en llamas, para lanzar sacos de arena, plomo, arcilla y boro. En medio de aquella humareda ardiente, tenía que sacar la cabeza fuera de la cabina, situarse sobre el objetivo y soltar las cargas, mientras recibía olas de radiación brutales. Después de los primeros vuelos superó la dosis límite pero decidió seguir trabajando. Los pilotos se mareaban, vomitaban, apenas conseguían sacar los helicópteros de aquel horno atómico. Arrojaron cinco mil toneladas de material y tardaron diez días en apagar el incendio. Vodolazski murió y recibió el título de héroe de Rusia.

    Unos cuatrocientos reservistas, casi todos menores de treinta años, pasaron un mes excavando bajo la central, empujando vagonetas cargadas de rocas, a cincuenta grados de temperatura, bañados en radiación, abriendo un túnel en el que al final inyectaron hormigón para evitar que la central se desplomara. Otros centenares de obreros construyeron durante doscientos días el gigantesco revestimiento de hormigón con el que envolvieron el reactor reventado. En las tareas de descontaminación de los siguientes meses y años trabajaron unos seiscientos mil liquidadores traídos de toda la Unión Soviética. 

    Escribe Svetlana Alexiévich, en su libro Voces de Chernóbil: «Los héroes de Chernóbil tienen un monumento. Es el sarcófago que construyeron con sus propias manos y en el que encerraron la llama nuclear. Una pirámide del siglo xx».

    Vasili Koválchuk fue uno de esos héroes. En cuanto llegó a Chernóbil, pocas horas después de la explosión, le dieron una pala, una mascarilla y unas pastillas de yoduro potásico para proteger su tiroides. «Teníamos que llenar sacos de arena y cargarlos en los helicópteros que los iban a lanzar al reactor. Trabajábamos al aire libre y llevábamos un dosímetro para medir la radiación. Las cifras andaban entre dos y cinco milisievert por hora». En condiciones normales una persona recibe entre uno y tres milisievert al año, por la radiación natural de la tierra y el aire. Koválchuk superaba esa dosis anual en media hora. En la Unión Europea un trabajador de una central nuclear puede recibir una radiación máxima de cincuenta milisievert al año —sin llegar a cien en cinco años—. Koválchuk superaba esas dosis en un par de jornadas. Trabajó trece días en Chernóbil, desde el 26 de abril hasta el 8 de mayo. Después de cargar sacos de arena, lo destinaron a cavar zanjas para enterrar tierra radiactiva y a limpiar los vehículos y la maquinaria empleados en la liquidación del desastre.

    Las autoridades enviaron robots para que desescombraran el techo de la central, pero la radiación los destruía en pocos minutos. Se bloqueaban, movían los brazos sin control, algunos de ellos se dirigieron al borde del tejado y cayeron al vacío. Los robots se suicidaban y los trabajadores ucranianos hacían chistes: «Mandan un robot americano al techo, trabaja dos minutos y se funde. Mandan un robot japonés al techo, trabaja cinco minutos y se funde. Mandan un robot soviético, trabaja diez minutos, media hora, una hora, dos horas, y entonces le dicen por la radio: soldado Popov, ya puede bajar y tomarse un descanso». Hay imágenes espeluznantes de esos robots humanos enviados a la muerte. Se proyectan, por ejemplo, en el Museo de Chernóbil, en Kiev: hombres vestidos con casco, máscaras antigás, guantes, botas de goma y petos de plomo que pesan veinte kilos, hombres que se mueven con torpeza por el techo del reactor. Llevan una pala, con la que cargan unos pocos escombros, caminan a trancas y barrancas hasta el borde del tejado y los arrojan al vacío. Repiten la operación una y otra vez, en medio de una nube radiactiva invisible y mortal, con una lentitud angustiosa. Luchan con palas contra el átomo.

    Eran chavales. Les prometían librarse del servicio militar. A cambio de palear escombros durante cinco minutos, se evitaban dos años en el ejército, se evitaban un destino en la guerra soviética en Afganistán. A los liquidadores de las primeras horas les prometían buenas casas, coches, dinero, diplomas, recompensas que luego quedaron en el olvido, o llegaron con cuentagotas, o demasiado tarde, cuando ya habían enfermado o muerto. 

    «Cuando desapareció la Unión Soviética en 1991, dejé el ejército y me puse a buscar empleo en Kiev —cuenta Koválchuk—. Pero los jefes se enteraban de que había sido liquidador en Chernóbil y no me querían contratar. Pensaban que iba a enfermar, que traería problemas. Me daban trabajos sueltos como mucho. Pintaba coches durante unos días y luego nada. Tardé dos años en encontrar un puesto, de conductor municipal de autobuses».

    Entonces apareció el osteoma: un tumor óseo que le extirparon de la ceja en dos operaciones. Desde ese momento sufre dolores de cabeza diarios. Y aparecieron la pancreatitis, la gastritis, las enfermedades digestivas crónicas. A los cuarenta años lo reconocieron como uno de los afectados por la radiación, lo jubilaron y le dieron una pensión de invalidez que ahora es de doscientos veinte euros mensuales (el sueldo medio ucraniano ronda los trescientos) y algunos descuentos en las facturas de agua y electricidad.

    Nadie sabe cuántos murieron o cuántos van a morir por culpa del accidente. Se registraron treinta y un fallecimientos inmediatos: operarios de la central, bomberos y liquidadores que recibieron dosis letales de radiación en los primeros días. A partir de ahí, la cifra de muertos por la catástrofe es solo una estimación. Según un informe conjunto de ocho agencias de las Naciones Unidas, las muertes atribuibles a Chernóbil en el presente y el futuro podrían llegar a cuatro mil. También dice que, entre los cinco millones de personas que residen en zonas afectadas por la nube radiactiva, los casos de cáncer aumentarán menos de un 1 por ciento en las próximas décadas, lo que supone unas decenas de miles de enfermos. Según la revista científica International Journal of Cancer, ese aumento del cáncer debido a Chernóbil podría rondar los cuarenta y un mil casos. Son estimaciones.

     

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