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  • La crisis como síntoma

    Reyes Calderón [Decana de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales]

    Hay voces que apuntan que los vaivenes financieros son sólo los picos de fiebre de una sociedad verdaderamente enferma.


    Ilustración: Alberto Aragón.

    Las discusiones sobre la crisis económica llevan meses tiñendo páginas de diarios y ocupando minutos en los informativos. La nueva jerga —en inglés, naturalmente: Subprime, Swaps, Hedge funds...— y la ya conocida —deflación, paro, déficit...— se han colado en cenas de amigos y conversaciones de café. Hasta los niños —normalmente ajenos a las disquisiciones económicas— adelgazaron sus peticiones a los magos de Oriente, en solidaridad con el pobre Gaspar, a quien esta coyuntura ha situado al borde del paro, cuando no en la zanja. 

    Las reflexiones sobre la crisis discurren por distintos derroteros. Hay un debate, propio de tertulias radiofónicas, que se ensaña con políticos y reguladores, gerentes y banqueros. Por no haber sabido calibrar los efectos de una política de tipos de interés bajos y excesiva liquidez; por no haber previsto que provocaría una inadecuada evaluación del riesgo, un endeudamiento irresponsable y una diarrea de consumo. Por la deficiente regulación —el Estado viaja en Seiscientos; el mercado, en un Ferrari F430 Spider— que ha permitido sobre-endeudarse a bancos y cajas; fraudes; nuevos productos financieros, que pocos entendían y nadie controlaba, o conflictos de intereses de las calificadoras de riesgos… Se denuncia aquí y allá la esquizofrenia pública: prohibir el consumo de tabaco pero permitir que activos tóxicos, humo financiero y especulación llenen los mercados. Aunque el debate estrella es el coste de las medidas del Ejecutivo, que pueden haber costado en 2009 a cada español activo (y española, también en esto rige la igualdad) más de 20 euros diarios. 

    Hay un segundo frente abierto, mucho más interesante a mi entender, que no se fija en los actores sino en el escenario. Porque, al fin y al cabo, aunque a los de la profesión nos duela, la Economía forma parte de esa aleación que llamamos sociedad; está embedded, que diría Karl Polanyi, de modo que no podemos discutir sobre ella empleando el tradicional Ceteris paribus

    Se presta poca atención al escenario, pero resulta tan interesante como los actores, porque permite juzgar la película completa. Y ahí es donde aparece la verdadera diversidad de opiniones. Hay quienes insisten en que esta película ya la hemos visto; otros aseguran que es un producto nuevo, sin catalogar.

    No es esta la primera crisis que padecemos; ni será la última. En realidad, la vida presenta naturaleza cíclica. Estaciones; noches y días; nacimientos y entierros; éxitos y fracasos; advientos y cuaresmas. En este sentido, la crisis es para la Economía lo que la gripe para el cuerpo humano: un proceso desagradable, incómodo y recurrente. Vuelve con determinada cadencia, estropea la existencia durante unos días, y luego, con o sin medicinas, se va. En ocasiones, la cepa resulta agresiva: produce mucho paro y reduce considerablemente el bienestar; en otras, la enfermedad es leve, afecta a menos tejido industrial y a menor porcentaje de población activa. Pero, en ambos casos, el proceso resulta similar: la sociedad se desprende de sus viejas fórmulas, de los muebles pasados de moda. Adelgaza y, de nuevo esbelta, se lanza a la innovación: nuevos productos, procesos, mercados. Como recuerda Ortega, la humanidad necesita periódicamente sacudir el árbol para que caigan las frutas podridas del arte, de la ciencia… Y de la economía.

    Los PCs enterraron a las Olivetti y a un número no pequeño de auxiliares administrativos; el libro electrónico comienza a desplazar a las librerías tradicionales, y quién sabe si también a muchas editoriales; y China…. Sin comentarios. En ese sentido, pese a ser dolorosas, las crisis parecen responder a un proceso natural y necesario de destrucción creadora. Los niños dan el estirón tras el episodio febril; la sociedad, también. 

     

    no es una crisis epidérmica sino la punta de un iceberg

    Que la actual es una mala gripe, nadie lo duda. Extremadamente prolongada, produce tos, fiebre, espasmos y abundante mucosidad. En 2008, las pérdidas, sólo en el sector financiero, ascendieron a un trillón de euros; la destrucción de riqueza en el mercado bursátil fue quince veces el volumen de riqueza de la Unión Europea. En 2009, las cifras de crecimiento de la economía mundial se asemejaron a las del año 1945, cuando el mundo sentía los estragos de la II Guerra Mundial. Por no hablar de los trabajos perdidos, que se cuentan por millones. 

    Una mala gripe... Como digo, algunos insisten en que no deja de ser una virasis común, que nos ha pillado descolocados en la medida en que venimos de un largo periodo de salud y prosperidad. Actimel, flexibilización del mercado de trabajo, alguna que otra reformilla estructural, una purga para la indigestión de ladrillo y se acabó. Otros —entre los que me cuento— no lo tenemos tan claro. Se comprenderá que este punto resulte vital: según sea el diagnóstico, será el remedio. 

    Estamos empachados de ladrillo y bajos de defensas, nadie lo niega, pero entiendo que hay algo más en este escenario. No estamos sólo ante un sistema que cambia de piel a la espera de nuevas ideas o nuevos talentos. No es una crisis epidérmica, sino la punta de un iceberg que, con vestes financieras, presenta naturaleza social; una bacteria que requiere antibióticos. Y por vía intravenosa. 

    Crisis implica inestabilidad y, por tanto, alto índice de imprevisibilidad. La magnitud de esas perturbaciones debe medirse por las distancias a sus antónimos: estabilidad y previsibilidad. Las crisis del último cuarto del siglo xx mostraron sistemas alejados del equilibrio que resultaron capaces de volver a la disciplina y a la senda del orden. “Un caos”, dirá la madre al ver el cuarto de juegos, aunque sabe que, con más o menos esfuerzo, todo volverá a su sitio. Porque todo tiene un sitio.

    La diferencia con esta, creo, estriba en que hoy muchas cosas no tienen sitio; al hacer el puzzle nos sobran piezas y nos falta mapa. Si se me permite el símil, el comportamiento del sujeto económico se asemeja al del hijo pródigo de los Evangelios. Cuando tiene hambre, nunca antes, recuerda el bienestar que late en el aburrido orden. Tras décadas de comer suculentos manjares hasta atocinarse; tras ir de crucero, cambiar la cocina y el baño, comprarse un nuevo coche, televisión de plasma, iPhone y un bono de spa, el agente económico del siglo XXI se encuentra de pronto muerto de hambre, desempleado, entrampado, perseguido por los cobradores del frac. Y entonces recuerda las bondades del orden, la disciplina y la austeridad. Y trata de volver. Pero no encuentra el camino. Ni siquiera figura en Google maps. De ahí su perplejidad. 

    El mundo va a tal velocidad, que se ha perdido. ¿Dónde está el pasado al que volver? Los entornos institucionales, que antaño permanecían estables entre 102 y 103 años, han saltado por los aires. El futuro ya no es incierto (es decir, carente de certeza): es ignoto. Está como descoyuntado. El número de fotogramas de esta película crece ininterrumpidamente sobre una base tecnológica que sólo explotamos entre en un 15 y un 20%, y que amenaza con arrastrarnos. Los países a los que habíamos condenado al fracaso por sobrepoblación (China, India, Brasil) son ahora las locomotoras del mundo, mientras los occidentales nos permitimos el lujo de tirar por el retrete de la IVE a millones de seres humanos, manteniendo crecimientos cercanos a cero.

     

    Los fondos compran occidente como si jugaran al monopoly

    Algunos de los regímenes supuestamente incivilizados, desconocedores de las bondades de la democracia y de determinados derechos humanos, son ahora prestamistas universales. Manhattan es propiedad de árabes y rusos. Berlín está a la venta. Los fondos soberanos compran Occidente como si jugaran al Monopoly. Mientras en España discutimos el mantenimiento de derechos laborales, en el mundo cantidades ingentes de seres humanos conquistan derechos que nunca habían gozado, por ejemplo comer a diario, mientras producen en masa a precios ridículos. Mientras los sistemas financieros colapsan, los sistemas de banca paralela —la Hawala, la vuelta brasileña—, basados en la confianza étnica o familiar, prestan, financian o transportan dinero a espuertas.

    Lo que ocurre no es epidérmico, es más profundo; afecta a los modos compartidos de hacer y de pensar. Occidente, lento y gordinflón, ha olvidado que la capacidad de adaptación a lo desconocido tiene su raigambre en las tradiciones recibidas, en los valores que venía de despreciar. El gran historiador Edward Gibbon argumenta que cuando los romanos perdieron sus virtudes de siglos dejando la tarea de defender el Imperio en mano de mercenarios, Roma cavó su propia tumba. Tengo la sensación de Déjà vu, déjà vécu.Y no soy la única. 

    Quien más quien menos ha releído a lo largo de estos meses el libro de Galbraith El crack del 29. Quizás se deba a esa tendencia de volver la vista al pasado para pescar allí claves para comprender el futuro, bajo la premisa de que nada hay nuevo bajo el sol. O quizás porque en verdad existan similitudes sociales entre los felices años veinte —imperio del dinero fácil construido sobre un mundo especulativo— y el mágico primer lustro del siglo xxi, periodo de vida regalada, prosperidad y sobre-consumo en el que hemos acariciado la quimera de ser como dioses. O por el reverso: porque existe cierto parentesco entre los oscuros años treinta y este final de década. Aquellos acabaron con la vida y las aspiraciones de millones de personas; estos, con cifras de paro escandalosas, empresas añosas que caen como moscas y desánimo general. De nuevo la cruda realidad, sin anestesia: no pasamos de diosecillos con pies de barro.

    Sea como sea, releyendo a Galbraith me preguntaba cómo nos juzgará la Historia. Qué estudiarán nuestros nietos, si es que los tenemos y estudian algo que merezca la pena. A quién culpará la siguiente generación. No se trata de buscar una aguja en un pajar. Como he señalado, cabezas de turco no faltan. Sin embargo, me temo que nuestros retoños no se van a conformar con culpar a los estrategas. Por tentador que pueda resultar arremeter contra quienes diseñan la política económica o regulan los mercados, es injusto tratar de sentar en el banquillo a un único acusado. Esta crisis está ligada al sector financiero, al ladrillo y a los sapientísimos managers y políticos. Pero, como advierte cualquier persona con dos dedos de frente, si alguien vende es porque alguien compra. En un artículo reciente aparecido en The Financial Times, Swiderski apunta que a los excesos de politicos y banqueros han de sumarse los de los consumidores, que han vivido muy por encima de sus posibilidades y han consumido las rentas esperadas de la década siguiente como si el futuro fuera una variable manejable a discreción. En The New York Times, Andrew W. Lo da cuenta de los resultados de una investigación experimental que sugiere que los periodos extensos de prosperidad actúan creando un estado de euforia y autocomplacencia similar a la que ocasionan algunas drogas y provocando una reducción en la percepción de riesgo asumido. Hemos de reconocer que nuestro adiestramiento en la opulencia ha sido intensivo y exponencial. Una buena sobredosis.

    En esta línea, se alzan voces que advierten de que no estamos ante una simple crisis, sino ante una crisis de sentido, de valores. Como si lo que vemos fuera consecuencia de otra enfermedad más profunda, moral y social. Como si los vaivenes financieros fueran no más que los picos de fiebre de una sociedad verdaderamente enferma: “Con problemas de avaricia” (J. Almunia); “una crisis de principios y valores, gente que ha intentado enriquecerse y mucha gente que ha vivido por encima de sus posibilidades” (M. Rajoy); “gente que no se auto-controla y busca el interés desmedido a costa de lo que sea” (J.L. Rodríguez Zapatero); “desorden, codicia y ausencia de una relación adecuada nos han llevado a una situación muy difícil para todos” (F. González, presidente de BBVA). En su libro The Creation and Destruction of Value, Harold James lo resume así: la incertidumbre que ha generado la crisis financiera alrededor del valor monetario de las cosas escapa de ese escenario para provocar la reconsideración de los valores en un sentido general. Esta visión es también la del ciudadano de a pie. Una encuesta realizada en 2008 por TNS Sofres señala que la mayoría de los españoles (87%), suecos (82%), alemanes (79%) o franceses (74%) cree que lo que cuestiona la crisis son nuestros valores y formas de vida. 

     

    Nuestra forma de vida…. ¿de veras no nos gusta? 

    Porque en apariencia nunca hemos estado mejor, más sanos ni más guapos. Es innegable que esta modernidad individualista y materialista ha expandido enormemente nuestra capacidad de elección y consumo. Atrás quedaron las listas de espera para optar por un Seat: elegimos ropa, estudios, coches, vacaciones… Vivimos una era de posibilidades a rebufo de las nuevas tecnologías, que parece abrirnos cualquier puerta. Las palabras más escuchadas en la publicidad son “sin límite”; “sin fronteras”; “ya”; “todo”…

    Entonces, ¿de qué estamos hablando?

    Hablamos de que esa forma de vida —que tiene al éxito por meta y al consumo por timón— presenta costes que no hemos calculado, y que han quedado de manifiesto por la crisis, en especial un marcado cambio en la jerarquía de valores. 

    El llamado patrón (o síndrome) de éxito parte de la premisa (nada nuevo bajo el sol) de que existe una suerte de alquimia que hace del hombre individualista, egoísta, codicioso, volcado sobre sí mismo: un contribuyente neto a la prosperidad general. La sociedad premia a este arquetipo con potentes bonus que le permiten tener y acceder a todo en un tiempo récord, exprés. Sin embargo, el mercado es un dios celoso, que exige la exclusividad, lo que ha obligado a nuestros jóvenes a eliminar cualquier barrera que dificulte su cotización. Por perseguir el éxito han dejado de casarse y de tener hijos (en España una universitaria tiene de media tres cuartos de hijo, a los 40 años de edad); proliferan los abortos hasta convertirse en un verdadero genocidio; o se apuesta por una intimidad barata, sin responsabilidad alguna... Por el éxito, arrinconaron la familia, la amistad, la solidaridad. No iban con los tiempos, deslucían el progreso y reducían la posibilidad de triunfar y de consumir hasta el despilfarro. 

     

    Tener éxito no es alcanzar la fama, sino ser feliz

    Durante un tiempo, el modelo pareció funcionar y se expandió como la espuma. Algunos intentaron advertirnos. Juan Pablo II denuncia en Centesimus Annus “un estilo de vida que se presume como mejor, cuando está orientado a tener y no a ser, y que quiere tener más, no para ser más, sino para consumir la existencia en un goce que se propone como fin en sí mismo”. Galbraith, esta vez en La sociedad opulenta, recuerda que “la riqueza constituye un implacable enemigo de la comprensión. El hombre pobre tiene una visión precisa de su problema y su remedio: no tiene suficiente y necesita más… El rico, hasta que no aprenda a vivir con su riqueza, evidenciará una perceptible tendencia a emplearla para fines equivocados o hacer en otro caso el ridículo”. Estudiando la crisis del 29, prosigue: “Se puede saborear al máximo la muy variada imbecilidad del comportamiento humano… Puso al descubierto la necedad de los que parecían lúcidos, y falló la supuesta omnisciencia de los más reputados e ilustres señores. Cosas que quedaron ocultas por una fachada de dignidad se mostraron sin rebozo alguno, de la forma más obscena”. 

    No les escuchamos… Pero llegó la crisis y la “City” saltó por los aires. Exitosos ejecutivos en venta y de saldo se preguntan atónitos qué habían hecho mal. Porque han seguido el guión hasta el detalle: ambiciosos, solteros, codiciosos, despilfarradores, implacables, han relegado el resto de las cosas que podían autorrealizarles. ¿Por qué el sistema les premia poniéndoles en la calle? 

    Las palabras de Juan Pablo II resuenan. La gran cuestión sigue latiendo, porque tener éxito en la vida no es tener fama, sino hacer aquello que verdaderamente deseas, que te hace feliz. ¿Somos felices? ¿Este sistema nos permite mantener la felicidad a lo largo de nuestra vida? 

    Porque a nuestra inmensa capacidad de elección se unen riesgos casi apocalípticos. Vivimos rodeados de miedos: el cambio climático, los alimentos transgénicos, las calorías, el terrorismo a escala global, el colesterol, las pateras, la amenaza nuclear de los países emergentes. Y ahora la crisis global. Tenemos muchas cosas, muchísimas, pero vivimos permanentemente angustiados ante la posibilidad de perderlas; ante la desconfianza, ante la permanente necesidad de extender el límite de crédito de las visa. (Por cierto, ¿se han fijado en el número de huecos para tarjetas de las carteras?). Ante la soledad. Porque al llegar al mercado en busca del éxito, estamos solos, sin apoyo en un mundo hostil. Cada cual con su self, a la espera de los codazos, con las armas en alto. 

    Hace cinco años, esos envidiados ejecutivos de Londres, Nueva York o Madrid eran respetados. Ahora, las fuerzas sociales, los políticos de todo signo y las asociaciones los señalan con el dedo: “Vuestra ambición —les dicen— ha puesto en peligro la prosperidad de todos”. En el 29, los “pobres” ejecutivos saltaban por las ventanas. Ahora, gracias a Dios, se ha inventado el Prozac. 

    Todos, desde el Vaticano al diario El País, insisten en que es hora de volver a la senda del orden, del ahorro, de la austeridad, del esfuerzo; alejar el fantasma del cortoplacismo y el síndrome del éxito. 

    De acuerdo, hagámoslo. La cuestión es cómo. Porque si es cierto que estamos ante una crisis de valores —que nos faltan valores o que poseemos valores equivocados— lo lógico es que vayamos a buscarlos a los depósitos de sentido, al lugar donde surgen. Si se puede decir que esta es una crisis provocada por individuos avariciosos, ávidos de bienes exclusivos, muertos de éxito, se puede afirmar que la resolverán personas íntegras, sobrias, responsables, capaces de compartir, de crear para compartir, de morir de verdadera felicidad. 

    En la encíclica citada, Juan Pablo II añadía: “Es necesario esforzarse por implantar estilos de vida, a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un crecimiento común, sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones”. Benedicto XVI, en una audiencia reciente sostiene: “Quizás nunca como ahora la sociedad civil comprende que sólo con estilos de vida inspirados en la sobriedad, en la solidaridad y en la responsabilidad es posible construir una sociedad más justa y un futuro mejor para todos”. El diario El País afirmaba en febrero: “El diagnóstico más extendido reclama una reacción al déficit cívico… y (advierte) del olvido de los valores necesarios para desarrollar una ciudadanía democrática”.

    Las claves para superar la crisis podrían encontrarse en la familia

    Pero la duda persiste. ¿En qué mercado se compra sobriedad? ¿Dónde cotiza la solidaridad? ¿A qué precio está la responsabilidad? ¿Un libro de texto puede formar en la adhesión a una causa noble? ¿Una asignatura puede lograr que alguien asuma responsabilidades o sea honesto?

    No, los libros no adiestran. No hay mercado para esos bienes, escasísimos. Son flores tempranas que sólo se aprenden en su fuente, donde se forja el carácter, en la familia, precisamente la institución que la modernidad ha rechazado por obsoleta. He aquí nuestra mayor torpeza, muy por encima del tipo de interés.

    ¿Por qué en la familia? Porque está fuera de la economía. En ella no rigen criterios de eficiencia o éxito. Se enseña, con el ejemplo, que es más feliz quien da que quien recibe; se quiere más al torpe, al que fracasa, al que no puede competir; se desea el éxito que se comparte, porque tus ganancias son mis ganancias. Nadie da duros a cuatro pesetas en el mercado. En la familia se dan gratis. Porque el oro y el petróleo cotizan, pero las personas son valores estables. 

    Hemos pillado una buena gripe porque nos hemos creído ciudadanos autosuficientes. La familia, Dios, la amistad parecían instituciones trasnochadas. Hasta algunos autobuses recuerdan que “Es posible que Dios no exista”. Aunque también es posible que el autobús deje de existir porque lo queme un tipo al que nadie ha hablado de Dios.

    En suma, el argumento es muy simple. Si queremos salir de la crisis, necesitamos confianza, valores. Y para ello debemos potenciar la fábrica de valores. Invertir en acciones familiares. La familia que enseña responsabilidad, esfuerzo, austeridad, solidaridad es el escudo protector de la sociedad, el rodrigón con que guiar el desarrollo sostenible. Es el poder moral compensador de los estragos generados por el self. No son los políticos los que hacen ciudadanos morales, honestos, trabajadores, es la familia. Las gripes pasan, los valores no. 

    No será el mundo de quienes dominen la informática o las células madres, será de quien sepa transformar al hombre ciego, encerrado en su cueva, en un hombre de alta visión, capaz de ver el sol, los agujeros negros… y a aquel de quien los autobuses dicen que no existe.