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  • Jesús Cimarro: «El teatro debe generar controversia»

    Texto Borja Centenera / Fotografía Jero Morales y Festival de Mérida

    Jesús Cimarro (Ermua, Vizcaya, 1965) es director de la productora teatral Pentación Espectáculos, propietario del teatro madrileño La Latina y gestor del teatro Bellas Artes. Desde el año 2012 dirige el Festival de Teatro Clásico de Mérida. Un hombre casi desconocido pero notable en el mundo del espectáculo. En su profesión ha tenido que convivir con políticos, una relación que no siempre ha ido de la mano. 


    Decía Alejandro Jodorowsky que «la fascinación por el teatro entró en su alma gracias a tres acontecimientos: participó en el entierro de un bombero, vio un ataque epiléptico y escuchó cantar a un príncipe chino». ¿A usted qué le marcó? 
    Yo empecé muy joven en el mundo del teatro. En Ermua, mi ciudad natal, en el colegio hacíamos teatro y, cuando empecé en el instituto, unos amigos decidimos montar un taller de teatro, en el que yo me encargaba de la gestión y organización. Era 1980 y, aunque era joven, volqué todas mis energías en la gestión y con veintiún años me vine a Madrid. Ahí es donde empezó todo lo que hoy en día desarrollo. 

    El teatro ¿más de pasión o más de negocio?
    Las dos cosas. Pero además añadiría pragmatismo y rentabilidad. Personalmente, la rentabilidad la divido en tres aspectos: social, cultural y económica, y aúno las tres en la empresa. 

    En casi treinta años que lleva de andadura Pentación Espectáculos, ha tenido que convivir con varios presidentes de Gobierno, ¿cómo se consigue lidiar cultura y política?
    Sobre todo depende de las personas, y yo cada día creo más en ellas, incluso más que en las opciones políticas. Quiero ver cómo actúan, cómo se desenvuelven en este escenario que es la vida. Solo espero que el próximo Gobierno, sea el que sea, traiga algo distinto a lo que hemos vivido hasta ahora. Tengo buena relación con el ministro Íñigo Méndez de Vigo y hemos hablado de lo importante que es hacer cosas buenas en cultura. Más aún con el famoso IVA cultural, al 21 por ciento. Por ello espero que cultura y política se entiendan, por el bien de todos. Soy una persona positiva y creo que tenemos que colaborar. Yo siempre les digo a todos: si tú fracasas en lo que haces, fracasamos todos. 

    ¿Y en algún momento pensó que acabaría siendo director de una productora teatral y dirigiendo?
    La vida da muchas vueltas. Cuando llegué a Madrid alquilé un piso en la calle Toledo, en el número 69, justo enfrente del teatro de La Latina. Abría la ventana de mi habitación y veía las colas que se formaban en los espectáculos de Lina Morgan —entonces el teatro era de su propiedad—, a la gente sonriendo, las luces, etcétera. Y en mi foro interno pensaba que algún día trabajaría allí. Eso con veintidós o veintitrés años. De ahí que diga que la vida da tantas vueltas: porque ahora no solo trabajo en ese mismo teatro que veía desde mi ventana, sino que además soy su propietario. Cuando te planteas un reto y un objetivo en esta vida, hay que luchar por conseguirlo.

    ¿Se considera un luchador? 
    Claro, si no, no podríamos estar en un sector donde dos más dos no son cuatro... pueden ser cinco o menos uno. Es un sector con mucho riesgo y hay que estar con ojo avizor todos los días y pensar qué hacer. Nosotros hemos llevado bien la crisis, incluso con el IVA al 21 por ciento. Los que nos dedicamos al mundo del espectáculo somos personas en crisis constantemente, porque tienes que estar con la cabeza puesta en lo que debes hacer mañana para satisfacer los gustos del público. Ese es mi criterio. Y a mí me pasa cuando pienso en una producción concreta. Ya sea aquí —en el teatro— o en el Festival de Teatro Clásico de Mérida. 

    ¿El mundo del teatro es un mundo agradecido?
    En el campo de la producción no, pero eso es algo que ya  sé. No recibo el aplauso que pueden recibir a diario los artistas.  Sin embargo, he de reconocer que yo me conformo con que esos aplausos se los dé el público que ha llenado las butacas o las gradas de un teatro. Ese es mi aplauso y a lo que estoy agradecido.

    En veintiocho años de vida que lleva Pentación Espectáculos, es de imaginar que habrá visto mucho, tanto cosas buenas como cosas malas. 
    Procuro que sean más las cosas buenas que las malas. Por ejemplo, he recibido premios y satisfacciones con las cosas que he hecho. Hemos vivido y sigo viviendo, porque la vida está para eso, y es lo que hago. Por supuesto, vivir con los míos y con el trabajo. Pero incluso cuando se tiene tanta responsabilidad, como es la de presidir una asociación, también se vive, porque estás representando los intereses de las personas que día a día luchan por sacar adelante los proyectos artísticos y empresariales. 

    Como todo lo que empieza, los inicios de Pentación debieron de ser duros. 
    En realidad fueron muy determinantes, porque Pentación salió de la unión entre un actor, un director, un autor y un productor o gestor. Unir la parte artística con la parte de gestión no era tarea fácil. Y fueron años donde todos aprendimos: los artistas aprendieron y se empaparon de la gestión, y los gestores de lo artístico. Por eso hay mucha gente a la que le resulta increíble mi figura de cargo de director del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida: porque soy director artístico y a la vez llevo la gestión económica. Hay quien no lo entiende. Yo cogí el Festival cuando lo dirigía la actriz Blanca Portillo, en 2011, y por aquel entonces contaba con una asistencia de cincuenta mil espectadores. En la edición anterior, alcanzamos los ciento cincuenta mil. La curva de ascenso es impresionante. Y parece que vamos por buen camino.

    ¿Se puede hacer una buena programación teatral con un presupuesto escaso?
    Sí, se puede. Siempre es mejor hacerla con un presupuesto mayor, claro. Otra cosa es que, luego, depende de que ajustes las cosas a las realidades económicas que tengas. Gastar más de lo que tienes no es bueno en ningún ámbito. 

    ¿Qué recuerda de Lina Morgan?
    Era una mujer a la que siempre he admirado. Porque alguien que empieza con catorce años siendo chica de coros en este teatro y que cada noche llenaba la sala tenía su mérito. Te puede gustar más o menos, pero era una profesional como la copa de un pino que ha trabajado toda la vida para sacar a su familia adelante y para comprarse La Latina. Y tengo su despacho y su palco intactos. [Jesús Cimarro se reserva el privilegio de usar en exclusiva el palco de la fallecida actriz. Es la única localidad que no se pone a la venta]

    Otro actor que se ha comprado un teatro ha sido Carlos Sobera: el teatro madrileño Reina Victoria. 
    La gente que invierte y se arriesga y compra un teatro tiene toda mi admiración. Porque en este país se respeta poco el esfuerzo cuando lo hacen los demás, y hay que considerar el trabajo de los demás. 

    Como productor teatral ha conocido a muchos otros actores y actrices. ¿Con cuál se quedaría?
    Sería injusto elegir a uno. En esta casa han trabajado muchos artistas. Pentación lleva veintiocho años funcionando, con el mismo CIF, el mismo nombre y hay muchos actores que nos acompañan. Lina Morgan, a pesar de la relación que pudiéramos tener, nunca trabajó conmigo. Por suerte, tengo muy buena relación con muchos artistas. Ayer mismo [Saca su móvil y enseña una fotografía] estuve con Lola Herrera, toda una profesional que va a hacer ochenta y un años. Y hemos quedado una tarde de domingo como cuando quedan unos amigos. 

    Además de dirigir Pentación y de llevar dos teatros a la vez, es el presidente de la Asociación de Productores y Teatro de Madrid y presidente de la Federación Estatal de Asociaciones de Empresas de Teatro y Danza (FAETEDA). ¿Le da la vida para tanto?
    He de reconocer que todo es gracias a un buen equipo. Cuando compré el teatro de La Latina, sabía que iba a centralizar aquí todas las oficinas del grupo Pentación. La gestión es más cómoda y fácil. Pero sin un equipo como el que tengo, sería muy difícil conseguirlo. Y aquí hay veinte personas trabajando en la gestión.

    ¿Cuáles son los éxitos que más recuerda? 
    Por suerte han sido muchos los títulos con los que la empresa ha triunfado. Algunos ejemplos son Yo Claudio de Robert Graves, con Héctor Alterio, El lazarillo de Tormes con Rafael Álvarez “El Brujo” o La cena de los idiotas con Pepón Nieto. Estos son tres ejemplos de los más de ciento cincuenta espectáculos que hemos producido desde que comenzamos a andar.

    ¿Cómo le sentó la noticia de su renovación como director del Festival de Teatro Clásico de Mérida?
    Ya lo sabía, porque el presidente actual de la Junta de Extremadura —el socialista Fernández Vara, que entonces era el líder de la oposición—  me dijo que si ganaba las elecciones él quería que yo siguiera al frente de la dirección del Festival. Se da la paradoja de que a mí me contrató un Gobierno de un signo político, ha habido un cambio en esa Comunidad y me han mantenido. Se dan pocos casos en estos momentos, cuando tendría que ser la vía normal. Porque la cultura no debe tener signos partidistas y necesita que los que nos dedicamos a la gestión cultural seamos profesionales. Deberíamos estar por encima de eso. Que si lo hacemos bien nos premien manteniéndonos, y si lo hacemos mal nos echen. Y con más razón en lo público: ¿por qué vas a mantener a alguien que no hace bien las cosas? No tendría sentido. 

    Cuando en 2012 tomó las riendas del Festival, se encontró con que se declararon cuatro millones de euros en deudas, ¿cómo consiguió salir adelante?
    Mi empresa no asumía la deuda, sino la gestión del Festival. Por tanto, era una nueva dirección. Lo que yo asumía era la deuda que se pudiera producir en la edición que yo dirigía. Y si había superávit, se entregaba al consorcio del Festival. Lo que sí que hemos hecho en estos cuatro años ha sido entregar un superávit de 1 630 000 euros, que ha ayudado a pagar parte de la deuda. 

    ¿Lo que atrae al público al teatro clásico son las caras conocidas en los carteles? Como por ejemplo Concha Velasco, que encarnó a una deslumbrante Hécuba
    Las caras, los directores y sobre todo los textos que se seleccionan para que pueda haber esos repartos estupendos. También la comunicación, para que el público sepa qué títulos se representan en el Festival. 

    Para muchos actores, el hecho de pasar por las bambalinas de Mérida ha supuesto un antes y un después en sus carreras. ¿Podría decirse que Mérida es una consagración para ellos? 
    Yo creo que supone un antes y un después para el actor o actriz que participa en una edición. La proyección que ha adquirido en los últimos años el Festival supone una mayor proyección profesional. Pero también lo es a nivel personal, es decir, el poder actuar en estas piedras es un reto. Esto es lo que le da un valor añadido al Festival: el hecho de que tantos nombres deseen participar con nosotros. 

    ¿Un espectáculo que funciona bien en Mérida puede no funcionar en otros teatros?
    Claro. Depende de cómo se traslade la puesta en escena que se ha hecho en el escenario del teatro romano de Mérida. Si la realiza un profesional, posiblemente puede funcionar en cualquier formato de teatro a la italiana. 

    Entonces, según estos datos, parece que hay verdadero interés por el teatro actualmente. 
    Siempre. El teatro lleva muchos años de existencia. Y en este tiempo se ha hecho de todo. Yo tengo un concepto muy determinado del teatro y habrá quien no esté de acuerdo. Pongo en práctica mi teoría y recojo resultados, y los resultados demuestran que está funcionando. Mi teoría es que creo en una programación que está pensada para el público, porque, de no ser así, es muy difícil conseguir que la gente venga a ver tu espectáculo. Y luego hay que saber comunicar tu programación: un buen plan de comunicación es importante. Saber contarlo.  

    ¿Qué tipo de competitividad existe entre teatros?
    Sana. Yo creo en la competencia sana, y no se suelen poner zancadillas. Aunque, como en todos lados, hay de todo, y si te ponen trabas, peor para ellos, porque todo lo que hacen es provocarte, y acabas esforzándote por hacer las cosas mejor que ellos. 

    ¿Cómo se distribuye el dinero de una entrada?
    Si por ejemplo el coste de una entrada media es de treinta euros, el 21 por ciento va directamente a Hacienda, el 10 por ciento es para pagar a la Sociedad General de Autores y Escritores (SGAE) y el 5 por ciento  se lo queda la empresa de ticketing. Es decir, aproximadamente tienes que descontar un  35 por ciento de la taquilla, y lo que nos queda del coste de la entrada es un 65 por ciento para pagar sueldos de la productora o, si es un espectáculo alquilado, para pagar a la compañía. Habrá quien piense que por un evento teatral determinado se ha ingresado mucho dinero, pero hay que tener en cuenta que el actor más caro es Hacienda.

    En su opinión, ¿el teatro está politizado?
    Yo creo que no. Habrá a quien no le guste un espectáculo determinado, así que, en vez de boicotearlo, te sales sin armar bullicio [ocurrió en el mes de junio en el Teatro de la Zarzuela de Madrid durante la representación de la obra del actor Paco León ¡Cómo está Madriz!, en la que algunos espectadores, entre ellos Alberto Ruiz-Gallardón, se marcharon de la sala alzando la voz ante las críticas que mostraba la obra hacia el Partido Popular]. Nadie obliga a ver algo concreto. Otra cosa es que me parece muy bien que el teatro genere controversia y que de repente la gente diga: «Me ha gustado» o «No me ha gustado». Estamos en un país libre, y sobre gustos no hay nada escrito. Pero siempre con la educación por delante. Y, hoy en día, con las redes sociales se puede opinar. 

    Sobre las adaptaciones ¿se pueden tocar los clásicos, por ejemplo El perro del hortelano de Lope de Vega?
    Yo creo que se puede tocar todo, pero hay que avisarlo. Es decir, si en una versión de un libreto clásico vas a hacer una adaptación moderna o que pueda generar polémica, hay que avisarlo. A no ser que destroces el texto, todo lo demás son visiones distintas. 

    Gastón Leroux escribió en 1909 El fantasma de la Ópera y fue todo un éxito. ¿Los teatros tienen su fantasma particular?
    Los teatros tienen su historia, y en la historia puede haber mucha ficción. Donde la gente se inventa cosas que, a fuerza de repetirlas, se pueden hacer realidad. No hay un fantasma como tal, aunque sí que hay “fantasmas” en esta profesión.