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  • Una investigación a través de la selva

    Texto Marta Quintín [Com 11] y Andrea Pavón [Com 11] Fotografías Salvador Arellano y Manuel Castells [Com 87]

    Preparar la edición crítica de una antigua crónica o de un auto sacramental requiere con frecuencia varios años de biblioteca. Sin embargo, los especialistas del griso decidieron reconstruir sobre el terreno las peripecias de un conquistador español del siglo xvii y el pasado verano dejaron la quietud del campus para atravesar la selva boliviana del Madidi. fue una expedición en toda regla que unió historia, amistad y aventura. Ya están preparando un libro a partir de la experiencia.


    “Odiseo, dejando el puerto, empezó áspero camino por lugares selvosos, hacia donde le había indicado Atenea que hallaría al porquerizo, el cual era el criado que con mayor solicitud le cuidaba los bienes”. Ese mismo porquerizo le pregunta unos instantes después a Odiseo (Ulises en griego): “Refiéreme tus cuitas, y dime la verdad, ¿quién eres y de qué país procedes? ¿Dónde se halla tu ciudad y tus padres? ¿En qué embarcación llegaste? ¿Cómo los marineros te trajeron a Ítaca? Pues no me figuro que hayas venido andando”. Estas palabras pertenecen a los cantos XIII y XIV de La Odisea, en los que se narra la llegada de Ulises a su patria, Ítaca. Se hallaban debajo de una casa de techo de jatata, muros de barro y elevada con la técnica del sobregirado, típica del pueblo boliviano de San José de Uchupiamonas. Quienes se encontraron los papeles en tan insólito lugar los comprendieron mejor que nadie porque eran profesores de Literatura, y se sintieron sumamente interpelados, porque ellos, como el héroe griego que busca su hogar, también estaban viviendo una memorable aventura y realizando un viaje excepcional. Pero, ¿qué hacían unos profesores de Literatura en un recóndito pueblo boliviano de nombre enrevesado? Como le preguntó el porquerizo a Ulises sin salir de su asombro, ¿habían alcanzado a pie aquella Ítaca, enclavada en plena selva del Madidi?
    En efecto, la expedición, compuesta de 15 miembros (seis de ellos porteadores) había llegado caminando el 20 de julio a San José de Uchupiamonas, un pueblo en el que viven 113 familias, que ha sido fundado varias veces (la última hace 393 años) y en cuyas calles abundan los caballos, las vacas, los chanchos (cerdos) y unos gallos enormes con plumas hasta la base de las patas. Un pueblo “como de cuento”, según palabras de Salvador Arellano, uno de los expedicionarios, aunque recientemente ha visto cómo se instalaba frente a su Casa Comunal un cepo de grandes tablones de madera en el que puede leerse a guisa de advertencia: “Justicia comunitaria”, testimonio de los nuevos métodos de castigo ratificados legalmente por el gobierno de Evo Morales. Para llegar allí, los viajeros habían tenido que atravesar antes el río Tuichi en un callapo, es decir, en una embarcación hecha de siete troncos, no muy gruesos, de madera-balsa, con las mochilas a la espalda pero sin atar, para, si caían al agua y tenían que nadar, poder deshacerse de ellas fácilmente.

    Otros viajes, otras investigaciones

    El GRISO es el Grupo de Investigación del Siglo de Oro español de la Universidad de Navarra. Fue fundado en 1990 por Ignacio Arellano y ha impulsado desde entonces la publicación de estudios y ediciones críticas, además de organizar congresos y actividades. Entre sus publicaciones se encuentra La Perinola, revista de investigación quevediana o el Anuario calderoniano. Dentro del GRISO se constituyó el Centro de Estudios Indianos (CEI) para investigar la literatura, la historia y la cultura de Iberoamérica. Algunos investigadores del CEI están recuperando crónicas y relaciones de viajes de conquistadores y exploradores que recorrieron América desde su descubrimiento hasta el siglo xviii. Fue en ese contexto cuando surgió la posibilidad de reconstruir uno de los viajes del capitán Juan Recio de León. Otros proyectos recientes son la edición del relato del jesuita Cristóbal Acuña, que viajó con una expedición portuguesa desde la desembocadura del Amazonas hasta Quito, o la del texto que dejó escrito Diego de Ocaña, un fraile que recorrió toda América para recuperar la devoción a la Virgen de Guadalupe. “Sería interesante hacer un viaje de cada edición, pero casi siempre es muy complicado” asegura Ignacio Arellano, director del GRISO.

    Tras la pista de recio de león. La peripecia que cabe intuir en los párrafos anteriores responde a un proyecto del Centro de Estudios Indianos, una iniciativa que a su vez forma parte del GRISO, el Grupo de Investigación del Siglo de Oro de la Universidad de Navarra. Varios de los profesores que trabajan en el centro se plantearon hace un tiempo la posibilidad de seguir los pasos del capitán Recio de León, un conquistador español que de 1620 a 1630 estuvo explorando la selva boliviana del Madidi. Recio de León dejó escrita una relación de sus viajes y algunos especialistas del GRISO creyeron que merecía la pena hacer una edición crítica del texto. “Vimos entonces que algunos datos que él daba no estaban claros, como las distancias o las localizaciones, y tampoco sabíamos si algunos lugares a los que aludía existían aún o no. Por ello, se nos ocurrió hacer un trabajo geográfico, antropológico, histórico y literario reconstruyendo un trozo del viaje que nos permitiera comparar el texto antiguo con la situación actual”, explica Ignacio Arellano, director del GRISO, y uno de los promotores de la expedición.
    Pero avanzar en una canoa por el interior de la selva boliviana es más complejo que estudiar un auto sacramental en la quietud de la Biblioteca, y fue necesario más de un año de costosos preparativos. “Hay que tener mucho cuidado a la hora de formar el equipo; no puedes coger a unos colegas que se interesen por el viaje y marcharte con ellos de excursión’’, asegura Ignacio Arellano. Por ello, lo primero que pensaron fue en quiénes serían las personas idóneas para vivir esta inaudita aventura. En sus escritos, Recio de León detallaba profusamente la flora y la fauna del lugar: “Esta montaña clara tiene la mayor cantidad de los árboles de canela, nuez moscada, nogales de Castilla (…) Hay muchas antas y venados, monos, micos...’’. Por tanto, parecía oportuno incluir a un botánico en la expedición. El elegido fue  Gabriel Arellano, que está realizando su tesis doctoral sobre la vegetación de la selva del Madidi. Asimismo, para un proyecto de esas características “es fundamental contar con personas que conozcan muy bien el terreno y que no se porten mal, algo que no es fácil’’, según explica Andrés Eichmann, un expedicionario boliviano oriundo de Argentina que recientemente ha entrado a formar parte del GRISO.
    Con esas premisas, los profesores ficharon, entre otros, a Marcelo Arze, que trabaja en el área protegida del Madidi, y a Tomás Baquiata, que conoce magníficamente la zona, desde los nombres de cada río hasta las etnias que viven en cada pueblo. A ellos se sumó Alain Mesili, un francés asentado en Bolivia que ha publicado varios libros con información sobre el lugar. “Formamos el equipo boliviano perfecto’’, cuenta Andrés Eichmann. Pero nunca sale todo a la primera y tuvieron que sortear varios obstáculos antes de emprender la marcha. Cuando quedaba una semana para la partida, los porteadores que había contratado Alain Mesili, descontentos con el jornal asignado, anunciaron que querían cancelar el viaje. Y el dueño de la embarcación a motor que tenía que remontar con ellos el río Beni y por el Tuichi hasta su destino, San José de Uchupiamonas, les informó de que el precio de la gasolina había subido, por lo que necesitaba más dinero. Sopesaron la idea de navegar en embarcaciones de madera, más anchas que un callapo, pero el viaje se alargaría muchas más horas (y ya eran 14). Imprevistos solventados, otra ardua tarea fue la compra de aquellos elementos que no se podían adquirir en España. “Alain Mesili tiene una empresa con sedes en La Paz y en Rurrenabaque, así que pudo conseguir mosquiteros, hamacas y el mejor charque, que es una carne de vaca, deshidratada, que se agranda con el agua a la hora de cocerla’’, indica Andrés Eichmann.

    Hacia la selva del Madidi. Resuelta la logística, morrales al hombro y pasaportes en mano, los inquietos exploradores sobrevolaron casi 9.000 kilómetros de tierras y mares para llegar a su destino el 9 de julio. Su destino era Bolivia, un país que, como dijo el polifacético autor argentino Arturo Capdevila, “se comunica directamente con la naturaleza, habla con los montes, dialoga con los ríos y sabe ciertas veces lo que dice Dios’’. En medio de ese conjunto, engarzada entre montañas y surcada por ríos, se encuentra la selva del Madidi, la Ítaca de los Ulises que habían partido del campus de la Universidad de Navarra. Un intrincado y apasionante camino les esperaba.
    El grupo partió de Chipiluzani el 12 de julio. Hasta que un autobús “de ruedas cuadradas” –en palabras de Eichmann–los devolvió a La Paz la noche del 21 al 22 de julio, hubieron de viajar por una tierra plagada de serranías y desniveles que les obligó a encadenar caminatas de hasta ocho horas y media. Atravesaron un terreno ondulado, con constantes subidas y bajadas, resbaladizo, que provocó “incontables caídas”, según Eichmann, encajonado entre cerros que exhibían desafiantes paredes verticales de roca rojiza. Descansaron a la orilla de ríos como el Piñalito y cruzaron otros como el Cuchihuani, el Hondo, el Mamacona o el arroyo Unuturi. “Para cruzar los ríos –recuerda Eichmann– teníamos la opción de quitarnos las botas, sacar las sandalias que llevábamos en la mochila, cruzar, y luego volver a cambiarnos de calzado, pero en esa operación tardábamos por lo menos quince minutos. La alternativa a eso era pasar con las botas puestas. Algunas veces lo hicimos”. El profesor argentino fue consignando este y otros detalles en una pequeña libreta de tapas verdes que se convirtió en su diario de viaje. Allí iba anotando los nombres que Tomás Baquiata asignaba a cada accidente geográfico con el que se topaban. Muchos de esos topónimos no aparecen en los mapas. Para evitar que las aguas del Tuichi, rojas a causa del tanino –el componente que confiere su color al vino–, estropearan este valioso objeto en una eventual caída al río, la libretita fue guardada celosamente dentro de la bolsa impermeable en la que Marcelo Arze llevaba la cámara fotográfica y uno de los dos GPS con los que contaban para orientarse.

    La vida en la selva. Sin embargo, la espesura de la selva del Madidi, donde se forma una inextricable vegetación llamada chume que crece en caminos abandonados, motivó que el avance se hiciera más lento, que tuvieran que inyectarse vitamina B para evitar o mitigar las picaduras de los múltiples insectos y que, a veces, y a pesar de ir guiados por avezados conocedores del terreno, fuera inevitable tener que dar la vuelta porque, de pronto, detectaban que “iban mal”.
    La riqueza vegetal de esta selva, cálida y tan húmeda que la ropa quedaba empapada, es inmensa, y especies como el achiote, la tola (una palmera con cuya hoja se confeccionan cajas), la ceiba o árbol de la comida, el copal (con cuya resina blanca algunos laboratorios farmacéuticos recubren medicamentos), la pachiuba (una palmera que según una leyenda camina por amor) o una liana llamada bejuco se convirtieron en un sempiterno telón de fondo para los viajeros. No en vano, el Madidi es un impresionante archivo biológico. Un 11% de la flora y fauna mundial se concentra allí. Once mil especies de aves surcan sus cielos y trescientas de mamíferos conviven en su interior. En el Madidi se dan cita el cóndor amazónico de siete colores, el oso hormiguero de cola prensil, el puercoespín (encontraron los restos de uno que había sido devorado por un jaguar), el pecarí, el mono nocturno uchi (que contemplaba a los expedicionarios mientras dormían), las ranas venenosas de llamativos colores, la buna (una enorme hormiga que provoca fiebres muy altas), el caimán yacaré de 1,30 metros de largo con el que se tropezaron cuando bajaban por el río Tuichi, o los murciélagos que llenaban la cueva de Barajujo en la que se internaron, y cuyos excrementos les llegaban hasta la pantorrilla. “Pero el olor no era tan insoportable como esperábamos. Un amigo nos había advertido que el aire era irrespirable, y por eso llevábamos dos máscaras de gas, pero no nos fueron necesarias”, puntualiza Eichmann con humor.
    Los bagres, unos peces que los porteadores pescaban de vez en cuando, más la fruta de algún guayabo y la uva de monte (parecida a una mora), contribuyeron a completar la dieta de la expedición, que se nutrió principalmente de arroz, fideos, salsa de soya y el charque que llevaban partido en cubitos. “Alain Mesili supo escoger alimentos que no pesan mucho, que dan mucha energía y que pueden ingerirse sin grandes esfuerzos, si bien es cierto que cada día notabas cómo ibas adelgazando”, comenta Eichmann. Eso sí, algún día desayunaron buñuelos calientes con mermelada y café.
    Formaba parte del equipo Jorge Venegas, un joven sacerdote agustino que todos los días celebraba misa bien temprano, a las seis de la mañana, sobre un altar portátil. Para afianzarlo, cavaban un hoyo con un machete o bien lo mantenían sobre un barril de plástico que le daba estabilidad. Como los porteadores también querían escuchar misa, el padre Venegas comenzó a celebrarla por la noche, y los porteadores, muy fervorosos, llegaron a cantar el Aleluya en quechua. Cuando arribaron a San José de Uchupiamonas y los lugareños se enteraron de que en la expedición había un sacerdote, cundió la alegría y las campanas y un altoparlante hicieron correr la noticia como la pólvora para que todo el mundo acudiera a misa. Hacía tiempo que no la oían porque el cura suizo que atendía el pueblo llevaba año y medio en coma en un hospital de La Paz. “Eran incontables los joseanos que traían a sus niños para que el padre Venegas los bendijera”, declara Eichmann.
    Por la noche, los porteadores preferían dormir en el suelo, ya que están acostumbrados a los bichos que bullen en la selva. Los demás tendían hamacas entre pares de árboles y, cuando lo escarpado del terreno dificultaba encontrar una pareja que fuera apropiada para ello, montaban toldos. También por las noches, secaban la ropa que las tormentas tropicales habían empapado durante el día, en hogueras encendidas con el kerosén que les cobraron a precio de oro en la comunidad Tres de Mayo por haber olvidado en un taxi los barriles que llevaban antes de partir. Desde la selva admiraban un cielo cuajado de estrellas que, según otra de las leyendas locales, fue negro y triste hasta que los animales trataron de abrirlo. Lo logró el ágil picaflor, que hizo con su pico pequeños huecos para que de noche entrara la luz. Esos huecos son las estrellas.

    Un paisaje ajeno al paso del tiempo. Y así, tras días de caminatas y noches de descanso, el 21 de julio embarcaron en el casco a motor en el que descendieron por el río Tuichi, sin librarse de saltar al agua para empujar la embarcación cuando encallaba en algún rápido. Siguieron por el caudaloso y anchísimo río Beni, desde el que avistaron grabados rupestres plasmados en una roca vertical que se combaba sobre la corriente, y desembocaron finalmente en Rurrenabaque. Después de tanta naturaleza virgen y poblaciones sacadas de otro tiempo, este lugar les ofreció el contraste de “las edificaciones modernas (aunque modestas y bajas), bulevares, buenos hoteles, restaurantes e infinitas motos”, según describe Eichmann. Había además una variopinta mezcolanza de etnias indígenas: los tacanas, los uchupiamonas, los T´simaney Mosetenes, y también quechuas, aymaras, negros, criollos y americanos. Y en Rurrenabaque concluyó el viaje. Allí tomaron un autobús sin suspensión, el cual, por una carretera que según Eichmann “parecía haber sido objeto de un bombardeo reciente”, los llevó de vuelta a la civilización de La Paz.
    Regresaron con la conclusión de que la selva no había cambiado mucho desde la expedición que realizara allá por el siglo xvii Recio de León. “La parte de selva sigue más o menos igual. Es una zona con restricciones de tránsito, porque el Madidi es un área protegida en Bolivia, y apenas se han desarrollado los caminos, así que no hemos encontrado muchas diferencias”, asevera Arellano. Aunque eso sí, algunas poblaciones han cambiado de nombre, en San José de Uchupiamonas puede encontrarse teléfono, radio y algún vehículo, el mapa etnográfico ha variado y algunos ríos como el Beni han modificado el trazado de su cauce.
    un libro sobre el madidi. Con el material recabado en el viaje, el GRISO va a publicar un libro titulado Visiones del Madidi, pero la riqueza que han hallado hace que todos deseen ir más allá. Y es que, con los datos que han ido atesorando escrupulosamente en la famosa libretita verde, podrían incluso completar el mapa de una zona muy poco explorada hasta el momento, y muchos de cuyos accidentes geográficos no han sido registrados. “Puede ser muy interesante hacer un trabajo desde el punto de vista antropológico, describiendo oficios de los pueblos cercanos a la selva de los que ya hablaba Recio de León y que hoy día siguen igual: las mujeres tejiendo con las ruecas y los husos, los cultivos de coca...”, aventura Arellano.
    Eichmann coincide en que “puede ser un libro muy completo, con información de la geografía, la fauna, la flora, las etnias..., más las crónicas antiguas. Da para hacer un producto de mayor difusión, con galerías de fotos que den a conocer el Madidi, del que nadie sabe nada. Lo que está claro es que esta expedición abre posibilidades inéditas en un grupo de filólogos”. “La selva ha sido genial”, asegura Andrés Eichmann con una frase que lo resume todo.
    Arellano opina que el viaje ha resultado interesante y declara que, si se tercia, se hará algún otro, pero siempre y cuando el libro en el que estén trabajando lo justifique. “No todos los viajes descritos en los libros que editas los puedes hacer. El de Recio de León tenía la ventaja de que era una zona que apenas había sufrido modificación y que por ello podía compararse con relativa facilidad. Pero esto no es un viaje cualquiera. No ha habido ningún problema, pero es peligroso, porque en la selva te descuidas un momento y ya te has perdido. Hace falta llevar un equipo especializado. Normalmente, cuando trabajas en filología y en edición de textos, no se te suele ocurrir pasar de los manuscritos a reconstruirlos con una expedición de esta índole”.
    Quizás dentro de muchos años otros profesores de Literatura que estén estudiando crónicas de viajes se interesen por lo recogido en una libretita verde que se escribió en plena selva boliviana en el verano de 2009. Y entonces verán que el relato de Eichmann sobre el viaje concluye así: “Es difícil dar término a esta breve crónica, y más con unos pocos datos pedestres del fin del trayecto. Porque habría que expresar hasta qué punto todos quedamos enriquecidos espiritual y físicamente. No hubo ningún contratiempo y aprendimos mucho, no sólo de la naturaleza de la zona, sino de la gente, y sobre todo de aquellos que formaron parte de la expedición, ya que la amistad se cimenta en experiencias compartidas”. Y al leerlo sabrán que aquellos que se marcharon al Madidi siguiendo los pasos de un capitán español del siglo de Oro vivieron lo que ya Homero le hizo vivir a su héroe griego hace casi tres mil años: una odisea presidida por las aventuras, la hospitalidad, el compañerismo y los descubrimientos. Las ventajas y los alicientes de los viajes no han cambiado en todo ese tiempo, pero los que vuelven siempre cambiados, entonces y ahora, son los viajeros.